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la expansión de la memoria

El mismo día que empecé la lectura de La expansión del universo, novela de Ramiro Sanchiz que por brevedad y atracción se lee con disfrute y rápido, tuve una conexión cinéfila que no llamaría reveladora pero sí inquietante. No fue con ningún documental sobre el origen de las cosas o de cómo se fueron ordenando a lo largo del tiempo. Tropecé en Youtube con una de mis pelis favoritas, Repo man, del año 1984, dirigida por Alex Cox y que puede definirse como una comedia punk sobre robos de autos y arrebatos de ciencia ficción clase b. En una escena de Repo man se escucha de fondo “Pablo Picasso”, aunque no en la versión de Modern Lovers (era la escena que estaba buscando y quería volver a ver); pero al dejar correr la película apareció otra escena inolvidable que conectó directamente con la lectura de La expansión del universo. Uno de los 'repoman' llamado Miller (Tracey Walter), un excéntrico jipi que hace el trabajo sucio de quemar evidencias en grandes hogueras lisérgicas, le explica a Otto (Emilio Estevez) que hay lugares en el mundo donde la gente desaparece, sin dejar rastro. Otto lo mira perplejo. Miller remata su particular visión sobre el asunto argumentando que todo lo que desaparece, casi que por definición, debe aparecer en otra parte.

Un cuerpo en NeptuniaHay dos o tres cosas a tener en cuenta antes de comenzar la lectura de la nueva novela de Sanchiz. Debe saberse, por ejemplo, que es la primera que publica en un sello grande, dato que no es menor porque el autor busca adaptarse a ese registro proponiendo una historia 'diferente' a las que viene publicando. Como si fuera una versión pop del estilo del autor, se entiende que no habrá en esta diez o más páginas describiendo minuciosamente a los aviones soviéticos Mig, por ejemplo.
Otra singularidad de La expansión del universo se manifiesta en la portada del libro, donde se muestra una foto de su infancia (junto a uno de sus abuelos) y se anuncia airadamente que es una novela realista. ¿Se habrá metido el autor en la autoficción? ¿Se producirá una colisión entre las biografías de Sanchiz y la del personaje Federico Stahl? Estas señales ayudarían a 'suavizar' el erróneo prejuicio de que para leer a Sanchiz habría que tener una cartografía que permita ingresar a sus tramas de distopías, ucronías y otras herramientas de la ciencia ficción, novelas que se desarrollan entre la novela y el ensayo. La expansión del universo -de acuerdo a la portada y al texto de contratapa- se alejaría del estilo de El gato y la entropía, y se tomaría un desvío del registro de, por ejemplo, El orden del mundo. Todo esto es aparentemente cierto, pero en todo caso los mecanismos ficcionales siguen siendo más o menos similares, y lejos está La expansión del universo de ser una novela estrictamente realista. Parece, en todo caso, y me refiero a las 'señales' de la edición de Random House, un divertimento del autor, en una novela que parte en principio de la memoria familiar de Federico Stahl para cruzarse con la historia reciente (la dictadura, el exilio, los desaparecidos), y luego todo se mezcla con un oscuro escritor de ciencia ficción, el que en definitiva aparece y desaparece, misterio a resolver por Stahl y que involucra a un tío, a su abuelo y a un cadáver que encontró siendo niño en Neptunia.
Ya entrando en la lectura de La expansión del universo, en las primeras páginas Sanchiz presenta un detalle no menor que relaciona la nuevo novela con otras de su cosecha (especialmente con Verde). El cuerpo que encuentra Federico, al comienzo de todo, en similar incidente al que se narra en el comienzo de Verde, se vuelve el disparador de ambas ficciones y produce dos historias que divergen desde ese punto nodal. En los dos relatos se trata de un niño (Federico) que sale en su bicicleta a pasear por un balneario (Neptunia) y llega a un lugar alejado. En Verde lo que encuentra es un alien y todo dispara a planos de ciencia ficción; en La expansión del universo lo que encuentra es el cadáver de un hombre asesinado y señales de haber sido torturado, lo que da paso a tópicos de novela histórica y policial pero no es más que uno de los universos paralelos en los que Sanchiz mueve a Stahl, personaje que en este caso abandona su capa de músico glam por la de escritor de divulgación cientifica (es el autor del libro La expansión del universo al que se refiere en la novela, un treintañero que emigró a Barcelona y que busca respuestas a historias familiares nunca aclaradas vinvuladas con su tío, su abuelo, su madre y el cadáver que descubrió esa lejana mañana que salió con la bici).
Hay algo más importante -en todo caso- que debatir sobre los registros de la obra de Sanchiz, o especular sobre cuánto hay de autobiográfico o no en La expansión del universo. Ya no quedan dudas que sus novelas lo ubican como el mayor autor de ciencia ficción en la literatura uruguaya, pero la gran pregunta con esta última de sus obras es por qué decidió meterse con la llamada historia reciente como tema, qué lo llevó a ese tiempo histórico cuando sus obras transcurren en su mayoría a finales de los años 90 y comienzos del 2000.

La mirada literaria
“Pasé años pensando que no me interesaba tocar el tema de la dictadura en mis ficciones”, dice Ramiro Sanchiz, en un intento de aproximar una respuesta a la pregunta que es posible se formulen no pocos de sus lectores. "Una de las razones quizá pase por haber crecido en un hogar relativamente desideologizado o despolitizado. Después, ya en los noventa, cuando me dedicaba sobre todo a escribir ciencia ficción y a pensar en un contexto de contracultura under, trataba de eliminar toda referencia a Uruguay y, en especial, a su tradición literaria. La idea de la dictadura como un tema obligado o al menos recurrente me resultaba cansadora, incluso irritante, así que la idea de ser un escritor uruguayo que decía no querer saber nada con ese tema para sus libros, me gustó como para integrar lo que veía como mi propio perfil de escritor. Poco a poco, de todas formas, empecé a acercarme a la historia reciente, en parte porque mi rechazo basal a lo uruguayo ya había remitido y porque estaba escribiendo cosas como Lineal o Perséfone, que tienen marcas muy montevideanas y por tanto incorporaban algo de la realidad uruguaya, de una forma u otra".
"La expansión del universo no me parece singular: está integrada a un conjunto que da un significado específico a su realismo, por decirlo así. Quizá sea una novela sobre la manera en que una generación, la mía, pasó por su adolescencia noventera relativamente desideologizada y después, avanzada la primera década del siglo XXI, empezamos a reencontrarnos con una literatura más política. Entonces, supongo que toda esta historia personal con el tema en cuestión ha formateado mi mirada al respecto. Me sigue aburriendo la literatura dedicada de lleno a tocar esos temas, a la idea de la “novela de la dictadura” o “la novela de los tupas” como un género (del mismo modo que Javier Cercas pudo haber dicho que estaba aburrido de la novela de la guerra civil española como género narrativo), y creo que por eso, al matizarlo desde otros intereses (el under y la contracultura de los ochenta, los videojuegos, la ciencia y la ciencia ficción) el resultado es –quiero creer- diferente"
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La conexión Calderón
Ramiro Sanchiz y Gabriel Calderón no se conocen y sus obras no dialogan entre sí ni comparten referencias explícitas. Pero tanto el novelista como el dramaturgo vivieron sus respectivas infancias en los años 80 y comparten abordajes sobre la ciencia ficción y sobre la necesidad de buscar una manera 'diferente' para narrar la historia reciente. En el caso de Calderón, este encuentro se explicita en Or y Ex, dos de las obras que integran la pentalogía fantástica del autor.
"Tanto Or como Ex tocan temas relacionados con el pasado reciente", dice Calderón, consultado sobre la relación de dos de sus piezas teatrales con la temática de la dictadura. "Hay varias ideas que han ido cuajando en esas obras sobre la memoria y sobre los desaparecidos. Por un lado, se trata de atravesar esos temas, de preocupacion actual para mí, desde una mirada diferente. Y esa posibilidad me la otorga la ciencia ficción. Porque al suspender valores morales y comportamientos cotidianos, le podés cambiar el ángulo a cualquier tema. Por ejemplo, en una invasión zombie, se suspende todo, lo que hasta ese momento regía, de valores morales, y se piensa la vida y la muerte de manera diferente. Ésa es razón principal de por qué yo trabajo con ciencia ficción, con elementos fantásticos que trastoquen, perviertan, remuevan las estructuras. Yo trabajo los elementos fantásticos como los veía Borges; es decir que un elemento fantástico irrumpe en un modelo dado, cotidiano, usual, para poder pensar todo de manera diferente, pervertido por este elemento fantástico. Mi interés no es que la fantasía irrumpa para explicar el elemento fantástico. Esas no son las preguntas de mi trabajo, sino trastocar y repreguntarse lo usual... Y a su vez, como el tema de la memoria y de los desaparecidos, sobre todo en nuestro país, está tan trillado y es tan difícil hablar desde una nueva perspectiva, me parece que estos elementos por lo menos permiten una mirada diferente. No digo mejor ni peor, pero sí una mirada diferente".
Vuelvo entonces a la humorada de Repo man, a ese finísimo guiño político del guionista y director australiano Alex Cox sobre los desaparecidos, que en el año 1984 podía leerse como una frivolidad posmoderna o bien como un mero chiste burdo y de mal gusto. La lógica lisérgica y de comedia punk le permitía a los dos personajes tocar el tema de los desaparecidos con una mirada de universos paralelos, de tiempos superpuestos, de misterio a ser resuelto en clave de ciencia ficción. Similar mecanismo es el que utiliza Calderón con la máquina del tiempo de Ex, en el continuo aparecer y desaparecer de los muertos de la memoria de la protagonista, práctica que por acumulación provoca una comedia de gran ritmo mientras en el escenario se discute sobre diferentes desvíos de la historia y de los relatos, y de la miseria de unos cuantos de los personajes de ese pasado convocado al presente.
"La idea de desaparecidos, ampliando el espectro de connotaciones pero sin desatender a la vez las más políticas, me resulta fascinante. Los desaparecidos, sí, pero también los aparecidos y la aparición como fuente de horror o inquietud", agrega Sanchiz, que propone en la trama de La expansión del universo la reconstrucción de una historia familiar que le depara al lector, más que alguna que otra sorpresa, la sensación de que hay muchas cosas que todavía no se contaron y permanecen desaparecidas y que están ahí -en alguna esquina del tiempo- esperando a ser contadas.

libros sobre discos




Hace exactamente un año. Me lo recuerda una foto de Facebook, no la memoria personal hecha pedazos y repleta de agujeros negros. Después de advertir la habitual sensación de "pasaron tantas cosas, mirá vos, no lo puedo creer, en solo un año", descubro un hilo interesante entre los recuerdos vivenciales que se superponen en completo desorden. En la imagen que se adjunta al final de este post aparezco en compañía de Carolina Bello, Matías Castro y la estrella es Natalia Mardero, porque esa noche se presentaba la reedición de Guía para un universo, un libro de esos raros y fascinantes para el que escribí unas líneas en la contratapa. Pero el asunto no está ahí, en esa fotografía, ni en el libro de Natalia, sino en que unos minutos antes, en la vereda de la calle Florida, mantuve una breve conversación con alguien a quien no veía ni hablaba desde hacía mil años. Andaba en la vuelta Ramiro Sanchiz. También Martín Fernández, cargando libros de Natalia de un lado para el otro. Ahí, en plena calle, fue que Gustavo Verdesio me encaró con una propuesta que en principio desestimé, o traté de desviar, o hice lo que pude para poner cara de póker: él andaba con la loca idea de una colección de libros sobre música, algo relacionado con discos, lo que quiere decir droga en estado puro para alguien como yo que una de las pocas cosas que sabe hacer, con convicción y ligereza, es hablar y hablar y escribir y escribir sobre discos. Pasaron varios meses, hasta que a la vuelta de las vacaciones el que me abordó fue Martín. El asunto era serio: Gustavo iba a dirigir una colección para el sello Estuario. Querían que yo escribiera uno. No me pude escapar. Dije que sí. Me comprometí. Y me puse a escribir sobre Tango que me hiciste mal, de Los Estómagos, y hoy, cuando miro la foto, se dispara esa idea pelotuda de que cuando estaba ahí, hace exactamente un año, no tenía ni idea que doce meses después habría escrito y publicado un libro que no estaba en ninguno de mis planes y proyectos. Supongo que algo similar le sucedió a Ramiro Sanchiz, que esa noche también andaba en la vuelta y acaba de publicar este mes de noviembre de 2017 el libro Caída libre, sobre el disco de La Trampa. Es precisamente el libro que acabo de leer y no dejo de sorprenderme y de redoblar el entusiasmo en lo relativo a la colección que pergeñaron Gustavo y Martín. Parecía una locura pero adquiere algo más que sentido. Si bien no puedo distanciarme respecto a lo que provoca la lectura de lo que escribí sobre Los Estómagos (y sobre mí, porque elegí el camino de la autoficción, o bien de enredar asuntos personales y procedimientos novelísticos, o como bien dijo Sanchiz "es la historia de amor entre un hombre y un disco"), en la lectura de Caída libre confirmé la necesidad de estos libros que estamos escribiendo, entre varios locos melómanos, una necesidad que excede la simple colección de relatos sobre episodios musicales. Sanchiz, en Caída libre, anota dos o tres goles (aunque él no sepa lo que es el fútbol). Uno de ellos es narrar una época, o bien tentar la interpretación de un momento (los alrededores de la crisis del 2002 en Uruguay), circunstancia que es inseparable de la concepción del disco de La Trampa. En ese ir y venir entre obra y contexto, y especialmente en su arriesgado capricho de situar a Caída libre como un disco conceptual, exhibe argumentos y procedimientos que hacen que el libro se convierta en un manual de cómo escuchar un disco, o más aún, de cómo interpretar y desmontar una obra artística. Hay más, mucho más. Sin contar los aciertos, tanto en la elección del disco (soy de los que a priori no entendía por qué Sanchiz había elegido Caída libre, que seguramente no fuera de su gusto personal) como en las lecturas que hace de las canciones, de los textos, de los sonidos, de prácticamente todo, en una disección exhaustiva y minuciosa, está muy bien escrito y se lee en un rato, entre el ir y venir de poner el cedé en la compactera y comprobar que el 2002, según Sanchiz, tiene en este cancionero de La Trampa una expresión musical que habla mucho de una o dos generaciones, de una comunidad y de todo un país que estuvo al borde de desbarrancarse. Vendrán otros libros de la serie Estuario Discos. Todo indica que la colección, o buena parte de ella, servirá no solo para aproximar miradas sobre la historia musical uruguaya reciente, sino también para exponer diferentes y provocativas miradas sobre la creación y sobre el territorio emocional que habitamos. No son libros de música, como temí en la primera propuesta que me hizo Gustavo Verdesio, la noche de la foto; son libros que hablan de la vida y de ciertos sonidos que la acompañan en este más o menos olvidado lugar del planeta.

en el borde del horror


La novela italiana Anna, de Niccolò Ammaniti y la uruguaya Verde, de Ramiro Sanchiz evocan universos amargos y distópicos. Si bien ambas plantean historias muy distantes en sus geografías y en estilos narrativos, tienen en común el horror y la evidencia del lenguaje como protagonista y como zona de conflicto contemporáneo.

Anna es el relato de una fuga sin posibilidad alguna de final feliz. La de Anna, una niña italiana, y su hermano menor Astor. El mundo tal como lo conocemos ha dejado de existir. Una peste acabó con todos los mayores de 14 años y ellos dos son agónicos sobrevivientes de una especie en extinción. Ammaniti, uno de los mejores escritores europeos contemporáneos, célebre por sus crueles relatos de infancia (en especial su notable primera novela No tengo miedo), maneja aquí con sumo talento un escenario distópico, un territorio poblado de cadáveres y restos de una civilización que desaparece y abre paso a una nueva barbarie habitada por niños casi salvajes que han ido perdiendo el lenguaje y cuyos mecanismos de supervivencia son similares a los de una jauría de perros asesinos.
Verde es el relato de una fuga que tampoco se concreta. El protagonista de este "atrapado sin salida" es Federico Stahl (habitual personaje de las novelas de Sanchiz), o una de sus versiones, en una deriva a través de la memoria, en sucesos que se van encadenando a partir de una alucinación infantil (un cuerpo extraterrestre en una laguna) y que lo llevan a ir perdiendo pie en los recuerdos, o mejor dicho, a la terrible sensación de advertir que se van destruyendo sus posibles identidades y planos reales hasta una irremediable locura y silencio (el fin del libro). Los escenarios son acaso interiores, en un borde alucinatorio que Sanchiz maneja con muy buen pulso y que tiene dos curiosos puntos en común con la novela de Ammaniti: el horror hacia la orfandad de la próxima generación (hay un espejo posible entre Anna y Margarita, hija de Federico; también hay otro espejo entre los juegos de infancia de Federico y su amigo Marcos en el balneario, y las peripecias que viven Anna, Astor y Pietro, un amigo que encuentran en el viaje y que guarda el secreto de la imposibilidad de la fuga), y la idea de que el lenguaje está en una zona de peligro y de posible extinción.

El fin del lenguaje
"Europa ha muerto", como profetiza una vieja canción del grupo de rock Los Ilegales, es una de las premisas que sostiene el universo descrito por Ammaniti en Anna. Pero no se trata de la simple crónica del final de una civilización. Si bien en la mayor parte de la novela del italiano son las descripciones y las anécdotas plagadas de muerte y espanto, sobrias y amargas, las que hacen avanzar al lector, el centro gravitatorio parece estar en otro tipo de derivaciones, en historias que tienen que ver con dos adultos que han dejado marca en Anna y su amigo Pietro.
La madre de Anna, por la obsesión por entrenar a su pequeña hija mediante las páginas del libro Las cosas importantes, una serie de manuscritos escritos por ella en los que refiere a formas de sobrevivencia en un mundo sin adultos, sin agua, sin electricidad, sin comida. Una de las recomendaciones es que le enseñe a leer y a escribir a Astor, tarea que Anna lleva a cabo con dedicación y disciplina. La otra derivación procede del extraño y friki novio de una de las tías de Pietro, el último en morir de su familia, un "orangután" (así lo define el niño) empeñado en escribir una novela sobre el apocalipsis y que vive sus últimos días en la euforia demente de creer estar escribiendo el libro más importante de la historia. (Ammaniti no subraya la posibilidad austeriana de que ese sea el texto que estamos leyendo, pero cabe esa posibilidad circular que puede amortiguar la sensación de vacío. Es preferible, y más amarga, la interpretación de que el libro de Patrizio, así se llama el "orangután", es inútil).
Ambos intertextos dentro de Anna se vuelven, ante el avance del tiempo y el resacoso e inevitable apocalipsis, cadáveres de similar inutilidad a la de todos los productos tecnológicos inservibles que conforman el paisaje en el que avanzan los niños. Los nuevos mitos, en cambio, creados por la necesidad más o menos pandillera, son burdos y desesperanzadores. Poco se puede esperar de la nueva barbarie. Bien lo sabe Anna, a pesar de llevar su fuga hacia el mar (ellos proceden del interior rural de Sicilia y pretenden llegar a la costa para cruzar al continente y buscar adultos sobrevivientes). Pero lo que encuentra, sobre todo después de la muerte de Pietro y del episodio del secuestro de Astor, es cada vez más pesadillesco y se hace más difícil mantener el lenguaje. Los "niños azules", de los que hay que cuidarse en el camino, han perdido toda relación con la cultura de sus padres: se comunican mediante gestos y forman una comunidad dedicada a matar para comer. No hay salida al laberinto.
El fin del lenguaje, o por lo menos la imposibilidad de escapar de la certeza de un laberinto endiablado, es una de las principales sustancias que hacen de Verde una gran novela. Si la de Ammaniti es de alguna manera una fuga exterior, los caminos de la novela de Sanchiz se juegan en un mundo interior, acaso tan brumoso y terrorífico como el desierto positaliano. Federico escribe y escribe, pero el lector advierte que la luminosidad de las primeras páginas, en el relato de los veranos en Pinamar y Punta de Piedra, se va enrareciendo en las posteriores derivaciones: el viaje a Belem, la invitación a tomar ayahuasca, una confusa internación, una aventura en la Amazonia, luego una perceptible depresión, una visión alucinada en el río, el posterior regreso a Montevideo, o más bien a un lugar que ya no se sabe si es real, porque las posibilidades alternativas operan en la escritura de Federico Stahl y en su forma de recordar y reconstruir el mundo. Se va quedando sin memoria, sin pasado, sin relato. Es el final de la fuga y también del libro. Federico ya no puede narrar cuando se le escapa toda la posibilidad de evocar y queda atrapado en un presente afiebrado e implacable. De forma más o menos similar, en Anna se llega a un final más o menos abrupto, cuando el narrador abandona a Anna y a su hermano Astor ante la cercanía de la muerte de la niña (la enfermedad aparece en el fin de la infancia). Porque sin Anna, lisa y llanamente no hay relato y no hay lenguaje.
En esa imposibilidad de poder narrar, en el carácter trunco de ambas historias, reside uno de los mayores impactos de ambas novelas: en la evidencia de que el terror se transfiere al lector, provocando una incomunicación que hace inapresables ambas historias, jugadas al máximo en un territorio distópico.

Alucinaciones y portales
Anna es el relato de una gran alucinación, de una pesadilla que no da respiro, pero siempre se mantiene en un plano real. Las cosas son lo que son, como en otras novelas de Ammaniti jugadas al realismo, e incluso podría decirse que lleva al máximo una alucinación pero en sentido inverso a la que probara en la cínica y divertidísima sátira Que empiece la fiesta. Acá, al ejercitarse en la ciencia ficción, mezclada con novela de iniciación y de aventuras, se prueba en un territorio distópico y firma una gran novela, de esas de las que no se sale ileso.
En Verde, el asunto es un poco más complejo: Federico Stahl tiene plena conciencia de atravesar portales que lo llevan a alucinaciones o bien a situaciones que no deberían ser reales (algo que ya probó Sanchiz en la poderosa novela El gato y la entropía). El gran problema es que el laberinto empieza a asfixiar a los recuerdos y a versiones más tranquilizadoras. Sanchiz, que suele moverse con comodidad en la ciencia ficción, pone la mira esta vez en el temor a lo diferente, a la alucinación, llevando a su personaje –y luego al lector– al territorio cenagoso del horror.

((artículo publicado en revista CarasyCaretas, 2016))

puertas lisérgicas

Entre el rock, el ensayo y la ciencia ficción, ambientada en una ciudad de Montevideo distorsionada por las guerras musicales, Ramiro Sanchiz compone una gran novela, que promete convertirse en centro de operaciones literarias ya delineadas en Perséfone, La vista desde el puente y otras de sus novelas protagonizadas por Federico Stahl.

Federico Stahl está en su apartamento. Es sábado, o eso parece. No se siente muy bien. Es pura ansiedad, pura fobia, atribulado entre historias que quiere escribir y le dan vueltas en la cabeza, atormentado por esa cumbia odiosa que estalla desde el pozo aire del edificio. Espera a Adrián. La idea es acompañarlo a trabajar, a una fiesta en Carrasco, al cumpleaños de un cheto. Tienen que instalar una pantalla y cuidar que la proyección sea correcta.
El que llega, antes que Adrián, es Rex, otros de los grandes amigos de Fede. Hace algún tiempo que no lo ve. Rex no emite sonido alguno. Le enseña un papel, donde se lee: "No puedo hablar. Droga anoche. Alteró centro del habla". A partir de ahí se disparan historias, como si los tres amigos fueran bolas de un flipper lisérgico que no da señales de detenerse, que sigue dando una ficha y otra.
La lectura de El gato y la entropía puede acompañarse con la escucha de discos de David Bowie y de Bob Dylan. De ahí para abajo, viene muy bien todo aquello que facilite la entrada a una novela que no para de avanzar, de suceder, de devorar posibilidades, en un transcurso en el que el autor no da respiro, convencido de que la capacidad de invención no debe detenerse. El único de los tres personajes que parece tener un plan más o menos definido para el fin de semana es Adrián. Los otros dos derivan en un fin de semana que no para, con centro en una fiesta de puertas lisérgicas y personajes extraños: los hermanos/amantes gitanos, Nico, Paola y su amiga, el designer. Todo se va enrareciendo, o volviéndose más luminoso, mientras Fede plantea y experimenta teorías, siendo consciente de que su amigo Rex es el que en definitiva deforma las historias.
Hay escritores que van de novela en novela, preocupados en "contar bien una historia". No es el caso de Sanchiz. Su apuesta es la de distorsionar lo real y al mismo tiempo diseñar un universo propio, un plan más o menos definido, un puzzle del que ni siquiera pretende conocer de antemano la figura final. El plan, ya delineado en Perséfone y en La vista desde el puente (ambas publicadas en Uruguay), con Federico Stahl y su cofradía glam, se gesta en un borde de la ciencia ficción y en la certeza de una máquina de ficcionar que le debe -en capacidad y sentido de la distorsión- a grandes autores como Bolaño, Aira y Levrero. El caso de Sanchiz se emparienta, en el plano local, con la saga que viene desarrollando Nelson Díaz, jugado El Hombre de Negro, en sus libros Corporación Medusa y Resaca, a un territorio noir, pero trabajando ambos autores en una Montevideo más o menos alucinada y en esa fina capacidad de intervenir personajes ficcionados y reales.
Foto: Antonio Borrell.
¿Qué pasa en El gato y la entropía, en sus abigarradas páginas, sin cortes de capítulos y con abundantes notas al pie que desvían, disgregan, lo que equivale a construir zonas intangibles del puzzle? Una sucesión de escenas que van desde episodios casi delirantes de las guerras musicales, conversaciones zarpadas en una fiesta, versiones sobre historias de Rex y ensayos de una banda de rock, o de una llave mágica que tiene una chamana mexicana, críticas musicales, análisis sociológicos sobre Montevideo, y sobre el final la épica de aventurarse en un vórtice ubicado en un caño entre las ciudades de Las Piedras y La Paz.
Ramiro Sanchiz sabe narrar con elegancia y se maneja como un equilibrista entre tanto sendero que se bifurca. El gato y la entropía es una novela que hacía más que falta en la construcción de su universo literario y en una narrativa -la uruguaya- tan poco proclive a aventuras ambiciosas. Es, ni más ni menos, una fáctica puerta de entrada a una obra de la que se esperan más diversiones y entropías. Y se disfruta como pocas, sobre todo para aquellos que no le teman a una fiesta donde lo que importa no es la trama sino las derivaciones que pueden llevar a inciertos pactos con el diablo, afirmaciones sobre la importancia de Led Zeppelin, conocer lo que en verdad le pasó en una casona de Punta Carretas con un gato y restos de comida podrida, o la propia certeza de que finalmente Federico se dispuso a escribir lo que pasó en el fin de semana, sin acostarse a dormir y encerrado... porque Rex se llevó la llave y dejó una última nota: "Vuelvo enseguida".

((reseña publicada en revista CarasyCaretas, 02/2016))

rastros de una estrella llamada ziggy


"Me genera incomodidad hablar de un músico, o de cualquier persona, para alabarlo después de muerto", empieza el email que me envía Martín Rivero, cantante de los legendarios Astroboy. Es el primero al que consulto, en la mañana del maldito lunes de la muerte de David Bowie, con la idea de armar un texto colectivo. Es también el primero en contestar. Adjunta al mensaje una foto en la que él aparece con el maquillaje de Ziggy Stardust. 
Tengo buenos recuerdos de esa noche, en BJ de la calle Soriano, con los Astros recorriendo el repertorio del primer Bowie. Sigo leyendo el mensaje: "Además -continúa Martín- con el atomice de las redes sociales, da la sensación de que nos regodeáramos cada vez que alguien relevante muere. Como si tuviéramos la necesidad de ser los primeros en decir que alguien murió. Tampoco siento la necesidad de decirle al mundo todo lo que significó esa persona para mí. No creo que a nadie le interese mucho. Entiendo que tenemos la necesidad de mostrar gratitud y respeto hacia esa persona, pero el mejor homenaje es escuchar su música. De esa forma va a vivir para siempre"
Martín tiene razón. Pero no. Qué se yo. Decido seguir adelante con la pesquisa: me interesa muchísimo conocer el testimonio de tipos como él, también de artistas pop como Dani Umpi y Javier Abreu, de músicos como el terapeuta Daniel Jacques, de escritores que han ficcionalizado al propio Ziggy... Ramiro Sanchiz en varias de sus novelas, Gustavo Espinosa en Las arañas del Marte y Roberto Echavarren, que sé que estuvo en Londres, en el año 1972, y no en vano escribió la andrógina Ave Roc. Y de, por ejemplo, artistas como Magela Ferrero. La relaciono directamente con él, no sé por qué, tal vez porque hace un par de años nos vimos en Berlín.
La noticia circuló con la velocidad a la que nos tienen acostumbrados las redes sociales. El lunes 11 de enero de 2016, a primera hora de la mañana, se supo de la muerte de David Jones, más conocido como David Bowie, uno de los músicos más influyentes y creativos en la historia de la música contemporánea, del rock. Había nacido en el barrio londinense de Brixton. Sus últimos años los pasó en Nueva York. Entre medio, dejó más de un incendio en Berlín y su rastro se volvió planetario un momento después del final de los Beatles. Eran los más que lisérgicos años 70, cuando estrenó canciones inflamables como "Starman", "Space Oddity", "Heroes". Hoy, su música, es posiblemente más influyente que el legado de Lennon & McCartney. No solo entre músicos, sino entre cineastas, escritores y artistas visuales.


El narcisista: "Inolvidable fue el primer disco que compré de él, un grandes éxitos, en el viejo Palacio de la Música de 18 de Julio y Paraguay. Siendo yo adolescente, en los años noventa, Bowie no me parecía música vieja y sus videos que se veían por canal 10, realizados con croma, tenían la seducción del vintage. Es que Bowie tiene 'eso' y digo 'eso', porque muchas veces siento que las palabras encorsetan a los artistas. Bowie creó a ese David Bowie que nos fascina, narcisista y camaleónico como todo gran artista debe ser". (Javier Abreu. Artista visual).

El transgresor: "Creo que todas las decisiones artísticas de Bowie fueron impecables y ejemplares. Manejaba las coordenadas que más me gustan: el misterio y la ambigüedad, siempre colocándose en un lugar sobrenatural. Nos supera a todos porque tiene el factor mutante, algo que se puede asociar a superpoderes salvadores. Era tan consciente de su genialidad que construyó esa aura mediática a la perfección. Nada era azaroso, se inventaba desafíos constantes y eso me encantaba. No es solo referencia, inspirador, transgresor, sino que creó un mecanismo, una especie de lógica maestra de cierto tipo de creación artística en el pop". (Dani Umpi. Escritor, cantante y artista visual).

El innovador: "A Bowie lo conocí por la Pelo, histórica revista de rock argentina. El primer disco suyo que escuché fue Pinups, que era de covers de sus temas preferidos. Lo pasaron en el programa Impactos, de Berch Rupennian, año 1972. Me parecía un gran músico, y claro, me atraía y chocaba a la vez con su imagen andrógina. Pero cuando escuché "Life on Mars?", en el programa antes citado, intuí que estaba ante un grande. Y a partir de ahí, lo seguí siempre. Nunca sabías con qué musica y/o vestimenta iba a salir en el próximo disco. Hizo variaciones armónicas, en el rock, que nadie había hecho hasta entonces. Lo mismo a nivel de letras. Como actor, también me parecía descomunal. En fin, tocó todos los palos, y para mí siempre salió muy bien parado. En la época que comenzaron los videoclips también fue un innovador, hasta el final. Mi video preferido igual es "Ashes to ashes", una pequeña obra maestra. En mi opinión, es el mejor solista que dio el rock. Y otra cosa importante es la libertad creativa que siempre tuvo y consiguió". (Daniel Jacques. Músico. Integrante de Los Terapeutas. Está preparando su primer disco solista).

David Bowie firmó una veintena de discos, varios de ellos objeto de culto para los melómanos, como el proto glam Hunky Dory o el electroindustrial 1.Outside, por nombrar dos de ellos casi al azar y de tiempos muy distantes. O ese de título largo y portada emblemática, llamado The Rise and Fall of Ziggy Stardust and The Spiders From Mars, centro vital de la epopeya del personaje Ziggy. Pero parece injusto, o incluso torpe, ponerse ahora a recordar, listar y enumerar. Porque la presencia de Bowie está más allá de un puñado de discos, de canciones, de videoclips o de apariciones performáticas que sacudieron la propia cultura popular. Dicen que inventó el glam. Dicen que supo mover, como nadie, los hilos del arte entendido como provocación, elegancia y androginia. Se dicen muchas cosas, sobre todo porque el propio Bowie entendió -como pocos- que una obra de arte necesariamente es una construcción de subjetividades, de imágenes que pueden desencontrarse o simplemente implosionar, de bipolaridades que hacen posible esa incómoda sensación de rareza que siempre provocó, en cada canción, en cada etapa de su vida.

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El antropófago: "Hace unos días, conversando sobre un texto inédito de alguno de nosotros, sin pensar en Bowie (ni en Bowie muerto), Amir Hamed me dijo que cualquier gesto o realización artística que pretendiese eludir la banalidad debería amenazar los límites de su propio género. La obra de Bowie sostuvo siempre este precepto. Mi primer encuentro con él fue a través de un ejemplar de la revista Pelo, de algún mes de la década del 70, cuando Ziggy Stardust daba paso al duque blanco y flaco. La educación sentimental de un rocker treintaytresino era azarosa y lenta: a veces los posters y las reseñas nos llegaban antes que los discos. En el mismo descubrimiento ya percibí la autoridad de un espesor ominoso en aquel pitoniso líquido del rock and roll, cuyas performances desbordaron siempre, de un modo poderoso y obsceno, los formatos de la cultura de masas que era su ambiente. Creo que mi interés por su obra, lo que me hizo perder el pudor de robarle un título, ha sido menos musical que plástico y literario. Su puesta en abismo del rock, su antropofagia sobreproducida, su megalomanía, corresponden a un gran artista barroco. RIP. (Gustavo Espinosa. Escritor y músico. Autor de la novela Las arañas de Marte).

David Bowie consiguió, en los últimos años, mantenerse al margen de la vida pública. Una gran ciudad como Nueva York le permitió el juego del anonimato, contando -eso sí- con la complicidad de sus allegados y la comunidad artística. El hermetismo llegó al punto que la prensa musical nunca se enteró que grabó un disco en la Gran Manzana -el formidable The Next Day-, y dos años después fuera capaz de repetir el mismo golpe con Blackstar. Nunca se filtró un dato, nada, ni siquiera del cáncer de hígado que lo tenía cercado y que en definitiva viene a ser el detonante de esa última obra cumbre que incluye, además de siete canciones extraordinarias, dos videoclips en los que aprovecha para asestar un último juego simbólico, una macabra misa negra en la que oficia de autor, protagonista y víctima. Y antes de que se llegara a interpretar cada una de sus entrelíneas, llegó la noticia de su muerte física, el maldito lunes 11 de enero, noticia que lo explica todo, como un acto mágico que cierra el viaje del Major Tom, aquel jovencísimo astronauta lisérgico de "Space Oddity", que casi cincuenta años después deviene en el elegante cadáver que se ve en el clip de "Blackstar". Sin hablar de las imágenes que erizan la piel, las de "Lazarus", nada más y nada menos que Bowie filmando su último acto, en la cama del hospital, con los ojos vendados, y su sombra negra, su "blackstar", se mete en la última escena en un ropero de madera.

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La última obra: "Escribo estas líneas el lunes 11 de enero a las 10.30 y llevo tres horas en un mundo sin Bowie. Las computadoras de mi mente -por usar la expresión de Philip K. Dick- entraron en fase obsesiva, como si fuese la única manera de no procesar todavía esta muerte, por un ratito más al menos. Y estoy haciendo sonar "Heroes", en repeat. No sé qué voy a escuchar después. Seguramente Blackstar, esa obra maestra final que ahora gana capas y capas de sentido extra: fue el disco de su muerte, y si Bowie nos trajo tantos sonidos del futuro y de otros planetas, ahora nos dejó estas siete canciones del más allá, que repasan minuciosamente su carrera y todavía se permiten vislumbrar caminos que no serán recorridos. Y en el video de "Blackstar", recuerdo, se ve un astronauta muerto, quizá el Mayor Tom, primero de las personas o personajes que fue Bowie. Ahora a las computadoras de mi mente les parece entender -otra ilusión, mientras sigo sin aceptar esta muerte- que se haya despedido así, que haya cerrado el círculo". (Ramiro Sanchiz. Escritor y crítico literario. Autor de la novela El gato y la entropía).

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Todas esas historias se vuelven más simples, más diáfanas, al escucharlo en sus canciones o admirarlo en sus videos. Desde el rock dramático y algunas perlas folk de sus comienzos, hasta los experimentos actuales con free-jazz, mezclando soul con electrónica alemana. Sin hablar que era dueño de una de las voces más privilegiadas del rock, tanto en la electricidad de sus agudos como en la sensualidad de sus graves. Cada uno tiene y tendrá sus canciones favoritas. La que hoy se impone, y se vuelve necesario escuchar, una y otra vez, es "Lazarus", que larga, con la mejor voz de Bowie, con los versos "Look up here, I'm in heaven. I've got scars that can't be seen" (Mira aquí arriba/ estoy en el cielo./ Tengo cicatrices/ que no pueden ser vistas). //


Ziggy en MVD: "En el año 2007, con Astroboy, hicimos un homenaje a Bowie tocando todo un show entero de sus canciones. Me gusta haberlo celebrado cuando estaba vivo. Esa noche lo celebramos todos y la recuerdo muy seguido. Igualmente, lo que a mí me pase no es demasiado importante. Lo que importa es él. Solo con su nombre alcanza para expresar todo lo que significa para el mundo de la música". (Martín Rivero. Músico y artista visual. Ex integrante de Astroboy).

Porque todos morimos un poco: "Bowie concibió la amistad, la diferencia, la referencia y mundos paralelos tangentes al espacio. Fue custodio de sus dientes, de sus ojos dispares y de sus polivalentes pulsiones endócrinas. Es, sin duda, a través de ese coraje natural con que ejercía su existencia que muchas veces reparé en la posibilidad de volverme yo misma. Llegué a él por causa del amor. Leandro Delgado hace muchos años me hizo reparar en su ser. Me dijo lo que decían sus canciones y me habló de su obra con admiración y entusiasmo. Leandro es un amigo a quien admiro, así es que inmediatamente hice mío su amor por Bowie. A veces las personas que tenemos trabajos que involucran una reconstrucción, una gestación poética o simbólica de lo que existe, nos preguntamos para quién creamos, cual es el sentido de lo que hacemos, donde nace nuestro lenguaje, por dónde seguir el camino. La muerte de Bowie me empujo a darle respuesta a esas preguntas de un empujón: entregarse a uno mismo sin temor, exponerse al error, enfrentarse al deseo. Cuando alguien muere, todos morimos un poco. Pero cuando alguien se revela eterno a todos regala un poco de infinito. Gracias, David Bowie, por tan profunda generosidad". (Magela Ferrero. Artista visual. Fotógrafa).

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La imagen de Bowie
Por Roberto Echavarren

La primera imagen que tuve de David Bowie fue con cara de chica y pelo largo en la tapa de su longplay Hunky Dory. Era una imagen andrógina y seductora, aunque no muy diferente de la de los muchos hippies de entonces, cuyo pelo largo se mecía como las guías naturales de una planta trepadora, con el libre impulso de la naturaleza que nunca deja de crecer. Supongo que esa imagen era olvidable, un síntoma del tiempo, pero no mucho más. Uno detenía la mirada en ella, quizá más notoriamente andrógina que la de muchos hippies que contrarrestaban con absurdas barbas sus seductoras melenas. Pero bastaba bajar a las calles del swinging London para ver las densas nubes de hippies, muchos de ellos provenientes de Estados Unidos, que se posaban como aves de paso hacia Marruecos o Afganistán por unos días en los bordes de la fuente de Picadilly Circus. Un congreso de cigüeñas. Pero después llegó la imagen de Ziggy Stardust (me pregunto si Ziggy no es apenas una variación de Iggy, de Iggy Pop). Ésta, la imagen de Ziggy, era altamente chocante. Parecía ir a contracorriente del look hippie. Ziggy era claramente un producto de diseño, de recorte, de elaboración radical sobre el aspecto humano. No tenía nada de natural. Con las cejas afeitadas, make up facial notorio, corte de pelo “nuevo”, teñido de rojo, y un rayo que le atravesaba la cara. Fui a uno de los conciertos de Ziggy Stardust. Me sentí algo incómodo, como si el nacimiento del glam, de un glam tan recortado, tan deliberado, tan fabricado para llamar la atención, estuviera a contracorriente, demasiado a contracorriente tal vez, del look transgresor que nos habían legado los sesenta. Ya este Ziggy eran notoriamente setentero. A partir de allí evolucionaron los variadísimos estilos glam que culminaron en los ochenta con las “hair bands”. Pero las hair bands eran realmente sexys, mientras Bowie no lo era. Sin embargo, con Ziggy inauguró una tendencia, y creó una estampa inolvidable. Igual, los chicos del Gay Liberation Front de Londres continuaban con el pelo muy largo y toques de maquillaje más sutiles que los de Bowie. Todavía podía uno perderse en un pelo perfumado por hojas de hierba y paja fresca del verano. Bowie en cuanto tal nunca me resultó atractivo, esquelético, con ojos encapotados y largos dientes separados entre sí que algún trabajo dental posterior se encargó de enmendar. Es curioso que se negara a colaborar con una obra maestra como el film Velvet Goldmine, que se ocupa de ese momento mágico y crucial de los primeros setenta en Londres, y de la vida de Iggy Pop y la suya propia. Su condición de bisexual tal vez lo ayudó a superar con éxito las trampas de la vida gay, como el sida. Con su talento para manejar su carrera y su dinero, con su imagen siempre limpia y sana, sin un gramo de gordura, con su habilidad para sobrevivir y variar, impecable, elegante sí pero ya no llamativo como Ziggy Stardust, uno habría imaginado que llegaría a los cien años. Pero el destino suele ser desconcertante y su muerte nos trae la sonrisa sin labios que nos arranca todas las máscaras, un tiempo que se cierra de golpe sobre nosotros.

((artículo publicado en revista CarasyCaretas, 01/2016))



de qué hablamos cuando hablamos de levrero


Duermo, como todos los veranos, en la pieza de afuera. Me levanto bien temprano. Arranco entonces hasta la casa. Llevo un libro de Levrero que quiero terminar antes del mediodía. La puerta principal está cerrada. Es raro. No es la única extrañeza. Junto a ella están varios integrantes de la familia, los que duermen adentro, intentando abrirla. Parece ser que algunos de ellos llegaron en la madrugada, luego de una fiesta y todo indica que pusieron la llave al revés o una llave que no era. No se ponen de acuerdo en el diagnóstico. Prueban, lo intentan varias veces, forcejean. No hay caso. No abre. Casi todos se dan por vencidos y se dispersan. Es mi turno. Tomo la llave que no es y la meto con suavidad en el agujero de la cerradura. Apenas muevo. Siento que cede.
Hace algunos años, en esa misma casa, el primer verano que pasé allí cumpliendo el discreto rol de novio de la hija mayor, quedé encerrado en un baño, cinco minutos antes de terminar las vacaciones. Todos teníamos los bolsos preparados, los perros en los autos, las despedidas del último domingo en el aire. Esa vez tuvo que venir el cerrajero. Llegó a las dos horas, con evidente malhumor. Después de abrir la puerta, en menos de cinco segundos, me miró con cara de sorete. Dijo que con la fuerza no se logra nada, que la manera de abrir una cerradura es con suavidad, sin histeria. Dijo que casi siempre era lo mismo, que había un boludo que ponía la llave al revés. 
Meto en el bolsillo la llave de la puerta principal de la casa del balneario (*). Me concentro en ella. Decido usarla en otra puerta, una misteriosa que está en la pieza de afuera y que siempre permanece cerrada. Pruebo, con la misma delicadeza que aprendí en los ojos pedantes del cerrajero. Se abre. Es un largo corredor. Camino durante varios minutos. Es muy largo. Tiene baldosas rojas y verdes, del mismo color que las del patio de la casona de mis padres. Me encuentro con una niña. De unos siete años. Me mira con curiosidad. Le pregunto de dónde viene. Dice que escapó de un hotel. Estaba jugando a las escondidas con un amigo y se perdió. Me cuenta de un viaje en barco. Me alegra que no le haya pasado nada grave. Mis pensamientos empiezan a derivar. No debería decirle que conozco su historia, que la cambiaron por otra niña, una tal Agustina que se hizo pasar por ella el resto del viaje. Tampoco que a esa niña no le fue nada bien en un viaje en globo, cruzando el océano, de vuelta de París. El único que sobrevivió fue el niño. Pero esa es otra historia.
Sigo mi camino. Abro otra puerta y estoy en una camino rural, en las afueras de Montevideo. Un auto se detiene. Reconozco al gordo Trelles en el volante. Dice que está perdido. Le doy unas indicaciones para llegar a una casa precaria, donde sé que lo esperan con ansiedad pero no le anticipo nada de lo que sucederá. Lo noto tenso. Sé que tiene un secreto. Todos tenemos un secreto. Yo, por ejemplo, tengo esta llave y prosigo mi camino.
Todo iba bien, de historia en historia, hasta que empezaron a volver de la playa. Empezaron a gritar mi nombre, fuerte, y yo que no quería volver de dónde estaba, las baldosas rojas y verdes, una imagen que me perseguía desde hace unos días: la de dos ursos peleando adentro de un Fiat 600. Me puse un poco nervioso. Abrí otra puerta. Corrí hasta que llegué a una biblioteca, atendida por un viejo un tanto hosco. Lo reconocí de inmediato: era el cerrajero. Estaba un poco más viejo que la otra vez. Se presentó como Sanchiz. Le dije que conocía a un tal Sanchiz, uno que era especialista en Levrero y escribía libros de ciencia ficción. Me dijo que no me hiciera el zonzo y que devolviera el libro de Levrero que tenía en mis manos y que al parecer lo había pedido prestado hacía tres años y cinco meses. Me mostró una ficha que certificaba el préstamo. Llevaba mi firma.
Le entregué el libro y me di vuelta. Como para irme. Me gritó. Volví a darme vuelta, con intenciones de increparlo. Puso la misma cara de sorete. Había un detalle, no menor. Estaba desnudo. A su lado, estaba la niña que jugaba a las escondidas en el hotel. También desnuda. El cerrajero Sanchiz sonrió.
Me entregó otro libro -"La ley del menor", de Ian McEwan-, y sugirió que me retirara, que tenía cosas para hacer. Lo dijo mientras señalaba la entrepierna de la niña.
Tuvo tiempo para explicarme, brevemente, que se trataba de una novela de abogados, que mezclaba casos judiciales de Inglaterra con el ocaso sentimental de una brillante magistrada especialista en defender a las minorías, a los desvaríos de familias religiosas, a los niños de familias disfuncionales, que vienen a ser todas. 
Me aburren esas novelas, le dije.
Son necesarias, dijo. Usted lo sabe.
Apenas la abrí, me encontré sentado en una reposera de playa, tratando de terminar la página veintiocho. La llave, en el bolsillo del pantalón, me raspaba la pierna. Escuché voces familiares. Algunos reían del episodio de la mañana y recordaban al cerrajero de la vez que quedé encerrado en un baño. Respiré aliviado. El realismo parece salvarme. Sigo con la lectura, hasta que la magistrada decide cambiar la cerradura de su lujoso departamento londinense después de una pelea con su esposo.
Otra vez las llaves, las malditas llaves. Todas las buenas novelas tienen una llave, pero sé que suelen ser peligrosas. Da un poco de miedo, pero igual lo hago:
Cierro los ojos.
Duermo.
Y me doy cuenta, como una de esas epifanías inolvidables, que dormir se parece demasiado a leer a Levrero.
Otra vez estoy en el corredor de baldosas rojas y negras.
Otra vez estoy leyendo, soñando, viviendo.
Porque las buenas historias son las que van para adelante.

(* ) Todo indica que podría ser la misma llave del sótano de la casa que un niño curioso quiere encontrar y no le resulta nada fácil, hechos narrados en uno de los cuentos de Levrero del volumen "Nuestro iglú en el Ártico". 
Todo indica que sería la misma llave que se perdió en la última novela de Ramiro Sanchiz, la del gato y la entropía.
Si consideramos que Sanchiz es un especialista declarado, y deliberado, sobre la obra de Levrero, lo mejor es que no intente una reseña tradicional sobre el libro de Levrero.

la llave perdida


En los tiempos que dirigí la revista Freeway, tuve algunos desvaríos que aún sigo considerando acertados. Uno de ellos era que solamente debían escribir en sus páginas aquellos seres que tuvieran necesidad vital de hacerlo. Me refiero a necesidad física, hasta extremos patológicos. Así se fueron sumando escritores y todo tipo de animales de la escritura. Con varios de ellos mantuve una intensa relación virtual, mes a mes, satisfecho de recibir sus textos. Escanlar, Mardero, Trías, Courtoisie, González Bertolino, Umpi, Mella, Dalton, Trochon, Turnes, Trelles Paz, Fuguet, Neuman. Ese es solo el comienzo de la lista. Hubo extremos, como la edición dedicada al personaje de ficción María Zauber, hija de Ulises Lima, uno de los integrantes de la banda protopunk Los Suicidas. Pero antes de desviarme del todo, no olvido el momento que le propuse a Ramiro Sanchiz, mientras tomábamos un café en la cantina del club Bohemios, que escribiera una historia de veinte o treinta mil caracteres ambientada en Montevideo, año dos mil veintiocho. Desde que empezamos a hablar, supe que no me había equivocado: el flaco que tenía enfrente era la persona indicada, no le temía al encargo, no le temblaba el pulso. Es más, me contó de sus proyectos, de varios de sus libros, de sus obsesiones con las ucronías, con los vórtices, con Bolaño, con la ciencia ficción, con David Bowie. En esos días fue que empecé con la escritura de "Los ojos de una ciudad china" y algunas de esas mismas historias empezaron a volverse físicas en el calendario distópico de esa novela, o saga de novelas, o directamente monstruo, que me tiene todavía a maltraer. Algo de eso hablamos con Ramiro, y pocas veces volvimos a hablar en serio -con excepción de una tarde en Valizas que lo encontré un poco pasado de autoestima, nada grave- hasta que leí su gran novela. Acabo de terminar, ahora, diciembre de dos mil quince, unos cuantos años después de aquella primera charla con Sanchiz, la lectura de "El gato y la entropía" y puedo decir que bailé, literalmente, con los viajes de Federico Stahl, en una fiesta interminable que transcurre ahí, en esas páginas endemoniadas. Supe de sus historias y las de sus amigos, entrando y saliendo en el tiempo, en digresiones, en posibilidades, en variantes que demuestran el alto poder lisérgico de la buena literatura. Percibí varios puntos de conexión, inquietantes, entre ambas novelas, entre personajes como Federico Stahl y María Zauber. Más allá de las evidencias que un obsesivo filólogo pueda encontrar -hay una muy curiosa, en las novelas "El gato y la entropía" y "Los ojos de una ciudad china" se sostiene, al pasar, que Cesar Aira no sería el autor fáctico de todas sus novelas-, estas recurrencias, esta sensación de espacios creativos contiguos suele aparecer de tanto en tanto. Tal vez la razón esté en el "corte", como diría un merquero, en la proporción de Bolaño, de Ziggy Stardust y de mil detalles más que oficien de preparación en una no tan hipotética marmita. Eso sí, este flaco, Sanchiz, se cayó en la marmita. Está despegado. Parió una novela infernal. Una de esas pocas que suelen dejar más intrigas que respuestas. Me haré cargo de una, Ramiro, o Federico, o quien sea: la de rastrear la llave perdida que el tío de Federico le regaló a una chamana que murió hace algunos años en el desierto de Sonora. Creo tener una pista. 

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