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la peor novela francesa


Los lectores de Michel Houellebecq tienen claro que sus libros apuestan a plantear presentes levemente distorsionados y poco agradables. Es una de sus marcas de fábrica y es también uno de los escenarios donde se mueve con excelencia y buen manejo de un 'bisturí sociológico cínico'. Es dueño de una mirada punzante sobre la decadencia irreversible del estado de bienestar y de la socialdemocracia europea; una mirada que suele ser políticamente incorrecta, provocadora y amarga. Los protagonistas de sus relatos son adultos, franceses, hombres hastiados y con una tendencia a la depresión, circunstancia que combinan con decisiones radicales para escapar de sus vidas más o menos monótonas.
Hoeullebecq ha escrito por lo menos dos grandes novelas destinadas a ser clásicos de nuestro tiempo: Plataforma y La posibilidad de una isla. No son fáciles de superar. Las publicaciones posteriores resultan menos ambiciosas en sus tramas, aunque sin perder brillantez en la mirada y en la construcción dostoievskiana de sus personajes. Sumisión, con una distopía política cercanísima, centrada en la caída estrepitosa del socialismo francés y el ascenso de la ultraderecha y de un populismo musulmán, dejó cierta decepción entre sus lectores, tal vez por apegarse a un posible formulismo-Houellebecq, signo acaso de autocomplacencia. Se perdona, por supuesto. Ahora es el turno de Serotonina. Y es difícil no dejarse llevar por varias críticas, por cierto paradójicas, que refieren a ella como la peor novela del mejor Hoeullebecq, o la mejor novela del peor Houellebecq. ¿Qué nos quiere decir este ingenioso galimatías? Confunde un poco, pero es una buena manera de definir lo que sucede con la lectura de Serotonina.
Antes que nada, vale la pena precisar dos o tres conexiones que no resultan indiferentes. En primer caso, el protagonista (un agrónomo francés de 46 años, en crisis depresiva y de pareja), decide desaparecer y borrar toda conexión con su pasado inmediato. Se autoexilia en hoteles donde se permite fumar y empieza un periplo que lo lleva a reencontrarse con uno de sus pocos amigos (que se convertirá en un desquiciado mártir de los productores de leche en pie de lucha contra las corporaciones) y una de sus ex (a otra de ellas, que vive en una zona rural de Normandía, la espía durante semanas en una serie de episodios desbordados y casi psicopáticos). 
Es algo que no sorprende en Houellebecq, aunque sí sorprende el paralelo evidente con el personaje Vernon Subutex de la saga de Virginie Despentes, otro cuarentón depresivo, por causas de fracaso laboral y afectivo, pero en su caso desplazado político-económico. Vernon termina viviendo en la calle luego de rendir cuentas, en sucesivas desventuras, a un mapa afectivo disfuncional que tampoco le ayuda a sobrellevar el drama en el que está metido. Ambos personajes, el de Hoeuellebecq y el de Despentes, confirman el malestar de sociedades contradictorias entre eslóganes progresistas y bienpensantes, en un estadio atroz de un capitalismo corporativo que ha roto en mil añicos todo sueño liberal europeo. Viven en la desesperanza, en la depresión, en la inacción política, en neurosis que atraviesan a diferentes capas generacionales y se muestran irreversibles en estos cuarentones al borde de la apatía. Ahí se puede hacer otra conexión, esta vez con Zizek y el concepto de "coraje de la desesperanza" que maneja en su último ensayo de política contemporánea (frase tomada de Ambagen y que se relaciona con la existencia teórica de "una luz al final del túnel", que viene a ser lo que permite reinventar y reciclar rebeldías o activismos aún en procesos francamente irremediables).
En un ejercicio burdo de desplazar miradas interpretativas a estas dos obras de ficción, Zizek diría que Despentes construye una deriva desesperanzada pero profundamente anticapitalista y que exhibe a una sociedad que se desmorona mostrando signos de caminos alternativos y que dan pistas sobre cómo desatarse de lo ya transitado. Y diría de Houellebecq que evidencia la desesperanza enojada, blanca y europea, con desbordes psicóticos y suicidas, pero no ve posible alternativa alguna, no hay coraje, no hay futuro posible, porque lo subyace es una apática nostalgia. Por lo tanto, esa desesperanza que contagia al lector puede leerse también en su reverso: si lo que Houellebecq narra es la derrota de una Francia que ya no volverá a ser la misma, es porque revela su propia incapacidad de entender lo "no francés" u otras alternativas impuras.
Serotonina es la mejor novela (o de las mejores) de Houellebecq porque no puede parar de leerse, porque es minimalista en su estilo y concentra toda su energía narrativa en mostrar la depresión, una de las peores epidemias de nuestro tiempo. Porque va más allá de lo incorrecto y se anima a ser cruel, amoral y contagiar al lector de toda su desesperanza. Esto lo hace el peor Houellebecq, el más cínico, el más opaco, apegado a un ideal francés que coquetea con el de la ultraderecha. Pero es también la peor novela de Houellebecq porque es la que más duele, la que dan ganas de no terminar de leer y porque es su título más amargo. Y esto solo puede ser obra del mejor Houellebecq, un escritor que no tendrá buena prensa ni cosechará amigos políticamente correctos, pero es de los pocos que logran hacer fotografías contundentes de esta compleja y deseperanzada época.

el adversario (carrére I)


No quiero mezclar los libros, aunque sea inevitable y tenga muy claro la imposibilidad de las lecturas puras. Todas son conexiones y más conexiones. Por eso hay que tener cuidado con lo que se lee, con lo que se pone adelante de los ojos. Toda lectura, además, se vuelve autoficción cuando se la quiere atrapar en una escritura posterior, desde la utopía de alcanzar una interpretación particular hasta el necio intento objetivista de la crítica.
Decidí leer la obra de Emmanuel Carrére. No fue de un día para el otro. Fue, en todo caso, un proceso. Se debió, creo, a mi excesivo fanatismo por Houellebecq y al entusiasmo que demostré por la novela Sumisión y su relación oculta -como todas las buenas relaciones- con la novela El impostor, de Javier Cercas. Sigo admirando esas dos novelas. Lo escribí en alguna nota y recibí algún que otro comentario en las redes sociales. Alguien me recomendó que abandonara rápidamente a Houellebecq y a Cercas por Carrére. Había un tono paternalista en el consejo. No le hice caso. A los pocos días, fueron dos amigos, Martín y Ana, que me recomendaron la lectura de Carrére. Se pasaron un rato largo contando de Limonov y de sus otras novelas. Sobre todo, de Limonov. Organizando la lectura de vacaciones, y con ganas de variar el menú, conseguí algunas novelas de Carrére. 
Alguien me dijo que había llorado con la lectura de la novela De vidas ajenas. Cada cosa que me decía me generó aprensión, cierto temor.
Pensé que debía mantener un orden. Porque antes de esa novela, Carrere publicó El adversario. Fue por eso que la leí primero, hace poco más de un mes y postergando De vidas ajenas. El problema es que me shockeó tanto su lectura que me fue imposible escribir algo sobre ella. Se conectó directo con el asunto de las "imposturas", tema en que me había metido la novela de Cercas -sigamos con las conexiones- y que volvió a aparecer en otro par de novelas que leí entre medio: Lo real de Belén Gopegui y Una forma de vida de Amelie Nothomb.
No demos más vueltas.
El adversario es la mejor novela sobre una impostura que haya leído.
El adversario es una de las mejores crónicas relacionadas con un acto criminal y enfermizo que haya leído.
El adversario es una de esas historias tremendas, que resultan incomprensibles, que cada tanto aparecen en el relato policial pero que pocas veces son llevadas al terreno literario con tanto talento y estilo.
Un hombre decide matar a su familia: a su esposa y a sus hijos pequeños. Lo hace. Hasta el día que comete el crimen, es un padre de familia del que nadie desconfiaría. Pero toda su vida es mentira: no terminó nunca los estudios, no trabaja donde dice trabajar, no existe en ninguna parte fuera de su familia y apacible comunidad burguesa, de provincia francesa. Llega al peor de los abismos al no poder escapar de una impostura que viene arrastrando durante años, en un ejercicio paradójicamente más minucioso y complejo que el de llevar con éxito una vida real. Su "vida feliz" acaba cuando se termina el dinero que ha derrochado de los ahorros de sus padres y de pequeñas estafas. Planea el final. Lo horroroso. Lo hace. Él se salva, con graves quemaduras, para ser condenado por la justicia y para contarle toda su verdad a Emmanuel Carrére.
El adversario es un libro negro.
Un libro que deja dando vueltas en la cabeza, al igual que El impostor de Cercas, sobre la fragilidad de nuestras propias construcciones. Sobre quiénes somos, la identidad, lo que reflejamos, las mentiras que construimos, las mentiras piadosas, las mentiras de los demás, el fino hilo entre lo real y lo virtual.
De vidas ajenas es un libro negro. También. Pero es otra cosa. Es salvajemente luminoso. No quiero mezclar las lecturas, ni las escrituras, ya lo dije. Ahora, cuando pude escribir algo sobre El adversario después de haber leído algo aún más impactante, como De vidas ajenas, voy a salir a comprar Limonov. Ya conseguí Una novela rusa y El reino. Iré por orden. 
Después de Carrére, lo tengo claro, seguiré leyendo a Houellebecq. Posiblemente con menos entusiasmo. 

nostalgia parisina


No es simplemente nostalgia francesa lo que comparece en el juego literario que Rafael Mandressi arma en su novela Siempre París. No es tampoco un mero chiste cortazariano, ni una versión parisina de un salvaje detective -eso sí, de texturas ineludiblemente onettianas- tras el rastro de un tango que quizás nunca haya sido escrito. No es todas esas cosas, de acuerdo, pero en la bruma de la lectura de sus páginas, en el desplazamiento de historias de amor y desamor que entran y salen, que emergen y se desvanecen, logra Mandressi evocaciones de momentos que pudieron o no haber sucedido. Y también, algo muy grato para el lector, es posible llegar a atisbar los movimientos sonoros de ese tango llamado "La Viuda" y del que se le ha perdido el rastro, igual que a su autor, un oscuro personaje llamado Ricardo Mussi, un montevideano atrapado por París en los días de la ocupación alemana.
Hay tradición de la buena en la literatura de Mandressi, uruguayo nacido en 1966 y radicado en París desde hace más de una década. Si bien sus intereses como ensayista lo han llevado a otros territorios del pensamiento -La mirada del anatomista, publicado en francés en 2003 y en español en 2011 es un libro que trata sobre la historia de las disecciones anatómicas, y entre sus proyectos futuros destaca una historia de las neurociencias- era conocida, desde el periodismo cultural, que ejerció durante los años noventa en la revista Posdata, su afición por la literatura de Julio Cortázar, la de Juan Carlos Onetti, y muy especialmente como estudioso del tango.
Todo ese cóctel es lo que aparece Siempre en París, una novela (casi) extranjera, escrita en homenaje al tango y en la que Mandressi opta por desacomodar tiempos y espacios. Se mueve entre el presente del narrador y la disección de la historia de Mussi, en los lejanos años cuarenta del siglo pasado, que le fue contada por Georgette, una prostituta parisina que terminaría viviendo en la sureña Montevideo. Lo interesante es que el presente, acaso, se vuelve más brumoso aún que los relatos de la "viuda" Georgette, y el personaje, existencialista y cínicamente onettiano, cuenta de sus desventuras amorosas, de sus derrotas y logra salir de París para encontrar no pocas respuestas en un intempestivo viaje a la italianísima Nápoles.
Siempre París es una muy buena novela, uno de esos libros casi invisibles y poderosos que suele regalarnos la siempre fermental tradición literaria uruguaya. Agrega, en Rafael Mandressi, un nuevo nombre a tener más que en cuenta.

((artículo publicado originalmente en revista CarasyCaretas, 11/2014))

el mago, el aprendiz y la malabarista



Amélie Nothomb va a una fiesta de disfraces en París. El disfraz que elige, de Amélie Nothomb, facilita que la hagan confidente de un misterio: el de dos jugadores de póquer que no se hablan y no se miran. Lo percibe. Pregunta. Alguien -suponemos que un belga- le cuenta la historia. La transcribe. Es lo que leemos, la carne de la nouvelle Matar al padre, la historia de dos magos, el maestro Norman Terence y su discípulo Joe Whip, enemistados desde que algo muy oscuro los hizo perder una relación marcada a fuego por la aspereza del aprendizaje y por los roles “padre” e “hijo”.
Hay otros dos personajes relevantes: la malabarista Cristina, que oficia de “madre” y eventualmente “amante”, y un belga -otro más, además del relator y de Nothomb- que es el manipulador de la historia, el que mueve los hilos mejor que el más talentoso de los titiriteros (¿escritores?).
Poco antes de que la fiesta de disfraces termine, Amélie Nothomb se enfrenta a Norman, al personaje, a uno de los mejores magos de todos los tiempos. Tiene una conversación ríspida con él. No es fácil. Trata de saber algo más. No lo consigue. No obtiene más respuestas que la cartografía de una obsesión. El misterio, posiblemente, se hace mayor. La nouvelle termina, ya no hay más palabras.
Y es ahí, como en todas las buenas novelas (y por cierto, Amélie Nothomb suma una buena cantidad), que sucede lo que debe suceder: el lector es el que comienza a completar los agujeros, a encajar las piezas no dichas, a querer un poco más a esos personajes que mostraron su lado oscuro, especialmente Norman y Joe.
Lo no dicho no está en las trampas, ni en los secretos de la magia, está en el otro vértice del triángulo, en la paciente Christina, a quien podemos imaginar regresando, año tras año, a la inquietante semana hippie de Burning Man, en el desierto del estado de Nevada.

después de lanzarote



Entre novela y novela, hay escritores que se toman su tiempo. Michel Houellebecq es uno de ellos. Esa circunstancia vuelve acaso lógico que su editorial busque un mayor rendimiento de su firma. Mientras se esperaba la edición de El mapa y el territorio coincidieron en librerías –aunque lejos de los estantes de novedades y títulos prioritarios- dos ediciones que permiten ahondar sobre el pensamiento y los intereses creativos de Houellebecq.
Lanzarote, editado hace algunos años por Anagrama en forma de caja, es un libro-objeto que contiene dos tomos: uno es un cuento largo, diagramado en letra grande y con un amplio interlineado permite que se llegue a las 100 páginas del formato nouvelle; el otro reúne fotografías de Houellebecq de paisajes desolados y particularmente extraños de la isla del archipiélago de Canarias. El envase es de lujo, y lo que está adentro también, no solo por la firma de Houellebecq sino por dar testimonio de un viaje que ata cabos entre dos de sus más célebres novelas: Plataforma y La posibilidad de una isla.
El protagonista de “Lanzarote”, un francés aburrido que desea pasar el cambio de siglo en un lugar poco habitual, vive una aventura de turismo sexual en una Finisterre donde varios europeos y europeas solitarios convergen por motivos confusos. El toque “turístico” es un eficaz anuncio de Plataforma, e incluye en este relato la presencia de un atormentado belga y dos alemanas dispuestas a la diversión bien lejos de sus oficinas laborales. Y Lanzarote es, como lo saben los lectores de La posibilidad de una isla, un territorio muy similar al que oficia de escenario en aquella novela y en el que –no podía fallar- se gesta la conversión a la secta azraeliana del belga, a la postre un policía de Bruselas que termina condenado a prisión por pedofilia. El potente relato se completa con un álbum fotográfico tan desolado como la aventura que viven el francés y sus amigos ocasionales.
Intervenciones, disponible en la Colección Argumentos de Anagrama, es una colección de artículos, entrevistas, columnas y pequeños textos de diversas épocas, todos –obviamente- salidos de la cínica pluma de Hoeullebecq. Sus dardos son despiadados y necesarios, aunque su obsesión por ser políticamente incorrecto a veces lo lleva a gruesos resbalones. Aparecen sus temas preferidos: el turismo, la pedofilia y el transhumanismo, pero –y por suerte- también se cuelan otras aficiones: un alegato sobre el cine mudo, un ataque durísimo al poeta Jacques Prevert, varios ataques a la intelectualidad francesa del siglo veinte, al feminismo y apuntes sobre arquitectura, arte contemporáneo y sobre poesía.

golondrina psycho



Amélie Nothomb desarrolla en Diario de golondrina la particular biografía de un mercenario. Todo sucede en una París levemente alucinada, habitada por seres anestesiados que buscan y reciben piedad a través del asesinato.

Si usted es un lector atento de las páginas culturales de este y otros medios, seguramente haya notado que las calificaciones que recibe cada nueva obra de Amélie Nothomb no son precisamente altas. La crítica no parece llevarse muy bien con esta escritora nacida en 1967 y autora de una lista de novelas formidables entre las que se cuentan Cosmética del enemigo y El sabotaje amoroso. Esta constatación demuestra una vez más la perversa subjetividad crítica que se vuelve en contra de aquellos artistas que les va bien. 
Nothomb hace años que dejó de ser la preferida de los snobs por el simple pecado de ser la autora más vendida en idioma francés. Que sirva esta introducción para darle crédito a Diario de golondrina, su última novela publicada por Anagrama, que más que una novela es un poema largo que refleja el cinismo y el kitsch morboso de nuestro tiempo.
Una decepción amorosa provoca una crisis, la crisis obliga a un cambio, el cambio se confirma como una mutación de identidad, y el personaje que emerge es uno de esos antihéroes desesperanzados y vacíos que suelen habitar las historias de Nothomb. El que nace en la primera página del relato es Urbano, fragmento disociado de alguien que puede ser cualquiera de nosotros. Alguien dispuesto a cualquier cosa para volver a sentir emoción. Todo sucede sin sentimentalismos, en un proceso que lleva a Urbano a volverse fan del arte contemporáneo más radical y de uno de los tracks más raros e irritantes de Radiohead. Y a que como una bola de pinball termine enredado en una particular estructura mafiosa de la que solo conoce a Yuri, quien además de indicarle los trabajos se convierte en su partener filosófico. La vida -o más bien una siniestra cadena de muertes- vuelve a darle sentido al derrotero de Urbano, hasta que se topa con un error, algo que no puede evadir, algo tan humano como la mirada de una chica a la que sin querer le roba su mayor secreto: un diario íntimo que va borroneando hasta volver ininteligible el camino sin retorno de Urbano.
Es novela, por supuesto. Pero también poema largo, porque el manejo del lenguaje de Nothomb es tan fino y elocuente, tan preciso, que no sobra absolutamente una palabra. Esa capacidad de la autora es la que permite que cada libro de ella siga siendo una perfecta obra de relojería, con tiempos muy bien logrados ritmos que se parecen demasiado a las peores pesadillas del pop, como una canción de Radiohead.
"-¿A qué dedicas el tiempo entre dos misiones? -le pregunté a Yuri.
-Crucigramas. ¿Y tú?
-Radiohead.
-Es música experimental -dijo haciendo una mueca.
-Precisamente, soy un asesino experimental".

vivir en el odio y en la incorrección




“la idea de ser solidario con el medio nunca se me había ocurrido; era como una atrofia en mí, una carencia. no estaba muy claro que la sociedad pudiera sobrevivir mucho tiempo con individuos como yo; pero yo podía sobrevivir con una mujer, apegarme a ella, intentar hacerla feliz”.lo dice y lo afirma michel, no houellebecq. el tal michel, que protagoniza la novela plataforma, es un parisino políticamente incorrecto, aburrido hasta el hastío, que decide –tras la muerte de su padre- darse una bocanada de aventura con un poco de turismo sexual en tailandia. el azar lo lleva a conocer y enamorarse de valérie, una joven y ambiciosa ejecutiva francesa. juntos rediseñarán las rutas turísticas, alimentarán el desasosiego con decenas de miles de euros y sensualidad. un poco antes del final feliz, que parecería sepultar el infinito cinismo de michel, ocurre lo inesperado: un atentado fundamentalista en un hotel tailandés acaba con el amor, con los negocios y da el golpe final de plataforma. michel decide abandonarse, no sin antes –vuelta de tuerca definitivamente digna de paul auster- escribir la novela.
plataforma es una gran novela, quizás una de las más salvajes y bellas que se hayan escrito en los últimos años. en esa lista podríamos agregar desde mi cielo de alice sebold, el libro de las ilusiones de auster, o quizás la lectura tardía de sin destino de imre kertesz. y justamente, vale la apreciación: si el drama del holocausto desde la mirada del nóbel húngaro aparece como una posible metáfora del siglo veinte, la excitante plataforma puede inscribirse como la mejor novela para mirar –sin preconceptos ni cegueras- los primeros días del siglo veintiuno.

:: novela totalla lectura de plataforma puede llevar a engaños en su primera mitad. houellebecq utiliza las artimañas pos minimalistas de autores como bret easton ellis; de modo que la escritura contagia el hastío desde la crónica de la superficie, tanto del personaje como de la trama. esta, sin embargo, parece ser la mejor forma de narrar a personajes tan cínicos e individualistas como michel, una suerte de bateman agrisado (más kafkiano que dostoievskiano), a quien su propia condición le impide explotar más que en el discurso. en las antípodas está del asesino serial del tipo bateman. el tipo de personaje contenido ya lo había trabajado hoeullebecq en ampliación del campo de batalla, apropiándose del protagonista de el extranjero de albert camus para rediseñarlo, varias décadas más tarde, en una versión más introvertida. castrado emocionalmente.
así, casi sin golpes de efecto, houellebecq demuestra su maestría para hacer trascender de la superficie los grandes temas que hacen a nuestro tiempo. a saber, y sin limitaciones de espacio ni de brillantez, michel (no houllebecq, sí el personaje), desliza su posición políticamente incorrecta sobre diversos problemas: el conflicto entre la economía productiva y la economía especulativa; el conflicto, dentro de la primera, entre el sector primario y el terciario, particularmente lo que ahora se denomina “gestión de la información” y sector turístico; una amarga visión de cuba; la crítica al trabajo desaforado y al consumismo; su teoría sobre la juventud marginal; las revistas de moda y nuevas tendencias; la política, elecciones, democracia, etcétera; la economía de mercado en general y la decadencia de occidente; y, con especial énfasis de acuerdo a la trama de plataforma, la religión musulmana y en especial el fundamentalismo.
plataforma alcanza el dudoso estatus de novela total, pero sin las pretensiones de los escritores literarios y sí con los atributos de un fuerte equilibrio entre los clásicos de la literatura y la filosofía con la cultura pop. en cualquier caso, la novela es extremadamente moderna, y eso es uno de sus mayores atractivos.

:: un tipo con suerte a veces los grandes artistas tienen buena suerte. en el caso estricto de michel houellebecq –el más cotizado de los novelistas franceses contemporáneos- la buena estrella indica que se le acuse de “misógino” y “racista”. si eso supone que su último libro plataforma sea considerado políticamente incorrecto por algunos y obra maestra por otros, y que las ventas igualen o superen los niveles de best-sellers livianos, quiere decir que –por ejemplo- tengamos posibilidad de leer, en los suburbios de la aldea global, un gran libro escrito hace apenas quince minutos por el autor de ampliación del campo de batalla y las partículas elementales.
houellebecq dice que detesta la literatura del siglo veinte y marca entre sus excepciones a bret easton ellis con su novela glamorama. dice que su colega escribe del jet-set norteamericano, pero que en su caso sus personajes son “clase media” porque un francés debe ser un poco más modesto. suele ser un provocador en las entrevistas, pero mejor es que nos centremos nuevamente en plataforma, su última obra, que el azar (otra vez, esa marca) quiso que se publicase en su primera edición francesa una semana antes del 11-S y quedara con el mote de “anticipación”. una novela que incluye –entre otras zonas riesgosas- algún que otro ataque verbal al islam por parte de su protagonista.

“está claro que uno puede seguir con vida sólo porque alimenta un deseo de venganza”, dice michel. “mucha gente ha vivido así. el islam me había destrozado la vida, y desde luego el islam era algo que podía odiar; durante los días que siguieron, intenté sentir odio por los musulmanes. me salía bastante bien, y empecé a prestar atención otra vez a la información internacional. cada vez que oía que un terrorista palestino, un niño palestino o una mujer palestina embarazada habían sido asesinados en gaza, me estremecía de entusiasmo pensando que había un musulmán menos. sí, se podía vivir así”.

michel es crudo, violento. es una pequeña bomba de odio. como tantos en las grandes ciudades. descree de la política, de las ideas, de las religiones y de los sistemas. y cuando, mediante el amor –una cura moral que define houellebecq como el único camino- encuentra un motivo para salir del cinismo y la apatía, más allá de la venganza. y después del “atentado”, en donde su mundo privado vuelve a descomponerse, se encuentra en un nuevo callejón.
si la desaparición de las normas sociales era el tema de ampliación del campo de batalla, si hemos pasado a ser individuos libres y deprimidos (tema de las partículas elementales), la única salida de este callejón global de plataforma es el amor... el amor o la destrucción. en fin, la novela narra el ascenso a una plataforma de amor. el ascenso y la estancia. y también el vuelo.

:: asuntos austerianos
plataforma, casi extrañamente, como señaláramos, podría ser señalada como la gran novela de amor de nuestro tiempo. no en vano, no son pocos los críticos que hablan de ella como la gran primera novela del siglo veintiuno. pero hay otro detalle, que no debe escapar a los fanáticos de paul auster.
la desventura de michel parte de la muerte de su padre y el cobro de una herencia. un viaje que tiene sus deudas con la música del azar, del autor norteamericano. la constatación del dolor por no sentir dolor, una herencia desmedida para un pequeño-hombre-común, y el escape a través de un viaje liberador. grandes temas austerianos que retoma houellebecq y, sobre todo, que se abren en varias citas al azar, y se cierran en ese final clásico de la manera auster, en que el libro se justifica a sí mismo. o sea que plataforma es, ni más ni menos, la biografía – libro de michel (no houellebecq), escrita por él mismo al final de su alocada carrera en busca del sentido de la vida.

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