El mismo día que empecé la lectura de La expansión del universo, novela de Ramiro Sanchiz que por brevedad y atracción se lee con disfrute y rápido, tuve una conexión cinéfila que no llamaría reveladora pero sí inquietante. No fue con ningún documental sobre el origen de las cosas o de cómo se fueron ordenando a lo largo del tiempo. Tropecé en Youtube con una de mis pelis favoritas, Repo man, del año 1984, dirigida por Alex Cox y que puede definirse como una comedia punk sobre robos de autos y arrebatos de ciencia ficción clase b. En una escena de Repo man se escucha de fondo “Pablo Picasso”, aunque no en la versión de Modern Lovers (era la escena que estaba buscando y quería volver a ver); pero al dejar correr la película apareció otra escena inolvidable que conectó directamente con la lectura de La expansión del universo. Uno de los 'repoman' llamado Miller (Tracey Walter), un excéntrico jipi que hace el trabajo sucio de quemar evidencias en grandes hogueras lisérgicas, le explica a Otto (Emilio Estevez) que hay lugares en el mundo donde la gente desaparece, sin dejar rastro. Otto lo mira perplejo. Miller remata su particular visión sobre el asunto argumentando que todo lo que desaparece, casi que por definición, debe aparecer en otra parte.
Un cuerpo en NeptuniaHay dos o tres cosas a tener en cuenta antes de comenzar la lectura de la nueva novela de Sanchiz. Debe saberse, por ejemplo, que es la primera que publica en un sello grande, dato que no es menor porque el autor busca adaptarse a ese registro proponiendo una historia 'diferente' a las que viene publicando. Como si fuera una versión pop del estilo del autor, se entiende que no habrá en esta diez o más páginas describiendo minuciosamente a los aviones soviéticos Mig, por ejemplo.
Otra singularidad de La expansión del universo se manifiesta en la portada del libro, donde se muestra una foto de su infancia (junto a uno de sus abuelos) y se anuncia airadamente que es una novela realista. ¿Se habrá metido el autor en la autoficción? ¿Se producirá una colisión entre las biografías de Sanchiz y la del personaje Federico Stahl? Estas señales ayudarían a 'suavizar' el erróneo prejuicio de que para leer a Sanchiz habría que tener una cartografía que permita ingresar a sus tramas de distopías, ucronías y otras herramientas de la ciencia ficción, novelas que se desarrollan entre la novela y el ensayo. La expansión del universo -de acuerdo a la portada y al texto de contratapa- se alejaría del estilo de El gato y la entropía, y se tomaría un desvío del registro de, por ejemplo, El orden del mundo. Todo esto es aparentemente cierto, pero en todo caso los mecanismos ficcionales siguen siendo más o menos similares, y lejos está La expansión del universo de ser una novela estrictamente realista. Parece, en todo caso, y me refiero a las 'señales' de la edición de Random House, un divertimento del autor, en una novela que parte en principio de la memoria familiar de Federico Stahl para cruzarse con la historia reciente (la dictadura, el exilio, los desaparecidos), y luego todo se mezcla con un oscuro escritor de ciencia ficción, el que en definitiva aparece y desaparece, misterio a resolver por Stahl y que involucra a un tío, a su abuelo y a un cadáver que encontró siendo niño en Neptunia.
Ya entrando en la lectura de La expansión del universo, en las primeras páginas Sanchiz presenta un detalle no menor que relaciona la nuevo novela con otras de su cosecha (especialmente con Verde). El cuerpo que encuentra Federico, al comienzo de todo, en similar incidente al que se narra en el comienzo de Verde, se vuelve el disparador de ambas ficciones y produce dos historias que divergen desde ese punto nodal. En los dos relatos se trata de un niño (Federico) que sale en su bicicleta a pasear por un balneario (Neptunia) y llega a un lugar alejado. En Verde lo que encuentra es un alien y todo dispara a planos de ciencia ficción; en La expansión del universo lo que encuentra es el cadáver de un hombre asesinado y señales de haber sido torturado, lo que da paso a tópicos de novela histórica y policial pero no es más que uno de los universos paralelos en los que Sanchiz mueve a Stahl, personaje que en este caso abandona su capa de músico glam por la de escritor de divulgación cientifica (es el autor del libro La expansión del universo al que se refiere en la novela, un treintañero que emigró a Barcelona y que busca respuestas a historias familiares nunca aclaradas vinvuladas con su tío, su abuelo, su madre y el cadáver que descubrió esa lejana mañana que salió con la bici).
Hay algo más importante -en todo caso- que debatir sobre los registros de la obra de Sanchiz, o especular sobre cuánto hay de autobiográfico o no en La expansión del universo. Ya no quedan dudas que sus novelas lo ubican como el mayor autor de ciencia ficción en la literatura uruguaya, pero la gran pregunta con esta última de sus obras es por qué decidió meterse con la llamada historia reciente como tema, qué lo llevó a ese tiempo histórico cuando sus obras transcurren en su mayoría a finales de los años 90 y comienzos del 2000.
La mirada literaria
“Pasé años pensando que no me interesaba tocar el tema de la dictadura en mis ficciones”, dice Ramiro Sanchiz, en un intento de aproximar una respuesta a la pregunta que es posible se formulen no pocos de sus lectores. "Una de las razones quizá pase por haber crecido en un hogar relativamente desideologizado o despolitizado. Después, ya en los noventa, cuando me dedicaba sobre todo a escribir ciencia ficción y a pensar en un contexto de contracultura under, trataba de eliminar toda referencia a Uruguay y, en especial, a su tradición literaria. La idea de la dictadura como un tema obligado o al menos recurrente me resultaba cansadora, incluso irritante, así que la idea de ser un escritor uruguayo que decía no querer saber nada con ese tema para sus libros, me gustó como para integrar lo que veía como mi propio perfil de escritor. Poco a poco, de todas formas, empecé a acercarme a la historia reciente, en parte porque mi rechazo basal a lo uruguayo ya había remitido y porque estaba escribiendo cosas como Lineal o Perséfone, que tienen marcas muy montevideanas y por tanto incorporaban algo de la realidad uruguaya, de una forma u otra".
"La expansión del universo no me parece singular: está integrada a un conjunto que da un significado específico a su realismo, por decirlo así. Quizá sea una novela sobre la manera en que una generación, la mía, pasó por su adolescencia noventera relativamente desideologizada y después, avanzada la primera década del siglo XXI, empezamos a reencontrarnos con una literatura más política. Entonces, supongo que toda esta historia personal con el tema en cuestión ha formateado mi mirada al respecto. Me sigue aburriendo la literatura dedicada de lleno a tocar esos temas, a la idea de la “novela de la dictadura” o “la novela de los tupas” como un género (del mismo modo que Javier Cercas pudo haber dicho que estaba aburrido de la novela de la guerra civil española como género narrativo), y creo que por eso, al matizarlo desde otros intereses (el under y la contracultura de los ochenta, los videojuegos, la ciencia y la ciencia ficción) el resultado es –quiero creer- diferente".
La conexión Calderón
Ramiro Sanchiz y Gabriel Calderón no se conocen y sus obras no dialogan entre sí ni comparten referencias explícitas. Pero tanto el novelista como el dramaturgo vivieron sus respectivas infancias en los años 80 y comparten abordajes sobre la ciencia ficción y sobre la necesidad de buscar una manera 'diferente' para narrar la historia reciente. En el caso de Calderón, este encuentro se explicita en Or y Ex, dos de las obras que integran la pentalogía fantástica del autor.
"Tanto Or como Ex tocan temas relacionados con el pasado reciente", dice Calderón, consultado sobre la relación de dos de sus piezas teatrales con la temática de la dictadura. "Hay varias ideas que han ido cuajando en esas obras sobre la memoria y sobre los desaparecidos. Por un lado, se trata de atravesar esos temas, de preocupacion actual para mí, desde una mirada diferente. Y esa posibilidad me la otorga la ciencia ficción. Porque al suspender valores morales y comportamientos cotidianos, le podés cambiar el ángulo a cualquier tema. Por ejemplo, en una invasión zombie, se suspende todo, lo que hasta ese momento regía, de valores morales, y se piensa la vida y la muerte de manera diferente. Ésa es razón principal de por qué yo trabajo con ciencia ficción, con elementos fantásticos que trastoquen, perviertan, remuevan las estructuras. Yo trabajo los elementos fantásticos como los veía Borges; es decir que un elemento fantástico irrumpe en un modelo dado, cotidiano, usual, para poder pensar todo de manera diferente, pervertido por este elemento fantástico. Mi interés no es que la fantasía irrumpa para explicar el elemento fantástico. Esas no son las preguntas de mi trabajo, sino trastocar y repreguntarse lo usual... Y a su vez, como el tema de la memoria y de los desaparecidos, sobre todo en nuestro país, está tan trillado y es tan difícil hablar desde una nueva perspectiva, me parece que estos elementos por lo menos permiten una mirada diferente. No digo mejor ni peor, pero sí una mirada diferente".
Vuelvo entonces a la humorada de Repo man, a ese finísimo guiño político del guionista y director australiano Alex Cox sobre los desaparecidos, que en el año 1984 podía leerse como una frivolidad posmoderna o bien como un mero chiste burdo y de mal gusto. La lógica lisérgica y de comedia punk le permitía a los dos personajes tocar el tema de los desaparecidos con una mirada de universos paralelos, de tiempos superpuestos, de misterio a ser resuelto en clave de ciencia ficción. Similar mecanismo es el que utiliza Calderón con la máquina del tiempo de Ex, en el continuo aparecer y desaparecer de los muertos de la memoria de la protagonista, práctica que por acumulación provoca una comedia de gran ritmo mientras en el escenario se discute sobre diferentes desvíos de la historia y de los relatos, y de la miseria de unos cuantos de los personajes de ese pasado convocado al presente.
"La idea de desaparecidos, ampliando el espectro de connotaciones pero sin desatender a la vez las más políticas, me resulta fascinante. Los desaparecidos, sí, pero también los aparecidos y la aparición como fuente de horror o inquietud", agrega Sanchiz, que propone en la trama de La expansión del universo la reconstrucción de una historia familiar que le depara al lector, más que alguna que otra sorpresa, la sensación de que hay muchas cosas que todavía no se contaron y permanecen desaparecidas y que están ahí -en alguna esquina del tiempo- esperando a ser contadas.
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libros sobre discos
Hace
exactamente un año. Me lo recuerda una foto de Facebook, no la
memoria personal hecha pedazos y repleta de agujeros negros. Después
de advertir la habitual sensación de "pasaron tantas cosas, mirá vos,
no lo puedo creer, en solo un año", descubro un hilo
interesante entre los recuerdos vivenciales que se superponen en
completo desorden. En la imagen que se adjunta al final de este post aparezco en compañía de Carolina
Bello, Matías Castro y la estrella es Natalia Mardero, porque esa
noche se presentaba la reedición de Guía para un universo,
un libro de esos raros y fascinantes para el que escribí unas
líneas en la contratapa. Pero el asunto no está ahí, en esa
fotografía,
ni en el libro de Natalia, sino en que unos minutos antes, en la
vereda de la calle Florida, mantuve una breve conversación con
alguien a quien no veía ni
hablaba desde hacía mil años.
Andaba en la vuelta Ramiro Sanchiz. También Martín Fernández,
cargando libros de Natalia de un lado para el otro. Ahí,
en plena calle, fue que Gustavo
Verdesio me
encaró con una propuesta que en principio desestimé, o traté de
desviar, o hice lo que pude para poner cara de póker: él
andaba con la loca idea de
una colección de libros sobre música, algo relacionado con discos,
lo que quiere decir droga en estado puro para alguien como yo que una
de las pocas cosas que sabe hacer, con convicción y ligereza, es
hablar y hablar y escribir y escribir sobre discos. Pasaron varios
meses, hasta que a la vuelta de las vacaciones el que me abordó fue
Martín. El asunto era serio: Gustavo iba a dirigir una colección
para el sello Estuario. Querían que yo escribiera uno. No me pude
escapar. Dije que sí. Me comprometí. Y me puse a escribir sobre
Tango que me hiciste mal,
de Los Estómagos, y hoy, cuando miro la foto, se dispara esa idea
pelotuda de que cuando estaba ahí, hace exactamente un año, no
tenía ni idea que doce meses después habría
escrito y publicado un libro que no estaba en ninguno de mis planes y
proyectos. Supongo que algo
similar le sucedió a Ramiro Sanchiz, que esa noche también andaba
en la vuelta y acaba de publicar este mes de noviembre de 2017 el
libro Caída libre,
sobre el disco de La Trampa. Es precisamente el libro que acabo de leer y no dejo
de sorprenderme y de redoblar el entusiasmo en lo relativo a la
colección que pergeñaron Gustavo y Martín. Parecía una locura
pero adquiere algo
más que sentido. Si bien no puedo distanciarme respecto a lo que
provoca la lectura de lo que escribí sobre Los Estómagos (y sobre
mí, porque elegí el camino de la autoficción, o bien de enredar
asuntos personales y procedimientos novelísticos, o como bien dijo
Sanchiz "es la historia de amor entre un hombre y un disco"),
en la lectura de Caída libre confirmé
la necesidad de estos libros que estamos escribiendo, entre varios
locos melómanos, una necesidad que excede la simple colección de
relatos sobre episodios musicales. Sanchiz, en Caída
libre, anota dos o tres goles
(aunque él no sepa lo que es el fútbol). Uno de ellos es narrar una
época, o bien tentar la interpretación de un momento (los
alrededores de la crisis del 2002 en Uruguay), circunstancia que es
inseparable de la concepción del disco de La Trampa. En ese ir y
venir entre obra y contexto, y especialmente en su arriesgado
capricho de situar a Caída libre como
un disco conceptual, exhibe argumentos y procedimientos
que hacen que el libro se convierta en un manual de cómo escuchar un
disco, o más aún, de cómo interpretar y desmontar una obra
artística. Hay más, mucho más. Sin contar los aciertos, tanto en
la elección del disco (soy de los que a priori no entendía por qué
Sanchiz había elegido Caída libre, que seguramente no fuera de su gusto personal) como en las lecturas que hace de las
canciones, de los textos, de los sonidos, de prácticamente todo, en
una disección exhaustiva y minuciosa, está muy bien escrito y se
lee en un rato, entre el ir y venir de poner el cedé en la
compactera y comprobar que el 2002, según Sanchiz, tiene en este cancionero de La Trampa una
expresión musical que habla mucho de una o dos generaciones, de una
comunidad y de todo un país que estuvo al borde de desbarrancarse. Vendrán otros libros de la serie Estuario Discos. Todo
indica que la colección, o buena parte de ella, servirá no solo
para aproximar miradas sobre la historia musical uruguaya reciente,
sino también para exponer diferentes y provocativas miradas sobre la
creación y sobre el territorio emocional que habitamos. No son
libros de música, como temí en la primera propuesta que me hizo
Gustavo Verdesio, la noche de la foto; son libros que hablan de la
vida y de ciertos sonidos que la acompañan en este más o menos olvidado lugar del
planeta.
en el borde del horror
La novela italiana Anna, de Niccolò Ammaniti y la uruguaya Verde, de Ramiro Sanchiz evocan universos amargos y
distópicos. Si bien ambas plantean historias muy distantes en sus
geografías y en estilos narrativos, tienen en común el horror y la
evidencia del lenguaje como protagonista y como zona de conflicto
contemporáneo.
Anna
es el relato de una fuga sin posibilidad alguna de final feliz. La de
Anna, una niña italiana, y su hermano menor Astor. El mundo tal como
lo conocemos ha dejado de existir. Una peste acabó con todos los
mayores de 14 años y ellos dos son agónicos sobrevivientes de una
especie en extinción. Ammaniti, uno de los mejores escritores
europeos contemporáneos, célebre por sus crueles relatos de
infancia (en especial su notable primera novela No tengo miedo),
maneja aquí con sumo talento un escenario distópico, un territorio
poblado de cadáveres y restos de una civilización que desaparece y
abre paso a una nueva barbarie habitada por niños casi salvajes que
han ido perdiendo el lenguaje y cuyos mecanismos de supervivencia son
similares a los de una jauría de perros asesinos.
Verde
es el relato de una fuga que tampoco se concreta. El protagonista
de este "atrapado sin salida" es Federico Stahl (habitual
personaje de las novelas de Sanchiz), o una de sus versiones, en una
deriva a través de la memoria, en sucesos que se van encadenando a
partir de una alucinación infantil (un cuerpo extraterrestre en una
laguna) y que lo llevan a ir perdiendo pie en los recuerdos, o mejor
dicho, a la terrible sensación de advertir que se van destruyendo
sus posibles identidades y planos reales hasta una irremediable
locura y silencio (el fin del libro). Los escenarios son acaso interiores, en un borde alucinatorio que Sanchiz maneja con muy
buen pulso y que tiene dos curiosos puntos en común con la novela de
Ammaniti: el horror hacia la orfandad de la próxima generación (hay
un espejo posible entre Anna y Margarita, hija de Federico; también
hay otro espejo entre los juegos de infancia de Federico y su amigo
Marcos en el balneario, y las peripecias que viven Anna, Astor y
Pietro, un amigo que encuentran en el viaje y que guarda el secreto
de la imposibilidad de la fuga), y la idea de que el lenguaje está
en una zona de peligro y de posible extinción.
El
fin del lenguaje
"Europa
ha muerto", como profetiza una vieja canción del grupo de rock
Los Ilegales, es una de las premisas que sostiene el universo
descrito por Ammaniti en Anna. Pero no se trata de la simple
crónica del final de una civilización. Si bien en la mayor parte de
la novela del italiano son las descripciones y las anécdotas
plagadas de muerte y espanto, sobrias y amargas, las que hacen
avanzar al lector, el centro gravitatorio parece estar en otro tipo
de derivaciones, en historias que tienen que ver con dos adultos que
han dejado marca en Anna y su amigo Pietro.
La madre
de Anna, por la obsesión por entrenar a su pequeña hija mediante
las páginas del libro Las cosas importantes, una serie de
manuscritos escritos por ella en los que refiere a formas de
sobrevivencia en un mundo sin adultos, sin agua, sin electricidad,
sin comida. Una de las recomendaciones es que le enseñe a leer y a
escribir a Astor, tarea que Anna lleva a cabo con dedicación y
disciplina. La otra derivación procede del extraño y friki novio de
una de las tías de Pietro, el último en morir de su familia, un
"orangután" (así lo define el niño) empeñado en
escribir una novela sobre el apocalipsis y que vive sus últimos días
en la euforia demente de creer estar escribiendo el libro más importante
de la historia. (Ammaniti no subraya la posibilidad austeriana de que
ese sea el texto que estamos leyendo, pero cabe esa posibilidad
circular que puede amortiguar la sensación de vacío. Es preferible,
y más amarga, la interpretación de que el libro de Patrizio, así
se llama el "orangután", es inútil).
Ambos
intertextos dentro de Anna se vuelven, ante el avance del
tiempo y el resacoso e inevitable apocalipsis, cadáveres de similar
inutilidad a la de todos los productos tecnológicos inservibles que
conforman el paisaje en el que avanzan los niños. Los nuevos mitos,
en cambio, creados por la necesidad más o menos pandillera, son
burdos y desesperanzadores. Poco se puede esperar de la nueva
barbarie. Bien lo sabe Anna, a pesar de llevar su fuga hacia el mar
(ellos proceden del interior rural de Sicilia y pretenden llegar a la
costa para cruzar al continente y buscar adultos sobrevivientes).
Pero lo que encuentra, sobre todo después de la muerte de Pietro y
del episodio del secuestro de Astor, es cada vez más pesadillesco y
se hace más difícil mantener el lenguaje. Los "niños azules",
de los que hay que cuidarse en el camino, han perdido toda relación
con la cultura de sus padres: se comunican mediante gestos y forman
una comunidad dedicada a matar para comer. No hay salida al
laberinto.
El fin
del lenguaje, o por lo menos la imposibilidad de escapar de la
certeza de un laberinto endiablado, es una de las principales
sustancias que hacen de Verde una gran novela. Si la de
Ammaniti es de alguna manera una fuga exterior, los caminos de la
novela de Sanchiz se juegan en un mundo interior, acaso tan brumoso y
terrorífico como el desierto positaliano. Federico
escribe y escribe, pero el lector advierte que la luminosidad de las
primeras páginas, en el relato de los veranos en Pinamar y Punta de
Piedra, se va enrareciendo en las posteriores derivaciones: el viaje
a Belem, la invitación a tomar ayahuasca, una confusa internación,
una aventura en la Amazonia, luego una perceptible depresión, una
visión alucinada en el río, el posterior regreso a Montevideo, o
más bien a un lugar que ya no se sabe si es real, porque las
posibilidades alternativas operan en la escritura de Federico Stahl y
en su forma de recordar y reconstruir el mundo. Se va quedando sin
memoria, sin pasado, sin relato. Es el final de la fuga y también
del libro. Federico ya no puede narrar cuando se le escapa toda la
posibilidad de evocar y queda atrapado en un presente afiebrado e
implacable. De forma más o menos similar, en Anna se llega a
un final más o menos abrupto, cuando el narrador abandona a Anna y a
su hermano Astor ante la cercanía de la muerte de la niña (la
enfermedad aparece en el fin de la infancia). Porque sin Anna, lisa y
llanamente no hay relato y no hay lenguaje.
En esa
imposibilidad de poder narrar, en el carácter trunco de ambas
historias, reside uno de los mayores impactos de ambas novelas: en la
evidencia de que el terror se transfiere al lector, provocando una
incomunicación que hace inapresables ambas historias, jugadas al
máximo en un territorio distópico.
Alucinaciones
y portales
Anna
es el relato de una gran alucinación, de una pesadilla que no da
respiro, pero siempre se mantiene en un plano real. Las cosas son lo
que son, como en otras novelas de Ammaniti jugadas al realismo, e
incluso podría decirse que lleva al máximo una alucinación pero en
sentido inverso a la que probara en la cínica y divertidísima
sátira Que empiece la fiesta. Acá, al ejercitarse en la
ciencia ficción, mezclada con novela de iniciación y de aventuras,
se prueba en un territorio distópico y firma una gran novela, de
esas de las que no se sale ileso.
En Verde,
el asunto es un poco más complejo: Federico Stahl tiene plena
conciencia de atravesar portales que lo llevan a alucinaciones o bien
a situaciones que no deberían ser reales (algo que ya probó Sanchiz
en la poderosa novela El gato y la entropía). El gran
problema es que el laberinto empieza a asfixiar a los recuerdos y a
versiones más tranquilizadoras. Sanchiz, que suele moverse con
comodidad en la ciencia ficción, pone la mira esta vez en el temor a
lo diferente, a la alucinación, llevando a su personaje –y luego
al lector– al territorio cenagoso del horror.
((artículo publicado en revista CarasyCaretas, 2016))
puertas lisérgicas
Entre el rock, el
ensayo y la ciencia ficción, ambientada en una ciudad de Montevideo
distorsionada por las guerras musicales, Ramiro Sanchiz compone una
gran novela, que promete convertirse en centro de operaciones
literarias ya delineadas en Perséfone,
La vista desde el puente y
otras de sus novelas protagonizadas por Federico Stahl.
¿Qué pasa en El
gato y la entropía, en sus
abigarradas páginas, sin cortes de capítulos y con abundantes notas
al pie que desvían, disgregan, lo que equivale a construir zonas
intangibles del puzzle? Una sucesión de escenas que van desde
episodios casi delirantes de las guerras musicales, conversaciones
zarpadas en una fiesta, versiones sobre historias de Rex y ensayos de
una banda de rock, o de una llave mágica que tiene una chamana
mexicana, críticas musicales, análisis sociológicos sobre
Montevideo, y sobre el final la épica de aventurarse en un vórtice
ubicado en un caño entre las ciudades de Las Piedras y La Paz.
Federico Stahl está en
su apartamento. Es sábado, o eso parece. No se siente muy bien. Es
pura ansiedad, pura fobia, atribulado entre historias que quiere
escribir y le dan vueltas en la cabeza, atormentado por esa cumbia
odiosa que estalla desde el pozo aire del edificio. Espera a Adrián.
La idea es acompañarlo a trabajar, a una fiesta en Carrasco, al
cumpleaños de un cheto. Tienen que instalar una pantalla y cuidar
que la proyección sea correcta.
El que llega, antes que
Adrián, es Rex, otros de los grandes amigos de Fede. Hace algún
tiempo que no lo ve. Rex no emite sonido alguno. Le enseña un papel,
donde se lee: "No puedo hablar. Droga anoche. Alteró centro del
habla". A partir de ahí se disparan historias, como si los tres
amigos fueran bolas de un flipper lisérgico que no da señales de
detenerse, que sigue dando una ficha y otra.
La lectura de El
gato y la entropía puede
acompañarse con la escucha de discos de David Bowie y de Bob Dylan.
De ahí para abajo, viene muy bien todo aquello que facilite la
entrada a una novela que no para de avanzar, de suceder, de devorar
posibilidades, en un transcurso en el que el autor no da respiro,
convencido de que la capacidad de invención no debe detenerse. El
único de los tres personajes que parece tener un plan más o menos
definido para el fin de semana es Adrián. Los otros dos derivan en
un fin de semana que no para, con centro en una fiesta de puertas
lisérgicas y personajes extraños: los hermanos/amantes gitanos,
Nico, Paola y su amiga, el designer. Todo se va enrareciendo, o
volviéndose más luminoso, mientras Fede plantea y experimenta
teorías, siendo consciente de que su amigo Rex es el que en
definitiva deforma las historias.
Hay escritores que van
de novela en novela, preocupados en "contar bien una historia".
No es el caso de Sanchiz. Su apuesta es la de distorsionar lo real y
al mismo tiempo diseñar un universo propio, un plan más o menos
definido, un puzzle del que ni siquiera pretende conocer de antemano
la figura final. El plan, ya delineado en Perséfone y
en La vista desde el puente (ambas
publicadas en Uruguay), con Federico Stahl y su cofradía glam, se
gesta en un borde de la ciencia ficción y en la certeza de una
máquina de ficcionar que le debe -en capacidad y sentido de la
distorsión- a grandes autores como Bolaño, Aira y Levrero. El caso
de Sanchiz se emparienta, en el plano local, con la saga que viene
desarrollando Nelson Díaz, jugado El Hombre de Negro, en sus libros
Corporación Medusa y
Resaca, a
un territorio noir, pero trabajando ambos autores en una Montevideo
más o menos alucinada y en esa fina capacidad de intervenir
personajes ficcionados y reales.
![]() |
| Foto: Antonio Borrell. |
Ramiro Sanchiz sabe
narrar con elegancia y se maneja como un equilibrista entre tanto
sendero que se bifurca. El gato y la entropía es
una novela que hacía más que falta en la construcción de su
universo literario y en una narrativa -la uruguaya- tan poco proclive
a aventuras ambiciosas. Es, ni más ni menos, una fáctica puerta de
entrada a una obra de la que se esperan más diversiones y entropías.
Y se disfruta como pocas, sobre todo para aquellos que no le teman a
una fiesta donde lo que importa no es la trama sino las derivaciones
que pueden llevar a inciertos pactos con el diablo, afirmaciones
sobre la importancia de Led Zeppelin, conocer lo que en verdad le
pasó en una casona de Punta Carretas con un gato y restos de comida
podrida, o la propia certeza de que finalmente Federico se dispuso a
escribir lo que pasó en el fin de semana, sin acostarse a dormir y
encerrado... porque Rex se llevó la llave y dejó una última nota:
"Vuelvo enseguida".
((reseña publicada en revista CarasyCaretas, 02/2016))
rastros de una estrella llamada ziggy
"Me
genera incomodidad hablar de un músico, o de cualquier persona, para
alabarlo después de muerto", empieza el email que me envía Martín
Rivero, cantante de los legendarios Astroboy. Es el primero al que consulto, en la mañana del maldito lunes de la muerte de David Bowie, con la idea de armar un texto colectivo. Es también el primero en
contestar. Adjunta al mensaje una foto en la que él aparece con el
maquillaje de Ziggy Stardust.
Tengo buenos recuerdos de esa noche, en BJ de
la calle Soriano, con los Astros recorriendo el repertorio del primer
Bowie. Sigo leyendo el mensaje: "Además -continúa Martín- con
el atomice de las redes sociales, da la sensación de que nos
regodeáramos cada vez que alguien relevante muere. Como si
tuviéramos la necesidad de ser los primeros en decir que alguien
murió. Tampoco siento la necesidad de decirle al mundo todo lo que
significó esa persona para mí. No creo que a nadie le interese
mucho. Entiendo que tenemos la necesidad de mostrar gratitud y
respeto hacia esa persona, pero el mejor homenaje es escuchar su
música. De esa forma va a vivir para siempre".
Martín tiene razón.
Pero no. Qué se yo. Decido seguir adelante con la pesquisa: me
interesa muchísimo conocer el testimonio de tipos como él, también de artistas pop
como Dani Umpi y Javier Abreu, de músicos como el terapeuta
Daniel Jacques, de escritores que han ficcionalizado al propio
Ziggy... Ramiro Sanchiz en varias de sus novelas, Gustavo Espinosa en
Las arañas del Marte y
Roberto Echavarren, que sé que estuvo en Londres, en el año 1972, y
no en vano escribió la andrógina Ave Roc. Y de, por ejemplo, artistas como Magela Ferrero. La relaciono directamente con él, no sé por qué, tal vez porque hace un par de años nos vimos en Berlín.
La noticia circuló con
la velocidad a la que nos tienen acostumbrados las redes sociales. El
lunes 11 de enero de 2016, a primera hora de la mañana, se supo de
la muerte de David Jones, más conocido como David Bowie, uno de los
músicos más influyentes y creativos en la historia de la música
contemporánea, del rock. Había nacido en el barrio londinense de
Brixton. Sus últimos años los pasó en Nueva York. Entre medio,
dejó más de un incendio en Berlín y su rastro se volvió
planetario un momento después del final de los Beatles. Eran los más
que lisérgicos años 70, cuando estrenó canciones inflamables como
"Starman", "Space Oddity", "Heroes".
Hoy, su música, es posiblemente más influyente que el legado de
Lennon & McCartney. No solo entre músicos, sino entre cineastas,
escritores y artistas visuales.
El narcisista: "Inolvidable fue el primer disco que compré de él, un grandes éxitos, en el viejo Palacio de la Música de 18 de Julio y Paraguay. Siendo yo adolescente, en los años noventa, Bowie no me parecía música vieja y sus videos que se veían por canal 10, realizados con croma, tenían la seducción del vintage. Es que Bowie tiene 'eso' y digo 'eso', porque muchas veces siento que las palabras encorsetan a los artistas. Bowie creó a ese David Bowie que nos fascina, narcisista y camaleónico como todo gran artista debe ser". (Javier Abreu. Artista visual).
El transgresor:
"Creo que todas las decisiones artísticas de Bowie fueron
impecables y ejemplares. Manejaba las coordenadas que más me gustan:
el misterio y la ambigüedad, siempre colocándose en un lugar
sobrenatural. Nos supera a todos porque tiene el factor mutante, algo
que se puede asociar a superpoderes salvadores. Era tan consciente de
su genialidad que construyó esa aura mediática a la perfección.
Nada era azaroso, se inventaba desafíos constantes y eso me
encantaba. No es solo referencia, inspirador, transgresor, sino que
creó un mecanismo, una especie de lógica maestra de cierto tipo de
creación artística en el pop". (Dani Umpi. Escritor, cantante
y artista visual).
El
innovador: "A Bowie
lo conocí por la Pelo,
histórica revista de rock argentina. El primer disco suyo que
escuché fue Pinups,
que era de covers de sus temas preferidos. Lo pasaron en el programa
Impactos, de Berch
Rupennian, año 1972. Me parecía un gran músico, y claro, me atraía
y chocaba a la vez con su imagen andrógina. Pero cuando escuché
"Life on Mars?", en el programa antes citado, intuí que
estaba ante un grande. Y a partir de ahí, lo seguí siempre. Nunca
sabías con qué musica y/o vestimenta iba a salir en el próximo
disco. Hizo variaciones armónicas, en el rock, que nadie había
hecho hasta entonces. Lo mismo a nivel de letras. Como actor, también
me parecía descomunal. En fin, tocó todos los palos, y para mí
siempre salió muy bien parado. En la época que comenzaron los
videoclips también fue un innovador, hasta el final. Mi video
preferido igual es "Ashes to ashes", una pequeña obra
maestra. En mi opinión, es el mejor solista que dio el rock. Y otra
cosa importante es la libertad creativa que siempre tuvo y
consiguió". (Daniel Jacques. Músico. Integrante de Los
Terapeutas. Está preparando su primer disco solista).
David Bowie firmó una
veintena de discos, varios de ellos objeto de culto para los
melómanos, como el proto glam Hunky Dory o
el electroindustrial 1.Outside,
por nombrar dos de ellos casi al azar y de tiempos muy distantes. O
ese de título largo y portada emblemática, llamado The
Rise and Fall of Ziggy Stardust and The Spiders From Mars,
centro vital de la epopeya del personaje Ziggy. Pero
parece injusto, o incluso torpe, ponerse ahora a recordar, listar y
enumerar. Porque la presencia de Bowie está más allá de un puñado
de discos, de canciones, de videoclips o de apariciones performáticas
que sacudieron la propia cultura popular. Dicen que inventó el glam.
Dicen que supo mover, como nadie, los hilos del arte entendido como
provocación, elegancia y androginia. Se dicen muchas cosas, sobre
todo porque el propio Bowie entendió -como pocos- que una obra de
arte necesariamente es una construcción de subjetividades, de
imágenes que pueden desencontrarse o simplemente implosionar, de
bipolaridades que hacen posible esa incómoda sensación de rareza
que siempre provocó, en cada canción, en cada etapa de su vida.
***
El
antropófago: "Hace
unos días, conversando sobre un texto inédito de alguno de
nosotros, sin pensar en Bowie (ni en Bowie muerto), Amir Hamed me
dijo que cualquier gesto o realización artística que pretendiese
eludir la banalidad debería amenazar los límites de su propio
género. La obra de Bowie sostuvo siempre este precepto. Mi primer
encuentro con él fue a través de un ejemplar de la revista Pelo,
de algún mes de la década del 70, cuando Ziggy Stardust daba paso
al duque blanco y flaco. La educación sentimental de un rocker
treintaytresino era azarosa y lenta: a veces los posters y las
reseñas nos llegaban antes que los discos. En el mismo
descubrimiento ya percibí la autoridad de un espesor ominoso en
aquel pitoniso líquido del rock and roll, cuyas performances
desbordaron siempre, de un modo poderoso y obsceno, los formatos de
la cultura de masas que era su ambiente. Creo que mi interés por su
obra, lo que me hizo perder el pudor de robarle un título, ha sido
menos musical que plástico y literario. Su puesta en abismo del
rock, su antropofagia sobreproducida, su megalomanía, corresponden a
un gran artista barroco. RIP. (Gustavo Espinosa. Escritor y músico.
Autor de la novela Las arañas de Marte).
David Bowie consiguió, en los últimos años, mantenerse al margen de la
vida pública. Una gran ciudad como Nueva York le permitió el juego
del anonimato, contando -eso sí- con la complicidad de sus allegados
y la comunidad artística. El hermetismo llegó al punto que la
prensa musical nunca se enteró que grabó un disco en la Gran
Manzana -el formidable The Next Day-,
y dos años después fuera capaz de repetir el mismo golpe con
Blackstar. Nunca se
filtró un dato, nada, ni siquiera del cáncer de hígado que lo
tenía cercado y que en definitiva viene a ser el detonante de esa
última obra cumbre que incluye, además de siete canciones
extraordinarias, dos videoclips en los que aprovecha para asestar un
último juego simbólico, una macabra misa negra en la que oficia de
autor, protagonista y víctima. Y antes de que se llegara a
interpretar cada una de sus entrelíneas, llegó la noticia de su
muerte física, el maldito lunes 11 de enero, noticia que lo explica
todo, como un acto mágico que cierra el viaje del Major Tom, aquel
jovencísimo astronauta lisérgico de "Space Oddity", que
casi cincuenta años después deviene en el elegante cadáver que se
ve en el clip de "Blackstar". Sin hablar de las imágenes
que erizan la piel, las de "Lazarus", nada más y nada
menos que Bowie filmando su último acto, en la cama del hospital,
con los ojos vendados, y su sombra negra, su "blackstar",
se mete en la última escena en un ropero de madera.
***
La última obra:
"Escribo estas líneas el lunes 11 de enero a las 10.30 y llevo
tres horas en un mundo sin Bowie. Las computadoras de mi mente -por
usar la expresión de Philip K. Dick- entraron en fase obsesiva, como
si fuese la única manera de no procesar todavía esta muerte, por un
ratito más al menos. Y estoy haciendo sonar "Heroes", en
repeat. No sé qué voy a escuchar después. Seguramente Blackstar,
esa obra maestra final que ahora gana capas y capas de sentido extra:
fue el disco de su muerte, y si Bowie nos trajo tantos sonidos del
futuro y de otros planetas, ahora nos dejó estas siete canciones del
más allá, que repasan minuciosamente su carrera y todavía se
permiten vislumbrar caminos que no serán recorridos. Y en el video
de "Blackstar", recuerdo, se ve un astronauta muerto, quizá
el Mayor Tom, primero de las personas o personajes que fue Bowie.
Ahora a las computadoras de mi mente les parece entender -otra
ilusión, mientras sigo sin aceptar esta muerte- que se haya
despedido así, que haya cerrado el círculo". (Ramiro Sanchiz.
Escritor y crítico literario. Autor de la novela El gato y la
entropía).
***
Todas
esas historias se vuelven más simples, más diáfanas, al escucharlo
en sus canciones o admirarlo en sus videos. Desde el rock dramático
y algunas perlas folk de sus comienzos, hasta los experimentos
actuales con free-jazz, mezclando soul con electrónica alemana. Sin
hablar que era dueño de una de las voces más privilegiadas del
rock, tanto en la electricidad de sus agudos como en la sensualidad
de sus graves. Cada uno tiene y tendrá sus canciones favoritas. La
que hoy se impone, y se vuelve necesario escuchar, una y otra vez, es
"Lazarus", que larga, con la mejor voz de Bowie, con los
versos "Look up here, I'm in heaven. I've got scars that can't
be seen" (Mira aquí arriba/ estoy en el cielo./ Tengo
cicatrices/ que no pueden ser vistas). //
Ziggy en MVD: "En el año 2007, con Astroboy, hicimos un homenaje a Bowie tocando todo un show entero de sus canciones. Me gusta haberlo celebrado cuando estaba vivo. Esa noche lo celebramos todos y la recuerdo muy seguido. Igualmente, lo que a mí me pase no es demasiado importante. Lo que importa es él. Solo con su nombre alcanza para expresar todo lo que significa para el mundo de la música". (Martín Rivero. Músico y artista visual. Ex integrante de Astroboy).
Porque todos morimos un poco: "Bowie concibió la amistad, la diferencia, la referencia y mundos paralelos tangentes al espacio. Fue custodio de sus dientes, de sus ojos dispares y de sus polivalentes pulsiones endócrinas. Es, sin duda, a través de ese coraje natural con que ejercía su existencia que muchas veces reparé en la posibilidad de volverme yo misma. Llegué a él por causa del amor. Leandro Delgado hace muchos años me hizo reparar en su ser. Me dijo lo que decían sus canciones y me habló de su obra con admiración y entusiasmo. Leandro es un amigo a quien admiro, así es que inmediatamente hice mío su amor por Bowie. A veces las personas que tenemos trabajos que involucran una reconstrucción, una gestación poética o simbólica de lo que existe, nos preguntamos para quién creamos, cual es el sentido de lo que hacemos, donde nace nuestro lenguaje, por dónde seguir el camino. La muerte de Bowie me empujo a darle respuesta a esas preguntas de un empujón: entregarse a uno mismo sin temor, exponerse al error, enfrentarse al deseo. Cuando alguien muere, todos morimos un poco. Pero cuando alguien se revela eterno a todos regala un poco de infinito. Gracias, David Bowie, por tan profunda generosidad". (Magela Ferrero. Artista visual. Fotógrafa).
+++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++
Por Roberto
Echavarren
La primera imagen que
tuve de David Bowie fue con cara de chica y pelo largo en la tapa de
su longplay Hunky Dory. Era una imagen andrógina y seductora,
aunque no muy diferente de la de los muchos hippies de entonces, cuyo
pelo largo se mecía como las guías naturales de una planta
trepadora, con el libre impulso de la naturaleza que nunca deja de
crecer. Supongo que esa imagen era olvidable, un síntoma del tiempo,
pero no mucho más. Uno detenía la mirada en ella, quizá más
notoriamente andrógina que la de muchos hippies que contrarrestaban
con absurdas barbas sus seductoras melenas. Pero bastaba bajar a las
calles del swinging London para ver las densas nubes de hippies,
muchos de ellos provenientes de Estados Unidos, que se posaban como
aves de paso hacia Marruecos o Afganistán por unos días en los
bordes de la fuente de Picadilly Circus. Un congreso de cigüeñas.
Pero después llegó la imagen de Ziggy Stardust (me pregunto si
Ziggy no es apenas una variación de Iggy, de Iggy Pop). Ésta, la
imagen de Ziggy, era altamente chocante. Parecía ir a
contracorriente del look hippie. Ziggy era claramente un producto de
diseño, de recorte, de elaboración radical sobre el aspecto humano.
No tenía nada de natural. Con las cejas afeitadas, make up facial
notorio, corte de pelo “nuevo”, teñido de rojo, y un rayo que le
atravesaba la cara. Fui a uno de los conciertos de Ziggy Stardust. Me
sentí algo incómodo, como si el nacimiento del glam, de un glam tan
recortado, tan deliberado, tan fabricado para llamar la atención,
estuviera a contracorriente, demasiado a contracorriente tal vez, del
look transgresor que nos habían legado los sesenta. Ya este Ziggy
eran notoriamente setentero. A partir de allí evolucionaron los
variadísimos estilos glam que culminaron en los ochenta con las
“hair bands”. Pero las hair bands eran realmente sexys, mientras
Bowie no lo era. Sin embargo, con Ziggy inauguró una tendencia, y
creó una estampa inolvidable. Igual, los chicos del Gay Liberation
Front de Londres continuaban con el pelo muy largo y toques de
maquillaje más sutiles que los de Bowie. Todavía podía uno
perderse en un pelo perfumado por hojas de hierba y paja fresca del
verano. Bowie en cuanto tal nunca me resultó atractivo, esquelético,
con ojos encapotados y largos dientes separados entre sí que algún
trabajo dental posterior se encargó de enmendar. Es curioso que se
negara a colaborar con una obra maestra como el film Velvet
Goldmine, que se ocupa de ese momento mágico y crucial de los
primeros setenta en Londres, y de la vida de Iggy Pop y la suya
propia. Su condición de bisexual tal vez lo ayudó a superar con
éxito las trampas de la vida gay, como el sida. Con su talento para
manejar su carrera y su dinero, con su imagen siempre limpia y sana,
sin un gramo de gordura, con su habilidad para sobrevivir y variar,
impecable, elegante sí pero ya no llamativo como Ziggy Stardust, uno
habría imaginado que llegaría a los cien años. Pero el destino
suele ser desconcertante y su muerte nos trae la sonrisa sin labios
que nos arranca todas las máscaras, un tiempo que se cierra de golpe
sobre nosotros.
((artículo publicado en revista CarasyCaretas, 01/2016))
((artículo publicado en revista CarasyCaretas, 01/2016))
de qué hablamos cuando hablamos de levrero
Duermo, como todos
los veranos, en la pieza de afuera. Me levanto bien temprano.
Arranco entonces hasta la casa. Llevo un libro de Levrero
que quiero terminar antes del mediodía. La puerta principal está
cerrada. Es raro. No es la única extrañeza. Junto a ella están
varios integrantes de la familia, los que duermen adentro, intentando
abrirla. Parece ser que algunos de ellos llegaron en la madrugada,
luego de una fiesta y todo indica que pusieron la llave al revés o
una llave que no era. No se ponen de acuerdo en el diagnóstico.
Prueban, lo intentan varias veces, forcejean. No hay caso. No abre.
Casi todos se dan por vencidos y se dispersan. Es mi turno. Tomo la
llave que no es y la meto con suavidad en el agujero de la cerradura.
Apenas muevo. Siento que cede.
Hace algunos años, en
esa misma casa, el primer verano que pasé allí cumpliendo el
discreto rol de novio de la hija mayor, quedé encerrado en un baño,
cinco minutos antes de terminar las vacaciones. Todos teníamos los
bolsos preparados, los perros en los autos, las despedidas del último
domingo en el aire. Esa vez tuvo que venir el cerrajero. Llegó a las dos horas, con evidente malhumor. Después de abrir la puerta, en menos de cinco segundos, me miró con cara de sorete.
Dijo que con la fuerza no se logra nada, que la manera de abrir una
cerradura es con suavidad, sin histeria. Dijo que casi siempre era lo
mismo, que había un boludo que ponía la llave al revés.
Meto en el bolsillo la
llave de la puerta principal de la casa del balneario (*). Me concentro en ella. Decido usarla en otra puerta, una misteriosa que está en la pieza de
afuera y que siempre permanece cerrada. Pruebo, con la misma
delicadeza que aprendí en los ojos pedantes del cerrajero. Se
abre. Es un largo corredor. Camino durante varios minutos. Es muy
largo. Tiene baldosas rojas y verdes, del mismo color que las del patio de
la casona de mis padres. Me encuentro con una niña. De unos siete
años. Me mira con curiosidad. Le pregunto de dónde viene. Dice que escapó de un hotel. Estaba jugando a las escondidas con un amigo
y se perdió. Me cuenta de un viaje en barco. Me alegra que no le
haya pasado nada grave. Mis pensamientos empiezan a derivar. No
debería decirle que conozco su historia, que la cambiaron por otra niña, una tal Agustina que se hizo pasar
por ella el resto del viaje. Tampoco que a esa niña no le fue nada bien en un viaje en
globo, cruzando el océano, de vuelta de París. El único que
sobrevivió fue el niño. Pero esa es otra historia.
Sigo mi camino. Abro
otra puerta y estoy en una camino rural, en las afueras de Montevideo. Un auto se detiene.
Reconozco al gordo Trelles en el volante. Dice que está perdido. Le doy unas indicaciones
para llegar a una casa precaria, donde sé que lo esperan con ansiedad pero no le anticipo nada de lo que sucederá. Lo
noto tenso. Sé que tiene un secreto. Todos tenemos un secreto. Yo,
por ejemplo, tengo esta llave y prosigo mi camino.
Todo iba bien, de historia en historia, hasta
que empezaron a volver de la playa. Empezaron a gritar mi nombre, fuerte, y yo que no quería volver de dónde estaba, las baldosas rojas y verdes, una imagen que me perseguía desde hace unos días: la de dos ursos peleando adentro de un Fiat 600. Me puse un poco nervioso. Abrí otra puerta. Corrí hasta que llegué a una
biblioteca, atendida por un viejo un tanto hosco. Lo reconocí de
inmediato: era el cerrajero. Estaba un poco más viejo que la otra
vez. Se presentó como Sanchiz. Le dije que conocía a un tal
Sanchiz, uno que era especialista en Levrero y escribía libros de
ciencia ficción. Me dijo que no me hiciera el zonzo y que devolviera
el libro de Levrero que tenía en mis manos y que al parecer lo había
pedido prestado hacía tres años y cinco meses. Me mostró una ficha
que certificaba el préstamo. Llevaba mi firma.
Le entregué el libro y
me di vuelta. Como para irme. Me gritó. Volví a darme vuelta,
con intenciones de increparlo. Puso la misma cara de
sorete. Había un detalle, no
menor. Estaba desnudo. A su lado, estaba la
niña que jugaba a las escondidas en el hotel. También desnuda. El cerrajero Sanchiz
sonrió.
Me entregó otro libro -"La ley del menor", de Ian McEwan-, y sugirió que me retirara, que tenía cosas para hacer. Lo dijo mientras señalaba la entrepierna de la niña.
Tuvo tiempo para explicarme, brevemente, que se trataba de una novela de abogados,
que mezclaba casos judiciales de Inglaterra con el ocaso sentimental
de una brillante magistrada especialista en defender a las minorías, a los desvaríos de familias religiosas, a los niños de familias disfuncionales, que vienen a ser todas.
Me aburren esas
novelas, le dije.
Son necesarias, dijo. Usted lo sabe.
Apenas la abrí, me encontré sentado en una reposera de playa, tratando de terminar la página veintiocho. La llave, en el bolsillo del
pantalón, me raspaba la pierna. Escuché voces familiares. Algunos reían del episodio de la mañana y recordaban
al cerrajero de la vez que quedé encerrado en un baño. Respiré
aliviado. El realismo parece salvarme. Sigo con la lectura, hasta que
la magistrada decide cambiar la cerradura de su lujoso departamento
londinense después de una pelea con su esposo.
Otra vez las llaves, las malditas llaves. Todas las buenas novelas tienen una llave, pero sé que suelen ser peligrosas. Da un poco de miedo, pero igual lo hago:
Cierro los ojos.
Cierro los ojos.
Duermo.
Y me doy cuenta, como una de esas epifanías inolvidables, que dormir se parece demasiado a leer a Levrero.
Otra vez estoy en el corredor de baldosas rojas y negras.
Otra vez estoy leyendo, soñando, viviendo.
Porque las buenas historias son las que van para adelante.
Y me doy cuenta, como una de esas epifanías inolvidables, que dormir se parece demasiado a leer a Levrero.
Otra vez estoy en el corredor de baldosas rojas y negras.
Otra vez estoy leyendo, soñando, viviendo.
Porque las buenas historias son las que van para adelante.
(* ) Todo indica que
podría ser la misma llave del sótano de la casa que un niño
curioso quiere encontrar y no le resulta nada fácil, hechos narrados
en uno de los cuentos de Levrero del volumen "Nuestro iglú en
el Ártico".
Todo indica que sería la misma llave que se perdió en la última novela de Ramiro Sanchiz, la del gato y la entropía.
Si consideramos que Sanchiz es un especialista declarado, y deliberado, sobre la obra de Levrero, lo mejor es que no intente una reseña tradicional sobre el libro de Levrero.
Todo indica que sería la misma llave que se perdió en la última novela de Ramiro Sanchiz, la del gato y la entropía.
Si consideramos que Sanchiz es un especialista declarado, y deliberado, sobre la obra de Levrero, lo mejor es que no intente una reseña tradicional sobre el libro de Levrero.
la llave perdida
En los tiempos que
dirigí la revista Freeway, tuve algunos desvaríos que aún sigo
considerando acertados. Uno de ellos era que solamente debían
escribir en sus páginas aquellos seres que tuvieran necesidad vital
de hacerlo. Me refiero a necesidad física, hasta extremos
patológicos. Así se fueron sumando escritores y todo tipo de
animales de la escritura. Con varios de ellos mantuve una intensa relación virtual,
mes a mes, satisfecho de recibir sus textos. Escanlar, Mardero,
Trías, Courtoisie, González Bertolino, Umpi, Mella, Dalton,
Trochon, Turnes, Trelles Paz, Fuguet, Neuman. Ese es solo el comienzo
de la lista. Hubo extremos, como la edición dedicada al personaje de
ficción María Zauber, hija de Ulises Lima, uno de los integrantes
de la banda protopunk Los Suicidas. Pero antes de desviarme del todo,
no olvido el momento que le propuse a Ramiro Sanchiz, mientras
tomábamos un café en la cantina del club Bohemios, que escribiera
una historia de veinte o treinta mil caracteres ambientada en
Montevideo, año dos mil veintiocho. Desde que empezamos a hablar,
supe que no me había equivocado: el flaco que tenía enfrente era la
persona indicada, no le temía al encargo, no le temblaba el pulso.
Es más, me contó de sus proyectos, de varios de sus libros, de sus
obsesiones con las ucronías, con los vórtices, con Bolaño, con la
ciencia ficción, con David Bowie. En esos días fue que empecé con
la escritura de "Los ojos de una ciudad china" y algunas de esas mismas
historias empezaron a volverse físicas en el calendario distópico
de esa novela, o saga de novelas, o directamente monstruo, que me
tiene todavía a maltraer. Algo de eso hablamos con Ramiro, y pocas
veces volvimos a hablar en serio -con excepción de una tarde en
Valizas que lo encontré un poco pasado de autoestima, nada grave-
hasta que leí su gran novela. Acabo de terminar, ahora, diciembre de
dos mil quince, unos cuantos años después de aquella primera charla con Sanchiz,
la lectura de "El gato y la entropía" y puedo decir que bailé,
literalmente, con los viajes de Federico Stahl, en una fiesta
interminable que transcurre ahí, en esas páginas endemoniadas. Supe
de sus historias y las de sus amigos, entrando y saliendo en el
tiempo, en digresiones, en posibilidades, en variantes que demuestran
el alto poder lisérgico de la buena literatura. Percibí varios
puntos de conexión, inquietantes, entre ambas novelas, entre
personajes como Federico Stahl y María Zauber. Más allá de las
evidencias que un obsesivo filólogo pueda encontrar -hay una muy
curiosa, en las novelas "El gato y la entropía" y
"Los ojos de una ciudad china" se sostiene, al pasar, que Cesar Aira no sería
el autor fáctico de todas sus novelas-, estas recurrencias, esta
sensación de espacios creativos contiguos suele aparecer de tanto en
tanto. Tal vez la razón esté en el "corte", como diría
un merquero, en la proporción de Bolaño, de Ziggy Stardust y de mil
detalles más que oficien de preparación en una no tan hipotética marmita. Eso sí, este flaco, Sanchiz, se
cayó en la marmita. Está despegado. Parió una novela infernal. Una
de esas pocas que suelen dejar más intrigas que respuestas. Me
haré cargo de una, Ramiro, o Federico, o quien sea: la de rastrear
la llave perdida que el tío de Federico le regaló a una chamana que murió
hace algunos años en el desierto de Sonora. Creo tener una pista.
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