la descendencia montevideana de los family


Enterado de la reedición en vinilo de "Un soplo en el corazón", de los Family, me propuse encontrarlo durante un intempestivo viaje por España. Revisé tiendas de discos en Madrid, Zaragoza, Valencia y Bilbao. Pensé que no podía fallar. La fortuna, sin embargo, no estuvo de mi lado, como si estuvo en otro viaje, en el año 1993, cuando encontré en una disquería de Málaga, en plena crisis terminal de los discos de pasta, un tesoro postpunk firmado por Parálisis Permanente. Pero todo es anécdota pura: porque tanto buscar el original de Family me llevó a encontrar el "tributo rojo" en vinilo y enamorarme locamente de dos grandes discos uruguayos y por cierto bien actuales: "La vida de alguien" de La Foca y el debut de Julen y la Gente Sola.

Sesión catorce: “Homenaje a los Family".


- No me llevaste a España.
- Ya te dije que no se usa. Las netbook han sido discontinuadas de los viajes largos. Apenas si se ve alguna tablet en los aeropuertos y en los trenes. La tendencia son los teléfonos móviles inteligentes, todo pasa por ahí.

- ¿Y vos te dejás llevar por lo que hace la mayoría?
- Si lo mirás de esa manera, te doy la razón, no fue buena la decisión. Pero también pensé que está bueno tomar vacaciones, un poco de aire. Leer, caminar, pasear con amigos, visitar tiendas de discos, desconectarse.

- Ya veo que me vas a dar la lata con tu viaje.
- No tenía pensado hacerlo. ¿Querés que te cuente de los museos arqueológicos del futuro? ¿De las marcas del despilfarro de la burbuja de la construcción? ¿De los cadáveres del posmodernismo?

- Ya vi las fotos. Me llamó la atención el puente en Zaragoza, el que hicieron para la Expo y me contaste que no se usa.
- Podría contarte también de los desastres de Calatrava y de otros tantos arquitectos que construyeron decenas de edificios inservibles, monstruos de vidrio y metal. ¿Sabías que se están cayendo las cerámicas que recubren el Palau de les Arts y volver a pegarlas cuesta un millón de euros? ¿Y que el puente de vidrio que diseñó en Bilbao no se puede transitar por los resbalones y caídas de los paseantes? También es verdad que hay ejemplos de parques urbanos, sobre todo al borde de los ríos, que son admirables. Recorrí el que hicieron en Madrid reconvirtiendo las orillas del Manzanares. Recorrí los de Zaragoza y el de Bilbao, paseo por el Guggenheim incluido.

- Y te sacaste una foto con el perro de Jeff Koons.
- Sí.

- Y trajiste algunos vinilos.
- ...

- ¿Qué pasa? ¿Por qué te quedaste en silencio?
- Es que me quedó un gusto agridulce. No conseguí el que buscaba. Apenas bajé del avión en Madrid, recordé haber leído la noticia sobre la reedición en vinilo de "Un soplo en el corazón", de los Family. Si bien pensé que no iba a ser tan sencillo como comprar el último de Fangoria, me propuse el objetivo de encontrarlo. El primer fin de semana me distraje dando vueltas por Madrid y con un regalo de Jaime y May: el libro que acaba de publicar el gran Urrutia sobre sus canciones favoritas. Y apenas llegué a Valencia, el amigo Esteban me llevó a conocer su guarida, el estudio de grabación donde grabó el regreso de Los Mockers. Me regaló el vinilo con las nuevas canciones en la cara A y las versiones de otros grupos en la cara B. Un tesoro.

- ¿El que tiene la canción dedicada a la peli "25 watts"?
- Ese mismo. Y mientras caminamos por Valencia pude corroborar varias de las historias de Esteban: de los tiempos de militante trotskista en Alemania, de cuando lo llamó el productor de Gabinete Caligari para poner su Hammond en la intro de "Camino Soria", de la reunión de Los Mockers. Y cada vez que nos subíamos a su coche metía el discazo de Hotel Paradise, que ya vi que no apareció en ninguna de las listas de "mejor del año", pero te aseguro que está entre los mejores del rock uruguayo 2014, junto con el de Los Terribles.

- ¿Y Family?
- Ya te dije. En esos primeros días me distraje. Pero cuando llegué a Zaragoza fue diferente. Empecé a buscar tiendas de discos. Puedo corrobarar que la fiebre del vinilo explotó en España. Hay muchas reediciones: Alaska, Loquillo, El Último de la Fila, Burning, Los Rodríguez, de lo que quieras buscar, sobre todo mainstream. Y todos los nuevos lanzamientos son en vinilo. Pero el de Family no seguía sin aparecer.

- Antes que sigas. ¿Por qué te gusta tanto ese disco?
- Es la piedra fundamental del llamado "sonido Donosti", que vendría a ser un estilo de pop agradable, indie, con cierto dejo melancólico y letras que cuentan de historias cotidianas, postadolescentes, sensiblemente depresivas. Es un pop luminoso, generalmente repleto de canciones de amor casi perfectas aunque ligeramente extraviadas, lo suficiente como para que no puedan ser éxitos radiofónicos. Los Family sacaron un solo disco, "Un soplo en el corazón", en el año 1993, y ese disco se convirtió en leyenda. Influenciaron a grupos como La Buena Vida, Le Mans y Pauline en la Playa, todos del País Vasco, donostiarras; te diría que San Sebastián es el centro geográfico de esta movida. Es una zona de frontera con la chanson francesa, y si a eso le sumás que sentían cierta admiración por las Vainica Doble, por Aventuras de Kirlian y que agregaron al cóctel toques de bossa nova y aires de nouvelle vague, los Family vendrían a ser los primeros en hacer twee pop en nuestro idioma.

- ¡Y cómo mierda ese disco se volvió importante para vos! Por lo poco que vengo conociendo de la influencia del rock español en Uruguay, jamás había escuchado que se hablara de los Family... ni de twee pop. ¿Qué tipo de etiqueta es esa?
- Ese disco, en formato cedé, llegó a mis manos muy poco después de ser editado, por intermedio de Miche, uno de los fundadores de la revista GAS y último manager de Los Estómagos. Por esos años él estaba viviendo en Madrid y cada vez que venía de visita a Montevideo traía discos para vender. A través de él se conoció por acá a Javier Corcobado, a los Pachuco Cadáver, a Lions in Love -el grupo electro-rasta que tuvo Melingo antes de volverse tanguero- y entre esos discos vendió varios de Family, el disco de la tapa azul. Era una cosa rara, con un diseño minimalista, un tecno-folk muy suave que no se parecía a nada. Me fui enamorando de esas canciones y ese disco se fue convirtiendo en uno de mis favoritos.

- ¿Lo pondrías entre tus diez discos favoritos?
- Más incluso.

- ¿Entre los cinco?
- Sí. Está entre mis cinco discos favoritos. ¡Me acompaña desde hace veinte años en esa posición!

- Me intriga saber cuáles son esos cinco discos...
- "Different class" de Pulp, "Teenager of the year" de Frank Black, "Montevideo agoniza" de Los Traidores y "Ardimos" de Estelares serían los otros cuatro.

- Es una lista rara. No aparece ninguno de Bowie.
- Dejé más que claro que son discos favoritos, de esos que conocés de principio a final, que son parte de tu vida, que funcionan mejor que cualquier sustancia psicoactiva. Debo hacer sí una precisión. Elegí el favorito absoluto de grandes grupos de discografías: uno británico, uno estadounidense, uno uruguayo, uno español y uno argentino. Quedé en deuda con México, con Chile, con Francia, con Italia. Y con ¡Nueva York!, porque el gordo Black Francis es de la costa oeste.

- ¿Y cuáles vendrían a ser tus favoritos contemporáneos? Digamos, de los últimos años.
- "Reflektor" de Arcade Fire, "Franz Ferdinand" de Franz Ferdinand, "Esquemas juveniles" de Javiera Mena, "Tu labio superior" de Christina Rosenvinge.

- Falta el uruguayo.
- ...

- ¿No te animás?
- Me quedé pensando. Porque extrañamente esta elección como que cierra el círculo con Family. Nunca hubiera pensado cómo me han marcado esas canciones: "Nadadora", "El bello verano", "Portugal"... El problema es que se trata de dos discos y no de uno.

- A mí me parece que te estás yendo definitivamente al carajo.
- Para nada. Todo eso del "sonido Donosti" se ve que pegó muy bien en algunos músicos del Río de la Plata. No olvides que San Sebastián tiene un aire decadentoso, similar al de balnearios como Mar del Plata o Piriápolis. Y que toda esa serie de cruces sonoros, que después se llamó indie, o twee pop, lentamente empezó a pegar muy bien en el sur, en sitios fríos como este, porque evidentemente son sonidos que se llevan bien con el cotidiano nórdico, no tan frío como el post-rock islandés, pero casi casi, unos dos mil kilómetros menos digamos. Claro que esta influencia se dio a la sombra de otros linajes musicales que fueron más hegemónicos y reconocibles. Toda esta movida es no/tan/dulce, ok, pero suficientemente más luminosa que toda la familia velvetiana mezclada con Tom Waits, que lleva a grandes cosas como Buenos Muchachos o La Hermana Menor, por poner dos ejemplos locales de puta madre.

- ¿Y todo el rollo de los punks vascos, donde entraría?
- Digamos que estos chicos de Family siempre estuvieron muy lejos de la familia vasca más popular, la del punk radical, que acá en Uruguay vaya si también dejó huella y está presente en la identidad bardera de La Vela Puerca, por ejemplo. Pero no me cambies de tema.

- ¿Cuáles son esos dos discos twee pop uruguayos que tanto te gustan?
- Antes viene bien repasar algunos antecedentes. Los buenos discos de los argentinos Suárez y luego los de Rosario Bléfari como solista. Y puede hacerse una constatación más fina, de un detalle no menor: en el disco "Excursiones", de 1999, el que tiene "Río Paraná", los Suárez homenajean el estilo gráfico del disco de Family. Y eso está muy bien, porque Javier Aramburu, el cerebro de Family, compositor y cantante, brilló como diseñador gráfico en ese y otros discos del "sonido Donosti". Y en Chile no hay que olvidar a Javiera Mena, con el clásico "Esquemas juveniles", obra máxima del twee pop suramericano. Y en Uruguay hay varios representantes, aunque más referenciados a Belle and Sebastian o a referencias más experimentales y frikis del territorio anglo. Ahí tenés el "Vida espiritual" de Carmen Sandiego, cuando todavía era un dúo integrado por Flavio y Leticia, o la joyita "Con la mente perdida en intereses secretos" de Franny Glass. Aunque, antes de cometer un error... vale la pena aclarar que los Sandiego siempre se definieron fans de Vainica Doble.

- ¿Esos son tus dos discos uruguayos contemporáneos favoritos?
- No. Ya te dije que en este caso prefiero referirme a discos más actuales, del 2014, o a lo sumo del 2013. Pero son dos discos que aprecio mucho. Y que con el paso del tiempo empezarán a ser punto de referencia, mojones.

- ¡Basta! Estoy harta de tantas vueltas. Empezaste hablando de un disco que querías comprar en España...
- Todo se relaciona.

- Espero que así sea.
- Sigo... Ah, y me gustaría no olvidarme de Amelia, que es el grupo pionero de twee pop en Montevideo.

- Y que por supuesto publicaron antes que Franny Glass y Carmen Sandiego, me imagino... Nunca había escuchado ese nombre. ¿Amelia?
- Es la banda de Ezequiel Rivero, que después se integró a los Sandiego y a La Hermana Menor, y es el productor de... no, mejor vayamos más lento. Los Amelia publicaron en el 2005, año más año menos, un disco llamado "Pocos nombres para demasiadas personas". Y en el sonido, vaya sorpresa, se emparientan, directamente y sin vueltas, a lo que en esos años estaba haciendo La Buena Vida en San Sebastián.

- O sea que habría una especie de familia uruguaya de Family.
- Algo así. Y pensando en todas estas relaciones y líneas que se fueron abriendo, empecé a entender que estaba más bueno buscar a Family en Montevideo, que seguir recorriendo -inútilmente- bateas de El Corte Inglés o de la Fnac.

- ¿Probaste con tiendas alternativas? ¿Hay disquerías alternativas en España?
- Entré a varias de ellas. En una de Malasaña, en Madrid, fue lo más cerca que estuve de tener éxito. Allí vi el disco rojo, "Homenaje a Family", el tributo que publicó el sello Elephant en el 2014. Y lo compré, sin pensarlo dos veces. Pero no había ni rastros del disco azul. Cada vez que preguntaba, la respuesta era "agotado", sin contar las veces que me veía obligado a explicar que se trataba de un grupo español, llamado así, como me pasó en Bilbao.

- Estaba pensando que tal vez allí podrías haberlo encontrado.
- Ni rastros. Y a eso agregale el hecho de que cuando pregunté, sin pensarlo, al dueño de una tienda, dónde estaban los discos españoles, se generó una situación bastante incómoda. Al instante me di cuenta que español es mala palabra en Bilbao. Debí haber dicho regional, u otro eufemismo. Obviamente esa tienda estaba llena de discos en euskera, incluido uno que por la portada tenía toda la pinta de ser rock americano sureño, cosa que detesto, y que era del mismísimo dueño de la tienda. Terminé comprando uno de Rubia, una chica de Bilbao que por la cara de asco del vendedor entendí que hacía pop-rock más o menos romanticón. Lo compré para salir de la situación tipo Larry David en la que me había metido, sin saber lo que compraba, y al rato me enteré que -además de tener buenas canciones- aparecen varios músicos de la banda actual de Loquillo.

- Me vas a decir ahora que ahí se te dio por buscar a Loquillo en Bilbao...
- No, imposible. El Loco vive -y parece que hoy todos los caminos conducen hasta allí- en San Sebastián. Pero tampoco es una buena pista para llegar a Family.

- ...
- La vez que lo conocí, acá en Montevideo, unas horas antes de la noche que no pudo tocar en la Fiesta de la X, en el Roosevelt, le hice una pregunta que terminó en un incómodo malentendido. Ya te das cuenta que me pasa seguido este tipo de situaciones.. Le pregunté: "¿Te gusta La Buena Vida?", así, buscando un punto de conexión entre su generación de rocker ochentero y el ascendente twee pop. Y me dijo, entre confundido y divertido. "Hombre, pues claro que me gusta la buena vida, los hoteles, las giras, los festivales". Quedé cortado. Le aclaré, como pude, que me refería al grupo indie de su ciudad de adopción, de San Sebastián. Dijo solamente "ah, rock universitario", que acompañado de un gesto más bien agrio en su rostro me dejó claro que no le interesaba en lo más mínimo lo que hacía esa gente. Y bueno, él se los pierde... Y entre mis discos, desde entonces, guardo "Mis problemas con las mujeres" del Loco y Trogloditas, al lado de "Álbum" de La Buena Vida. Lo dos tienen aire francés, aunque sean para momentos muy diferentes del ánimo y de la vida.

- Resumiendo, porque esto ya veo que no termina más: en el viaje te regalaron el disco de Los Mockers, compraste el de Rubia y el tributo a Family...
- También me compré, en oferta, bajando para Tirso de Molina, en Madrid, el "Eat to the beat" de Blondie. Otro de mis discos favoritos, uno que debemos haber escuchado decenas de veces, hasta rayarlo, en el año 1983, con Ramiro, el Dona y otros amigos de La Blanqueada. En la casa de Ramiro estaba ese vinilo y estaba el primero de Def Leppard. Y cuando lo vi, no dudé en comprarlo. Trato de comprarme en vinilo solo discos que conozca de memoria.

- Ok, el de Blondie y cuántos discos más...
- No quería llevar más de cinco, así que puse toda la energía, el último día en Madrid para comprar algo especial. Seguía frustrado por no encontrar "Un soplo en el corazón", y esa mala energía me llevó al error, al gran error. Pude haberme comprado uno de Pauline en la Playa, una muy linda reedición de Vainica Doble, el de Love of Lesbian o cualquiera de Nacho Vegas, todos discos que toqué pero no me impulsaron a llevarlos. No encontraba a Family, pero tampoco a La Buena Vida ni a la Rosenvinge ni a los discos de Tulsa. Y así fue que opté, por hacer caso de sugerencias de amigos españoles, por comprar el de Vetusta Morla. En El Corte de Nuevos Ministerios.

- ¿Y?
- Resultó un clavo remachado. Aburridísimo. Un fracaso.

- Dale una oportunidad.
- No. Lo puse a girar varias veces pero no me pasa nada con ese disco. Me sentí como un español tratando de coparse, a la fuerza, con un disco de Notevagustar o del Indio Solari. Pero esa desilusión vaya que me sirvió para algo. Porque cuando llegué, después de escuchar el "Homenaje a Family", que tampoco es gran cosa, aunque hay algunas muy buenas versiones, me decidí a continuar la adicción con los dos discos uruguayos que no paraba de escuchar antes de salir de viaje.

- ¡Por fin! ¡Ya veo que me vas a decir tu disco del año!
- Dije dos. Y uno no es de este año, es del 2013: "La vida de alguien", de La Foca, el disco que le da título a la nueva película de Ezequiel Acuña, rodada en Mar del Plata. Un discazo por donde lo mires, que tiene mucha cercanía emocional con el "sonido Donosti". De hecho, Fede González, cantante y compositor de La Foca me contó que hace algunos años Ezequiel le regaló una copia de "Un soplo en el corazón". Y se declara también fan de La Buena Vida y todos esos grupos. Ahí me expliqué por qué siempre me gustó esa banda y sus muy buenos discos, aunque estén en una frontera un poco menos luminosa y capaz que soy yo que los relaciono más con Jaime sin Tierra y Mi pequeña muerte, no sé, lo cierto es que "La vida de alguien" es un discazo. Y cuando se exhiba la película de Ezequiel, habrá que ir a verla... A propósito, hace poco fui a ver a La Foca en La Experimental, uno de los toques más raro que viví en este último año. Tocaron casi todo ese disco, y entre el público estaban dos de los mejores escritores sudamericanos contemporáneos: el chileno Alberto Fuguet y el peruano Jeremías Gamboa.

- ¿También fans de La Foca?
- Alberto es el fan. De hecho, es uno de los productores de la película de Ezequiel.

- ¿Y el otro disco que estás escuchando, el de este año?
- Todavía no voy a hablar nada de ese disco. Lo estoy escuchando y disfrutando mucho en estos días. Es el de Julen y la Gente Sola.

- Otra vez me dejás, al final de la charla, con el mismo misterio.
- Eso es cierto.

- Y la verdad es que sigo un poco enojada porque no fuimos juntos a España.
- Pasa en las mejores familias... Será mejor que escuches "El bello verano". 

 

Publicado originalmente en 2016 en el desaparecido portal Yamp!


recorrido unplugged en una camioneta roja por una ciudad al sur


Algunos argentinos, o mejor dicho porteños, seres de alta autoestima que habitan la ciudad de Buenos Aires, tienen la sensata costumbre de viajar periódicamente a Montevideo con la consigna de desenchufarse. Les alcanza con cruzar el río de la Plata, en un barco construido en Tasmania que navega a cincuentaycinco nudos y tiene mil metros cuadrados de tiendas de artículos de lujo exentas de impuestos. Son, técnicamente, 135 minutos entre puerto y puerto.

Apenas llegan a la capital uruguaya, estos argentinos hacen lo mismo que puede hacer un madrileño -por ejemplo- si decide darse una escapada a Zaragoza: dejarse llevar por una buena siesta, callejear por un territorio definitivamente unplugged y prometerse que cuando regresen a la metrópolis rebajarán la intensidad de sus recorridos emocionales. Es un buen plan, sobre todo si se está a una distancia de 122 minutos, en tren rápido, con la simple meta de tomarse una selfie en la basílica del Pilar y no demorarse mucho tiempo más, ante el riesgo de quedar atascado en una dimensión zombie (1).

135 minutos, o 122. Poco importa la diferencia. Da lo mismo. Es más o menos el tiempo que suelen durar las mejores películas, las que terminan en el mar, y recuerdo varias de esas, ahora mismo, entre ellas Deprisa, deprisa, de Carlos Saura, y recuerdo un mediometraje uruguayo de los ochenta, de nombre Tahití, firmado por Pablo Dotta (2). Tal vez esa cinefilia, en blanco y negro y calles solitarias, derive de vivir en una ciudad recostada a un río al que le decimos mar. El río de la Plata. No se ve la otra orilla. No se ve Argentina. No queda claro si existe Argentina, si hay algo más al sur. Porque mirar hacia el sur, y solo ver mar, aturde un poco. Porque recorrer la Rambla montevideana, los veinte kilómetros de una costanera panorámica, se parece demasiado a circular un abismo, bellísimo pero también oscuro, si se piensa que en los años del fascismo, los años setenta, de las dictaduras militares de derecha y el siniestro Plan Cóndor, desde los aviones de la muerte lanzaban los cuerpos de los militantes de izquierda que no soportaban la tortura y que luego aparecían en las playas, cadáveres descompuestos por el agua barrosa del río de la Plata, y decían de ellos, en los periódicos y en los noticieros, que debían ser tripulantes de pesqueros asiáticos degollados en motines de ultramar.

Es por todo eso que amo y odio la Rambla, como le pasa a cualquiera con el mayor encanto de su ciudad, y a la hora de estar montado en una bicicleta, como hago algunas mañanas, elijo eludirla y recorrer Montevideo con rumbo al norte, atravesar la ciudad, salir desde la Rambla, sí, pero con la intención de alejarme del río, para luego pasar por barrios de clase media, clase media baja, más adelante zonas de fábricas abandonadas, basurales, blur, discontinuidad, frontera, y por fin el campo, el ansiado campo, como si fuera una postal de la campiña francesa en un camino lateral, ente pastizales, viñedos, cañadas, un paisaje bucólico, el sol de media mañana, la respiración pausada. Es ahí cuando empiezo a pensar en todo esto de los recorridos y de los ciento y pico de minutos que mide una posible película personal, hecha de fragmentos de memoria de caminos montevideanos, buscando en fronteras imperceptibles la evidencia de que la ciudad se vuelve campo, y al momento del regreso es el campo el que se vuelve ciudad, hasta bajar la leve pendiente que me lleva al mar, hasta mi casa a una cuadra de la Rambla.

Decido contactarme con Piscuajo. El dato de su actividad como viajero urbano me lo pasó un uruguayo que vive en Tasmania, que se fue a ese lugar al otro lado del mundo hace más de cuarenta años. Ricardo se vio obligado al exilio por problemas políticos y vivió luego una segunda vida pilotando helicópteros en la Antártida, hasta que poco tiempo antes de jubilarse y sobrevivir, emocionalmente, entre dos patrias, encontró una divertida manera de utilizar el tiempo libre: el ciclismo, los recorridos montado en bicicleta. Recorrió Europa varias veces, en plan bici-mochila-camping, y en los últimos años cumplió dos sueños del otro lado del Atlántico: una vuelta por el campo uruguayo (3) y el ansiado cruce de la cordillera de los Andes. "Llegué más alto montado en una bici que volando en helicóptero", me dijo una tarde, en un bar de Montevideo, y fue la misma tarde que me dio una tarjeta con el teléfono de Piscuajo. "Llamalo", me ordenó Ricardo. "Lo que está haciendo no tiene precio".

Piscuajo tiene un canal de Youtube con algunos miles de suscriptores y varios millones de visitas. Lo que hace es subir videos grabados con una cámara go-pro colocada en el espejo de la camioneta roja con la que se gana la vida haciendo fletes y traslados de todo tipo (4). Además de conducir, habla, cuenta sobre lo que ve, sobre sus sensaciones. Dialoga con los seguidores del canal. Lo llamo. Le propongo hacer un recorrido y grabarlo. Un recorrido que atraviese Montevideo de sur a norte, que nos lleve desde el Parque Rodó a las afueras, al campo, hasta las cercanías de la ciudad de La Paz. Acepta. Conversamos animadamente durante el trayecto (5). La pasamos muy bien.

Hay algo que fui a buscar en este viaje por mi ciudad. Hay algo que voy a buscar en todos los viajes y que ahora, al revisar la grabación de Piscuajo subida a Youtube, vuelve a perturbarme. Montevideo es mi ciudad y esa circunstancia es la que me impide escribir algo medianamente sensato sobre ella. Transité otras ciudades y muchas veces me he quedado pensando cuál es el límite exacto entre una ciudad y otra, o bien qué espacio-tiempo deriva entre dos ciudades, o cómo encontrar el camino más corto para salir de un territorio urbano. ¿Cuánto tiempo se demora en atravesar una frontera? ¿Quiénes pueden cruzar de un lado al otro? ¿A quiénes les está vedado el tránsito? ¿Tengo acceso? ¿Tienen ustedes acceso? ¿Por qué deberíamos tenerlo para llegar a la próxima ciudad?


Busco otro video en Youtube. Se llama "Calles de Newark". Es un breve paseo que hice con Nelcis, un montevideano que vivió treinta años en ese sitio, a pocos kilómetros de Manhattan. Nelcis está de vuelta en Montevideo. No conoce a Ricardo ni a Piscuajo, pero no tardaría en reconocerse en la aventura de cada uno de ellos, en sus recorridos. Reviviendo esa secuencia, conversando con Nelcis una tarde del año 2009, desapegado de sitios y territorios conocidos, perdido en carreteras sin número y con la percepción de que entre dos ciudades siempre hay una ciudad, axioma de la geometría urbana contemporánea, comprendí la razón más íntima del viaje: la ciudad siempre es la misma. Y también entendí que la ciudad, tal como la entendemos, ha dejado de existir. El paisaje urbano se ha vuelto fractal, posmoderno, construido en territorios sin pasado, discontinuos, extemporáneos (6). Hay excepciones. Vaya que las hay. Son las que nos hacen saber, de tanto en tanto, esos viajeros que gustan de encontrar y celebrar sitios extraños, unplugged (7), al borde de las recomendaciones turísticas, lejos de la rutas de los shoppings medievales europeos, o del éxtasis vacío de las burbujas inmobiliarias posmodernas. Al sur de América, está Montevideo, como certifican varios de mis amigos porteños, y de otros sitios por cierto más lejanos: recuerdo entre otros viajeros, al rockero catalán Loquillo, admirador del Palacio Salvo (8) y extraño por caminar calles que le recordaban a la Barcelona de finales de los ochenta.

Me he vuelto un seguidor de aventureros como Piscuajo. Esos que todavía creen en la existencia de otros recorridos, y que sale, por su ciudad, a buscar la inapresable sensación de presente. Montevideo se reconoce, entre sus capas de tiempos mezclados, y sobre todo en sus construcciones eclécticas que funcionan de museo arquitectónico del siglo xx, en la camioneta roja de Piscuajo, que sigue dando batalla con dignidad, y poco importan los más de quince años traqueteando y cargando fletes de una parte a la otra de la ciudad. Una ciudad como Montevideo, debe ser narrada así, por tipos como Piscuajo, porque es una ciudad-isla, casi a salvo, por esa circunstancia, de la teoría fractal sobre las ciudades. Casi una excepción, a la que se llega en barco desde Buenos Aires, o bien desde el aire, en viajes de miles de kilómetros a un aeropuerto que no tiene zona en tránsito, que es última escala a finisterre, a un archipiélago con vista al sur.

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Digresiones:

(1) Zaragoza, al igual que Montevideo, es posiblemente una ciudad habitada por zombies. Visité, en esa ciudad española, en diciembre de 2014, un lugar que me perturbó. Ethopía. Es uno de esos edificios que son paradigma del vacío. Está muy cerca del Ebro, de la estación de trenes, de la feria del agua, de los teleféricos abandonados, de una torre de cristal abandonada, de una playa de estacionamiento desierta. Hacía frío. Caminamos hasta Ethopía con un amigo uruguayo que vive allí, en Zaragoza. "Hay veces que me pasa de cruzarme con gente y encontrarla similar a gente que conocí en Montevideo", dijo mi amigo. "Una vez llegué, incluso, a parar a una chica y preguntarle si era de allá. Me miró asustada". "Ashá", le dijo mi amigo, arrastrando el sonido sh, como hacemos en el Río de la Plata. Hacía frío. Mi amigo no encontraba la puerta del cubo de vidrio. De Ethopía. Me llevó hasta allí porque sabe que me gustan los museos de arte contemporáneo.

No quiero olvidar de contar otra cosa que me sucedió en Zaragoza: cuando llegué a la ciudad, en tren desde Valencia, me bajé en la estación equivocada. El boleto decía que la última estación era Miraflores, dos más allá de Delicias, que tenía entendido era la estación central y en la que me había bajado en un primer viaje que hice unos años antes. Pero dudé. Y como me gusta perderme, decidí bajar en Miraflores. Quedé solo en el tren. Cuando se detuvo, bajé y recorrí el andén con la maleta. Bajé una escalera mecánica. Fui a dar a una puerta de vidrio. Todo moderno. Desierto. Sin funcionarios. Nada. A esa altura sabía que estaba en un error, que mi amigo me estaría esperando del otro lado de la ciudad. Salí al exterior. Más vacío. Una playa de estacionamiento sin autos. Más allá, un parque sin personas. Nada. Mi maleta y yo. Me reí de la situación ridícula. Sin smartphone. Sin conexión. Esperé varios minutos. Una furgoneta estacionó en el parking. Fui hasta ella, arrastrando la maleta. El conductor demoró unos segundos en bajar la ventanilla. "Hola, necesito una ayuda", le dije, o algo así. Lo noté nervioso. Muy nervioso. Manoteó un pan francés que tenía a su derecha y me dijo: "Es lo único que tengo. Es para comer. Es mi hora de descanso". ¡Me confundió con un mendigo! ¡LPMQLP! "Soy turista", le dije, aunque deteste la identidad de turista. Le conté rápido que me había equivocado de estación, que no llevaba teléfono, que debía comunicarme con un amigo que me esperaba en Delicias.

Vuelvo al relato de Ethopía y otros zombies. Un funcionario nos indicó que subiéramos a un ascensor. A la tercera planta. Un museo de arte contemporáneo. Fue lo mismo que entrar a un depósito de mercaderías de cualquier ciudad del mundo. Corredores. Silencio. Luces bajas. Seguir la línea. Hasta que llegamos a un sitio donde se me hizo imprudente avanzar. En una pared se proyectaba un video de hombres y mujeres rezando. Todos musulmanes. Y en la otra pared se veía una boca modulando el rezo que esos hombres y mujeres seguían atentamente. Una boca sin rostro. Una boca sin cuerpo. Seguir caminando implicaba interrumpir, cortar, perturbar el acto religioso. Desandé mis pasos. Mi amigo se burló del pudor que mostré ante una simple obra. A los pocos minutos salimos de Ethopía. Está fuera de la ciudad, en un sitio que no es tampoco campo. Un sitio que no es nada, que es ruido, como cuando voy en la bicicleta y no encuentro la frontera entre Montevideo y las primeras granjas. Ethopía es una caja de arte, en la zona muerta de Zaragoza. Lo sé. Todas las ciudades son iguales. En las afueras de Montevideo se multiplican las cajas para guardar mercancías. Cajas posmodernas. Cajas de ángulos rectos. Cajas de metal. Cajas de hierro con seguridad privada y videocámaras. Cajas privadas. Cajas que conectan con la perimetral, con camiones que van y vienen del puerto. Nadie reza en la carretera. Y allá lejos, más lejos, deben estar los molinos de viento.

Montevideo es también una ciudad de zombies. Esa es otra historia, que me contó Agustín Fernández Mallo, sorprendido de ver tantos corredores y ciclistas por la Rambla, circulando al borde del abismo, al borde del mapa, al sur de casi todo.

(2) En la película Tahiti, que apela al recurso de la metáfora para hablar de una ciudad, la propia, que no se desea nombrar, del mismo que Juan Carlos Onetti llamó Santa María al territorio de varias de sus novelas montevideanas, encuentro uno de los disparadores conceptuales de buena parte de mi obra como autor teatral. Groenlandia, Berlín y Shanghai, entre otros, son textos que refieren a nombres geográficos, con la sola intención de evadir la posibilidad de nombrar a Montevideo. Otra particularidad de la película es que transcurre en un viaje en trolley-bus, que recorre la ciudad, en una desolada fotografía en blanco y negro, mientras la pareja protagonista envejece.

(3) Algunas veces, si me preguntan por Montevideo, recurro a contar ciertas leyendas relativas al poblamiento del campo, la pampa oriental. Cuento entonces que vengo del desierto. No me creen. Entonces cuento la historia del desierto, la historia de Uruguay, el territorio poblado de vacas y cadáveres de vacas, de la guerra de la Triple Alianza, de los indígenas y africanos que pelearon en esa y otras guerras. De los asturianos corridos por los indios tehuelches, al sur de Bahía Blanca, y se instalaron en el poblado de San José, a fines del siglo dieciocho. De los vascos que pelearon como enemigos en la Guerra Grande. De los sirio-libaneses que llegaron ilegales y recorrían el campo vendiendo baratijas. De los rusos que trajeron el girasol y las abejas. De los valdenses que escaparon de los Alpes. De los sardos, los genoveses, los piamonteses, los gallegos, los andaluces, los canarios, los judíos, los polacos, los ucranianos, los armenios. Si hasta llegaron japoneses que bajaron del Brasil, por la ruta 5. Y algunos siglos antes los que bajaban eran los guaraníes, a matar charrúas, y los portugueses, también a matar charrúas. Y tantas traiciones. Y las estancias y los contrabandistas y las vacas robadas por las tropillas portuguesas. Mezclo tiempos. Al desierto llegaron de todas partes, escapando de una guerra tras otra, del hambre. Llegaron todos, menos gitanos y chinos, que siempre tuvieron la entrada prohibida. Pero igual hay negros, claro que hay negros. Nunca los dejaron entrar. La verdad es que llegaron sin su consentimiento. Llegaron como mercancía, esclavos, los obligaron a pelear en las guerras civiles. Les ofrecían la libertad y los traicionaban, los mandaron matar a la guerra de Paraguay. Este tipo de conversaciones deriva, si sucede en una ciudad como Madrid, a los parques lineales, al soterramiento de la autopistas, al lugar donde transitan los zombies de todas las ciudades. Es políticamente correcto enterrar autopistas. Es políticamente incorrecto venir del desierto.

(4) Entre los seguidores de Piscuajo Channel hay uruguayos residentes en el exterior -entre ellos Ricardo, el ciclista de Tasmania- y viajeros a los que les gusta salirse de los caminos turísticos. Muchos de sus seguidores se contactan con Piscuajo, comentan el canal y preguntan por traslados no tradicionales. Saben, por recorrer sus videos, que la camioneta roja es uno de los fantasmas de Google. Alcanza con rastrear el Street View en la calle Juan Paullier, entre Nicaragua y Pagola, para saber que está allí, estacionada, esperando el próximo viaje. La lista es larga y un poco freak: un argentino que debía hacer unos trámites inmobiliarios en el balneario Salinas y le tocó timbre a las cinco de la mañana; un ecuatoriano que quería conocer la ciudad de Pando; un uruguayo que vive en Murcia y se animó a volver a Uruguay mirando sus videos y lo contrató para una excursión a Piriápolis; un periodista que lo quiere entrevistar y hacer en la camioneta uno de los recorridos que suele hacer en su bicicleta.

(5) Recorrido: Lauro Muller, Jackson, Fernández Crespo, Palacio Legislativo, Yatay, San Martín, Millán, Avenida de las Instrucciones, Avenida José Belloni, Camino América, Camino a la Cuchilla Pereira, Camino Paso del Sauce, Coronel Raíz, Camino Colman, Camino Fortet, Aparicio Saravia, Coronel Raíz, Millán, Luis Alberto de Herrera, Prado.

Montevideo de la ciudad al campo. 1/2. Jueves de Semana Santa
03.30 "casi amarilleando los plátanos". // 08.25 "por acá se filmaron algunas escenas de la película Whisky". // 13.38 "me conecté y empecé a mirar videos de cámaras de seguridad". // 17.50 "¿te parece ahora si doblamos Instrucciones a la derecha?". // 21.09 "en el lugar donde él empezó a andar en bicicleta". // 28.44 "muchísimas personas vienen incentivadas por los videos" // 30.12 "pescaditos, a la venta, para mañana, viernes santo" // 35.40 "ahí es donde entrenaba Luis Suárez" // 40.25 "¿vieron a esas personas charlando ahí?" // 43.10 "bueno, allá están saliendo las colitas de zorro, algo típico, de esta época" // 43.48 "vamos a hacer un stop and go" // 45.17 "almacén y bar el catalán, desde 1902" // 48.50 "acá llega una línea de ómnibus, que es el 110, a Puntas de Macadam" // 51.01 "los fucking containers".

Montevideo de la ciudad al campo. 2/2. Jueves de Semana Santa
01.42 "atentos a esto" // 03.18 "yo peleo, cuando estoy en Montevideo, por tratar de ver el horizonte" // 06.40 "miren la parada esa, es de la época de los setenta" // 10.04 "tenemos una ciclista que sufrió el repecho, o pinchó, me parece" // 13.26 "es que la rutina aburre siempre" // 15.53 "allá vemos, mirá, dos autitos que están tirados allá, son dos DKW, tres cilindros, del 52" // 18.09 "moras, muchas moras" // 21.20 "hay algunos inmigrantes japoneses, que se dedicaron a la floricultura" // 27.24 "este rinconcito lo conozco, venía a hacer service de sistemas de seguridad" // 29.50 "quiźas alguien se haya ido de estos lados y vaya a ver el video" // 31.50 "acá están limpiando" // 35.22 "hace nueve meses que roban a los trabajadores" // 39.19 "vamos a volver para atrás, porque quiero buscar una fruta, una fruta que está tirada en la calle" // 48.11 "otro torpe se durmió y me chocó la camioneta" // 49.47 "olorcito a torta frita, churro, asado".

(6) Lo que sigue es un desvío autoreferencial, fragmento de un texto teatral inédito llamado Una obra que no quiere llamarse Montevideo: "Todas las ciudades son iguales, todos los caminos son iguales, todos conducen a un mismo sitio: autopistas, aeropuertos y centros de distribución que nos llevan a centros comerciales. El ocio es comprar. El espectáculo es comprar. El turismo es comprar. Es un ritmo sostenido. Se superponen millones de historias. ¿Cuál es la historia que quiero contar? Pienso en eso. Pienso en historias de emigrantes, de extranjeros que habitan una ciudad que no es la suya. Pienso en un parque lineal habitado de historias. Pienso también que ya no me interesan las historias. ¡Vayan al cine, si quieren comprar una! ¡O mejor, suscríbanse a Netflix, o un sistema similar! ¡O simplemente métanse en Youtube, hasta la sobredosis, hasta perder el sentido, hasta darse cuenta que lo único que nos queda es el presente! ¡El dilema es entre la depresión y el presente! Sé que es difícil aceptarlo. Lo mismo pasa con las ciudades. No aceptamos que las hemos asesinado. Y que, con ellas, estamos matando toda posibilidad de elegir. Nos movemos entre mapas genéricos, autopistas genéricas, aeropuertos, hoteles. Todos somos extranjeros. Buscamos un parque lineal, porque creeemos que al final de su trayecto nos espera una playa solitaria. Nos quedan los recorridos personales, el rastro único, fuera de los gps".

(7) La definición de Montevideo como ciudad unplugged, refiere a una versión libre de una cita del escritor argentino Rodrigo Fresán que definió a los montevideanos como porteños unplugged.

(8) Cuenta José María Sánz, más conocido como Loquillo, que durante toda su niñez y adolescencia, convivió, en su habitación, con una foto en la pared de un extraño edificio, de un estilo gótico, o más bien estrafalario. Era un recorte de una revista. Nunca había podido saber dónde estaba esa magnífica torre que acompañó miles de horas de siesta. Hasta que llegó a Montevideo y se encontró con el Palacio Salvo. Allí estaba el lugar de sus fantasías. Le dijeron que llegó a ser el primer rascacielos de América del Sur. Decidió filmar allí, en la Plaza Independencia, parte del clip de la canción "Mincho Bar".

Artículo publicado originalmente en la revista barcelonesa Altair

¡quiero cosas anómalas!


 

(texto escrito para el seminario sobre Mark Fisher, realizado en diciembre de 2020)


No existe el azar, de eso estamos casi seguros.

Podríamos, en todo caso, jugar con la máquina del azar.

Tentarla,

incomodarla,

provocarla.

Convocar a la máquina/ música del azar me lleva a pensar en las primeras novelas neoyorquinas de Paul Auster, las de los años 80, sus mejores novelas, en las que de alguna manera la existencia de un relato se justificaba por su propia construcción y por la confluencia de dos o tres circunstancias en un mismo o varios planos temporales…

Y como el tiempo, o mejor dicho la cancelación del tiempo, a la hora de pensar sobre los textos de Mark Fisher, es acaso un tema central… decido en esta máquina del azar empezar por este presente extraño, el de hoy, 2020, para intentar desentrañar, o acercar al menos una respuesta, personal, intransferible, desde un Río de la Plata confinado… a la pregunta imposible y paradojal de qué es lo que escuchamos en el siglo XXI.

En esta misma reunión virtual, por zoom, más o menos distópica, me toca encontrarme, por primera vez, con una persona que activó una de mis grandes epifanías como crítico musical, en Montevideo, pero sobre todo como ciudadano disidente del rock, o mejor dicho de su naturaleza contracíclica y conservadora. De eso hablaré más adelante, porque creo que esta historia lleva a un montón de pequeñas historias para compartir y reflexionar y que tienen que ver con matices que encuentro imprescindibles discutir si se aplica una interpretación fisheriana a las tensiones en el campo de la música popular rioplatense.

Decido, entonces, empezar esta “música del azar” por una canción del año 2001 que fue protagonista de esta gran epifanía. La canción se llama “Morrissey”, y debo decir que Schanton es precisamente el autor de la letra de “Morrissey”, interpretada y musicalizada por el artista pop argentino Leo García.


Y me sorprendo, o no tanto, veinte años después, reencontrándome con el nombre de Pablo Schanton vinculado a la edición argentina de uno de los libros de Mark Fischer... Los fantasmas de mi vida.

No es azar. No es casual. Pero es un punto de partida que considero irresistible y de algún modo austeriano.

Porque se me hace necesario unir estas dos circunstancias, estos dos nodos temporales, para aplicar y remixar algunos conceptos y nociones desarrolladas por Fisher en sus artículos y en sus libros… teniendo eso sí como marco a la escena musical de mi ciudad, Montevideo, y por lo tanto a una zona rioplatense, signada por los vaivenes culturales y subculturales de la cercana Buenos Aires.

Voy en este relato un poco más atrás en el tiempo. Y me voy directo a los últimos años 90, cuando con mi amigo Maximiliano Angelieri, tecladista y cantante del grupo Exilio Psíquico, hacíamos un programa de radio con el nombre Planeta Pop. Todos los mediodías, de lunes a viernes, en la radio rockera de Montevideo, disputábamos una zona de frontera, des/generada, provocando y operando en el conflicto entre lo pop y el rock. Manteníamos la bandera disidente del post-punk, la ilusión del glam, el fetichismo por lo moderno, por algo que sentíamos que se nos empezaba a escurrir de los dedos… Lo manteníamos pese a estar en minoría en el gusto de los oyentes de la radio; de alguna manera lo manteníamos por eso… Y lo manteníamos cuando todavía faltaban cinco minutos para la implacable y devastadora sensación de retromanía que nos tomó por sorpresa con la aparición de los primeros discos de The Coral, Strokes y Franz Ferdinand.

Todo eso hacía que simpatizáramos con la electrónica, el trip hop, el indie y el brit pop y detestáramos el grunge, que amáramos a Bowie y a Joy Division, y no pasáramos jamás a los Stones ni a los Ramones, y que estuviéramos buscando -en el estricto mapa rioplatense- señales de algo que no fuera rock chabón ricotero de estadios. De alguna manera, ese rock, el viejo rock, se estaba volviendo en el Río de la Plata populista, hegemónico, aburrido, sin ideas, vacío de contenido, o por lo menos alejado de toda radicalidad, y las bandas se sumaban sin mayor autocrítica al sueño consumista neoliberal, alejadas de toda horizontalidad, con los músicos cada vez más lejos del público con el único deseo de ser portada de la versión local de la Rolling Stone.

Sí, estaban los Babasónicos, es verdad, de los que hablaré más adelante y que considero una banda relevante y de la que Fisher no hubiera dudado en mencionarla como hauntológica. Los Babasónicos son un desvío aparte y punta de lanza del movimiento llamado “nuevo rock argentino” y ya se habían hecho un nombre y un prestigio en el under.

Pero fue en esos extraños días del año 2001 que nos llegó el single de “Morrisey”, de Leo García. Nos voló la cabeza. Era la bomba. Era deforme. A la primera escuchada sonaba como un chiste disléxico. A la segunda, como una tontería rara. Y después se iba pegando, como sucede con toda cosa extraña que se adelanta a algo que no se sabe todavía bien qué es. De algún modo, se convirtió en un himno de nuestro programa Planeta Pop, simbolizaba uno de los últimos signos de la ilusión de modernidad transformadora, resignificando la nostalgia en una forma nueva y provocadora.

En la superficie de la letra se menciona a Morrisey, que es por supuesto el cantante de los Smiths, pero es también un secreto, la reivindicación de una nostalgia solo para iniciados. De ese modo, la historia que se cuenta, de complicidad entre dos amigos, a espaldas de la novia de uno de ellos, pasaría desapercibida de no estar cantada sobre un tecno-folk anómalo, sin mayores pretensiones pero raro.

Sí, es cierto que los arreglos de cuerdas refieren a los Smiths, lo mismo que el coro “Morrisey, Morrisey, Morrisey”, pero el asunto inquietante está en la anomalía, en eso que era -técnicamente- la bomba. Se puede rastrear, de hecho, en el pasado de Leo García con los Avant Press, en su colaboración por esos años como guitarrista en la banda de Gustavo Cerati. Y hablar de Cerati es sinónimo de Melero, y es sinónimo de obsesión por la vanguardia. Es posible que el disco “Mar”, de Leo García, con producción artística del exSoda, fuera de algún modo un campo de experimentación, de probar recursos y extremarlos. Se puede decir que logró su cometido.

El tecno y el folk eran una mezcla, en ese año 2001, todavía categorizable como anómala. El tecno -referido al synth-pop, y esto no incluye obviamente a la electrónica o a los samples posteriores al sonido Bristol, luego Beck, luego Eels- era todavía territorio problemático para cruces orgánicos.

Cada vez que pasábamos “Morrisey” en la radio rockera uruguaya, recibíamos decenas de mensajes indignados de oyentes perplejos. Y el público más ortodoxo pedía lisa y llanamente que nos fuéramos, porque era una vergüenza que pasáramos “basura” como esa en la X.

La canción “Morrisey” dejaba en evidencia algo que molestaba y que estaba solapado: el costado machista y homofóbico del rockero tradicional reaccionaba con una ceguera (y sordera) insostenible. No solo en el discurso literal de la canción, sino en que aquella cosa sonaba gay. Y eso lo hacía una cosa peligrosa.

Algo similar sucedía cuando programábamos canciones del grupo marplatense Adicta, por cierto bastante más explícitas en un territorio gótico-gay, o incluso en la joya indie folk “Río Paraná” de los Suárez, o en los primeros cortes del fabuloso disco babasónico Jessico.

Vuelvo otra vez a la canción de Leo García y Pablo Schanton: uno de los directivos de la radio llegó a consultarnos por esa cancioncita que pasábamos, esa que dice “Morrisey, Morrisey, Morrisey”. Le contesté, o fue Maxi que le contestó, no tengo la memoria bien clara en ese detalle, que “esa cancionita iba a ser más importante, dentro de veinte años o treinta años, que cualquiera de las mierdas que ellos programaban en la radio de La Renga o Los Piojos”.

Sigo sosteniendo, veinte años más tarde, que teníamos bien afilada la intuición. Entre otras cosas, intuíamos que Pulp envejecería mucho mejor que Oasis y Blur. Bueno, eso no era tan difícil de pronosticar. Y en el caso de “Morrisey”, aunque no podíamos saberlo entonces, sentíamos que estábamos parados en el final de algo, que no sabíamos bien qué era, y si bien se percibía cierto malestar en el campo de la música pop y rock, y se intuía un desorden en el canon y en el sistema capitalista con la irrupción de las nuevas tecnologías, puedo afirmar que hay algunas diferencias en las tensiones y percepciones entre el eurocentrismo de Fisher y lo que se vivió en el Río de la Plata.

2001 fue un año que nos colocó, a Uruguay y a Argentina, en el abismo.

Literalmente.

El sacudón de las respectivas crisis financieras, de los saqueos a supermercados, de deterioro institucional, sumado a los atentados a Nueva York, dinamitó en pocas semanas el cinismo neoliberal de los 90, arropado por el marco contextual del posmoderno fin de la historia de Fukuyama y la imposibilidad de las utopías.

El abismo no nos llevó directo a un relato y a un imaginario de izquierda, como si fuera un recorrido “de manual”, pero es en definitiva lo que sucedió, y con sus matices y contradicciones: en ambos países rioplatenses el sistema político viró a una ambigüa modernidad política, progresista y por momentos radical en sus propuestas de “estado de bienestar”, que se fue consolidando en las dos primeras décadas del siglo, pero conservando -aunque sin exhibirse con la obscenidad noventera- cierto aire neoliberal en lo económico.

¿Cuál fue entonces la banda sonora de este periodo?

¿Del siglo XXI rioplatense?

No fue precisamente una escena definible como retromanía y de sensación de tiempos dislocados, aunque las expresiones que empatizaron con esa “nueva ola europea” -como Babasónicos en Buenos Aires; Dani Umpi, Max Capote y Astroboy en Montevideo- dejaron lo más interesante del periodo, sobre todo cuando lograron sobrevivir entre las fisuras de un rock populista y agotado en su discurso, y que logró extender unos años más su hegemonía acoplándose con pragmatismo y sentido de la oportunidad al progresismo político.

“Morrissey”, de Leo García, fue una de las señales. Pero como sucede en toda revuelta que se precie de tal, fue rápidamente superada por la vitalidad de otros proyectos. En especial, el disco Jessico, de Babasónicos.


“Soy víctima de un dios/ frágil, temperamental/ que en vez de rezar por mí/ se fue a bailar/ se fue a la disco del lugar”, canta Adrián Dárgelos en “El loco”, y la banda entera lo acompaña en un trip con percusiones latinas y distorsiones western. No es tan sencillo el juego retro en Babasónicos, sobre todo porque toman rastros de la música popular más bastarda del sur americano: el pop melódico de Los Iracundos y Los Pasteles Verdes, lo que los hace coquetear con una estética decididamente trash y un tanto irritante para una confortable y epigonal nostalgia rockera. Y porque así como hacen volar "volutas de humo", pueden pasar a mezclar disco y rap en otra canción, para luego provocar el baile con un bombo robado al tecno más vulgar de los ‘80.

En Jessico, que en definitiva es un territorio, un no lugar donde el tiempo se muestra dislocado, Dargelos y sus amigos van de un lugar a otro, de un estado a otro, de la furia al glam, del bolero al western. Tienen la herencia del tecno post punk de Virus, de Daniel Melero, pero también hay rastros de Morricone, de Roxi Music, de Suede, de los Red Hot y de Black Sabbath. Esa mezcla no puede ser rock, o sí. En todo caso es, como anuncia el título del disco que le seguiría a esta obra maestra: Infame; por infames y bastardos, y por in-fame.

Y como en toda la obra de Babasónicos, es en definitiva el cantante y compositor Adrián Dárgelos el que termina de urdir, en el discurso, el plan trazado por la banda. Lo entrevisté ese año 2001, en Montevideo, y al releer casi veinte años después sus palabras, las encuentro en sincronía con varias de las líneas de pensamiento de Mark Fisher.

Primero que nada, se desmarca de la etiqueta retro...

“Los Strokes son retro. Ellos están haciendo new wave en los mismos parámetros por Television, Magazine o Wire… Babasónicos, en cambio, trabaja sobre la memoria de los 50 años de rock y del último siglo en lo que se refiere a música popular. Podemos tener guiños y citas del gran mercado de lo popular, pero más que nada están para darle ambiente o más vuelo a la obra. No tenemos una intención decididamente retro. Es más, nos vestimos como nadie se vistió antes. Y nuestros discos tampoco suenan a pasado. Utilizamos una combinación de sonidos. Podemos usar tecnologías de grabación antiguas con las más nuevas, pero lo hacemos para explotar cierta calidad de sonido que se ha perdido o ciertas tendencias diferentes a las que el mainstream pone como actuales, que son las que compiten en el terreno de la producción comercial y son los parámetros que sigue el mercado. Estar en ese juego está bien, pero tenés que tener el dinero para seguirlo, y es más que evidente que ese tipo de producción discográfica no es para Sudamérica”.

Y es en este momento que remarca algo que deja en evidencia la conciencia periférica de Dárgelos, el punto exacto en el que Babasónicos se desentiende de un rock epigonal (y banal) y prefiere lanzarse a una anomalía conceptual que está muy lejos de fusiones latin-rock caricaturescas promocionadas por la cadena MTV, sobre todo desde artistas mexicanos clones de Maná, y que se aleja asimismo del rock populista argentino en decadencia.

Dice Dárgelos:

“Para hacer un rock creativo en Sudamérica hay que explotar principalmente la particularidad de que venimos de un lugar excéntrico, de que tenemos una cultura más abarcativa, te diría que espectadora de muchos buenos momentos. Y es a partir de eso que podés darle otra resolución, que podés componer para esta época”.

“Por eso, creo que producir un bolero a la manera en que Massive Attack se cruza con el dub es más que válido, porque en cierta forma es lo que ellos no pueden hacer. Nosotros podemos hacerlo sobre el bolero porque es lo que dominamos, porque no tenemos cultura jamaiquina y no tendría sentido repetir el modelo Massive Attack”.

No se trata simplemente de tecnicismos. La postura de Jessico ya venía delineándose en algunos momentos del disco Dopadromo y especialmente en Miami. Es una postura ideológica. Es 2001 rioplatense en estado puro.

En la misma entrevista, dice Dárgelos:


Jessico no quiere colaborar con la construcción de un sistema sociocultural que no favorece a nadie y que solo favorece en cierta forma a intereses mezquinos del capital y a la clase política entregadora. Ante esa actitud, cuando nosotros hicimos el disco, quisimos que reflejara que estábamos perdiendo todo, porque ya se veía cómo el ALCA y todas las presiones de los países más fuertes iban en camino para que los países sudamericanos sean a futuro una nueva Taiwan. O sea, productores a bajo costo. En ese aspecto, lo que se plantea Jessico es no colaborar, váyanse a cagar, porque vamos a vivir en el margen de la legalidad y de los gustos de esta cultura”.

Es evidente que Babasónicos trabaja sobre la nostalgia. Pero utiliza un recurso no menos interesante a la hora de encontrar la anomalía. Y esa anomalía es la que hace que Jessico sea un disco que hubiera sonado extraterrestre en los 60, en los 70, en los 80, y también en los 90.

El recurso tiene que ver con extremar el retro y con trabajar sobre la vergüenza. Y la vergüenza, en el campo del pop, tiene que ver con el presente y con lo performático, lo que por definición aleja un poco a Babasónicos de lo estrictamente retro y hauntológico.

De hecho, no debe olvidarse que la legitimación que obtiene Babasónicos, tomando por asalto el mainstream argentino y luego continental, habilitó a discursos anómalos más radicales que permanecieron en el underground. Uno de los principales ejemplos es el artista uruguayo electropop Dani Umpi.

Vuelvo a la vergüenza. Y vuelvo otra vez a palabras de Dárgelos, aunque unos años después, en un momento de una entrevista del año 2008, en la que deja bien claro varios contextos y debates rioplatenses:

“La vergüenza es para Babasónicos un buen lugar para escribir canciones. Porque es un lugar sórdido, donde el rock de tendencia machista y conservadora no puede meterse. Yo escuché todo el rock and roll, su historia, y encuentro que grandes como Elvis, Buddy Holly y Johnny Cash tenían muy claro que debían ser provocadores, rupturistas. Estoy convencido que exploraban en la vergüenza, porque de verdad que deberían sentirla al cantar ciertas canciones. Y el vestuario que usaban... Ese mismo camino es el que investigamos con Babasónicos. Pero no lo hago con afán de hacer reír. No trato de hacer música con ironía”.

La conversación deriva a la identificación de Dargelos con Dani Umpi, precisamente por sentirse a salvo del recurso de la ironía.

“Justo anoche discutía con unos amigos que son fans de Dani —yo también lo soy— sobre si él trabajaba en la superficie de la ironía o no... Ojo que a mí la música en serio tampoco me gusta. Me fastidian los que creen que están diciendo la verdad... Entonces, la medida exacta sería ser ‘poco serio’... Lo que pasa es que Dani es un personaje real, por lo que su palabra está reivindicada por su persona y su personaje, que él redimensiona. Es la diferencia entre un grupo posmoderno y lo que es trash, lo que es un emergente de una cultura no prevista y más caótica. Y eso es lo que yo creo que tiene él en contraposición con otros personajes”.

Es probable que todas estas asociaciones que estoy haciendo, a partir de la canción “Morrisey”, y que derivaron en Babasónicos y ahora en Dani Umpi, puedan configurar la posibilidad de un retro de vanguardia, lo cual es una paradoja improbable y que en todo caso se sostendría solamente en tiempos de presente roto y dislocado. O sea, en Fisher puro. Más que excepción, todo esto sería la regla.

Hace unos pocos días, mi amigo Maxi Angelieri, el de Planeta Pop, con el que hoy tenemos en Montevideo un programa de videoclips con el nombre de Ojos Rojos en la televisión pública, en el que seguimos insistiendo en los bordes, en las fisuras, leyó Fantasmas de mi vida. Se deprimió. No es para menos. Le hizo añicos su natural entusiasmo de melómano pop. Lo entiendo. No es fácil aceptar que el tiempo dejó de existir, que la noción de modernidad es un estigma generacional que dejó de tener sentido.

Él suele decir, y lo cree, que contemporáneamente se produce, ya hablando del siglo XXI, en los lugares más insospechados del planeta, como Uruguay, por ejemplo, el pop más anómalo y creativo de la historia. Y tiene por cierto variados argumentos y ejemplos. Lo que él todavía no acaba de advertir es que esta sensación eufórica no tiene por qué ser contradictoria a lo planteado por Mark Fisher.

Es verdad, y no hay discusiones, que Joy Division sigue siendo la música del presente. Pero esa misma sensación sucede con una infinidad de artistas. Todo esto sin entrar a hablar de otras cosas: los grupos de afinidad, los algoritmos, el aceleracionismo, la paradoja de lo confortable, el realismo capitalista, las películas de David Lynch, la ciencia ficción...

Y bueno, ciencia ficción, o más bien realidad exagerada para unos, o acelerada para otros, es lo que estamos viviendo en este año 2020… Un año infame, como se llamaba el gran disco que Babasónicos publicó en 2003. Y antes de ponerme a hablar sobre rap uruguayo, o sobre la sobregirada carrera de Nathy Peluso, que me permitiría usar la máxima babasónica de “La música no tiene mensaje / la música no tiene moral” para darle contexto a la banda sonora actual, el pensamiento me lleva a dos o tres videoclips distópicos que están extrañamente conectados con la banda que mejor ha entendido la retromanía… a saber, los canadienses Arcade Fire. Hay suficiente consenso en que califican como imprescindibles en una posible banda sonora del siglo XXI.


Uno de ellos es el videoclip de “La pregunta”, de los Babasónicos, que dialoga con el desierto tecnoanticapitalista de “Everything now” de Arcade Fire. La música es chatarra synth con guiños a Pet Shop Boys pero la épica se instala en el desierto, una anomalía distópica que carga al territorio de aliento post-humano.

¿Cuál es la pregunta que plantea la canción “La pregunta”? Bueno, son varias. Y que una de ellas sea “quién va a defenderte de mí”, dicha por Dargelos, despojándose de todo glam, es bastante para una canción pop que presume estar lejos de toda inocencia.

Me detengo por un momento en el desierto como no-lugar, como escenario elegido por estas dos bandas musicales para sus respectivos videos. No debe perderse la perspectiva de que estas imágenes, además, se deslizan y se multiplican en todo tipo de pantallas, eso sí, naturalizadas y con cierto spleen contemporáneo insatisfactorio.

El tiempo sigue.

Un día atrás del otro.

O eso parece.

O mejor dicho es lo que nos hemos acostumbrado a creer.

Porque entre los signos de que se ha perdido el rumbo no faltan los discursos que sugieren -como el de Fisher- que el tiempo está definitivamente roto y que no avanzamos ni retrocedemos y estaríamos atascados en un presente denso, gelatinoso, en un mundo retro, mutante, trans, post-humano, sin noción de futuro próximo más allá de escenarios distópicos y poco agradables.

En definitiva, la ficción (o sea, el motor y pulsión de toda creación) está en crisis. ¿Cómo no va a estarlo si habitamos espacios y discursos construidos, maquillados, manipulados? Tampoco se tiene a la vista un escape hacia un sitio diferente, porque la alienación nos aleja en todo caso de toda posible curiosidad interpretativa (o camino político que intente manejar un presente, como se dijo, atascado).

Cada tanto, sin embargo, desde los márgenes del arte, aparecen, y por suerte, propuestas provocadoras, o por lo menos capaces de generar pequeños cortocircuitos que dinamiten producciones mayormente anestesiadas. Es lo que sucede, por ejemplo, al encontrarse con imágenes como las del mexicano Montiel Klint, fotógrafo que en su serie Distopía explora en un cotidiano futurista, o más exacto sería decir un estado de transición de una naturaleza levemente modificada (humanos casi cyborg), en un no-lugar (desiertos policromáticos), y un no-tiempo impreciso (cráneos con implantes de chips, entre otras variedades).


Montiel Klint crea y desarrolla un territorio propio, en una escenografía perturbadora en la que colisiona el imaginario del desierto con personajes atravesados por la aceleración tecnológica y un cotidiano cibernético. La tecnología deja de ser una herramienta para convertirse en implante, y pasa a formar parte del individuo como parte de su identidad trans. Cada escena nos lleva directo a un mundo donde puede suceder un mega-incendio, o bien a rincones urbanos fuera de contexto, ambientados con luces de neón y figuras geométricas de alienada simetría. Montiel Klint dispara imágenes de apariencia futurista, de singular belleza apocalíptica, que no son más que fragmentos de relatos implacables de un presente impreciso.

Similar noción escenográfica es más que evidente en ciertas novelas de Houellebecq y de Fernández Mallo, por mencionar a dos escritores contemporáneos y mainstream más que relevantes. Algunos pasajes de La posibilidad de una isla, o de los escritos sobre Lanzarote del francés, o bien el Proyecto Nocilla del español, son equivalentes a estas distorsiones creadas por Montiel Klint. Esto es indicativo del buen pulso del fotógrafo mexicano, de su habilidad para naturalizar lo distópico, utilizando tratamientos técnicos que refieren en primera instancia a los excesos de David Lachapelle, pero que notoriamente se alejan de los tópicos de fuerte carga religiosa y pictórica del célebre fotógrafo pop para acercarse a una fe áspera y acaso melancólica.

Vuelvo a la música y a la construcción de una banda sonora siglo XXI:

Si se quiere buscar (y encontrar) referencias musicales cercanas a lo expuesto, hay por lo menos dos que resultan conexiones de interés y tienen que ver con fotografías de videoclips de naturaleza distópica. Se sabe que este tópico está 'de moda' y su uso y abuso ha llegado a la publicidad de automóviles de alta gama, pero es posible encontrar algunos ejemplos cargados de intensidad y con lecturas originales en los ya mencionados clips de "Everything now", de Arcade Fire, o el no menos inquietante imaginario que manejan los Babasónicos en "La pregunta".

Todo esto deja en evidencia una conexión post-punk existencialista. Rastros de un carmín retro y perturbador.

El otro video que quiero mencionar es el de la canción “El tesoro”, de la banda El Mató a 1 Policía Motorizado. Es otro viaje distópico, que en este caso dialoga con el cortometraje que Spike Jonze hizo sobre la canción “The Suburbs” de Arcade Fire. El escenario ya no es el desierto sino que son los suburbios, y no aparecen los músicos en ninguno de los clips, que sí están habitados por pandillas juveniles alienadas y zombies, en una lógica narrativa de rituales, paranoia y violencia.


El Mató es una banda única y raramente adictiva. Se llega a ella como se llega al trance, o sea dejándose llevar, porque en una primera mirada (o escuchada) es posible que provoque rechazo por el excesivo minimalismo y lo cerrado de un discurso depresivo y monótono. El Mató desarrolla un modo kraut rock, de hipnosis y guitarras melancólicas, y es otra banda hauntológica, que poetiza la derrota y una depresión sin épica, que nos lleva directo a otro paratexto...

¿Existe la música del azar, o es solamente una ilusión?

¿Estamos expuestos a impulsos químicos o a nuestro libre albedrío cyborg?

¿Qué pasa cuando el paisaje musical es cero, cuando el tiempo está definitivamente dislocado?

¿Hay algo más que eso en el rock sin presente?

No hay tiempo ni espacio de hacer arqueología kraut alemana en profundidad. Pero siempre viene bien volver un poco a ese tiempo, a los primeros años 70, cuando la música se escribía con intención de futuro, cuando la ciencia ficción tenía el sentido y la dirección de la modernidad. Ahora es otra cosa. Del otro lado del apocalipsis pandémico, la sensación de futuro asfixia, se vuelve insoportable.

Y tiene razón Mark Fisher cuando sostiene que no hay nostalgia en escuchar Kraftwerk o Gary Numan, porque al escuchar esas genialidades del synth-pop lo que hacemos es conectar con un tiempo que todavía no sucedió, que está adelante, por lo que retomar el kraut de Neu!, o de Cam, o del Policía Motorizado, no sería exactamente un ejercicio retro, vaciado de contenido, sino un diálogo con lo que genera más vértigo y que en este tiempo parecemos tener vedado: el futuro.

No existe el azar, se los aseguro.

Y tomo prestadas, para el final, unas palabras que escribió Alexander Laluz, otro gran amigo de redacciones y bares, como devolución de lo que acabo de exponer:

“Lo de la dislocación del tiempo fisheriano es, sin duda, un concepto tremendo. Ya lo decía Levi Strauss: la música es la máquina supresora del tiempo. Construye la idea del futuro y a la vez es la única -y si no es la única, será la más potente- máquina de mover cosas, de traer el pasado como cosa deforme, y a la vez deforma el presente. Críticos y musicólogos, y otros logos, hemos intentado en vano explicar esto. Entonces, que viva lo deforme y lo anómalo. La música no es azar, es la máquina perfecta para deformar. Claro, también esta cualidad le sirve al "sistema" para disciplinar e idiotizar con ídolos transpirando egos maltratados”.

“¡Quiero cosas anómalas!”, provoca mi amigo. Y yo agrego: Anómalas y con la belleza epifánica de aquella cancioncita “Morrissey”…


el libro no escrito de un tal andy adler

Hay libros que se encadenan en otros libros. Es una certeza que suele cumplirse en campos específicos, como el que nos ocupa, el de la historia reciente de la música popular; para ser más estrictos, la música urbana de la ciudad de Montevideo de los últimos 50 años.
El libro sobre Eduardo Darnauchans, por ejemplo, escrito por Marcelo Rodríguez, dialoga en forma sostenida con el libro sobre Jorge Galemire que escribió Eduardo Rivero y publicó a fines de 2019 el sello Perro Andaluz con el título Su música y su tiempo. No es raro. Darno y Gale son de la misma generación, compartieron vivencias y sensibilidades musicales, habitaron un mismo microclima ideológico y sonoro. Rumbearon historias paralelas y cruzaron caminos creativos en dos o tres oportunidades: en el grupo Nosotros Tres, en 1976, un trío que se completa con el propio Rivero (amigo muy cercano de Galemire), y en la grabación de Sansueña, en 1978, el disco emblemático del Darno, con participación como hombre-orquesta y cerebro musical del Gale.
Entrar y salir de este tipo de libros cuyos abordajes biográficos, con centro en el personaje, se equilibran con una saludable coralidad que suma relatos, historias y testimonios de familiares, amigos, colegas y periodistas permite reconstruir contextos (en la jerga se le llama 'escenas') y generar encadenamientos, como el que anotamos entre los libros del Darno y del Gale, pero también otras asociaciones bastante menos previsibles que proyectan la necesidad de seguir reescribiendo. La máquina del tiempo no para, acotaría Mateo.
Mientras seguía rumiando, como lector, el notable y esclarecedor libro de Rivero sobre el Gale, que lleva a entender su calidad de personaje irreemplazable en numerosos proyectos, y de creador-zurcidor de un sonido, de una paleta rítmica vinculada al candombe, al beat, al tango, al rock, me dieron ganas de leer un libro sobre Andy Adler. Es un paralelismo involuntario, que si bien es provocado por la reciente muerte del guitarrista rockero no siento que sea una asociación para nada extraña ni forzada. Son vidas que no se cruzaron pero que son demasiado similares. Los dos fueron notables instrumentistas. Los dos tuvieron dificultades en defender sus respectivas obras creativas. Los dos participaron de momentos claves del desarrollo de la música uruguaya pero desde papeles tan secundarios y de bajo perfil como irreemplazables. Los dos fueron muy generosos con otros músicos. Los dos fueron autodestructivos.
El prontuario del Gale es sorprendente: forjó Epílogo de Sueños con Rivero y otros amigos, estuvo en El Sindycato, acompañó a Daniel Amaro, Pájaro Canzani, Dino, el Darno, ensayó con Los que iban cantando, diseñó Baldío, la banda azul de Cabrera, Repique, Los Championes, Polyester, la banda de Jaime de Mediocampo, tuvo tiempo para sacar dos o tres discos increíbles, se hartó de todo y se fue a España, y si bien la pasó mal y nunca pudo regresar del todo y en plena forma emocional y no volvió a encarrilar sus mejores tiempos de los años 70 y 80, se convirtió en maestro de músicos y su obra es revalorizada entre los notables de la edad de oro de la música montevideana.
El prontuario de Adler es también sorprendente: si bien quedan rearmar varias piezas de su puzle biográfico errante entre Nueva York y Montevideo, formó parte de la primera formación de Los Estómagos, colaboró en La Tabaré, armó Los Inadaptados de Siempre para la peli Mamá era punk, inventó el garage montevideano con Chicos Eléctricos, intoxicó a Cadáveres Ilustres, Buenos Muchachos y La Hermana Menor, apadrinó a Eté & Los Problems, al Macumba de los Hablan por la Espalda, intentó un regreso con Hotel Paradise, y grabó y publicó con los Ases del Beat El fin todo lo justifica, un disco de ruido, melodía y canciones enormes que se escucharon poco pero que forman parte de los rastros que dejó un guitarrista de rock excepcional cuya técnica (y ética) será más que revalorizada por todos aquellos que se sientan 'contraculturales'.
El gran problema es que todavía no se ha escrito el lbro de Andy. Lo debería escribir el Tussi, o Nico Barcia, o Pedro Dalton. No sé. Es el libro que quiero leer ahora, en este momento. Tengo claro que la escritura y la reescritura de estas historias imprescindibles llevan años y nunca atajos, llevan procesos y ajustes de cuentas personales. Pero queda claro que se necesitan más conexiones, más encadenamientos entre vidas, historias y libros, sobre todo de estos personajes que lo dieron todo, que entregaron sus vidas por la música en una ciudad áspera y peleadora.
La última vez que vi a Andy fue un mediodía en La Ronda. Lo entrevisté como testimonio para un documental sobre Los Estómagos (el crudo de la entrevista se encuentra fácilmente en YouTube). Dice cosas que solo él puede decir y sostener con dignidad. Ese mismo mediodía me comentó que no se sentía nada bien, que estaba harto de todo, que su único deseo era subirse a un avión, llegar a Berlín, meterse heroína, perderse en esa ciudad y morir. No lo hizo. O sí.
La última vez que vi al Gale fue también en La Ronda. Lo entrevistó Max Capote para Blister (la entrevista editada se encuentra fácilmente en YouTube).
Ahora que cierro el libro del Gale y detengo la mirada en la portada encadeno otro dato nada menor: Angel Atienza, editor de Perro Andaluz, guarda secretos musicales de ambos, y no es casual que los libros del Darno y del Gale hayan salido por su sello... y el de Andy habría que soñarlo con formato cuadrado, abundantes fotos, diseño de Rodolfo Fuentes y códigos QR que vinculen a grabaciones encontradas y rarezas.

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