Showing posts with label literatura urbana. Show all posts
Showing posts with label literatura urbana. Show all posts

teoría del horror cotidiano


Hay una presencia que perturba, en el cuento ‘Los años intoxicados’, hacia la primera mitad del libro Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enríquez. Es una chica fantasma que se baja sola de un ómnibus, en la mitad de la nada, en la mitad de la noche. La escena obsesiona a la narradora, una muchacha punk y sus amigas, de las que vamos sabiendo de sus experiencias con distintas drogas, en años sucesivos, en el duro aprendizaje de la vida en un barrio porteño, sin mucho futuro por delante.
Todavía no se tiene muy claro, porque el relato que da nombre al libro es el último de la colección, cuál es el papel que juega el fuego en todo esto: si es purificador, si es un arrebato de piromanía gratuita o mera expresión de violencia física. De lo que sí hay evidencia es de que los textos de Mariana Enríquez no lo muestran todo. Sugieren, descorren un velo inquietante en la intimidad de chicas y mujeres no tan chicas que narran las distintas historias y que parecen ser la misma, aunque no lo son, y eso poco parece importar, aunque la chica fantasma salte de cuento en cuento o reaparezca en frikis como Adela, la niña a la que le falta un brazo y desaparece en una casa abandonada, o en Marcela, la compañera de colegio que se arranca las uñas y se corta los brazos.
Hay hombres, pero no importan. No son el tema. Son, en todo caso, secundarios. El asunto está en otra parte. Y en literatura, que tenemos de sobra relatos de hombres, de miradas masculinas sobre absolutamente todo, es brutal el impacto que producen los textos de Enríquez, sin pedir permiso, sin acentuar ningún gesto de literatura comprometida con el género, simplemente escribiendo desde esas chicas y mujeres que no son tan chicas a las que le pasan cosas y que tienen claro que hay muchas cosas de las que es mejor no preguntar: apariciones y desapariciones, fantasmas, recuerdos borrosos de la infancia en dictadura, siempre esa situación de rareza.

***

¿De dónde viene tu fascinación por el género literatura de terror, que más allá de gustos literarios y cinéfilos, podría interpretarse en tus relatos como una lectura ácida sobre la sociedad argentina y cierta conexión implícita con lo que pasó en la dictadura militar y después?
El terror me interesa como género, en general y desde siempre. Es cierto que estos relatos no son tan de género, y agregaría que tienen menos elementos sobrenaturales que textos anteriores; aunque los hay, de hecho hay relecturas de ciertos lugares clásicos del género como las casas encantadas, los niños malditos, los crímenes rituales. Me gusta trabajar el terror más realista, más cotidiano, con referencias políticas. Creo que el terror tiene que ser abordado usando los miedos locales, tanto íntimos como políticos, por lo que el terror en castellano no debe ser una copia del anglosajón, que por supuesto es el modelo debido a que la producción en inglés es muy abundante y en muchos casos es de un nivel extraordinario. En algunos de estos escritores, sobre todo contemporáneos, fue que encontré la manera de abordar el terror desde un lugar menos sobrenatural: Harlan Ellison, por ejemplo, tiene un cuento que arranca en el crimen de Kitty Genovese en Nueva York, en los años 60, famoso como ejemplo de la indiferencia de las ciudades; la acuchillaron en un patio entre edificios, varias veces, y nadie acudió a ayudarla. El cuento termina siendo acerca de una secta, pero empieza ahí, en esa escena. Pero hay muchos más; Shirley Jackson tiene cuentos clásicos que no tienen ni una pizca de sobrenaturales –el caso de ‘Los veraneantes’ y ‘La lotería’– y son cuentos de los años 50. Hace mucho que se hace esa cruza, pero lo que sucede es que se traduce poco. Yo hago otra “traducción”, además, que tiene que ver con trabajar horrores locales, que en América Latina suelen ser políticos, aunque creo que también trabajo bastante la intimidad.

***

‘La casa de Adela’, ‘Fin de curso’ y ‘Los años intoxicados’ son algunos de los cuentos de Enríquez que remiten a los años 80 y 90, acompañando la edad cronológica de la autora, aunque no necesariamente signifiquen un ejercicio de autoficción. Los personajes suelen ser amigas muy íntimas, algún hermano, algún rastro de vida familiar. En otros cuentos, como ‘Tela de araña’ (la muchacha que pierde a su novio porteño en una extraña noche en Formosa, en confabulación con una prima), ‘El patio del vecino’ (de una aparición en una casa a la que se muda otra muchacha y sus peleas con el novio que no entiende de sus obsesiones) y ‘Verde rojo anaranjado’ (otro de pareja, pero no de hombres que no entienden sino del hombre perturbado, que se encierra en internet y deriva a fobias sociales y otros extravíos contemporáneos pero con similar deriva patológica a la de ‘Los años intoxicados’), las mujeres –como se dijo– no son tan chicas, suelen estar solas y han perdido cosas, aunque no sea para nada correcto verse tentados a esa explicación tan directa en relación al fuego del título del libro y del último cuento.
Mariana Enríquez arma, en Las cosas que perdimos en el fuego, un libro poderoso. Los cuentos que lo conforman tienen el pulso que la autora ya había mostrado en sus novelas Bajar es lo peor y Cómo desaparecer completamente, y en el libro de relatos Los peligros de fumar en la cama. O en sus trabajos periodísticos en la revista Radar, del diario Página 12, o como columnista, durante años, en la desaparecida revista montevideana Freeway.

***

Foto: Silvana Sergio.
Hay conexiones muy fuertes entre los diferentes relatos. ¿Cómo las fuiste encontrando? Aparece, por ejemplo, una mirada femenina explícita en las relaciones entre amigas, en una mirada ácida al mundo masculino...
Soy consciente del aire familiar de los cuentos, entre sí, en el momento de armar un libro. El punto de vista de las mujeres, cierta mirada sobre los hombres, la presencia de niños, ideas como la de las brujas o los rituales, el cuerpo en primer plano –desde la insatisfacción o la mutilación, por ejemplo–. Todo eso fue apareciendo, sin embargo, de una manera no deliberada. Tengo épocas de escritura en las que van apareciendo ciertos parentescos u obsesiones. Cuando encuentro determinada cantidad de cuentos que representen esa época de escritura o que tengan conexiones entre ellos, sé que formarán parte de un libro. Entonces: cuando los escribo no soy consciente; sí cuando son elegidos y ordenados para que formen una colección.

¿Cuánto hay de autobiográfico en tus relatos, en las chicas de ‘Los años intoxicados’ o en otros tantos personajes, ya de otras generaciones?
En las de adolescente hay bastante de autobiográfico, aunque muy deformado. En las mujeres más grandes, diría que casi nada.

¿De qué manera se cruza en tu escritura la ficción con el periodismo, no sólo en el estilo sino –y sobre todo– en los temas, como el propio terror, las fobias sociales, los retratos generacionales?
Sinceramente no entiendo mucho por qué habría un abismo tan grande entre la escritura periodística y la narrativa literaria. En mi caso, siento que hay una diferencia en la metodología: no investigo para nada para los relatos de ficción. Eso sí, un caso que aparece en los medios puede ser el disparador de una ficción, pero no sé por qué eso sería periodístico. Muchos escritores, periodistas o no, usan recortes o historias que aparecen en los diarios como disparadores. Y en cuanto a los temas, no creo que las fobias sociales o los retratos generacionales tengan que ver más con el periodismo que con la literatura.

En tus cuentos se percibe una influencia muy fuerte de Julio Cortázar. ¿Con qué escritores contemporáneos, de tu generación, sentís cercanía?
Cortázar es una influencia, por supuesto, como cuentista. De mi generación, siento cercanía con escritores como Luciano Lamberti, Diego Muzzio, Ariadna Castellarnau, Javier Calvo, Samantha Schweblin, Álvaro Bisama, Esteban Catalán, Gabriela Wiener, Liliana Colanzi, Diego Zúñiga, María Gainza, Alejandra Costamagna... Hay más, pero esos son algunos de los de mi edad, iberoamericanos, que leo y me gustan, aunque, por supuesto, no todos escriban cosas de mi estilo, algunos ni remotamente.

***

Después de varios días de la lectura de Las cosas que perdimos en el fuego, al igual que a las chicas de ‘Los años intoxicados’, es casi imposible olvidar la aparición de la chica del ómnibus, de su mirada, de su gesto rebelde (y demencial) al bajarse en mitad de la nada. Entre los textos que Mariana Enríquez publicó en Freeway, hay uno, que se llama ‘Mi fantasma’, en el que ella confiesa que nunca ha visto un fantasma, pero le han contado de algunos. Y remata:
“De todas las historias de fantasmas que conocí sólo creí una, y la contó una chica que jamás volví a ver, en una fiesta, tarde, cuando se terminó la música y nos quedamos los más íntimos del dueño de casa, los más borrachos y los más solitarios. Ella a su fantasma no lo vio, lo sintió. Estaba medio dormida, a oscuras, esperando a su novio en la cama. Era invierno. En un momento sintió las manos frías de quien creía su novio tomándole los brazos, las piernas heladas metiéndose debajo de las suyas para ser calentadas. El novio la abrazaba demasiado fuerte y estaba demasiado frío, y la chica se quejó, gritó, juguetona, “¡salí, tarado, me muero, no seas boludo!”. Las manos y los pies fríos dejaron de tocarla y entonces alguien encendió la luz y la chica vio a su novio verdadero en la puerta de la habitación, vestido, con las zapatillas puestas, preguntándole por qué gritaba, quién era el boludo. La chica, mientras lo contaba, sonreía un poco. Le preguntaron, me acuerdo, si se había mudado de la casa, pero yo no seguí escuchando. Desde entonces, casi todas las noches, antes de dormirme, espero con aprehensión ese abrazo, los dedos helados acariciándome la frente".

Columna "Mi fantasma", de M. Enríquez. Revista Freeway.

la vanguardia es así



¿Hubo o no episodios de vanguardia en la Montevideo de las primeras dos o tres décadas del siglo pasado? ¿Fueron episodios aislados, epigonales al emergente dadaísmo y a posteriores movimientos como el futurismo italiano o el ultraísmo español? ¿Los textos de Alfredo Mario Ferreiro -habitualmente catalogados de "pintorescos"-, deben leerse simplemente como un ejercicio excéntrico y fugaz?
La antología Poesie che sanno di nafta, así, con título en italiano porque se trata de una edición peninsular, académica, es más que pertinente para observar con atención uno de los agujeros negros de la fértil poética urbana, uruguaya, del siglo veinte. Sus autores son los investigadores Georgina Torello y Riccardo Boglione -ella montevideana, él genovés-, interesados por ordenar y catalogar las obras dispersas de poetas que tomaron las banderas de la vanguardia. Figura central, y quien a la postre ofrece el mayor cuerpo poético de la antología, es el ya citado Ferreiro, con sus poemas dedicados al Palacio Salvo, al "ballet" del agente de tránsito y el irónico "El dolor de ser Ford". Le sigue en cantidad (y justicia poética por la calidad de sus textos), quien fuera codirector de la revista "Vanguardia", Juvenal Ortiz Saralegui, con una oda al Salvo (adorado por los futuristas locales) y un largo texto experimental subtitulado "poema urbano en 13 cuadros".
Se suman a la antología un texto juvenil de Emilio Oribe (posible pionero local del futurismo), acercamientos a la vanguardia del peruano Parra del Riego (el largo poema dedicado al futbolista Gradín), ejemplos vanguardistas de María Elena Muñoz, Ildefonso Pereda Valdés, Juan Carlos Welker y Enrique Ricardo Garet. Hay dos o tres grandes sorpresas en la antología -además de los pertinentes ejemplos visuales firmados por un hermano menor de Barradas y por el colectivo Troupe Ateniense- que son la inclusión del primer poema ultraísta uruguayo, "La cruz del Sur", atribuido a un enigmático sanducero llamado Alexis Delgado, y los textos modernos de Alberto Nicolini y Edgarda Cadenazzi. El caso de Cadenazzi es más que singular, ya que solo publicó en revistas y sus textos revelan una escritura en la que se conjugan ruptura de lenguaje, aires surrealistas, humor y actitud revolucionaria.
El trabajo de la dupla Boglione-Torello ordena con rigor e intuición textos que permanecían dispersos y en algunos casos invisibles, dándole forma a una muestra panorámica de las vanguardias locales. Incluye, además, un valioso texto de Armandito Vasseur, dandy amigo de Julio Herrera y Roberto de las Carreras, quien ya en 1909 firma un poema satírico y punzante contra la figura máxima del futurismo italiano, el gran Marinetti, que marca el ojo crítico que los intelectuales montevideanos tenían puesto hacia Europa y sus movidas estéticas. 

((artículo publicado en CarasyCaretas, 1/2015))

crónicas al borde


No hay azar en la circunstancia de que un libro de relatos de Umpi y una selección de cuentos de Escanlar empaticen de tal manera que permita reunirlos -por ejemplo- en el presente abordaje titulado “crónicas al borde”. 
La sincronía tampoco es caprichosa: ambos volúmenes coinciden en ser editados por el mismo sello montevideano (Criatura Editora) y proceden de dos artistas de alto perfil público y que fueron encontrando en la escritura una herramienta para narrar desde sus respectivas miradas, cien por ciento realistas, y así elaborar apuntes cotidianos, bien contemporáneos, sumamente originales, preferentemente urbanos y con una evidente seducción por los bordes, por lo incorrecto, lo raro.

Es real que no hay mayores puntos de encuentro entre ambas personalidades y sus diferentes planes estéticos -no las hubo antes del fallecimiento de Escanlar. Los dos pertenecen a generaciones y sensibilidades diferentes, pero si nos atenemos a la escritura pura y dura, a su necesidad, al ritmo urgente de sus fraseos, las cercanías son apabullantes. Y, un dato no menor, estriba en cómo son percibidos por el endogámico y mediocre entramado cultural uruguayo. Gustavo y Dani no son considerados escritores, categoría que suele ser desplazada a “periodista” (y provocador) en el primer caso y de “artista” (polifacético) en el segundo. Lo paradójico es que, fuera de fronteras, las obras de ambos son altamente reconocidas y son de los pocos autores que han logrado mayor visibilidad entre crítica y lectores especializados. Escanlar es reconocido como el “gran macondiano” por el chileno Alberto Fuguet. Bellatín o Aira, dos celebridades actuales, tienen entre sus favoritos a las novelas de Umpi (publicadas todas en Argentina en sus primeras ediciones).

Por último, tal vez lo que más le interese al lector, vale ahondar en los mundos literarios de Escanlar y Umpi. ¿Qué es lo que están contando? ¿Qué es lo que destapan? ¿De qué van sus relatos (o crónicas)? Ambos son finos observadores, dominan el arte de prender al lector desde el primer párrafo, juegan entre la ficción y lo real, en el borde, no moralizan sobre sus personajes ni sobre lo que pasa. Y así, se cuentan, en las páginas de Grandes éxitos... y ¿A quién quiero engañar? historias pequeñas, de amor, de desamor, de personajes que tratan de sobrevivir emocionalmente en el sur del mundo. Dos libros muy recomendables.

* "Artista perfecto" (fragmentos de entrevistas con Dani Umpi)
* "Autodestructivo, original, talentoso" (entrevista con Gustavo Escanlar)

esos pequeños infortunios


Qué difícil es ser de izquierda en estos días y otras historias de amor. Autor: Gabriel Sosa. Género: Relatos. Editorial: Planeta. Montevideo, 2004. Dato: Segundo libro de relatos de Sosa, que tienen como nexo la siempre difícil e inexplicable relación entre hombres y mujeres.

El bienvenido segundo libro de ficción del escritor y periodista Gabriel Sosa, continúa la obra abierta con Orientales excéntricos (editorial Cauce, 2001) y lleva uno de esos títulos candidatos a ganar el premio al más ingenioso del año. “Qué difícil es ser de izquierda en estos días”, plantea Sosa, ubicando a su personaje, gracias al nexo “y otras historias de amor”, en un inquietante punto de partida, porque lo “difícil” se traslada inevitablemente al terreno amoroso y uno presupone –sin equivocarse- que se trata de desventuras amorosas.
En Orientales excéntricos, además de mostrar una pluma talentosa a la que lo único que se le podía achacar era cierto amaneramiento proveniente de la práctica periodística, Sosa fue capaz de potenciar, en la suma de sus ficciones, un concepto que pocas veces es bien utilizado por los cuentistas: cada uno de los relatos suponía una construcción biográfica, ficticia, de personajes dotados de una excentricidad a veces simple y otras escabrosa. Y todos esos relatos se entrelazaban en una idea-concepto global de la obra. Para este segundo libro, el autor elige como centro temático las ya nombradas “historias de amor”, surcadas por ese “difícil” a que hacíamos referencia, y siempre desde una mirada masculina. Hay algo, y no es poco, de esa mirada romanticona de Charles Bukowski, en sus mejores momentos, cuando debajo de toda la hojarasca de provocador y pendenciero el lector solía encontrarse con la misma anécdota: chico que busca chica, que se obsesiona con la chica, que pasa algo con la chica, que es abandonado por la chica, etcétera, etcétera.
El primer relato del libro de Sosa, titulado ‘La bondad de las mujeres’, y editado bajo la forma de prólogo, define en pocas páginas el tono que elige el autor para tocar el manido tema ‘de qué hablamos cuando hablamos de amor’. Un pequeño fresco, naturalista y con cierto aire antropológico, en el que Sosa avisa que lo que vendrá no será tan simple, y que más allá de una sintaxis liviana y directa (como en Bukowski, por ejemplo) asomará, en cada relato, una historia tan mínima como intensa (como en Carver, por ejemplo). Estos dos nombres no son caprichosos, referencias de un autor que cultiva un estilo influenciado notoriamente por la narrativa estadounidense de la segunda mitad del siglo veinte.
Todas las historias transcurren en escenarios montevideanos. En ocasiones en la rambla, en pisos de jóvenes que viven solos o con amigos. Y está ese asunto con la ‘izquierda’, que es bastante más que una alusión simpática, y que de todos modos permite perderse en otros planos de reflexiones –por lo menos en esta misma nota- para evitar contarle lo divertido que son algunas de las historias, especialmente esa en que el muchacho se quema con aceite en...
No se preocupen que no voy a contar el final de la película ni del cuento, pero bien que se lo merece Sosa, quien como crítico de cine (más de uno recordará la columna Butacas contiguas en Posdata) abusaba de esa perversión de revelar cosas que nunca deben ser reveladas. En todo caso, bien podría decirse que de acuerdo a la experiencia de los desafortunados personajes del libro, no parece nada fácil –para solteros y divorciados más o menos inseguros y políticamente incorrectos- conquistar chicas. ¿Cómo conseguir chicas?, preguntaría Charly García. Si son de izquierda, o tienen padres de izquierda, es un poco más complicado, seguro que apuntaría Sosa.

((artículo publicado en revista CarasyCaretas, año 2004))

por favor, rebobinar



¿Hacia dónde se renueva la literatura latinoamericana? ¿La llamada generación Mc Ondo ha cumplido su golpe parricida? Como en toda malón hay que saber separar lo bueno entre la hojarasca y es posible encontrar importante calidad literaria en varios de los jóvenes narradores -sobre todo en la consistencia de Alberto Fuguet y Jaime Bayly. Sin embargo, encontrar un libro de autores mc ondo como Rodrigo Fresán en una librería montevideana es tan difícil como conseguir textos perdidos del poeta maldito José Parrilla.


De visita en una editorial, en los depósitos, me topé con una pila de libros –enorme e injustificada- de la novela Por favor, rebobinar del chileno Alberto Fuguet. “¿Qué hace todo eso ahí?”, pregunté ingenuo. “Hace tiempo que no se mueve nada de Fuguet”, fue la respuesta que obtuve. “Las librerías los devuelven y tampoco se vende la de Enrico Brizzi (autor italiano de la tiernísima novela Jack Frusciante se fue del grupo), que es un clavo” .

EL BOOM MC ONDOHace algunos años, Fuguet fue el motor de una revuelta editorial latinoamericana. Después de haber alcanzado cierta fama con su primera novela Mala onda, logró interesar a la casa español Mondadori para realizar una antología de narradores jóvenes, compilación que realizó junto a su colega también chileno Sergio Gómez. El compilado que finalmente se tituló Mc Ondo, en clara referencia a la tierra mágica de García Márquez, reunió a autores seleccionados de diferentes países unidos por varias premisas. Primero que nada el parricidio hacia la generación sesentista. En segundo lugar, el ansia de traspasar las fronteras de cada país y globalizar ese concepto tan resbaladizo de “narrativa joven”. Y en tercer lugar, la confirmación de que los nuevos autores compartían varias referencias claves: la pasión por la última literatura norteamericana y la omisión hacia sus padres latinoamericanos directos, el amor por el cine y a la cultura rock, la similitud en temáticas metropolitanas y juveniles e incluso en la noción de que un libro es un producto, como un disco, que puede instalarse y difundirse a través de estrategias de marketing. Todos, además, apelaron a un realismo no exento de escepticismo y cierta color bizarro, hijo de autores como Bukowski, Easton Ellis, Coupland, Kureishi y Welsh. En definitiva, una renovación saludable en el desconcierto naturalmente atávico de la literatura latinoamericana.
Durante algunos años se conocieron otros nombres, que fueron desde el extremismo rock del español Ray Loriga (su debut con la novela Héroes lo demuestra heredero del beatnik) hasta el naïf pervertido del peruano Jaime Bayly (autor mediático que en Yo amo a mi mami demuestra poseer un dominio de la escritura que sólo poseen unos pocos elegidos), pasando por el barroco contracultural del argentino Rodrigo Fresán (Esperanto es tan pretenciosa y elegante, por ejemplo, que puede llegar a desesperar). Fuguet publicó varios títulos, entre ellos se destaca esa joyita llamada Por favor, rebobinar, en la que no molesta para nada el truco de trasladar al Chile de clase alta el cinismo (y la estructura) del Bret Easton Ellis de Las leyes de la atracción.
¿Qué fue lo que pasó? La crítica de cada país, de cada ciudad, de cada aldea (incluida Montevideo, por cierto), se sorprendió al comienzo con el fenómeno y después, ante la aparición de un libro tras otro, sistemáticamente se dio una respuesta de destrucción despiadada y en los mejores casos de omisión. Pocos se tomaron en serio a Fuguet, Bayly y los jóvenes mc ondo. Pocos entendían la fineza de la trasculturación de las ácidas novelas de Fuguet, desencantadas de Latinoamérica (tan mágica y sesentista). Pocos descubrieron en Bayly a un escritor mayor, de la fineza de un Vargas Llosa a la hora de narrar, que tuvo el descaro de mostrar sus inclinaciones homosexuales y su adicción a la cocaína desde su primera y confesional novela La noche es virgen. Muy pocos le dan altura literaria al colombiano Fernando Vallejo –pese a que es un abuelo en todo caso- y su herética La virgen de los sicarios pese a que obtuvo un éxito resonante en su adaptación cinematográfica. Claro que hay hojarasca, pero lo cierto es que más allá de la crítica y el ninguneo, la fiebre ya pasó y no es para nada grato observar que esas novelas –tan cuidadosamente pop en su concepto de libro producto, vaya paradoja- no están disponibles en las librerías de Montevideo. No sé qué es lo que sucede exactamente en otras ciudades latinoamericanas, pero es seguro que la nueva generación no logró imponer ningún gran éxito mediático y sus libros se venden en una ridícula proporción frente a los de García Márquez, Vargas Llosa y los demás best-sellers del continente.

EL SÍNDROME DE LA ALDEAEstá bien revisar los clásicos. Es lo mejor que se puede hacer si se quiere educar el placer de la lectura. Está bien seguir al día con lo que producen los consagrados. Pero es curioso que no sólo los mc ondo sean ninguneados en Uruguay. El hecho se repite con la amplia galería de autores europeos y norteamericanos que llegan traducidos por Anagrama, Alfaguara y Ediciones B, los sellos más prestigiosos en el género novela contemporánea.
Exceptuando a la impactante American Psycho de Bret Easton Ellis, la novela que el mismísimo Norman Mailer señalara como las Memorias del subsuelo del siglo XX, se desconoce la calidad y poco se leen autores como Irvine Welsh (fino novelista británico autor de Trainspotting y de varios relatos imbuidos de la estética del éxtasis) y Douglas Coupland (que saltara a la fama por nombrar y testimoniar el ascenso de la Generación X). Aunque no se crea, la última de Coupland ni siquiera fue traducida al español. Ha perdido acciones. El producto parece que no funciona. Es así, aunque ocasionalmente podamos disfrutar de atractivos relatos como el Alta fidelidad de Nick Hornby o la versión ciber-individualista de El extranjero de Camus que el cínico francés Michel Houellebecq desarrolló en Ampliación del campo de batalla. Pero es tan esporádico y tan poco el impacto que producen a nivel crítico legitimador que rápidamente desaparecen de los anaqueles de las librerías y se transforman –como la de Brizzi- en fracasos y evidentes “clavo” para las distribuidoras. Y los libreros son la otra arista del asunto. Sabiendo que inciden en la venta al usuario, prefieren la comodidad de recomendar a los consagrados a la hora de “vengo a comprar un regalo para...”, y más allá de si tienen o no los “tantos” marcados –no es esa la intención de esta puntualización- les es más fácil comprometerse con un Benedetti, con un Marcela Serrano (el boom de la literatura femenina es más que contundente), incluso con los buenos libros de novela histórica uruguaya, que con un libro que por su temática puede provocar una futura mala respuesta. ¿Los mc ondo son peligrosos? No más que un Henry Miller o un Dostoievski, hablando de trama o si nos referimos a la negrura y/o perversiones de sus personajes
Y antes de la tentación de pasar al obvio “y por casa cómo andamos”, en términos de producción literaria (no lo voy a hacer, por implicaciones personales), vale la pena citar el ejemplo de la novela Estocolmo, de Gustavo Escanlar. No todos los días se publica en España, por un sello grande como Mondadori en la colección Reservoir Books, un libro de autor uruguayo en edición de 35.000 ejemplares. Fue hace dos años y apenas si alguien de la “Cultura” se enteró. Mucho menos si nos referimos a la secundaria exposición del libro en los puestos de venta, que hizo que la ágil y ácida novela de Escanlar se moviera muy poco en la venta. Claro, los personajes de Escanlar son lumpen descreídos que toman droga todo el tiempo, se burlan de los íconos de la izquierda, escuchan a los Redondos, asaltan una casa en Carrasco y todo termina evidentemente muy mal.

DESPUÉS DE MC ONDOSeguramente autores como Fuguet, Bayly y Fresán seguirán publicando. Contra viento y marea. Pero si bien Mc Ondo fue un parteaguas, un grito parricida que obtuvo su natural respuesta, el ánimo individualista y poco militante de sus creadores impidió que puedieran generar un lobby como el que décadas atrás hicieron tan bien los forjadores del boom del realismo mágico o hace pocos años el fenómeno de la literatura femenina latinaomericana. En el mejor de los casos, quedaron marginados en suplementos de tendencia joven de grandes medios (Tentaciones de El País de Madrid o Radar de Página 12 de Buenos Aires).
Todo parece quedar en manos de editoriales que buscan afanosamente nuevos autores y el tiro les suele salir por la culata. En manos de distribuidoras que intentan imponer sin éxito títulos que son best-seller en Estados Unidos o Europa. “Para llegar a España hay que pasar primero por Italia”, le escuché a decir hace poco tiempo a un escritor que bien sabe cómo son las reglas de juego. Mencionó algunos ejemplos, entre ellos el de Onetti, pero sigue sin quedarme claro porqué en la aldea, en Montevideo, es tan difícil que un sello grande como Alfaguara logre imponer una perturbadora e intensa novela como Noviembre de Daniel Mella. Que sea un fracaso estrepitoso en ventas. El joven escritor venía siendo aclamado por la crítica por Derretimiento (que inclusó se editó en España), pero su segunda novela, literariamente más sustanciosa que la primera, fue literalmente despedazada. Es curioso, pero con varios lectores de Noviembre que consulté, todos confirman que es un muy buen libro, pero... ¡El tema! Ahí está la clave. Mella instala su historia en un Uruguay que se cae a pedazos, en la destrucción de una joven pareja –muerte terrible de la hija de tres años incluida. Y según parece, asusta, perturba tanto que es difícil recomendarla, como si lo mejor fuera ignorarla y pasar a hablar de las virtudes de cualquier novela histórica en la que se derraman hectolitros de sangre del siglo XIX. En todo caso, asusta que no se venda. Eso sí, si la firmara Easton Ellis y en vez de Neptunia sucediera en un barrio de L.A., ¿cómo la leerían? Con certeza, como el desencanto del sueño americano.

LÍNEAS AÉREASCentrémonos en el pos Mc Ondo. Cerrado el capítulo de divulgación generacional, el chileno Fuguet se dedicó a su obra. En España, mientras tanto, el grupo editorial Lengua de Trapo saltó a la notoriedad intentando llevar adelante la bandera del parricidio. El puntapié lo dieron con otra antología, trabajada por el investigador Eduardo Becerra, quien realizó la titánica compilación Líneas aéreas, un extenso volumen al estilo de una guía telefónica que reúne a decenas de autores nuevos. Muchos se repiten a los de Mc Ondo, aparecen también nombres nuevos, pero la intención –más allá de inscribirse en la misma temática que la de Mondadori- fue la de otorgarle a la nueva generación una importancia histórica en el desarrollo de la literatura latinoamericana.
A partir de ese mojón editorial, Lengua de Trapo ganó un importante prestigio, consolidó su llegada en el continente con la distribución del gigante Océano y comenzó a editar novelas y libros de relatos de autores desconocidos, por lo menos en España. La colección incluye un premio anual de narrativa experimental y el lanzamiento de autores nuevos con la intención de llamar la atención –en España, sobre todo- de que existe otra Latinoamérica literaria, menos mágica y menos exótica. Por ahora funciona y es más abierta que los códigos pop que enarbolaba Mc Ondo. De nuestro país, por ejemplo, han publicado en Lengua de Trapo autores tan disímiles como Mella, Courtoisie, Fontana y Burel (este último ganó una de las ediciones del Premio), todos de distintas generaciones y estilos aunque notoriamente disidentes al modelo sesentista.
Para el final, vale la pena compartir un extracto de Por favor, rebobinar de Fuguet, uno de los tantos monólogos de uno de sus personajes femeninos. “Quizá he dicho demasiado. Quizá no he dicho lo suficiente. Hay cosas que uno ha hecho, o le han hecho a uno, que no sólo estigmatizan sino desvían y hasta encarcelan. Como ser Miss Chile, supongo. Si alguien sale elegida Miss Chile, pase lo que pase, evolucione como evolucione, nadie la va a tomar en serio. Imposible. Quedó marcada”. No se refiere Fuguet precisamente a Cecilia Bolocco. Pero queda muy bien ese fragmento, si le cambiamos Miss Chile por Mister Mc Ondo para percibir, desde su propia escritura, el riesgo que sumió con la loca idea de oponerse a los mastodontes literarios.

LAS MÁS LEÍDAS