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arqueología personal


La literatura es un territorio propicio para internarse en la memoria personal, para hurgar en los fragmentos distorsionados de los recuerdos. Sin que nos parezca importante ni particularmente extraño, todo el tiempo estamos narrando, escribiendo y reescribiendo -sobre todo esto último, que implica alterar, corregir, tachar y tantas veces olvidar. Vivimos. Por lo tanto, reescribimos lo vivido. Y en ese ejercicio, tratamos de acercarnos en vano a lo real, a lo que fue y no puede ni siquiera ser representado. Por eso ficcionamos. Alteramos. Distorsionamos. Ocultamos. Esa imposibilidad es precisamente la paradoja que explica que haya quienes, pese a todo esto, deciden llevar los relatos personales al papel. Hay que tener cierta valentía si lo que se pretende es desempolvar vivencias que no son precisamente luminosas. Hay que animarse a contar lo que se teme, lo que se tiene poco claro, lo que no deberíamos narrar con palabras que después duelen. Al narrador. Y también a los otros.

Hay dos o tres libros, uruguayos, de reciente aparición, que ilustran a la perfección lo que se acaba de plantear. Todos ellos, además, son de una factura técnica que los hace potenciar lo que se cuenta (y lo que no se cuenta, que no es menos importante). "Papeles suizos", de José Arenas, es sencillamente bestial. No voy a referir a su contenido (eso queda para la intimidad del futuro lector con un libro de un lirismo implacable y expresionista). Tampoco lo haré en el caso de "Los orígenes", el libro que cuenta exactamente eso, los orígenes de un hombre llamado Carlos Liscano y que entre otras cosas encontró el refugio de la escritura en la vivencia extrema de la cárcel política. Es un libro duro, áspero y también entrañable. Otro libro imprescindible, pariente en intensidad e intención, es "La insumisa", de Cristina Peri Rossi. Hay en este libro, también 'de orígenes', y es lo único que voy a adelantar sobre él, un asunto con el padre y con la madre y la familia y todo tipo de variantes filiales que incluyen las primeras pasiones con amigas del liceo y un incidente de violación de un enfermero en una sala quirúrgica antes de ser operada de peritonitis. Pero el centro de los problemas de Cristina están en el padre. No es la idea desviarse hacia el vasto género parricidio (o de otras variantes en la relación con el padre, en definitiva con evidente representación del origen), pero sí aprovechar para conectar con una reconstrucción autoficcional similar, aunque en el campo de la escultura, exhibida en la exposición "Ecce Homo", de Federico Arnaud, que en esencia es una retrospectiva de obras que fue creando (componiendo, escribiendo) durante el transcurso de aproximadamente treinta años.

Hay escritores que afirman, a veces con cierta ligereza, que determinado libro les llevó toda una vida. "Ecce Homo", como montaje, como reconstrucción de fragmentos, es exactamente lo que le llevó a Arnaud. Y lejos está de ser una interpretación superficial. El suyo es un libro-matérico-autoficcional sobre los orígenes. Sobre él. Sobre la ventura de su familia. Sobre su padre. Y si hay que tener, como se dijo, valentía para desempolvar vivencias poco luminosas, puede estimarse que si se utilizan expresiones que son matéricas, como lo es la escultura, se potencia la dureza del ejercicio. No se trata de una construcción de signos lingüísticos, como en el caso del libro, apoyada en la tecnología de la imprenta y amortigüada en un sistema de prestigio. Se trata de obras confeccionadas en su mayoría con maderas y materiales diversos, algunas generadas con proyecciones de luz, o incluso con discursos performáticos que las colocan peligrosamente en loops fragmentados de tiempo presente. Son obras que ocupan espacio físico -literalmente, y no solo en la memoria- y eso es lo que puede comprobarse al ingresar a "Ecce Homo", al transitar el montaje de una reconstrucción que evita la simple enumeración y la linealidad para aportar un concepto transversal sobre la obra de Arnaud.

"Ecce Homo", más que una retrospectiva es una nueva obra; es una novela de largo aliento, con zonas temáticas y tramas que dialogan entre sí, y sobre todo con momentos de alta intensidad. Es, ante todo, un ejercicio de arqueología personal. Federico Arnaud es salteño. Su padre, de profesión arquitecto, muere cuando él era niño. Aparece desnudo. En una zona de difícil acceso. Año 1975. Dictadura. No se pudo esclarecer el hecho. La madre decide radicarse en Montevideo. Un tiempo después viaja a Francia. Federico y su hermana se quedan en casa de los abuelos. Se reúnen con su madre en París. Viven allí varios años. Después vendrá el desexilio, a mitad de los años ochenta. Habrá luego otros viajes: Francia cuando gana el Paul Cezanne y años más tarde México. Se suceden obras, premios, viajes, exposiciones, idas y vueltas de artista visual. Transita la escultura, la performance. Llega en 2020 a concebir "Ecce Homo".

Empiezo por los altares. Por las altas sillas que se acumulan en la entrada del montaje. Maderas viejas. Maderas encontradas que pierden su función anterior (en su mayoría son postes de campo, de alambradas) y pasan a ser sillas altas/altares. En una de las sillas puede verse a un par de soldaditos de plástico, de un juego que fue muy popular entre los niños de los años 70. Se mezclan fragmentos de memoria. Entre los altares comparece un futbolito hecho con maderas que antes tuvieron otros usos. El campo de juego es el cielo de Windows. Los jugadores son iconos religiosos.

El recorrido por "Ecce Homo" es transversal. No hay, como se dijo, línea de tiempo. Se suman otras obras de ajustada conceptualidad. Siguiendo con los objetos resignificados, se pasa de los altares a un juego de living burgués, siglo veinte, tapizado con ilustraciones de un viejo diccionario que exhibe una descarada impunidad colonialista. Hay más obras que llaman la atención: las cortinas metálicas en abierta literalidad de la crisis 2002, el territorio de Uruguay hecho de ruinas generadas en una performance pública, y más ruinas de distopías que se han vuelto el presente dislocado en el que vivimos. Son temas, y también mecanismos, que reaparecerán en otras obras decididamente autiobiográficas. Es momento de entrar al espacio central. Se intuye que el lugar más oscuro y aislado del montaje concentra y guarda emociones fuertes. Sobre una mesa larga es exhibido un fósil de un pan, pero al mirarlo de cerca el fósil es también de un cuerpo. Hay rastros de huesos. Y hay, más allá, en una de las paredes, recortes de diarios de 1975. Páginas policiales: relatos y especulaciones sobre la trágica muerte del arquitecto Arnaud. En la pared del fondo se proyecta una secuencia que reconstruye la caminata del padre, desnudo, en la noche. El hijo artista interpreta al padre. Posiblemente eso no ocurrió. No parece lógico. ¿Pero qué fue en realidad lo que sucedió? No hay respuestas en la obra. Lo que hay es búsqueda, es lanzarse a la incertidumbre. De algún modo, reaccionar, ajustar cuentas.

No se sale ileso de esa zona central ni tampoco de otros dos registros performáticos, ubicados en un borde del montaje, donde el lector-espectador puede seguir armando el puzzle autoficcional propuesto por Arnaud. En una primera video-instalación se ve al artista interviniendo/ destruyendo la reproducción de una carta que le escribió a su madre cuando ella viajó a París. En una segunda video-instalación se proyecta en una pared otra destrucción de escultura performática, en este caso, sobre una fotografía del padre del artista. La obra se completa con otra imagen proyectada, en la pared opuesta, en la que se rearma la figura parental interpelada y violentada. La lectura es directa: es imposible el olvido. Y de lo personal de esas obras se pasa a lo colectivo, ni más ni menos a obras que refieren al contexto de dictadura y de violencia: los trajes militares teñidos con sangre, el escritorio de un jerarca de una empresa del estado. Es imposible no conectar con los soldaditos de plástico de uno de los altares y con el notable montaje fotográfico de un avión construido con pájaros y animales disecados del Museo de Historia Natural que se verá a la salida de la exposición Ecce Homo.

Todo esto de la 'arqueología personal/emocional' me lleva directo a episodios confusos de mi propia infancia. A uno de mis primeros recuerdos, sino el primero, que involucra un episodio de violencia en la escuela del barrio. La escuela de la calle Abacú. Yo estaba por cumplir 3 años, porque el episodio sucedió un rato antes de las cinco de una tarde de fines de abril de 1972. Estaba en la cocina. Se escucharon ruidos fuertes. Entró uno de mis tíos con la noticia de que había un tiroteo en la escuela. Gritaba. Se lo veía muy nervioso. Salió corriendo. Allí termina mi recuerdo. La secuencia es esa. Me debo haber tragado todo el miedo y la desesperación del momento. No es para menos.

En los años siguientes fui recopilando versiones de lo que pasó. Los agujeros de bala estuvieron un largo tiempo en los pizarrones de la planta baja y las maestras no hablaban de ellos. Después me enteraría que ese asunto ni siquiera salió en los diarios. Todavía aparece como una página casi olvidada, oculta entre otras tragedias más resonantes de esos días y noches negras de abril del 72: las masacres policiales de la casa de la calle Amazonas y de la calle Pérez Gomar, la ejecución de los obreros comunistas en el Paso Molino y los cuatro soldados muertos en un jeep, pero este último episodio fue en mayo... también en la puerta de la escuela de la calle Abacú. Esta perturbadora duplicación vuelve más extraño todos los relatos, así que es momento de volver al primer tiroteo. Lo que se sabe es que fue un error, o una interna militar, o un allanamiento de efectivos de la Armada que desconocían que la casa vecina a la escuela era la del comandante del Ejército. Ni siquiera se sabe con certeza si murió uno o los dos guardias apostados en el balcón y en la azotea.

Unos días antes de visitar el montaje "Ecce Homo", de Federico Arnaud, de enterarme a través de sus obras de lo que le pasó a su padre (y por lo tanto a él y a su familia), de encontrarme con las versiones, con los relatos confusos, tropecé con un libro en el que se tejen distintas especulaciones sobre los dos tiroteos de la calle Abacú. Forman parte de mis orígenes. Y en definitiva terminaron cruzándose las lecturas y los testimonios: porque uno de los protagonistas del segundo tiroteo, y por lo tanto testigo, es Carlos Liscano, pero si bien puedo comprender que haya optado por 'olvidar' ese episodio en la escritura de "Los orígenes", lo que oculta es tan perturbador que deja el retrogusto amargo de advertir que todavía faltan piezas, y que por más que insistan en romper la imagen, en destruirla, ella se volverá a armar, y a rearmar, aunque duela más de lo soportable.

Lo personal se involucra en lo colectivo. Es lo que tiene esto de enfocarse en los orígenes. Los libros se comunican. Y también obras visuales como las de Arnaud. Hay tiempos y contextos comunes. Los relatos son necesarios. Imprescindibles. Acabo de tropezarme con un libro que empezaré a leer mañana. Es la última novela autoficcional de Roberto Appratto. Se llama "El origen de todo". Posiblemente responda dos o tres preguntas. Posiblemente abra más desvíos y derivaciones.






pasan cosas

Alguna vez escuché una conversación de una particular extrañeza. Alguien preguntó qué pasaba en CasaMario (eso fue antes de tener conocimiento de la existencia de un lugar llamado así ni tampoco de sus actividades) y su interlocutor contestó, automáticamente, casi sin pensarlo, “pasan cosas”. Comprobé, como muchos otres que pasaron en los últimos años por la casa de la calle Piedras al 625, que efectivamente pasaban muchas cosas ahí adentro, eso sí, con una sensación en la que se mezclan lo indefinido de la propuesta (para el caso esto viene a ser un halago, por aquello de lo inter, lo trans, lo fronterizo, lo invisible), la constatación de lo precario (en la propia construcción, en la casa venida a menos, pero también en lo efímero de las acciones artísticas convocadas, lo que es también un halago) y cierta tendencia a formular conceptos, conceptos y más conceptos (algo razonable y siempre necesario, aunque con notoria tendencia a desbocar construcciones discursivas y todo tipo de textos, paratextos y postextos, si esto último es posible).

CasaMario podría definirse como un lugar en movimiento, como un fermental espacio para desarrollar proyectos artísticos vinculados a un territorio concreto. De hecho, en los años en que empezó a funcionar como comodato (la movida empezó en 2013, en un bajo) hasta el presente, nada puede objetársele como nodo interdisciplinario y activador, aunque sí desde la perspectiva de un espectador tradicional, o de un simple ciudadano curioso, que puede quedar afuera, literalmente afuera del juego. Y esta percepción no es casual, ya que esta relación tan cuidada por la decimonónica tradición museística y de exhibiciones se ve problematizada desde los emisores (en este caso el núcleo organizador de CasaMario y los dispositivos creados por ellos), de modo que también deviene en “estado de conflicto”, o por lo menos generador de dislocaciones que hacen -en definitiva- más interesante el no-tan-simple acto de mirar.

Este otoño de 2019 se juega una movida ambiciosa. CasaMario ocupa el espacio del Centro de Exposiciones SUBTE y esto implica que la sensación de “pasan cosas” se traslade a un espacio convencional de exhibición de artes visuales. ¿Qué se encuentra el paseante al bajar la escalera de Plaza del Entrevero? Con una casa tomada por un colectivo de artistas, o más bien con un espacio en el que se exhibe parte de la memoria y registro de lo que pasó y sigue pasando en CasaMario desde el 2013 hasta la fecha. Es un espacio en conflicto, con accesos no muy claros, con recorridos discontinuos, un foro con una charla en pleno proceso, alguna puerta cerrada y un agujero en una pared para ingresar a la sala 2. Se acumulan obras de distintos autores, pero el concepto de autoría se dispersa en una sensación de ruido (aunque resalten obras de Ernesto Vila, Elian Stolarsky o de algún otre que pueda identificarse ante la ausencia de indicaciones) y lo que en definitiva emerge son temas, o capas, o incluso podría hablarse de conceptos.

La experiencia en el SUBTE intervenido por CasaMario es la de perderse y volverse a perder cuando se intenta encontrar una línea. No hay mapas, aunque hay referencia a ellos, como es de esperar, en las obras de Paola Monzillo. Hay una pared graffiteada con frases de odio tomadas de foros virtuales. Hay escenas de un rito extraño a orillas del Pantanoso. Pero lo que más hay, y emerge, y se vuelve evidente, son -como se dijo- conceptos: casas ocupadas, arte en movimiento, historias de migrantes, precariedad, identidades poco claras y rastros de comida peruana. Seguramente todo esto sea lo que quisieron mostrar o subrayar los curadores Lourdes Silva, Niklaus Strobel, Sebastián Alonso. Es posible. Lo cierto es que la ocupación no se agota en lo exhibido (como debe ser si se trata de Proyecto CasaMario), por lo que se recomienda informarse en la web del colectivo para enterarse de las acciones de cada semana, de todas las cosas que pasan y pasarán, de la lista de artistas expositores y de los equipos que desarrollaron los espacios “Cocina”, “Diarios del odio”, “Performance art proyects in the urban space” y “Cárcel Pueblo”.

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¿Qué es para vos CasaMario, como herramienta para accionar arte y tomas de posición político/generacionales/estéticas, pero también como vivencia personal?

Lourdes Silva: Nosotros ocupamos un bien inmueble en el casco antiguo de la Ciudad Vieja. Durante algunos años estuvimos allí en régimen de comodato y desde hace un año nos hacemos cargo de un alquiler. Generar todo este movimiento supuso cuestionar nuestro lugar en el barrio, nuestra condición de trabajadores de la cultura y de campos vinculados a las ciencias humanas y sociales, tanto como investigadores, docentes, obreros, vecinos, y muy especialmente una interpelación a lo que estamos haciendo: para qué públicos/usuarios nos dirigimos, a partir de qué lógicas de producción y sensibilidades actuamos, y desde cuáles planteos estéticos y éticos nos estamos posicionando. Si bien el proyecto se presenta a partir de la imperiosa necesidad de pensar las prácticas colectivas y colaborativas en arte contemporáneo, esa primera definición, con el pasaje de los años, con la experiencia ganada y con el espectro traumático que esta clase de propuestas suele tener, se ha ido amplificando a otros territorios por nuestras propias trayectorias vitales e intereses. Después, pensar en qué es CasaMario para mí, me supone realizar casi una especie de pacto autoficcional, porque ha sido también un dispositivo narrativo sobre el yo, y más especialmente sobre un yo pluralizado. Es imposible, creo, singularizar el proyecto solamente desde una lógica identitaria, y creo, básicamente, que es una potencia activa que le interesa sacudir el territorio y la territorialidad, sacudir a los humanos que estamos siendo, ensayarnos políticamente, también equivocarnos. Por último, y siendo fiel a los procesos de trabajo en CasaMario, creo que uno de los elementos más significativos que tiene el proyecto es su cualidad sincrética, su generosidad, su capacidad para habitar con otros y visualizar, cada vez con mayor claridad, que no solo es necesaria la conjunción entre profesionales y artistas, sino que se torna urgente generar prácticas que habiliten a la clase obrera a participar de lo que hacemos y producir herramientas juntos, que promuevan la emancipación, la autonomía. Quizá la práctica artística sea uno de los caminos. Creo, por suerte, que no es el único, y que en esa vastedad de acciones, discursos y afectos, nos movemos y empujamos.

¿Cuáles son las propuestas de CasaMario en el SUBTE?
L.S.: CasaMario, en el SUBTE, habita, reside, propone un dispositivo de montaje, un programa público y un programa pedagógico, que intentan narrar/mediar/dislocar lo que han sido estos cinco años de trabajo en colectivo, pero también proponer una mirada proyectual y por momentos abisal de lo que está sucediendo en nuestra ciudad, en nuestros vínculos y en nuestros modos de producción de la subjetividad. El programa público procura, de alguna manera, transducir lo que fue el programa de Activaciones en Proyecto CasaMario, en el cual se realizaron seminarios, talleres y performances, con invitados nacionales e internacionales, a partir de la discusión de tópicos que interesan al Proyecto y a cierta contemporaneidad. Durante nuestras catorce semanas de residencia en el SUBTE, las actividades son múltiples, variadas y simultáneas en muchos casos: se come, se discute, se baila, se recorre, se investiga, se discute y un vasto etcétera, que propone hacer de la situación museal un espacio de encuentro, que excede a lo “expuesto”. Modificamos también la espacialidad del SUBTE, proponiendo un montaje absolutamente móvil, donde la mayor parte de las piezas son modificadas, cambiadas de lugar o directamente desaparecen. El montaje propone reflexionar sobre la composición de lugar desde el nomadismo y también desde un sedentarismo que se agita en la necesidad de lo nuevo, aunque lo nuevo, en muchos de los casos sea un recuerdo, una huella, un resto.

¿Qué vivencias has tenido como curadora en esta residencia-expositiva?
L.S.: Las vivencias son vastísimas a nivel de producción, curaduría, montaje, gestión, comunicación. En CasaMario somos un grupo base de pocas personas y un conglomerado de colaboradores sin los cuales sería imposible realizar lo que realizamos. Más allá de la meticulosidad y de cierta épica que significó en nuestras vidas estar realizando esta exposición y especialmente continuar con CasaMario a lo largo de los años, esta acción en el SUBTE es para mí una conexión algo esquizo con la posibilidad y la imposibilidad. Queremos mucho lo que hacemos, y lo hacemos porque queremos; puede sonar a cliché, pero es realmente así, tiene algo de pulsión y muchísimo de convicción, de trabajo y tenacidad.

¿Qué grandes temas y problemas identificás en el arte uruguayo contemporáneo?
L.S.: No creo que pueda responder esto de una manera escueta y global al mismo tiempo. Entiendo que uno de los grandes problemas que tiene esta ciudad y este país, en relación a las prácticas artísticas, es su condición de centro y periferia mantenida desde sus orígenes nacionales. Creo también que hay una ausencia notoria de proyectos de investigación que trabajen desde la invención y creación de atravesamientos y agenciamientos disciplinarios, y que urge proponer marcos epistemológicos críticos para el estudio de las prácticas contemporáneas en arte, localizandoo aquellos sitios donde emergen singularidades. Por otra parte, creo que el quehacer artístico se encuentra bastante alejado de la reflexión académica, del devenir comunitario y de la producción colectiva, lo cual termina por generar prácticas de tipo egotípicas, parcelarias, poco dialógicas y por momentos muy hipotéticas y expeculativas teóricamente. El trabajo en el territorio pareciera ser algo relegado a las ciencias sociales, y la extensión universitaria también, lo cual es un grave error. La práctica artística, su condición de producción y de recepción excede los espacios de exposición, las instancias museales, las salas, o por lo menos eso es lo que me interesa hacer: hacer del museo una plaza.

Migrantes, casa tomada, Puerto, Ciudad Vieja, identidades resbaladizas, conceptos dislocados... ¿Cuáles de estos temas dirías que atraviesan el montaje de CasaMario en el SUBTE?
L.S.: Todos estos puntos que señalas son trabajados en el montaje que proponemos. Algunos de manera más alegórica, otros de formas más directas y algunos a partir de ciertas gestualidades sutiles que en su hilvanado construyen un relato mayor. Creo que todo este montaje supone un tejido, hay algo de lo arácnido, y obviamente del pensamiento en red, rizomático, desterritorializado, no identitario. Está la voluntad, también, de construir una pequeña utopía situada, lo que Foucault llamo heterotopias, o espacios otros, esos emplazamientos en lo real, pero que poseen algo de imposible, de irrealizable: una yuxtaposición de elementos que no parecieran tener una relación directa entre sí. Asimismo, el montaje del Subte, se propone como una imagen borrosa del tiempo y de los modos que encontramos para construir relatos, para hacer de la memoria un lugar presente. Recorrimos nuestro propio acervo, seleccionamos, redibujamos una comprensión de los vestigios, de los gestos que subyacen. El barrio, la migración, las políticas inmobiliarias, cooperativas, patrimoniales de la Ciudad Vieja, las modificaciones en la bahía, los cambios a nivel de diseño urbano sustentados en lógicas funcionalistas, con una profunda mirada eurocéntrica y semiocapitalista son aspectos que refulgen permanentemente en este montaje.

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Trabajo colectivo
"Un conjunto de personas decididos, cada una con su mochila de herramientas diferentes, puede convertirse en un aparato altamente productivo, que cuenta además con resultados sorpresivos para sus propios integrantes. Esa dinámica es hoy empleada en el mundo entero para crear riquezas. Sin embargo, para que genere algo más que un producto, para que supere una lógica simplemente mercantil, hay que darle una vuelta de tuerca más. Buscar lo desconocido. Confiar en los otros. Hacer cosas que uno no domina. Dejarse llevar. Y de vez en cuando –pero no necesariamente– acordarse de las herramientas que se quedaron en la mochila". (Niklaus Strobel, uno de los curadores de Proyecto CasaMario en el SUBTE)
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apuntes sobre el malón y otros temas airanos


Uno de los malones pintados por Rugendas.
Por dónde empezar a leer la obra de César Aira es una pregunta imposible de responder, aunque quienes se especializan en su obra coinciden en situar a Ema, la cautiva como una de las imprescindibles. Es una novela histórica, escrita y publicada un poco antes del boom del subgénero en el Río de la Plata, año 1981, que tiene un par de irregularidades que incomodarán -por siempre- a los puristas. Aira se maneja alejado de toda intención de verosimilitud y crea una Patagonia mítica habitada por indígenas que hablan francés y dominan las artes del comercio, en un escenario de colores tropicales y criaderos de faisanes (de hecho Ema, en su nueva vida de raptada se dedica a este negocio). La novela no elude los tópicos sobre el desierto patagónico -el territorio interminable, el tiempo enlentecido, la sensación del horizonte inmóvil- y se aprovecha de ellos para enrarecer una historia que además de muy entretenida propone discursos muy potentes sobre la relatividad del dinero y muy especialmente sobre el poder destructor del hombre blanco y europeo.
Ema, la cautiva, de todos modos, es el primer Aira, el más 'serio', lo que hace que esa novela en particular (al igual que la también muy recomendable La liebre), sea difícil de conectar con la mayor parte de su obra, mucho más descontrolada y dispersa, que podría describirse como fragmentos de una cabeza genial que estalló a mediados de los años 90 y que nos entrega, desde entonces, pequeñas muestras de un talento inusual, friki y aparentemente inconexo. La mayor parte de los títulos airanos son novelitas de no más de 100 páginas, algunas descuidadas, pero siempre con comienzos geniales y desarrollos magistrales de un escritor que se concibe a sí mismo como una máquina de ficcionar.
El tema sería, en todo caso, y sin temor a redundar, profundizar sobre los tópicos que le gusta tratar a Aira. Hay novelas de 'indios' (como Ema, la cautiva o Entre los indios), hay novelas chinas, hay novelas de gimnasios, hay novelas de autoficción, hay novelas ambientadas en Pringles, otras en Flores y también en Rosario, hay novelas sobre arte contemporáneo, hay novelas costumbristas, hay novelas sociales. Los que han transitado una buena parte de la obra de Aira reconocen que lo más importante radica, no exactamente en los tópicos, sino en algunas constantes que tienen que ver con la capacidad de ficcionar, en la forma en que se desarrollan los relatos, siempre atravesados por dosis controladas y muy pertinentes de filosofía y otros saberes que pueden ir desde la novela gótica hasta la intrincada antropología de los delivery. La manera Aira, que se ha perfeccionado a lo largo de los años, es precisamente el logro de un estilo que muchos lectores -por cierto impacientes- confunden en una primera y rápida lectura con superficialidad, o cosa banal. Todo lo contrario: al igual que sucede con la aparente inverosimilitud de Ema, la cautiva, casi todos los relatos de Aira juegan en ese borde para poder potenciar su impacto y así verse favorecidos por una mejor distancia al momento de observar y dar cuenta de lo real. Ergo: Aira es un gran observador, como lo era Levrero, y lo eran los viajeros de los siglos XVIII y XIX.
Hay una novela, de las cortas, publicada por primera vez en el 2000 y reeditada en 2015 por Literatura Random House, que tiene una luz especial entre las obras de Aira. Puede pasar desapercibida, porque no se nombra tanto como las de su primer periodo (La guerra de los gimnasios, otra muy recomendable), porque no tiene un título muy vistoso (Un episodio en la vida de un viajero no es tan llamativo como Yo era una niña de siete años, por ejemplo), pero sirve de conexión entre submundos airanos y explica algunas cosas de las que el autor no suele hablar en entrevistas ni en conferencias. En primer caso, tiene un punto de partida real y empieza en tono de novela histórica con el pintor alemán Johann Rugendas como protagonista. Rugendas fue un pintor viajero, de buena fama a mediados del siglo XIX, que bosquejó e ilustró centenares de dibujos y óleos, de paisajes y de grupos humanos, en territorio americano. Un observador. Un naturalista del linaje de Humboldt. Si bien le han recomendado a Rugendas no perder tiempo en la pampa argentina, donde no hay flora ni fauna tropicales, ni mayor exotismo, él decide viajar desde Chile hacia Buenos Aires, siempre acompañado por su colega Robert Krause. Lo que encuentran es la Pampa, un lugar más llano que la horizontal, un lugar donde el tiempo está casi detenido, es la ocurrencia de un episodio trágico que transformará a Rugendas en un pintor sin cara, y por esta dolorosa e incómoda razón, totalmente preparado para un milagro posterior.
Un episodio en la vida de un pintor viajero no tarda en conectar algunos de los principales tópicos airanos, y de la mejor manera: es una novela de 'indios', es histórica, es topográfica, pero sobre todo es una novela sobre arte. Es en este caso un homenaje a Rugendas, un observador en el que se espeja Aira, y de hecho el alemán es testigo presencial de un malón indígena (el milagro anunciado antes), obsesión/trauma no solo argentina que forma parte del discurso histórico civilizatorio, blanco y belicista. Este es el centro de una novela, sin excluir al rayo que desvía el relato a territorios delirantes de fantaciencia, que incluye entre sus páginas reproducciones de obras de Rugendas -no faltan referencias al malón, con el agregado simbólico de la 'cautiva', tópico que tomarán años más tarde pintores como Juan Manuel Blanes, por ejemplo-, y que termina siendo, casi, una declaración de principios del propio Aira. O sea, Aira como observador, obsesionado por definir a un malón, lo hace en la página 83 de una manera magistral, desde los diarios de Rugendas: "Era como ir recorriendo los ambientes de una fiesta, de la sala al comedor, del dormitorio a la biblioteca, del cuarto de planchar al balcón, y en todos ellos encontrar invitados ruidosos y alegres, escondiéndose para besuquearse o buscando al dueño de casa para pedirle más cerveza. Salvo que era una casa sin puertas ni ventanas ni paredes, hecha de aire y distancia y ecos, y de colores y formas de paisaje".
No podría decir que esta es la mejor novela para empezar a leer a César Aira. Pero es firme candidata. Por maestría y porque conecta -como se dijo- una buena cantidad de tópicos airanos. Un gran desafío sería proponerse una exposición de arte que permita articular diferentes relatos del autor, o bien una exposición curada por él en donde se atraviesen discursos e ideas de esta y otras novelas, incluyendo ese gran ensayo titulado Sobre el arte contemporáneo.

ese asunto del color


dos aproximaciones posibles al libro "El color pharmakon", de Fernando López Lage.

pretexto (apoyo textual para presentación pública):
Fernando me invitó a ser uno de los presentadores de su libro El color pharmakon y acepté al instante. Sin pestañear, sería la imagen correcta. Sin dejar entrar la mínima duda ni el temor -por cierto real, si lo hubiera pensado unos segundos- de no estar a la altura de las circunstancias.
No pinto. No sé nada de color. No tengo idea de teorías sobre el color. Y si me aprietan, ahora mismo, incluso luego de haber leído el libro, puedo errarle feo en temas tan simples como los colores complementarios o la importancia de tipos como Goethe en este asunto .
Sin embargo, y esto lo sabía cuando recibí la invitación, la lectura de un ensayo siempre es removedora y positiva. Por un lado, permitía un poco de descanso entre tantas ficciones y autoficciones de las que soy algo más que adicto, y por otro lado presentía que este libro podía darme vuelta la cabeza, o mejor dicho explicarme algunas cosas que tenía más o menos desconectadas entre sí en mi rol de turista del 'maravilloso mundo del arte (contemporáneo)'. De hecho, fue lo que pasó. Puedo decir que El color pharmakon es un libro mapa de buena parte del arte contemporáneo uruguayo, pero también una historia del color y de sus connotaciones políticas en el arte universal, y que Fernando tiene la inteligencia de plantear al color pharmakon como una herramienta, un arma, una posición, una necesidad, y otras tantas posibilidades, pero con la certeza de que es indefinible, aunque no precisamente abstracto... digamos que es algo que por suerte tampoco podré definir, porque eso viene a ser el pharmakon, un misterio, pero no un misterio a resolver sino un misterio provocador y con la singular capacidad de perturbar el presente, más allá de contextos espacio temporales... Y ya me fui adonde no quería ir, que es a tratar de explicar algo que no requiere explicación, porque si sigo este camino lo que hago es oscurecer algo que está más que luminoso en las páginas del libro.
Dije que es un mapa. Lo es. Y como lector hice mi propio trayecto, o mejor dicho mis propias conexiones, sobre todo en la segunda mitad del libro, cuando Fernando sale de su inspirado personaje de docente, de la formulación de un mapa y un contexto general, para entrar en su propia historia. Fernando empieza a contar entonces sus propias vivencias, en un tono de autobiografía que envuelve a historias compartidas que tienen que ver con la resistencia a la dictadura, con ciertos enfrentamientos generacionales, con el taller de Hugo Longa, con la creación del Fac y con otras tantas historias alternativas que me fueron envolviendo y emocionando, no tanto por ser comunes, sino por ser esclarecedoras, luminosas, combativas y con la certeza de que ciertas intuiciones, y vueltas en el aire que dieron y dimos tantos jóvenes de los 80 y de los 90 no fueron en vano sino que forman parte de esa gran cosa que podría llamarse conspiración pharmakon, si se opta por la posibilidad de que deje de ser un color para iluminar otras trincheras del arte como la música, la literatura, las artes escénicas.
No pinto. Ya lo dije. No sé nada de color ni de teorías sobre color. Es cierto. Pero también es cierto que el color es una preocupación, es parte del lenguaje y entiendo que fui afectado por el pharmakon, por suerte, desde hace muchos años. Las pinturas de Juan Uría, tal vez fueron mi primer contacto, o desacomodo, a lo bien aprendido de Torres García y otros pintores más o menos tradicionales y figurativos que están allí desde mi infancia. Una vez entré a la colección Engelman Ost y vi por primera vez obras de Hugo Longa. Me estalló la cabeza. Ahora me lo explica todo Fernando en su libro, pero recuerdo la sensación de sentir que esas obras eran algo así como el punto de partida de muchas otras cosas que me interesaban, que me gustaban; desde los collages de Dani Umpi a las pinturas de López Lage, o lo que producían artistas como Sergio Porro, Agustín Sabella, Paula Delgado, las fotos de Carolina Sobrino y tantos otros ejemplos, y las conexiones que fui haciendo también tenían que ver con el Cuarteto de Nos, y con otras tantas cosas de las que podríamos hablar mil años.
Un momento central de la historia que cuenta Fernando es cuando se refiere al impacto que le produjo una obra que vio en la sala del Notariado, una obra de su profesor de Matemáticas, un tal Alfredo Torres... ¡Compartimos un maestro, Fernando! Porque Alfredo escribió años en Posdata y fui su editor, lo que me permitió aprender muchísimo de arte, del oficio de la crítica, o más bien del ejercicio de conectar o dar pistas sobre una acción artística a través de la palabra.
No hace muchos años empecé a escribir sobre exposiciones de arte. No puedo dejar de reconocer la influencia de Alfredo, también la del Darno y sus columnas en Posdata, la de mi 'padrino' Raúl Forlán... Pero me fui otra vez de tema, o de asunto, así que aprovecho para irme a lo más personal, a la inquietud que tuve hace un par de años por meter en la portada de Los ojos de una ciudad china una obra cien por ciento pharmakon, o sea una pintura de Fernando López Lage... Conexiones, en fin, que se aclaran un poco más con este libro im-pres-cin-di-ble.

texto (borrador casi final de artículo para ser publicado):
Hay libros en el campo del arte que se vuelven algo más que necesarios, que se convierten en esenciales por la particularidad de construir relatos que antes estaban en situación de invisibilidad, o bien porque resultan poseedores de la virtud luminosa de redefinir mapas. El color pharmakon, de Fernando López Lage, genera ambas sensaciones, en un vaivén que juega entre teoría y práctica, entre un tono inicial de ensayo hererodoxo sobre el color y un desarrollo posterior que se vale de la mirada autobiográfica para exhibir la práctica y deriva de redes generacionales vinculadas en tiempo y escenario a la posdictadura. Es un libro que propone un mapa de los años 80, porque allí tiene su centro y también su punto de fuga.
López Lage es, primero que nada, un artista de los que entienden el arte como un territorio problemático y a problematizar. No es el arte, en su vivencia y práctica, una zona de confort, ni tampoco un espacio de catarsis relativa al tiempo de ocio personal. López Lage es un pintor cuya obra se reconoce por una paleta de colores fuertes, que se escapa de lo figurativo y también del plano, que condensa un discurso político y generacional, y que logra hacer convivir la práctica creadora con la docente, articuladas ambas en la acción grupal y colaborativa a través del fac (Fundación de Arte Contemporáneo). Es un artista que conecta además una fuerte disidencia al mito torresgarciano y que a grandes rasgos se muestra como activista de una familia de artistas que a lo largo de tres décadas ha dejado señas claras y una posible identidad 'pharmakon'.
El color pharmakon no debe ser leído como un ensayo técnico. Tampoco su lectura define con claridad la propia esencia 'pharmakon'. De hecho, esta esencia se muestra como intangible y resbaladiza, en una condición de misterio a resolver pero nunca dicho, en todo caso de posible sobreentendido generacional que parte de coincidencias no precisamente artísticas. El plano teórico, como ya se dijo la primera parte del libro, transita diferentes planos (la teoría del color de Goethe, por ejemplo; la importancia capital del pop art y de la figura de Andy Warhol en el siglo XX), dejando claro que la historia del arte puede ser vista y analizada desde una perspectiva -obsesiva y recurrente- sobre el color. ¿Qué sabemos del color? Todo y nada. ¿Qué podemos decir de él? Que las decisiones que toman artistas y público terminan siendo políticas, con influencias coloniales o no, muchas veces expiando asuntos relativos al poder, a distintas formas de discriminación o de racismo puro y duro.
En la segunda parte del libro es cuando López Lage abandona el tono docente, más o menos especulativo, y se decide por un bienvenido discurso autobiográfico. Es una muy buena decisión, que el lector agradece, porque el ingreso a la práctica artística y vital de López Lage conecta con un tiempo y espacio definido. El centro se desplaza a la figura de Hugo Longa, pintor que López Lage coloca en el lugar de mito y que no hay dudas de que articuló una obra donde el color se muestra vibrante, explícito y tantos otros adjetivos que condensan una posible acción 'pharmakon'.
A partir de la obra de Longa, y también de su discurso como maestro de jóvenes pintores, es que empieza a expandirse esta práctica que dialoga con referencias que se vuelven inmediata zona de conflicto en los debates de la posdictadura y en la izquierda cultural. El planteo liberador de Longa, expresado sobre todo en el color (definible en un plano político como anticolonial, antieuropeo) se mezcla con ideas punk, con el popart, con la posibilidad performática y de salir del cuadro, y también con la necesidad de discutir mitos históricos y resignificar, por ejemplo, el episodio de Salsipuedes, icónico del exterminio indígena en Uruguay. Es una coctelera en la que entran desde las pinturas de Sergio Porro y las canciones de El Cuarteto de Nos, hasta la frontalidad discursiva del grupo Movimiento Sexy. Y, por supuesto, la mayoría de las decenas de artistas que pasaron por el fac, empezando por López Lage, que además de desarrollar una de las obras claves de la generación de la posdictadura tuvo la honestidad de compartir sus ideas y su praxis en un libro que es de lectura imprescindible para todos los interesados en las movidas culturales, en las rupturas y en los relatos alternativos.


topografías montevideanas


Fotografía  de Diego Velazco: Premio Montevideo 2017
El arte tiene eso de representar. Por más vueltas o piruetas que ensaye, por más capas e interlineados que practique en sus atolondrados discursos estéticos, un acto artístico dice, exhibe, muestra. Esta sensación se amplifica cuando el objeto de análisis es una muestra colectiva de arte como el Premio Montevideo de Artes Visuales 2017 (versión aggiornada de los viejos "salones municipales"), que en su propuesta coral (el habitual montaje de premiados y seleccionados) revela no pocos síntomas del estado de cosas de una comunidad, en este caso la nuestra, con evidente tendencia a esconder las rupturas, las transgresiones y las aventuras de cierto riesgo.
No se busque pulso joven en la muestra del Premio Montevideo, porque no lo hay. No se busque novedad, porque tampoco parece ser el punto de la trama. Lo más probable de encontrar es una selección sobria, de artistas en su mayoría con obra y trayectoria prestigiadas. Lejos, muy lejos, de necesarios puntos de inflexión. No está mal, pero también dan ganas de ver, algún día, una renovación, una buena cantidad de cachetazos que acaben de una buena vez con esta opaca sensación de "más de lo mismo".

Las masitas, de Javier Abreu.
Arte para las masas
Una de las pocas obras en la que se respira algo diferente está firmada por un especialista en provocar, en cuestionar: Javier Abreu. No pierde la habilidad de que sus 'bromas', simples en apariencia, terminan siendo complejos disparadores de cuestionamientos al sistema artístico. Si uno de tantos salones nacionales será recordado por 'la casita hecha con un dólar', este Premio Montevideo tiene como protagonista hasta insidioso a 'la bandeja de masitas hechas con hojas de catálogo de arte Panorama'. "Esas masitas somos todos los artistas; los que integramos el catálogo Panorama y los que no", explica Abreu. "La idea surgió porque no me gustó el debate que se dio en redes sociales luego de la presentación del catálogo, en diciembre de 2016. Muchos artistas parecen dejar la vida por una publicación y creo que debemos como colectivo tener una mirada más ambiciosa de lo que queremos y el lugar que le damos a nuestra producción en esta sociedad".
Abreu se muestra crítico sobre la selección de obras del Premio Montevideo y pide que para próximos certámenes sería bueno fijar un corte radical en lo generacional. "Hay artistas casi clásicos que se siguen presentando; deberían tener conciencia de su trayectoria, que ya no están para concursos y que están esperar tranquilos -en sus talleres- el Premio Figari. Tampoco entiendo por qué hay artistas que siguen mostrando obra que ya vimos hace un par de años. ¿Dejaron de crear? ¿Piensan que alguien de nuestro pequeño círculo artístico no las vio?".
Además de Las masitas, de Abreu, otra obra que tiene un alto nivel de recordación (se aclara que este no es un valor artístico per se, pero siempre debe tenerse en cuenta), es Sálvanos, de Paula Delgado, muy bien lograda estampita digital de Edinson Cavani, en una imagen que evoca a Jesús y se complementa con audio de comentaristas de fútbol y olor a palo santo. Delgado acierta y logra uno de los mejores momentos de la selección, en un sector favorecido por la oscuridad, donde también se potencian las instalaciones Conquista, de Guadalupe Ayala, y Lo que mata es la humedad, de Federico Arnaud. Hay que ir a ver la imagen de Cavani, en la que la artista Delgado -siguiendo la línea de sus trabajos sobre la masculinidad- explora en la fe y en su relación con la belleza.

Detalle de la obra de González Soca.
Memorias y derivas
En el recorrido por el Premio Montevideo hay, como se dijo, propuestas de artistas con un recorrido prestigiado y con lucimientos formales. Pero los momentos en los que la atención se dispara, son escasos. El bosque de Kimelman y los contenedores de Rodríguez Barilari, además del oportunista y finísimo ojo de Velazco para retratar aviones de Pluna (el primer premio otorgado por el jurado), demuestran el buen momento de la fotografía en Uruguay. Y, muy especialmente, las obras Reválida, de Michael Bahr y The future, de Magdalena Gurméndez, expian asuntos con la memoria y la reconstrucción, temas que alcanzan un tono obsesivo en la producción contemporánea y que encuentran desde la praxis de ambos artistas resoluciones muy interesantes.
Deriva de una topografía alterada/ Asfixia, obra de Alejandra González Soca, es de las obras que por sí sola vale la visita al Subte. Es una serie compuesta por vestidos de novia, fabricados y empaquetados en China, intervenidos con compost orgánico, semillas y brotes. La imagen provoca por la explícita asfixia del packaging, por la dualidad hiperconsumo-descomposición. Es perturbadora, y una de las razones para que esto suceda es que es una obra que transcurre, que permanece en tránsito. "El término deriva es clave en el sentido de que propone un desvío del rumbo por causas no controlables y la acción de cristalizar y enmarcar parece contradecir esa posibilidad", explica la artista, que plantea su idea de deriva a través de intervenciones donde emergen fragmentos “de lo que queda”, sacando de contexto objetos con un muy específico valor de uso y ritual. Las obras de González Soca mutan, cambian, mueren, se vuelven incluso 'inmuseables'.
"En la obra que presenté al Premio, la operativa acentúa la conglomeración asfixiante, la polarización formal y la concentración conceptual como mecanismos para introducir un deslizamiento desde la instalación a otro sistema... Aunque lo inesperado aparece, y por efecto del lugar específico, porque algunas de las partes por efecto de la condensación generaron agua activando algunas semillas que volvieron a germinar".
Detalle de la instalación de Federico Arnaud.
La idea de deriva, de descomposición asociada a la memoria, está presente, y con una fuerza expositiva inusual, en la instalación de Federico Arnaud, otro de los puntos fuertes de la selección y ganadora del segundo premio. En su caso, todo empieza por el hallazgo del artista, en la feria de Tristán Narvaja, de dos álbumes de fotos de las actividades de uno de los directores de ANCAP durante la dictadura, Brigadier General Jorge Borad. Uno de los documentos está seriamente dañado por la humedad y las imágenes se transforman, se diluyen, se descomponen. "Borad fallece el mismo año en que encuentro este documento", cuenta Arnaud. "Probablemente su familia se deshizo de esos documentos y aparecieron en la feria".
La instalación Lo que mata es la humedad dispara a la reflexión: víctimas y victimarios se encuentran, de alguna manera, en el mismo olvido; unos reclamando aún la verdad de los hechos y otros buscando morir en paz. "A mí siempre me interesó la dimensión simbólica de las cosas, de los objetos de las imágenes y de la arquitectura. Al decir de Boltanski, 'me interesan las historias'. Yo diría que en las historias íntimas se refleja la historia de la humanidad". En el dispositivo montado por Arnaud, el espectador se ve inmerso en una pieza oscura, antes un escritorio de oficina abandonado, apenas iluminado por una portátil herrumbrada que alumbra el álbum de fotos. En la pared se proyectan todas las fotos del álbum y sus portadas. "Lo que me interesa es sumergir al espectador en el abandono de un pasado reciente que reaparece para decirnos algo antes de desaparecer, en un silencio políticamente forzado. Por otro lado, deja a la luz esa cuestión de que nos morimos y nuestros familiares pueden tirar nuestra memoria a la basura".

Detalle de instalación de Slavich.
Memoria contemporánea
Hay otros asuntos con la memoria en la muestra del Premio Montevideo en el Subte. Se recomienda prestarle atención a That is a woman, obra de Manuela Aldabe en la que también interviene un vestido de novia (nada menos que el de Delmira Agustini), en una muy jugada reflexión sobre el amor y la violencia. También recurre a la memoria, pero como fuerte interpelación al presente, la obra distinguida con el Premio Artista Emergente. Se llama Sin hijo, ni árbol, ni libro, está firmada por Romina Slavich, y guarda cierta relación con la de Arnaud: la artista se encuentra de manera casual con el libro de historia alemán Unser Jahrhundert im Bild, y a partir de su intervención sobre las páginas formula una sugerente instalación.
"El trabajo de la obra comenzó a gestarse en 2014", cuenta Slavich. "En aquel momento estaba (y lo sigo hasta hoy) preocupada por el tema de la "ceguera voluntaria” y el hábito naturalizado a la sobre adaptación, una preocupación de cómo habitamos y nos relacionamos con el entorno, desde lo cotidiano. Sentía que había una gran nube negra en todo lo que me recorría, casi como una sombra. Sentía que iban tapando todo el cielo del mundo, ademas del mío. El terrorismo, los refugiados, la violencia, el odio, el poder, el abuso de poder, hicieron que encontrara en ese libro de historia del siglo XX un paralelismo simbólico con las problemáticas del mundo contemporáneo. Me apropié de esa información revisando la trivialización y subjetivización que se realiza de estas narraciones".
La obra de Slavich, al mismo tiempo, demuestra la necesidad de abrir espacio a las nuevas generaciones. Porque, como se dijo al principio de la nota, el arte tiene eso de representar. Y es necesario mostrar cuestionamientos de alta pertinencia contemporánea. Es lo que ella busca, además, como artista, y también como espectadora: "Siento que ahora tengo el deber de seguir mostrando las cosas que hago; lo importante es tener algo que decir, hacer un gesto y tirarlo al aire, para que el espectador lo construya con su experiencia... Es lo que encuentro en las obras de Michael Bahr (Reválida) y Javier Abreu (Las masitas), que parece que son de una aparente simpleza en cuanto a su construcción pero nos presentan la obra a partir de sus experiencias personales. Ambos cuestionan así todo un manifiesto de significados simbólicos, generando un grado de complejidad, no en la obra en sí misma, sino en los cuestionamientos que estas nos producen como espectadores".

((artículo publicado en revista CarasyCaretas, 09/2017))

uruguay hoy!


El primer impulso fue titular este artículo “Canon oriental”. Esto implicaba  hacer una minuciosa descripción del formato elegido de la publicación Panorama (concepto tan amigable como políticamente correcto) y vincularlo con la posmoderna serie Art Now de Taschen, a nivel de resolución gráfica y de listado alfabético, entre otros ítems. Contar, por ejemplo, que cinco especialistas en arte contemporáneo (todos ellos con práctica intensa de curaduría en los últimos diez años) fueron invitados a listar 100 artistas cada uno (la única premisa fue que los artistas preseleccionados estuvieran vivos y en actividad), y que en una segunda y posterior instancia Rulfo (coordinador del Subte y director del proyecto) se encargó de armar una “selección fría”, de consenso, sin abrir discusiones, con la idea de “evitar tácticas de negociación”.
Vuelvo a lo de “canon oriental”, a la intención primaria de este artículo, que llevaría, desde luego, a citar la polémica que en el campo literario internacional provocó el crítico Harold Bloom hace un par de décadas, para luego mencionar al pasar la ausencia de al menos dos artistas (Cecilia Vignolo y Ricardo Lanzarini), que no deberían faltar en una lista de 100 (la del presente Panorama) ni en una de 50, incluso arriesgaría en una de 20, y que al escaparse de fríos consensos curatoriales estadísticos dejan en evidencia los enormes agujeros (posibles errores) de un sistema tan limpio y transparente de selección que tiende a privilegiar lo promedial, lo aceptado (aceptable). Aun así, el listado de Panorama canoniza a artistas que seguramente quedarían fuera de otras miradas o planteos enciclopedistas, y esto sucede en parte porque los especialistas invitados tienen en común de acuerdo a sus trayectorias curatoriales ciertas miradas de riesgo sobre lo contemporáneo y cierto gusto por artistas y prácticas no convencionales. Con matices, por supuesto, y con el previsible buen tino de Rulfo al convocar miradas que le permitieran ese sesgo y al mismo tiempo listaran un “panorama” más o menos equilibrado en cuanto a generaciones, estéticas y lenguajes. No es menor el hecho de que la publicación se hace desde lo público, con fondos de la Intendencia de Montevideo, por lo que no se puede esconder su condición de “oficial”, lo que aumenta el grado de canon respecto a otras selecciones, por ejemplo la financiada por Compañía de Oriente años atrás y que tuvo una mirada un tanto más alternativa.
El título de esta nota definitivamente no fue “Canon oriental” porque así se titula la reseña publicada en La Diaria hace algunas semanas, con firma de Riccardo Boglione, que profundiza en forma también fría y minuciosa sobre casi todo lo antedicho (él coincide también en las ausencias de Vignolo y Lanzarini, en la cita a Bloom, entre otras líneas de reflexión). Luego de la sorpresa de tantas coincidencias con Boglione, hasta en el tentativo título, y ante lo absurdo de seguir el mismo camino de pensamiento estando escrita su nota, una opción más que tentadora parece ser la de abandonar toda frialdad (¿objetividad crítica?), para dejar paso a una posible taxonomía de lectores del libro Panorama.
Los que no suelen visitar galerías, museos y exposiciones, no siguen con atención las páginas culturales de los medios y no pasaron medianamente cerca de muestras colectivas como el Salón Nacional (o sea, una gran mayoría si nos atenemos a cualquier dato de consumidores de arte) tienen la posibilidad de acercarse a un más que atractivo panorama. La publicación es para este tipo de lector un libro-objeto finísimo, que al igual que los Art Now y otros catálogos de Taschen permite ponerse al día, conocer, vincular nombres con estéticas e incluso percibir lo colorido y variopinto del arte contemporáneo local. Se enterará de que Dani Umpi hace collages, de que el economista Ricardo Pascale goza de un alto prestigio como escultor, y se preguntará por qué no está en la lista Pablo Atchugarry, si también es escultor y en su caso además de mediático y puntaesteño es hermano del exministro de Economía y Finanzas Alejandro Atchugarry. Descubrirá que Marco Maggi es hijo de Carlos Maggi y que parece ser un artista de relevancia internacional. Se sentirá seguramente más cómodo admirando a pintores y fotógrafos, a lo más figurativo de la selección, a las caricaturas de Ombú, y no entenderá qué tienen de arte las producciones de nombres que nunca escuchó antes, como los de Javier Abreu, Tamara Cubas, Vladimir Muhvich o Ernesto Rizzo. No se sienta raro: hay gente muy honorable artistas e intelectuales, algunos de ellos con estudios en historia del arte y estética que tienen dudas similares a las suyas. Es, en todo caso, el eterno debate en torno al arte en los últimos 60 años, y recomiendo la lectura complementaria (si se quiere profundizar en el tema) del libro Sobre el arte contemporáneo, de César Aira.
Para los que están más o menos al día, o por lo menos visitan ocasionalmente salas de exposiciones, ofrece además de la eficacia del libro como objeto todo lo lúdico de comprobar que lo que uno ha visto o presenciado, le gusta o no le gusta, le dio o no importancia artística, cuenta o no con el prestigio del canon de Rulfo y sus cinco curadores. En pocas palabras, que “existe” en el canon, o simplemente no existe. De todos modos, para este tipo de lectores se aconseja un primer recorrido más o menos emocional, para comprobar la dimensión de catálogo que adquiere el volumen publicado por el Subte. Porque buena parte de lo que aparece en Panorama (me refiero a las imágenes, a obra pura y dura) coincide con los mejores momentos del arte contemporáneo local. Ni más ni menos. Esto lleva a una lectura con cierto déjà vu que está más allá de todo consenso y que expresa un fuerte sesgo subjetivo.

Panorama empieza con todo, con la A de Abreu y su pop político de El Empleado del Mes, para luego seguir con los Punk champions de Aguirre dibujados en lapicera Bic. Va de la A a la Z del fotógrafo Álvaro Zinno. No da pausa. Cada artista aprovecha las cuatro páginas destinadas a exponer sus trabajos. Hay mucho por reconocer y por redescubrir. Hay mucho también para sorprenderse. Hay, ya se dijo, ausencias. Y bastante notorias. Pese a algunos reparos, Panorama cumple con ser un libro-objeto de excelente calidad y con una consistente idea curatorial. Es una mirada sobre el arte uruguayo hoy. De eso no hay duda. Y aparecen decenas de artistas que desbordan talento y creaciones de alto impacto.
Hay otros posibles lectores. No debe olvidarse a los especializados, sobre todo a los extranjeros, que pueden encontrar en Panorama una edición que faltaba y que suma en el debate y en la difusión de artistas uruguayos fuera de fronteras. Y también están los propios artistas, pero para ellos la reacción puede simplificarse al hecho tan banal de estar o no estar, que no debe confundirse con ser o no ser. Está, por ejemplo, el caso de Julia Castagno, que resultó seleccionada y optó por no ser incluida. En cuanto a la portada, es otro de los aciertos: promedio y consenso puro, es indiscutible la presencia de una imagen de Ernesto Vila.


Recorrido personal

1. Este es el territorio que habito, de Paola Monzillo. Año 2013.
La psicogeografía, los mapas, los territorios. La reflexión sobre recorridos emocionales y subjetivos. La percepción política de la representación. Paola Monzillo muestra en esta obra una poética potente y de gran acierto conceptual. Esta obra se presentó por primera vez en el Subte. Otros autores, como Yamandú Canosa y Juliana Rosales, indagan en caminos similares.

2. Países sin tiempo para la memoria, de Jorge Soto. Año 2014.
Instalación net-art fue seleccionada en el Salón Nacional 2014. Ciento noventa y tres contadores detallan la cantidad de segundos entre la desaparición de personas durante la dictadura y el instante de visualización de la obra. Hay algunos números fijos, estáticos, que representan a los niños restituidos a sus familias y a los detenidos políticos cuyos restos fueron encontrados.

3. Retrato, de Teresa Puppo. Año 2002.
Rostros deformes, compuestos por superposición de fotografías de la artista en distintos momentos de su vida, dieron como resultado esta obra que, según la propia Puppo, debió llamarse “Intento de retrato”. Un autorretrato que cuestiona el pasaje del tiempo y confirma la imposibilidad del intento de detenerlo o de fijarlo en una imagen.

4. S/T, de Fernando López Lage. Año 2014.
Ese asunto con el color. Porro, Velazco, Sabella, Umpi, Uría, Abreu y Sáez todos artistas seleccionados en Panorama manejan una paleta fuerte, muy lejos de la cromática torresgarciana. Más allá de si pintan, fotografían o practican arte conceptual, todos vienen de la escuela de López Lage.

La tacita de plata, de Alfredo Ghierra. Año 1996.
Uno de los primeros y más potentes dibujos de Ghierra, data de mediados de la década de 1990 y esboza en su detalle e imaginería la reflexión sobre la ciudad, centro de la obra de un artista que dejó por un momento el lápiz y los grafos para dedicarse al desarrollo de la intervención de arte político Ghierra Intendente.


teoría y práctica del color


En esta tercera y última entrega de una serie de notas sobre el montaje del Salón Nacional, luego de abordar los impactos en fotografía y nuevos medios (los “autorretratos al límite” de Verónika Márquez, Julián Dura y el colectivo Básica.TV) y la fina línea entre “la ficción, lo real y la mirada” (en las obras premiadas de Eloísa Ibarra y Fernando Barrios), es el turno de analizar otras dos obras de fuerte presencia en el montaje y que no pasaron desapercibidas: Noche estrellada, de Silvina Arismendi, y Croma, de Pablo Uribe.

Antes de la pintura
El tiempo es una premisa sustancial de Noche estrellada, de Silvina Arismendi (Montevideo, 1976). De hecho, es uno de los factores que componen y le dan sentido a una obra que se exhibe en un rincón del montaje, con una presencia física que en una primera mirada pasa casi inadvertida pero que luego de ser descubierta por el espectador provoca una no tan ligera perturbación. Desde la maliciosa pregunta sobre qué hacen allí esos “palitos pintados”, las dudas de si “eso” es arte, hasta la evidencia de que Arismendi plantea un sutil juego, de un antes de la obra, de la ausencia de autoría y de que ese objeto (cuatro bastidores y una cinta de PVC de colores) deja planteadas no pocas interrogantes respecto del arte pictórico.
Noche estrellada es parte de Colourbars, serie de obras en la que Arismendi limita los materiales utilizados a hilo de PVC y a maderas que fue encontrando en el vertedero de basura de su taller en Nueva York. Lo que distingue a Noche estrellada, explica la artista, es que “funciona sola, sin el resto de los objetos de la serie”. Si la mayoría de los objetos con los que ella trabaja se vuelven unidades de sentido en el espacio de exhibición, en el conjunto, para llegar a soluciones y reaccionar al espacio concreto donde está pasando cada muestra que presenta (como la individual Uno que presentó en 2014 en el Subte), esta pieza que resultó seleccionada en el Salón y obtuvo el segundo premio, es cerrada en sí misma, cuenta una historia, contiene un relato de varias capas. “El proceso de realización en sí es muy importante para mí”, asegura. “Porque es un trabajo muy lento y preciso, metódico y monótono”. Una y otra vez, aparece el tiempo, que posiblemente sea un factor no alejado de los propios movimientos vitales de Silvina Arismendi.

***

¿De qué manera tu recorrido como artista se imbrica con tu propio trayecto, el de haberte ido de Uruguay y no haber vuelto?
S.A.: En el año 2000 me fui a estudiar a Praga, con una beca. Esa decisión me marcó muy profundo, porque es en la universidad cuando uno establece amistades para toda la vida, cuando uno establece sus vínculos con la escena a la que pertenece. La verdad es que extrañé bastante la vida en Uruguay. No hablaba prácticamente nada de español en mi vida diaria. No fue fácil. Tal vez fue por eso que mi trabajo comenzó a buscar formas de resolver el problema de no estar. Pasó a ser esencial todo lo que rodeaba mi vida cotidiana, mis rutinas y rituales; los materiales domésticos. Si bien venía de la pintura, había decidido no pintar, porque entendí que la pintura no era un medio que me ayudara a resolver satisfactoriamente esos temas personales.

¿En qué parte de ese proceso se puede contextualizar Noche estrellada?
S.A.: Hay varios trabajos de mi período en Praga que, en retrospectiva, siento que tienen conexiones con mi trabajo actual. Los materiales que elegía, de fácil acceso, baratos, desde mondadientes a esponjas de lavar platos, empezaron a determinar el rumbo de mi obra. Y en el momento en que decidí mudarme a Nueva York, surge otro problema: el espacio reducido para trabajar. Eso me llevó a trabajar con bastidores entelados de pequeño formato, a los que cubría con gomitas elásticas de colores, creando objetos que empezaban a cuestionar a la pintura como medio, al coleccionismo, a la propia autoría y al abstraccionismo latinoamericano. Son las obras de la serie UNO, que expuse en el Subte de Montevideo.

¿Qué pasa con la recepción de tus obras? Hay una parte del público que las ve como simples “palitos pintados”?
S.A.: Primero que nada, las cosas no son lo que parecen. Y, lo que suele ocurrir, cuando un espectador se acerca a una obra como Noche estrellada, es que descubre que “el palito pintado”, como lo llaman a menudo, no estaba pintado, y que no eran simplemente palitos... En este sentido, se relaciona con la serie UNO, la de las gomitas elásticas, porque requieren un espectador sensible y deseoso de tomarse el tiempo de ver con atención antes de llegar a ninguna conclusión. Ambas series nos enfrentan a objetos que se relacionan a la pintura en sus componentes formales clásicos, sin utilizarlos de esa manera. La obra nos invita a reflexionar sobre la producción artística, lo que creemos o no que es arte, y de qué nos valemos para tomar esa decisión. Creo que toda la discusión al respecto, y que se hable de eso, de por qué sí o por qué no, es muy interesante. A mí me gusta pensar sobre lo que hago y cómo se relaciona con la historia del arte, con el contexto en el que se crea obra.

Después de la pintura
Si Arismendi sugiere en Noche estrellada un “antes de la composición”, una abstracción que habilita a una futura acción, los dos trabajos de Pablo Uribe, pertenecientes a la serie Croma, exhiben explícitamente otro tiempo, el del después, el de la descomposición de obras anteriores que ni siquiera son propias. Y otra vez es el espectador el que debe cargar de sentido, el que terminará urdiendo la trama de una abstracción que no es tal y se acerca a un juego conceptual que debe y puede jugar para salir del efecto inmediato de perplejidad ante lo que está viendo: una serie de muy prolijos y cuidados cuadrados monocromáticos.
Uribe se apropia como se dijo de otras obras, de una serie de pinturas clásicas, que son en Croma sus materiales de trabajo: pinturas de José Pedro Costigliolo, Alfredo de Simone, Joaquín Torres García, Petrona Viera y José Cúneo, entre otros. Esas obras son diseccionadas en monocromos que reproducen la paleta original de la obra. Es un trabajo de investigación, que se plantea como un intento de mapa cromático plano de la tradición uruguaya, y para el que contó con la asistencia de la restauradora alemana Mechtild Endhardt.

***

¿Cómo fuiste llegando a la serie Croma, que presentaste en Galería del Paseo en el verano y de la que fueron seleccionadas dos obras en el Salón Nacional?
P.U.: Croma no fue una obra pensada para el Salón. Ya estaba trabajando en esta serie desde mediados de 2015. Pero sí elegí dos obras que me parecía interesante vincular con el espacio donde se exhibirían luego: la de María Freire, cuya obra citada es propiedad del Museo Nacional de Artes Visuales y se encuentra en exhibición en la planta baja, y la de Miguel Ángel Pareja, por ser uno de los artistas uruguayos que más arriesgaron en la investigación del color en la pintura.

¿Qué elementos de la serie venías trabajando en obras anteriores?
P.U.: Desde hace mucho tiempo trabajo en torno a ideas de autoría, originalidad y copia en relación con el sistema del arte. En las muestras Entre dos luces (2006) y Superposição de quadrados (2013) realicé intervenciones trabajando exclusivamente con obras del acervo de los propios museos. Varios de los proyectos de video e instalaciones se acercan a los problemas de la pintura: Atardecer (2009), Luna con dormilones (2012), Mono (2011) e Identikit (2012), son ejemplos de ello. Me interesa replicar al pie de la letra los criterios museológicos. Por eso contraté una restauradora para que realizara el estudio de color y concretara la obra. La presencia de la figura del restaurador es importante, ya que es quien copia el color en los museos; aquí el cambio está en la cantidad de color a preparar y aplicar. Por otro lado, cada vez busco participar lo menos posible en la hechura de mis trabajos.

¿De qué manera tu obra propone un juego con el espectador, para que él componga los diferentes sentidos que pueden generar los cuadros monocromáticos?
P.U.: La apropiación, la cita, la remezcla y el guiño cómplice son parte de mi metodología de trabajo, aunque la mayoría de las veces el espectador no ve ningún guiño. En fin...

Bordes de la abstracción
Las obras de Uribe y Arismendi comparten espacio en el montaje. Fueron ubicadas en espacios contiguos. La geometría potente de los monocromos instala un inevitable diálogo con los bastidores colocados casi como un descuido en un rincón de la sala principal del Salón. Son juegos que convergen en dilemas sobre el color, la abstracción y la autoría.

S.A.: Los colores de mi obra están dados por el fabricante. De esa manera, elimino la necesidad de mezclar colores. La paleta se define entonces por el material que estoy usando y los colores que ese material tiene al momento de encontrarme con él y luego utilizarlo. En el caso de Noche estrellada, me limité a usar colores primarios: gris, marrón y blanco. No quería construir una composición de colores que agradaran fácilmente, que es justamente lo que muchas veces se le critica a la pintura, eso de la seducción por medio del color, y el peligro de convertirse en ornamental.

P.U.: Al eliminar la figuración del cuadro, sólo tenemos materiales, formatos, soporte y color. Por otro lado, me interesa el conflicto entre figuración y abstracción, una discusión mundial que no dejó mucha huella en Uruguay, y la mezcolanza de citas y referencias cruzadas, desde los artistas uruguayos de los que parto a los principales exponentes del abstraccionsmo, como [Aleksandr] Rodchenko, Ellsworth Kelly, [Kazimir] Malevich, Richard Paul Lohse y [Gerhard] Richter. En resumen, el juego con el espectador sería plantear el tema de la originalidad de la obra. Y el del lugar del autor, porque son obras hechas a partir de colores “robados” a maestros del arte uruguayo, realizadas por una restauradora, que a su vez remiten a otros artistas internacionales, pero “firmadas” por mí, en una serie que apuesta a dejarnos en presencia de una colección de pintura uruguaya pero sin figura.

S.A.: Hay todo un tema en este tipo de obras, no relativos a la autoría, pero sí a la presencia del artista haciendo la obra, lo que desde un punto de vista conceptual es completamente indiferente, ya que la obra la puede hacer cualquiera. Pero eso al público en general le crea problemas... porque el artista es históricamente un personaje especial. La frase típica “eso lo puedo hacer yo” es un ejemplo de esta frustración del espectador frente a algo que le plantea un desafío o una lectura diferente que la contemplación pasiva. El público no suele tener en cuenta que para llegar a ciertas conclusiones pasa mucha agua bajo el puente. Hay que estudiar, leer, pensar sobre la propia disciplina... Es así: el arte contemporáneo reflexiona mucho sobre su propia ejecución, en contexto con la historia del arte y su producción.

((artículo publicado en revista CarasyCaretas, 11/2016))

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