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no le temerás a albert pla

Albert Pla y Pedro Páramo, abril de 2019.

Hace exactamente nueve años escribí un artículo bastante largo sobre Albert Pla. Se publicó en la desaparecida revista Freeway con el título "El malo de la película se llama Albert Pla". Iba a ser una entrevista y terminó siendo un texto sobre la imposibilidad de hacer una entrevista. El resultado de un primer cuestionario vía email y luego de una breve y exasperante charla telefónica con alguien llamado Albert Pla, que mostró una pasmosa tranquilidad, como si acabara de salir de un spa, no pasó de monosílabos y la constatación de que Leo Masliah es uno de sus artistas preferidos. Tuve que optar esa vez por un relato alternativo, para el que me ayudaron dos buenos amigos: Marcelo Bertalmío (el cineasta uruguayo radicado en Barcelona, quien me inició en la literatura de Roberto Bolaño y es fan ultradical de Pla) y Martina Gadea (cantautora uruguaya y amiga personal de Pla). Ambos dieron algunas buenas pistas sobre quién es Pla y ayudaron a alimentar el misterio.
Al manager del artista le gustó aquella nota y hace unos días decidió contactarme vía email para ofrecer una previa al espectáculo que vendrá a presentar Albert Pla las noches del 11 y 12 de mayo de 2019 al Solís. Me recomendó hablar a distancia, por whatsapp. Le contesté que sí, pero que prefería por correo electrónico, valorando tener más chances en un intercambio escrito que en una conversación que derivara en respuestas breves y silencios incómodos. Sabía que igual iba a perder, que todo iba a salir mal, como la primera vez, como le pasó a decenas de periodistas que intentaron, intentan o intentarán entrevistar a Albert Pla.

Parte uno: Albert Pla
El espectáculo 2019 del catalán se llama Miedo. No tengo exactamente "miedo" al fracaso, ni tampoco parece importante ese detalle, aunque la primera pregunta que decido enviarle refiere a lo que dice Charly García en "No bombardeen Buenos Aires" ("tengo hambre, tengo miedo"). O sea, busqué acertar algún punto de interés inesperado. Tenía otras cartas en la manga, entre ellas la sabida decepción (por decir una palabra suave) de Albert respecto a España y hacia la monarquía, y su adhesión histórica y radical a causas independentistas.
Recibí, algunas horas después, las respuestas. Calificarlas de respuestas es una interpretación optimista. Una serie de evasivas y desvíos más o menos erráticos derrumbaban las mínimas esperanzas que tuve al escribir las preguntas. No conocía a Charly García (era lo más lógico, pocos conocen a Charly fuera de-la-Argentina y el Río de la Plata) y tampoco la canción a la que refería la pregunta. Dijo que tenía miedo de sí mismo y de mil ochocientas cincuenta cosas más, entre ellas los smartphones, y se excusó elegantemente de responder preguntas de coyuntura política ("mis opiniones están penadas en España con entre cinco a quince años de prisión"). A la pregunta de por qué se puso a escribir un espectáculo sobre el miedo, de si era por la votación de Vox y las declaraciones de Andrés Calamaro, responde que miedo le pareció "una palabra muy corta con significados larquísimos".
Entre los pocos aportes logrados por el cuestionario, se puede destacar que elige la linterna como la aplicación más útil de su teléfono móvil y que se divirtió mucho dirigiendo el clip que hizo de la canción "América es más grande", cantada a dúo por Kiko Veneno y Martín Buscaglia. Poco, muy poco, o más bien nada que pudiera ser interesante para armar y sostener una nota digna. Pero encontré un detalle nada menor. La pregunta más naïf (¿por qué le había gustado la nota publicada en Freeway?), tuvo una respuesta desconcertante: "Jamás leí una nota mía", escribió. Este detalle, lejos de lastimar mi ego periodístico me alentó a pensar varias estrategias para seguir dando pelea. La primera fue que debía entrevistar al manager, con la convicción de que el verdadero diálogo de hace nueve años, y también el del aquí y ahora, sigue siendo entre periodista y manager. Pla es meramente el pretexto. Viene a ser, ni más ni menos, un artista genial que se desentiende de cuestiones triviales. Y el manager, supuse, podría (y debería) tener la secreta chance de contestar algunas preguntas interesantes. ¿La actitud de Pla es signo de estupidez, de alguna incapacidad comunicacional, o simplemente un juego, con algo de pose o de reivindicación de un secreto? Cosas por el estilo. En efecto, Pedro Páramo es el responsable de reavivar el desafío en este año 2019. Sí, leyó bien estimado lector: el manager se llama Pedro Páramo y no es un gafe ni un recurso literario. ¿Quién mejor que él para contarnos algo privado y que no sepamos sobre Albert Pla?

Parte dos: Pedro Páramo
No vayan a pensar que Pedro Páramo solucionó el problema. No hubo magia alguna en la conversación ni el espíritu de Rulfo le escribió el guion adecuado a mis intereses de hacer "la nota distinta". Tal vez no fueran interesantes las preguntas. Me dejó, eso sí, perplejo. Sentí el fracaso al tropezar con una segunda piedra. Pedro Páramo dice que llamarse así lo lleva estupendamente, porque "le da un plus cuando habla con un gestor o un programador cultural o un periodista, sobre todo si es mexicano" (¿debería desviar la conversación a la novela de Juan Rulfo, alejarme definitivamente de la novela catalana?). Me cuenta luego que Albert y él "empezaron a trabajar juntos en el año 1995" (lo que indica que lo conoce muy pero muy bien) y que lo vive como "un laburo muy gratificante donde hay que poner aptitud, pasión y trabajo para obtener buenos resultados" (temo dormirme si siguen más respuestas por el estilo). Y agrega: "Albert es un artista muy creativo que propone cosas nuevas constantemente y yo como productor me encargo de conseguirlas" (más bostezos).
El error estaba ahí, explícito: el manager no daría un solo paso en falso. Ninguno. No entregaría un mínimo desliz, nada que lo pusiera en aprietos. Seguramente Pedro Páramo tenga mucho para contar sobre Albert Pla. Veinticuatro años son muchas horas, muchas carreteras, muchas copas. Pero no es este el momento. Tal vez exista una futura oportunidad, pero habrá que esperar y sobre todo jugar en un mano a mano. Imposible "a distancia". Otra prueba más que da la razón a los que detestan las entrevistas telefónicas y las entrevistas por email con personas que no están dispuestas a decir/escribir absolutamente nada fuera del libreto. No se puede mirar a la cara. No se puede ejercer ningún tipo de persuasión. Le pregunto, ya tirado en la lona y humillado, si a él le gustaría que Albert fuera más "razonable", entendiendo como razonable una mejor comunicación con los entrevistadores. Le pregunto aquello de si es estupidez, incapacidad, juego, pose o secreto. Juego fuerte, más allá de toda elegancia. "Nada de eso, simplemente son sus señas de identidad. Le cuesta hacer entrevistas y no le gusta mucho hablar de sus proyectos... Prefiere, en todo caso, que lo contéis los periodistas".
Así que, en este momento del relato, me toca "trabajar" y seguir los deseos del artista. Me toca entonces informar que Miedo es una apuesta multimedia muy original, que cuenta una historia a través de la música, textos teatrales y tecnologías vanguardistas, entre ellas el video mapping y que además es una puesta en escena que sorprenderá a todos los asistentes. El superlativo último se debe a que estoy siendo (casi) literal con palabras de Pedro Páramo, y ahora lo seré también con otras que me había dicho antes Albert Pla: eso de que en Miedo se sacó las ganas de compartir el escenario con gente que no está en realidad en el escenario y de que, por si alguien lo dudaba, no tiene miedo alguno de subirse a un escenario (siempre pensé ingenuamente que todos los artistas lo tenían).

Parte tres: deconstrucción
Pasé a un tercer y último intento: la mirada de los otros. No sabía que con esa simple estrategia podría recomponer cierto relato de las varias veces que vino Albert Pla a Montevideo (siempre acompañado por su fiel escudero Pedro Páramo), algo que no deja de tener interés en el juego de desenmascarar a Albert Pla. ¿Hay algo especial en su historia con Montevideo? De hecho, tiene bastantes amigos por acá, entre ellos la citada Martina Gadea (decidí que no la consultaría para esta nota) y Nicolás López (músico electrónico más conocido como Loopez). Pero cuando se le pregunta a él sobre qué le gusta de nuestra ciudad, dice cosas como "el tamaño de las aceras y la justa altura de las ventanas a nivel del suelo da una luz muy bonita". Y que también le gustan "los parangones y las esquivas que deslumbran las coronas del amanecer y sus suturales y reviescos caminares de las randas". O sea, dan ganas de reventarlo si sigue escribiendo cosas así. Exaspera.
¡Basta, Albert! Me llevaste a algo que siempre me resistí a hacer: a pedir ayuda por una red social, a exponer públicamente mi desgracia. Era de noche y no resistí la tentación. Escribí temeroso un post con el siguiente texto: "Busco fans incondicionales de Albert Plá. Busco testimonios de gente que lo haya visto en escena, o fuera de escena, acá en Montevideo, o en Barcelona, o en Teruel, donde sea (esto suena un poco desesperado de más, pero es textual). Todo sirve. Quiero, como en la primera nota que le hice, saber algo sobre Albert Plá, porque la verdad es que siento que es uno de los personajes más esquivos y frikis que he conocido en el ejercicio del periodismo cultural. Desde el año 1989 hasta la fecha"
Adjunto los resultados obtenidos y un bonus track inesperado con Loopez. Son, en todos los casos, recuerdos que mienten un poco, como los de un señor llamado Carlos Ricotero que será protagonista de una próxima nota.

Parte cuatro: los otros (los fans)
Renee Ferraro: Lo vimos en el sótano del Tabaré a finales de los 90. Gabriel Galli puede contar más cosas, porque en esa época tenía un programa de radio con Malena Fabregat que hacían desde el sótano del bar. Él estuvo en la movida de traer a Pla, creo que por sugerencia de Daniel Villar que lo conocía de antes en Europa. El programa de Radio se llamaba Lo mismo que hacemos todas las noches. ¡Estaba buenísimo! Podías ir al bar a escuchar el programa en vivo. Pepe y David, los dueños del Tabaré en esa época, también pueden contar cosas de ese momento.

Daniel Villar: En alguna parte está el video... ¿Lo tendrá Pepe, o se habrá perdido con tantas cosas en la inundación del sótano de su casa? Fue la primera vez que vino Pla, pero me parece que es anterior al programa de Malena y Galli. Pepe me llamó para ver si lo conocía, porque Pla estaba en Buenos Aires y le ofrecían cruzarlo a Montevideo. Año 1996, creo, yo había escuchado el año anterior en Madrid su disco No solo de rumba vive el hombre, y claro que sí, lo trajeron al Tabaré y grabamos todo el show. Un crá Albert Pla. Fue increíble tenerlo ahí con su guitarra colgada caminando por el sótano del bar en penumbra. Estaba Maslíah, estaba Seba Teysera; alguno más se acordará.

Javier Etchevarren: La segunda vez que vino a Uruguay fue en la Casa de Andalucía. Ni mi novia de aquel momento ni yo teníamos dinero para pagar la entrada. Se lo dijimos al manager y nos dejó pasar, sin dudarlo. Siempre pagué la entrada las siguientes veces que vino.

Florencia Martinelli: Lo vi primero en Buenos Aires hace muchos años y luego en Montevideo, en el Solís. En ambas ocasiones me pareció genial, tanto su música como la escena y la lógica desplegada. En el Solís tenía un dispositivo lumínico en su cuerpo, muy interesante, y en un momento prendió un pucho y se lo fumó tranquilamente durante el concierto.

Sebastián Santana: El del Solís fue una puesta sutil pero muy bien armada. Las lucecitas en su cabeza, el tremendo guitarrista que lo acompaña, su manejo del tiempo y el pulso del público, estirando hasta casi romper el aguante, la paciencia, dándolo todo como improvisando pero sabiendo que no, que hay tremendo guión, mucho estudio y compromiso con el acto de hacer que parece que no sabe lo que hace. Ese show fue genial. Pero lo vi antes en lo que era la Casa de Andalucía, en el Parque Rodó, hace mil años, capaz que en el 2000 o 2001. Un show chiquito, pero chiquito en serio, con gente sentada en mesas con sus cenas y sus botellas de vino (nosotros, con un amigo, también, pagándonos una botella de vino de boliche, algo casi imposible de afrontar para nuestros bolsillos, pero lográndolo, dándonos ese lujo burgués de colados a la fiesta, felices). Ahí Pla estaba también con el mismo guitarrista gigante, el escudero perfecto, con un micrófono apuntando al piso para registrar los zapateos del tipo, y el Albert dando vueltas, haciendo su show de que todo puede caerse pero no, siendo genial, pero siendo, en ese escenario, peligroso en serio: durante alguna canción de esas muy ambientales, largas y sinuosas, el tipo sale del escenario y empieza a caminar arriba de las mesas, la gente sonríe un poco, luego no tanto, y llega hasta una mesa de cuatro, dos parejas, zapatos caros, carteras caras, camisas caras, gente que sintió el peligro del tipo parado entre sus platos acercándose a sus caras, a dos centímetros, haciéndoles saber que todo puede ser peligroso. Eso es lo que me acuerdo, que fue genial, que fue peligroso, que fue bello, que fue rocanrol, y que según sé, lo sigue siendo.

Alfredo Soderguit: Hay una tercera vez que lo viste, Sebastián. Fuimos juntos a verlo al sótano de Paullier y Guaná. Esa noche Albert estaba solo y más bien rodeado de afines. Tal vez fue menos memorable, como una charla entre conocidos. No hubo 'peligro', pero el flaco estaba ahí haciendo lo suyo.

Aldo Marchesi: Yo lo vi en un bar de Queens, en Nueva York. Un lugar medio raro, más bien tipo Rodelu pero latino. Y tocó ahí. Éramos dos uruguayos y quince españoles.

Francisco Alves Francese: En el año 2005 fui a visitar a mi padre a Barcelona. Me acuerdo que trabajaba en una imprenta y uno de los compañeros, muy freak, tenía en cassette varios de los discos de Pla. La primera canción que escuché fue la de la chica que va al baño y tiene un niño. No entendía nada, pero algo me gustó, no sé. Mi padre después me regaló Veintegenarios en Alburquerque y, en julio de 2006, fui a verlo en el ex cine Central, con un espectáculo teatral-musical rarísimo que se llamaba El malo de la película. Fue el primer concierto que fui a ver solo (tenía 14 recién cumplidos, me acuerdo que mi madre y mi abuela me llevaron hasta la puerta, me dejaron ahí y me fueron a buscar a la salida, porque siempre fui un niño mimado). Una cosa que pasó cuadra de manera interesante con el gran debate de hoy, porque trataba de un cigarrillo que hacía arder Estados Unidos... Tiempo después, me compré en Montevideo Vida y milagros y de otro viaje a España me traje La diferencia. Con una amiga nos hicimos bastante fans por esa época y la última vez que lo vi fue en el Solís. Me acuerdo especialmente de que fumó un porro.

Parte 5: entrevistas para linkear o no
Roberto Balestrino: ¿Por qué preferiste el correo sobre el whatsapp para entrevistarlo?

Gabriel Peveroni: 1. Porque no uso whatsapp. 2. Porque me dan miedo las conversaciones-entrevistas telefónicas con personas que no conozco personalmente (fallé una vez con La Mala Rodríguez, fallé con otros, y creo que el único gran éxito lo tuve con Loquillo). 3. Porque tengo bien claro que Albert Plá, en ese terreno, es como Leo Masliah elevado a la enésima potencia.

Roberto Balestino: Increíblemente esto último es lo mismo que le acabo de decir a mi hijo mientras le contaba de tu post.

Milton Ramírez: Justo venía pensando en Leo Masliah. Escuché varias entrevistas con él que son exasperantes.

Santiago Salles: Por lo que tengo entendido, Albert Pla odia las entrevistas. Pero el show es una hermosa experiencia, completa. Lo vi en el Solis hace años y está muy despegado en los detalles y la interpretación. Creo que Albert Pla tiene sentido y se explica/expone solo en el escenario.

Gabriel Peveroni: Está bueno eso que escribís de "tiene sentido y se explica/expone solo en el escenario". Ese es -me da la impresión- parte del problema planteado. Porque vos tampoco podrías decirme nada más que eso sobre él. ¿Me explico? Pero, ¿quién es en definitiva Albert Plá? ¿Por qué pasa eso con él? También es raro que alguien que odia las entrevistas las solicite (como me pasó en este caso). Más allá de que el pedido real sea por el manager, es como un laberinto.

Santiago Salles: Si, y ese laberinto casi contradictorio (asumiendo que no le gusta dar entrevistas y a la vez las precisa o lo obligan) es, quizá, una de las pocas cosas que se puede conocer de él desde afuera del escenario.

Marcos Wasem: Creo que esta entrevista es prueba fehaciente de lo que decís (#EnLaFrontera122, Juan Carlos Monedero para Diario Público, 2018).

Juan Pablo Chiappara: O esta (#LaResistencia para Movistar, Entrevista a Albert Pla, 2018). Hay también una buena entrevista en Radar (Un maldito de vacaciones, por Martín Pérez, 2002).

Eduardo Burgues Martínez: A mí me divierten y me encantan esas no entrevistas que se ven con Albert Pla. Es parte de lo que es como artista.

Pablo Ferrer: Lo he mal entrevistado dos veces. No se dejó; prefirió divagar. Solo tuve éxito una vez, cuando convoqué a otra artista que le abría cartel, les pedí que se entrevistaran mutuamente y transcribí su charla con una simple entradilla a modo de encabezamiento.

Danielo Silva: Recuerdo que en Mundo cañón de Guillermo Amexeiras y Rufo Martínez le hicieron una entrevista en vivo a Albert Pla que salió bastante buena... Creo que lo llevaron a visitar el Polonio y a la vuelta, mientras sucedía la entrevista, no se cansaba de mencionar que el Uruguay era campos y vacas, más vacas y más vacas. Fue muy gracioso. No sé si quedará el registro de ese audio.

Xime de Coster: Hay una entrevista muy buena con Escohotado y Bebe hablando sobre drogas. También otra muy buena en Leit motiv, con Buenafuente.

Fabián Jara: A mí, en fin... me obligó a ver una obra de teatro con él. Y a otro par de cosas más. La obra era una de las pésimas cosas neofachas del sobrevalorado Fernando Peña.

Pabloski Zzi: Yo me lo crucé y le dije que había leído España de mierda. Me preguntó si tenía fuego y como yo no tenía siguió de largo. Escupí en el suelo. Pero mi saliva estaba seca.


Bonus track: un tal Loopez
Nicolás López: Acabo de leer tu post sobre la imposibilidad de entrevistar a Albert Pla y decidí escribirte porque creo que la situación amerita. No tengas miedo de un tipo como Pla. Tuve el gran gusto de conocerlo personalmente y compartir varias instancias en la intimidad, con amigos y familia de ambos, y no tengo más que buenos recuerdos y conceptos sobre él. En su última visita a Uruguay tuvimos el placer de recibirlo por unos días, junto a su familia, en nuestra casa de La Paloma, donde llegué a conocerlo todavía un poco más. En resumen, creo que más que nada, además de la cuota friki, Albert es un tipo simple y de bajo perfil; es también un padre afectuoso y de relacionamiento muy agradable. 
Espero que estas pocas líneas puedan ser de ayuda. Ahora ando por Río de Janeiro por unos días y estoy muy poco online, pero si puedo colaborar en algo más, lo haré con gusto. Te mando un abrazo y una foto de Albert que me llegó unos días después de su estadía en casa... 
(Nico me pide especialmente que no publique esa foto. Evito entrar en detalles de que no me resulta extraño que sea un gran tipo. Le escribo entonces, por última vez a Pedro Páramo, para que me envíe una foto suya con Albert y alguna del espectáculo Miedo para que elija el diseñador de CarasyCaretas a la hora de armar una nota que me gustaría llamar "No temerás a Albert Pla").


((artículo publicado en la revista CarasyCaretas, 05/2019))

un mapa emocional

El mapa y el territorio es algo más que una excelente novela de Michel Houellebecq. Es un concepto fuerte, bien contemporáneo, que problematiza la sobredosis de información a la que los individuos del siglo XXI estamos literalmente sometidos, en un tránsito imperfecto entre lo real y lo virtual. Es entonces un cruce de caminos, o bien puede ser punto de partida sobre el que una herramienta artística -en todo caso una mirada subjetiva- tiene el campo fértil para explorar en el registro, en las emociones, en definitiva en la autobiografía.
En el terreno de las artes visuales hay ejemplos cercanos que transitan estos asuntos, por cierto relevantes. Paola Monzillo con sus refinadas y sutiles obras confeccionadas a partir de mapas, de representaciones que generan una poética sutil. Magela Ferrero transformando todos los papeles de su mundo privado (facturas, cuentas, tickets, libretas) en libros únicos y personales que son intervenidos por palabras fragmentarias y una búsqueda evidentemente personal. El propio Sebastián Santana con los viejos mapas que intervino en una muestra anterior en la sala Sáez, dibujando sobre ellos insectos de grandes dimensiones. O bien con la bitácora de creación que le significó el reciente premio Paul Cezanne. Y casi al mismo tiempo de presentar esta obra en el EAC, presenta en otra sala Micromemoria porteña, una obra única, donde el mapa se convierte en territorio emocional, y se desarrolla en el formato de una cinta-libreta confeccionada con boletos de los buses (las micros) que tomó durante una larga estancia en la ciudad de Valparaíso, entre marzo de 2015 y diciembre de 2016.
Santana, con esta obra, deja por un momento su intenso trabajo como diseñador e ilustrador (generalmente trabajando en colaboración con otros autores, a excepción del notable libro-álbum Mañana viene mi tío), para realizar una obra personal, de refinada técnica, donde además de dar rienda a su talento como dibujante encuentra en los intersticios de la autobiografía una mirada sensible sobre los rastros que dejamos en un tiempo y espacio. Son micromemorias, fragmentarias, entrañables, que se exhiben al público durante los meses de mayo y junio.

¿De qué manera aparece lo autoficcional, como herramienta e incluso como tema, aparece en tu obra artística?
Sebastián Santana: Si tengo que ubicar un momento preciso donde encontré un sentido propio de usar la autoficción en una obra, fue con Mañana viene mi tío, un libro que publiqué en 2014 en Argentina. En ese momento no sabía que estaba haciendo algo llamado autoficción; conocía algunos trabajos de Hernán Casciari que andan por ese camino, pero el término lo conocí hace poco, con el trabajo del dramaturgo Sergio Blanco. Pero me desvío. Decía que el momento que puedo ubicar es el del libro Mañana viene... porque pasó que encontré la historia que necesitaba contar al pensar en un mecanismo de autobiografía inventada. Ese libro, que narra lo que pasa con la vida de un gurí que espera a un tío (que resulta ser un desaparecido por la dictadura del 73), lo pensé como si yo fuera el sobrino de Nelson Santana, un uruguayo desaparecido en Paraguay en el marco del Plan Cóndor, con quien no comparto más que la ciudadanía y el apellido. Ejemplificar, de una manera simple, qué es un crimen de lesa humanidad, qué significa un daño a la Humanidad.
Luego, tanto Micromemoria porteña como Cuaderno de espera (la obra que estoy exponiendo en el EAC en el marco del Premio Paul Cézanne) son en realidad autobiografías recortadas, por decirles de alguna manera: todo lo que está ahí es real, aunque no es toda la realidad. Sí fantaseo un poco sobre algunas cosas y hago un foco privilegiado en otros, pero en esas obras no hay ficción como tal, aunque me dan pie a elaborar nuevas narrativas donde sí podría incluir elementos de ficción. En suma, si bien la autoficción no es una técnica que use habitualmente, estoy empezando a verle posibilidades muy seductoras.
Este camino que evidencia tu nueva obra parece tener el sentido de acomodarse a cambios de escenarios cotidianos, de estar en otro lugar que no es el tuyo. ¿Lo vivís así?
S.S.: Es como decís, porque el hacer obra diaria en esas circunstancias responde más bien a una necesidad de anclaje y de generación de un espacio familiar, que me otorgue cierta seguridad emocional, cierta atmósfera de estabilidad. Soy muy fetichista y rutinario en cuanto a los espacios de trabajo, así que el trasladarme de país o ciudad, si bien es una cosa que disfruto mucho, también me deja en falsa escuadra en relación a algunos puntos de referencia que necesito tener (adornos, papeles y herramientas de dibujo, una mesa adecuada). En el caso de la Micromemoria porteña, el rollo que terminó siendo la obra empezó como una colección de boletos de micros locales, básicamente porque me recordaban a los boletos de ómnibus de acá de cuando era chico. Y como estaba con un taller vacío, en un apartamento casi nuevo, algo impersonal, necesité hacer algo como para tener un objeto que me hiciera sentir en un lugar familiar, un objeto precario, como salido de la feria de Tristán Narvaja. Y luego vino la idea de empezar a dibujar la historia de la vida que íbamos llevando con mi compañera en Valparaíso, aplicando un método de trabajo concreto: dibujar de memoria, con plumín y tinta china, lo que fuera rememorando de lo vivido unas semanas atrás.
¿Cómo fuiste encontrando el mecanismo de creación?
S.S.:
El rollo lo empecé a dibujar unos meses después de empezar a construirlo, creo que por junio de 2015, y lo primero fue establecer la rutina de dibujar siempre de memoria los acontecimientos pasados por lo menos dos semanas atrás. Eso permitía que las vivencias se ordenaran en el acto de narrarlas más allá de los deseos o la intensidad de los eventos. Es un mecanismo que suena más entreverado de lo que cuesta contarlo; pero la idea, en todo caso, era respetar lo móvil que resulta la memoria y la forma en que aparecen los recuerdos, no listar como en una agenda, sino que el rollo se convirtiera, lo más fielmente posible, en un retrato del hecho de recordar.

¿De qué manera esta obra dialoga con el proyecto que presentaste y finalmente fue ganador del Paul Cézanne?
S.S.: Para el Cézanne, dado que la convocatoria pedía una obra inédita a ser expuesta en el EAC (en el caso de quedar finalista), pensé en mandar la Micromemoria. Pero ya la tenía comprometida para ser expuesta en la Sala Sáez, y no quise especular con la posibilidad de quedar finalista del premio y por tanto tener que cancelar la exposición, tanto por respeto al compromiso, como sobre todo por el cariño que le tengo a la sala: ese lugar me ha resultado fundamental en mi formación artística, y me pasó muchas veces, cuando vivía a la vuelta, en la calle Piedras, de fantasear con exponer en esa sala, sin tener idea de por dónde empezar para hacerlo. Pero como igual me quería presentar al Cézanne, me tomé la postulación de la misma forma que me la había tomado la vez anterior que me presenté, en 2011: con total libertad, casi como si fuera un juego. Y estaba el asunto del tiempo: tres meses de espera entre la postulación y el fallo, tres meses de estadía en Francia si resultaba ganador. Con eso del tiempo, el rollo en mente y la ansiedad que sabía que el asunto me iba a generar, encontré la idea de contener la inquietud de la espera trabajando, haciendo una obra que fuera el reflejo del tiempo y de los acontecimientos vividos mientras aguardaba. Contar cuánta vida puede vivirse en tres meses comunes y corrientes, con la única salvedad de estar esperando un anuncio sobre un concurso.
¿Cuánto hay de juego y cuánto de obsesión en tus obras?
S.S.:
Se me ocurre ahora que partes iguales, aunque me temo que mi trabajo tiene más obsesión transformada en disciplina que otra cosa. Pero como me dijo un tipo al que consulté una vez, la obsesividad bien empleada puede ser muy útil. En los casos de estas obras, al menos, lo concreto es que disfruté mucho la práctica constante, me ha hecho reflexionar mucho, y encima han producido resultados muy halagadores, que son un privilegio.

No se puede dejar de relacionar tu nueva obra con los últimos trabajos de Magela Ferrero. ¿Por qué creés que se están dando -en el campo del arte- este tipo de experiencias tan íntimas y personales?
S.S.: A Magela la conozco básicamente de la vuelta de las exposiciones y algunas otros lugares de Montevideo, y no sabía nada de su hermoso proyecto hasta que hablamos hace algún tiempo, y yo estaba justo con el Cuaderno de espera para el Cézanne. Sí le conocía varias obras, pero cuando me encontré con dos de sus cuadernos/libros, uno en la casa de unos amigos y otro en la muestra Exposición diaria del Museo Zorrilla, quedé fascinado por el parentesco, por ver un camino similar al que busco, hecho con tanta dedicación. Siempre es muy lindo ver que la soledad de algunas búsquedas no es total. Pero volviendo a la pregunta, un artista al que conocí hace poco y me impresionó fuertemente fue Bispo, el brasilero, con sus tapices y construcciones. Y también me pasó por arriba la obra de Alberto Greco, un argentino de los sesenta que era un salvaje del arte, de quien no conocía nada hasta visitar el museo Reina Sofía en España: su “rollo de arte Vivo-Dito” es una obra que necesito estudiar más a fondo. Luego, pensando en obras construidas con otros lenguajes, recuerdo también el libro Autorretrato, de Édouard Lévè, una obra que por cierto me resultó fundamental tanto para construir el Cuaderno de espera como para estudiar a posteriori la Micromemoria porteña. En cuanto al por qué se dan estas obras basadas directamente en experiencias íntimas, y si es algo propio del momento actual, no puedo opinar con certeza de si es algo de ahora, o es una forma de buscar entenderse a uno mismo como artista y trabajar desde ahí.


((artículo publicado en rvista CarasyCaretas, 06/2018))

las marcas familiares


I
La música y la imagen se llevan, en ocasiones, muy bien. Debe tenerse claro, eso sí, que no es tarea sencilla el arte de diseñar portadas de discos, tampoco el de realizar videoclips o el de facturar la gráfica de un concierto. Eso lo sabía Martín León Barreto cuando se aventuró a desarrollar un cancionero ilustrado sobre la obra de Alfredo Zitarrosa. Había que ser valiente para meterse con una obra tan visceral, tan sólida, tan cargada.
En esta trama de enredar sonidos y figuras, parece oportuno refrescar un concepto que arrima el artista Seba Santana, de que se debe buscar -en todos los casos- una identidad visual libre, que no esté regida por tipografías, paletas de colores u otros elementos canónicos de lo que se entiende por 'identidad de marca' a nivel publicitario y comunicacional. Todas las imágenes que acompañen una obra musical, según Santana, deben aportar una dimensión propia y a su vez complementaria al trabajo musical y poético del grupo. En su caso, trabaja desde hace años con el colectivo uruguayo Buceo Invisible: "No busco hacer una traslación, al lenguaje gráfico, de las canciones, sino más bien generar un tipo de imágenes que dejen en el espectador, en el público, en quien mira, escucha o lee, un espacio que tendrá que completar con su propia sensibilidad". Lo que equivale a decir que intenta potenciar el espacio que queda en el medio, que vendría a ser lo que no se ve ni se escucha. Nada de redundancias ni de obviedades. Tampoco de simples ilustraciones. Hay que aportar otra capa sensible, otro nivel interpretativo.
Por eso, cuando me invitaron a escribir el prólogo del libro Zitarrosa, canciones ilustradas, un contrapunto entre letras de canciones de Alfredo y dibujos de Martín León Barreto, elegí ver los trabajos del dibujante más como versiones que como ilustraciones. Y tratar de investigar sobre esas composiciones de guitarras, a veces deconstrucciones, otras verdaderos hallazgos figurativos, que fueron llevando al armado de un cancionero de paleta baja, texturas de buenas maderas, y un estilo bien definido que respira a la gráfica de los sesenta, con algún eco torresgarciano pero sobre todo con la brisa lisérgica y a la vez expresionista de maestros como Palleiro y Barnes.
El libro está ahí, impreso, a la espera de lectores, de fanáticos de la obra de Alfredo, y también de buenos degustadores de ejercicios gráficos de tanta elegancia como los de León Barreto. Pueden encontrar algunas claves en el prólogo. Pero no es este el momento de repetir ideas, conceptos, ni tampoco de urdir la trama de las motivaciones que llevaron Martín a meterse en esta empresa que en definitiva concluyó de la mejor manera, con el libro publicado y la posibilidad -nada menor- de que un artista que se hizo en Montevideo y se desarrolló en Madrid, pueda conectar emocionalmente con su ciudad, a través de sus dibujos, mediado por el arte de uno de los más grandes cantautores uruguayos.

II
Hay un detalle que perturba al entrar en contacto con las guitarras que facturó Martín y que está más allá de su fino trazo de dibujante. Tiene que ver con el elegante coloreado digital, pero sobre todo con las texturas de madera, sobreexpuestas en plenos negros y pequeños toques de luces y sombras que producen el efecto de hacer dudar al espectador de si se está observando una ilustración o la reproducción de una escultura.
Dan ganas de tocar las guitarras, los pájaros simétricos de "La coyunda", el esqueleto mudo de "Doña Soledad", el rubor de "Stefanie", la casita de "Pa'l que se va", el abrazo de "Guitarra negra". Cada vez que me ponía a mirar las guitarras me quedaba ese deseo, ahí, como trancado, y el hecho de ser las obras digitales y conversar a distancia -él en Madrid, yo en Montevideo, skype mediante, o por correo electrónico- no solucionaba las cosas. Fue por eso que no dudé en ir a visitar a su padre -luego de la recomendación de Seba Santana-, por ser la primera gran influencia de Martín como dibujante, y además pieza esencial en este trabajo, al ser el de la idea, al que un día se le ocurrió regalarle a Martín el libro de Enrique Estrázulas sobre Alfredo, el que tiene un largo texto del escritor y las letras de las principales canciones de su amigo cantautor y decirle "dibujate una". Y se dibujó un montón. No paró de dibujar hasta terminar con el cancionero y sus variaciones sobre guitarras, maderas y cuerdas.
Dibujos de Juan José León Barreto.
Paso a visitar a Juan José León Barreto -el padre de Martín- un miércoles de febrero, a las seis de la tarde. Hace mucho calor. Vive con su esposa en un cuarto piso, en un edificio muy cerca de la esquina de Canelones y Ejido. Me empieza a mostrar algunos de sus dibujos y varias cajas a las que prefiere llamar estuches. Son trabajos pequeños, en papel, cargados de encanto y sutileza. Él fue quien creó el personaje clásico de Ancap, cuando trabajaba en la sección de propaganda de la empresa petrolera. Lo echaron cuando vino la dictadura y pudo conseguir un buen empleo como dibujante en imprenta Mosca. Años más tarde, con unos colegas montó el estudio de diseño gráfico Forma. "Yo no soy dibujante", dice, pero yo sé que sí lo es, porque me lo han dicho Martín y Seba, y entiendo que su pasión son esos estuches en papel, que sigue haciendo de manera artesanal.
Juan José se mueve por la casa mientras sigo mirando su obra. Me llama desde una de las habitaciones. Voy. En una de las bibliotecas, me llama la atención algo que está fuera del contexto artístico: una foto donde se lo ve jugando, a Juan José, al ajedrez. Le pregunto y me cuenta que jugó mucho a finales de los sesenta, en su ciudad, en Paysandú, y luego en la capital, en los años que sus hijos eran pequeños. En la fotografía se lo ve bien joven, cuando todavía no trabajaba como dibujante en Ancap. Guarda no menos de una decena de libros de ajedrez, entre ellos uno de Aperturas Cerradas. Nos ponemos a conversar de ajedrez. Yo también jugué, pero prefería las aperturas abiertas. Le cuento que mi primer libro fue uno del soviético David Brönstein, uno de los más afamados combinadores de la época de oro de la escuela soviética. Lo pregunto de cuándo es la foto. No recuerda. No recuerda algunas otras cosas que le pregunto. Dice que sus nietos, hace algunos días, encontraron unos recortes de diario donde está la noticia de qué fue campeón de ajedrez. Pero no lo recuerda con exactitud. En ese momento se nos suma Rafael, su hijo mayor, informático, también ajedrecista, que me reconoce de inmediato, porque parece ser que jugamos un torneo en Mercedes, un campeonato de cadetes, de menores de quince años, allá por el año ochenta y tres. Mi memoria es la que entonces falla. Por completo. Bromeamos sobre tanto desmemoriado que anda en la vuelta y Rafael aprovechar para aclarar la duda, diciendo al pasar, restándole importacia al olvido, que su padre fue campeón uruguayo de ajedrez por correspondencia. Fue un jugador de primera categoría y compitió en varias finales del campeonato uruguayo. Somos tres ex ajedrecistas con ganas de jugar unas partidas. Nos ponemos a hablar de eso, de Walter Estrada, de Lincoln Maiztegui, de los personajes legendarios del club Trebejos, de mi maestro Daniel Izquierdo, de los torneos abiertos en el Progreso.
El ajedrez hace que olvidemos por un rato de los dibujos de Martín y las guitarras de Zitarrosa. Pero volvemos al tema, cuando pregunto por esa incertidumbre mía, la de querer ver en las obras digitales de Martín una serie de obras físicas. En madera. Y poder tocarlas, agrego, para que se me entienda. Apenas digo eso, Juan José se vuelve a parar, va hasta la habitación donde estaba la foto del ajedrez y vuelve con una pequeña escultura: ni más ni menos que una versión física de "Milonga para una niña". Me la alcanza y la sostengo un momento entre mis manos. Emociona un poco tener una milonga, y tocarla, cuando además, de entre tantas canciones de Zitarrosa, se trata nada menos que de la canción original, la primera que publicó en un disco de los chiquitos, por el sello Tonal (ese mismo disco que encontré hace un tiempo en mi librería favorita, en Diomedes). Entonces, todo cierra: el ajedrez, las milongas, los dibujos, las maderas de las guitarras.
Juan José me cuenta que la escultura no la hizo Martín, ni tampoco él, aunque podría haber sido, pero su materia es el papel no la madera. El hacedor de la guitarra de la milonga viene a ser el padre de Vicky, la compañera de Martín, uruguaya como él. Vicky y Martín se encontraron hace unos años en Madrid, tal vez en Lavapiés, supongo, si sigo las señales de un afiche, facturado por Marrtín, de la República Independiente de Lavapiés. Le saco fotos a la escultura. Varias. Busco la mejor luz. Conversamos un rato más. De ajedrez. De dibujos.

III
Me quedo pensando, mientras escribo estas líneas, en el momento en que entré al apartamento del padre de Martín. Lo primero que hice fue regalarle la impresión de un dibujo que me había enviado Santana: un recuerdo en pocas líneas de una de sus visitas a Juan José. Comprendí ahora la razón de su sonrisa, al distinguir en el dibujo la figura de un corazón. De hecho, los reconoce como propios, como una marca de estilo que pude comprobar al mirar varios de sus dibujos y estuches. Vuelvo a mirar, otra vez, las fotos de la escultura de la guitarra de "Milonga para una niña": lleva un corazón. Una marca familiar.

El dibujo de Seba Santana.

dulce melancolía

Foto: SSC
La reciente edición de El pan de los locos, cuarto disco del colectivo Buceo Invisible, obliga a repasar la trayectoria de una de las usinas poético-musicales más fermentales de la canción montevideana. Continuadores del linaje de grandes como Darnauchans y Dino, manejan a la perfección un rock de guitarras rasgadas y oscuras.

Hace algunos años, no tantos, o sí, porque debe haber sido por el año 2006, y ya se cuentan entonces por diez, se venía corriendo el rumor de un grupo musical que la rompía. A los recitales les llamaban muestras y se iba a escuchar. Llevaban un plan más jipi que lo acostumbrado, como si fueran supervivientes de la progresiva de los setenta. Intercalaban poesías, canciones mántricas y proyecciones de videos. Eran indie, pero antes del indie, porque aún no había explotado la palabreja, ni los sellos virtuales y el rock era cosa todavía de bandas adoradoras de empresas cerveceras. Eran parte de lo más oscuro y melancólico de Montevideo, bien lejos del pogo exitista y demasiado cerca del imaginario cancionero de tipos como Darno y Dino.
Música para niños tristes se llamó el álbum debut de Buceo Invisible. Salió por Perro Andaluz. No explotaron masivamente. Ni entonces, ni más tarde, pero se fue armando alrededor de ellos un club de seguidores, fiel como pocos. "Se ha generado un feedback más amplio y palpable con la gente que se acerca a la propuesta, un fenómeno más que estimulante", decía entonces Diego Presa, voz principal y guitarrista de Buceo Invisible. "Se ha concretado un grupo de trabajo muy sólido y nos afirma el hecho de encontrar articulaciones que se acercan al borde de lo que queremos decir".
Fue en ese tiempo que empezaron a sonar cada vez mejor. En especial las guitarras, el muro de guitarras hipnóticas de Presa, Fernández y Cota. A "Domingo" y "Comitoína", se sumaron otras nuevas canciones al repertorio. "Betty Blue" y "Antes del amanecer" formaron parte esencial de Cierro los ojos y todo respira, segundo disco que salió por Bizarro, cuando el sello comandado por Andrés Sanabria se animaba a sumar independientes, y bienvenidamente progresivos, como La Hermana Menor y Buenos Muchachos. Bandas de guitarras y poesía, lejos de las que estaban en el cielo de estrellas burbujeantes. Se sumaba al colectivo, por esa época, una voz gráfica, la del artista Seba Santana (ver entrevista más abajo), diseñador que desde entonces reinterpreta visualmente la dulce oscuridad del grupo nacido a mediados de los noventa en una esquina de Buceo.
Diego Presa, convertido en compositor principal, empezó también a aparecer solo con su guitarra, en plan folk, compartiendo cartel con otros nuevos amigos, plegándose a la incipiente movida de cantautores entre los que aparecían Fernando Henry, Franny Glass, Diego Rebella. Necesitaba abrir ese camino, y por eso, ya en el 2011, salieron casi en simultáneo el tercer disco de Buceo Invisible -Disfraces para el frío, el que escapó del blanco y negro a la luminosidad de los colores primarios- y su debut en plan solista -que incluye la cinéfila "Linterna mágica", con el muy buen video-clip firmado por el australiano David Manefield.
Buceo Invisible siguió creciendo, en lo musical y en lo escénico, pero sobre todo como ejemplo de independencia, manejándose en códigos que luego tomaron varios artistas de la nueva generación. Cosas que tienen que ver con la autogestión, pero también con lo estrictamente sonoro los emparientan con 3Pecados, con la gente de Limpiando Encontré Monedas, con los Mux, en un linaje que al ir para atrás pasa inevitablemente por Dino, por el Darno y hasta por la lejana épica beatnik de los Desolángeles. Los del Buceo son a esta altura del tiempo parte esencial en el desarrollo de una posible sicodelia montevideana, con rastros evidentes en un rock áspero y fuertemente melódico, de posdepresión dominguera, porque nacieron por esa necesidad -como siempre cuentan- para salvarse de la tardecita cruel de todos los domingos. Y fueron creando, sin urgencia ni regodeos, un repertorio de canciones que pegan bien adentro.
Antes de quedarse en un estilo propio, en una identidad inmutable y a la vez cómoda, Diego Presa arriesgó fuerte en su segundo disco solista, Trece canciones, del año 2014, que es esencialmente eso, un manojo de canciones en los que saca su voz más afuera y arma una banda paralela, pop y luminosa, con el oficio de Nacho Durán, Ariel Iglesias y Santiago Peralta.
Faltaba pegar otro salto, con los amigos de siempre de Buceo Invisible. Y el salto se llama El pan de los locos, el mejor disco en la historia del colectivo. Tenían ganas de hacerlo, desde hace varios años, y finalmente parecen haberlo concretado. El plan fue traducir la experiencia, el espíritu, la ceremonia, de tocar juntos en las muestras. Eligieron grabar en vivo, en Sondor. "Es el sonido de oro, ¿no?", confirma Presa. "Es nuestro trabajo más orgánico, más colectivo, más entero".
Las guitarras de Diego Presa, Fabián Cota y Andrés Fernández dialogan a la perfección con las cuerdas de viola, bajo y más guitarras de Jorge Rodríguez y Guillermo Wood. La batería seca, contundente, de Antonio de la Peña, está siempre ahí, en el juego. La voz de Presa, más recia y potente que nunca. Más afuera. Y las otras voces, las de Marcos y Santiago Barcellos, los poetas, cierran el sello de identidad de Buceo, fiel al trabajo colectivo, a las ideas de un grupo de amigos que sigue escribiendo y tocando y cantando para salvar el próximo domingo.

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Presa dixit:

* El camino INVISIBLE: "Ha pasado mucho tiempo. Cuando empezamos con esta historia estábamos saliendo de la adolescencia, vivíamos en nuestras casas paternas y no habíamos definido un montón de cosas. Era el ruido y la furia. Hoy estamos cumpliendo cuarenta años y más. Buceo Invisible nos ha acompañado en toda nuestra vida adulta. Las cosas van cambiando, por suerte y por desgracia. Es lo ambiguo del paso del tiempo. Hoy somos un grupo de ocho personas, más una serie de amigos y amigas que nos dan una mano y aportan su trabajo de manera puntual".

* En grupo y EN SOLITARIO: "Haber empezado el camino solista fue una muy buena decisión que abrió la cancha y descomprimió la dinámica que llevábamos. Desapareció cierta ansiedad y ahora disfruto muchísimo el trabajo colectivo. Y una de las cosas más interesantes es que las características de las dos sendas se van definiendo en la marcha. No hay preconceptos acerca de cómo debo manejar los dos proyectos. Y se retroalimentan".

* La voz, ESE INSTRUMENTO: "Aún estoy buscando maneras de decir. Soy totalmente autodidacta, entonces las cosas las voy encontrando -o perdiendo- en el camino. Hay un lugar en el cual no soy del todo consciente de lo que hago, o de la forma en que lo hago. Hay pistas, y muchas veces las puedo comprender tiempo después".

* La marca de DINO: "Vos lo ves, sólo con su guitarra, y necesariamente no podés dejar de creerle. Dino es de verdad. Es lo que dice y cómo lo dice. Ese misterio. Vientos del sur es un disco imprescindible.

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buceo (in)visible
Seba Santana (SSC) era uno de los tantos incondicionales de Buceo Invisible, de los primeros tiempos, cuando empezaron a aparecer por salas del Centro de Montevideo con las canciones de Música para niños tristes. Llamado por la melancolía, por los trazos blancos y negros que más tarde se volverían luminosos, el artista visual enganchó sensibilidades con los músicos y poetas del colectivo. No tardó en integrarse al equipo creativo. Desde la portada de Cierro los ojos y todo respira se encarga de diseñar carteles, banners y colabora en las decisiones visuales en fotografías, shows y videos.

Identidad BUCEO: "Venimos trabajando, desde hace tiempo, en generar una identidad visual libre, que no esté regida por tipografías, paletas de colores u otros elementos canónicos de lo que se entiende por 'identidad de marca' a nivel publicitario y comunicacional. Lo que nos preocupa, o me preocupa personalmente, es generar piezas con el mayor grado de belleza que pueda conseguir, que sean vistas por los compañeros del grupo como adecuadas y que aporten una dimensión propia pero complementaria al trabajo musical y poético del grupo. No busco hacer una traslación al lenguaje gráfico-plástico de las canciones, sino más bien generar un tipo de imágenes que dejen en el espectador, en el público, en quien mira, escucha o lee, un espacio que tendrá que completar con su propia sensibilidad. Es algo así como decir "este sonido, estas palabras, son Buceo Invisible... Y esta imagen también. Pero el espacio en el medio, lo que no se ve ni se escucha, es tuyo".


Otros COLORES: "Mis primeras elaboraciones para Buceo fueron más literales, más evidentemente asociables a lo que se entendería por una estética del grupo. Pero fue Diego, una noche de domingo, en alguna de las reuniones del grupo, el que me tiró la idea de probar colores que no fueran los evidentes, los esperables, para la gráfica. Veníamos de Cierro los ojos y todo respira, que fue un disco complejo, largo, intenso para todos, y donde la gráfica era una cosa casi blanco y negro, con un golpe de color muy puntual, pero una especie de cápsula blanca y negra básica, elemental. De ahí, de esa propuesta de Diego, vino la resolución en colores primarios de imprenta para el disco Disfraces para el frío. Utilicé colores fuertes, brillantes, todos usados de forma pura, lo que de alguna manera contrastaba con lo que nosotros mismos esperaríamos de Buceo Invisible en imágenes. Eso nos abrió a muchas posibilidades de elaboración de imágenes, como para el trabajo que se hizo en este último disco, El pan de los locos".

Bocetos de "El pan de los locos".
El pan de los LOCOS: "El disco se grabó en los estudios Sondor, en tomas directas con toda la banda y los poetas cantando, recitando y tocando en vivo. Pude estar presente en algunas jornadas de grabación y sacar algunas fotos en blanco y negro, porque algo de la situación y el espacio me sugerían el registro monocromático. Tenía la idea de integrar algunas de esas imágenes a la gráfica del disco, pero fueron quedando guardadas, a la espera de otro uso. Cuando llegó el momento efectivo de la realización de la gráfica -definición de título, posibilidades de impresión y empaque, orden de canciones, fechas de entrega-, ya estaba viviendo acá, instalado en Valparaíso, del otro lado de la cordillera, metido en el viaje de trabajar para Uruguay pero vivir en Chile, con un nuevo taller de trabajo, a la medida de lo que pude trasladar e instalar. Entonces fueron surgiendo, por un lado, dibujos a escala pequeña, sobre la idea de resolver las imágenes con técnicas manuales, no informáticas, para hacerle honor y a la vez plegarme al esquema de grabación de cuerpo presente, con una buena dosis de equipamiento analógico de Sondor. Ambientado en las canciones del disco, busqué resumir toda esa mezcla en algo que pudiera acercarse a un lenguaje concreto personal, o al menos a una forma de resolución plástica que tuviera que ver con el proceso de elaboración de pequeñas piezas en el que ando ahora. Porque siempre considero, a los trabajos con Buceo, como parte de mi producción artística más personal, con el margen de libertad, riesgo y también necesidad de autoafirmación que ese tipo de elaboraciones requieren. Finalmente, surgieron unas quince imágenes resueltas como "cuadritos", como pequeñas obritas que componen una serie que es ilustración del contenido del disco y también opinión personal sobre la obra colectiva. De esas imágenes, elegí dos para armar el frente del tríptico, y luego vino la instancia de composición gráfica propiamente dicha. Se buscó mejorar la tapa del disco. De hecho, existió una versión mucho más suave, que desde el grupo me propusieron -con muy buen ojo- revisar, con la idea de llegar a la explosión que finalmente es la tapa".

El taller de Seba Santana en Valparaíso.
Compromiso y AFINIDAD: "En estos años que estamos trabajando juntos, desde inicios del año 2008, más o menos, se ha ido desarrollando una identidad visual basada en una profunda afinidad estética y personal con el grupo, entendida desde una libertad total de trabajo y un compromiso con cierto aire que une todas las cosas que se hacen desde el nombre de Buceo Invisible: los discos, las muestras, las canciones, los libros, los carteles, las pinturas. La afinidad es algo que surgió desde la primera muestra que vi del grupo, en la Sala Zitarrosa y que luego fue creciendo con intensidad, sumándose factores de amistad, especialmente con Diego. Desde esta afinidad, surgen primero las ganas y luego el compromiso de trabajar con el grupo, aportando en la dimensión visual, tanto de imágenes como de planteo escenográfico. En una época, Buceo contó con un grupo de trabajo escenográfico donde éramos tres personas que proponíamos resoluciones para la escenografía de las muestras. Este compromiso siempre lo entendí como el que se da en una relación humana intensa, de amistad o de amor, donde no hace falta un contrato escrito, firmado y sellado, sino un conocimiento entre las partes que hacen al vínculo y una atención a cómo se va desarrollando, un respeto mutuo y un cuidado de la otra parte y de lo que nos une".

Identidad VISIBLE: "Si tuviera que fijar la 'identidad visual' de Buceo en algunos conceptos concretos, cosa siempre enojosa por lo parcial, positivista y torpe que resulta, podría decir que está en un camino que incluye las pinturas de Sebastián Vítola, ciertas fotos de Montevideo que fui sacando cuando tenía veinte años y que recién ahora encontraron lugar, las aguafuertes de Alberto Durero, los cuadros de Francis Bacon, la escasez de medios de impresión nuestra de cada día y las formas de resolverla, los detalles que se ven desde cualquier ómnibus que recorra cualquier camino o ruta de Uruguay, cierta economía de recursos gráficos, cierta decisión de generarle al espectador ese espacio entre sonido e imagen que antes mencioné, y finalmente, lo que vamos haciendo para las distintas instancias gráficas y plásticas y cómo lo vemos luego del paso de un tiempo".

Canciones de DIEGO: "Lo que la obra de Diego, como compositor, me produce, es una intensa emoción estética y humana, y una gran alegría por saber que hay un artista así, haciendo ese tipo de música y escribiendo esos textos hoy, en el Montevideo que nos toca vivir a esta generación, de la que muchos de sus integrantes estamos muy marcados por gente como Eduardo Darnauchans y su obra. Encuentro en sus canciones ideas, imágenes, versos y melodías muy cercanas a lo que pienso y siento, y a lo que entiendo que podrían ser mis trabajos artísticos si en vez del lenguaje gráfico me hubiese dedicado al lenguaje musical. Trabajar con él, en sus discos solistas, ha sido también una forma de pensar y elaborar obras personales propias, buscando como con Buceo Invisible, que sean una dimensión más de una obra mayor".

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Buceo Invisible en Sondor (por SSC)








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