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lo que no alcanzamos a ver
A un museo se va a mirar. No es una regla dogmática ni es tampoco una definición tajante, pero exceptuando instalaciones sonoras o propuestas experimentales muy específicas, el ejercicio de la mirada es factiblemente el que deba estar más entrenado para interpretar las propuestas exhibidas. Se habla de 'artes visuales', lo que condiciona y simplifica el acceso al arte desde uno solo de los sentidos. En pocas palabras: el poder de los que ven, de los que vemos. Sin embargo, hay montajes que desafían las reglas, o simplemente problematizan el esquema tradicional. Algo de eso sucede con la instalación Estar igual que el resto, de Pau Delgado Iglesias (artista que antes firmaba como Paula Delgado).
El espectador ingresa, casi sin preámbulos, en una caja negra. Oscuridad total. Apenas una tenue luz unos metros más adelante invita a avanzar. Se escuchan voces y lentamente empiezan a vislumbrarse imágenes que están muy por debajo de un nivel confortable de penumbra. Se ve pero no se ve. Se alcanzan a ver algunos detalles y sombras, pero nada más, apenas siluetas, formas que no permiten obtener la información necesaria para interpretar lo que se ve. Entonces, no se ve. Entonces, lo mejor es escuchar, inquietarse por alguna luz que incomoda pero que no dice nada relevante y solo aumenta -en todo caso- cierta confusión. Lo mejor, como se dijo, es escuchar. Nos queda ese sentido, como espectadores, para absorber fragmentos alternados de testimonios de personas ciegas, todas ellas hablando en torno a cómo imaginan lo que no pueden ver, específicamente a los otros, al otro, a los afectos, a los cuerpos, al sexo.
Estar igual que el resto es el montaje al que llega Pau Delgado, en colaboración con la curadora Andrea Giunta, de un trabajo de recopilación de entrevistas a personas ciegas que le llevó algunos años. Pero ese mismo montaje debe entenderse también como un corte propositivo, paradojalmente museístico, de una investigación que va bastante más allá de una serie de entrevistas grabadas en video y exhibidas en la más completa penumbra. Porque esta obra de Pau Delgado Iglesias se conecta con desarrollos anteriores que reflexionan sobre la mirada social, sobre la cosificación del cuerpo, sobre la construcción de identidades, sobre el uso (y abuso) del poder. No debe olvidarse que de sus primeras obras cuestionando los estereotipos femeninos, la artista pasó a trabajar con identidades masculinas en la serie Cómo sos tan lindo, en la que aborda la relación de los hombres con su cuerpo y su belleza a través de fotografías y entrevistas a hombres realizadas en habitaciones de hoteles de distintas ciudades del mundo. Otra de las series que realizó, en formato de artista/activista, es la de los afiches callejeros de los Rituales feministas para la salud social, fotografías de cuerpos masculinos que llevaban graffiteada en el pecho la pregunta "¿Realmente necesitamos pagar por sexo?".
Es inquietante la aparente contradicción que propone la instalación Estar igual que el resto. La propuesta de Pau Delgado Iglesias va bastante más allá de ver o no ver. Va más allá de lo que dicen los testimonios y la incomodidad de la penumbra. Porque en lugar de encontrar respuestas simples, lo que emerge son más preguntas y dilemas que tienen que ver con el poder, en este caso, que ostentamos los que vemos. Algunas frases quedan dando vueltas, como lo que dice Sofía, una de las entrevistadas: "El verse a través de lo que el otro dice, cuando vos no te podés ver a vos mismo, es muy difícil; porque tu visión de vos en verdad no es la tuya, es la que te hicieron tener de vos a través de los ojos del otro".
***
¿Qué te llevó a investigar en la percepción del otro que construyen las personas ciegas?
Pau Delgado Iglesias: Después de venir trabajando muchos años sobre el tema de la mirada, y de cómo nuestros cuerpos y nuestras identidades devienen junto con todas esas imágenes de los medios o del arte y la cultura, me interesaba explorar cómo las personas que nunca vieron conforman sus identidades, sus identidades sexuales y de género, y me interesaba también conocer cómo funciona la atracción cuando la vista no está mediando: todo aquello del amor a primera vista y todas esas cosas que nos dicen...
¿Qué estás buscando en esta investigación, que como toda investigación puede proponerse "explicar el mundo" y encontrarse paradójicamente con circunstancias que ponen en entredicho una teoría o un preconcepto?
P.D.I.: Buscaba aprender otras formas de experimentar la vida, conocer otras experiencias. Y me encontré con que, si bien existen, están muy sofocadas por las formas hegemónicas de entender la vida. En este caso, las personas que ven parecen ser la "voz autorizada", la última palabra que le dice a alguien que no ve si la persona de la que se enamoró es realmente bella o no. De alguna manera, en este trabajo, "las personas que ven" operan como metáfora de quienes tienen el poder de establecer los parámetros a través de los cuales todas las personas miramos. Como plantea la científica estadounidense Donna Haraway, la mirada que tomamos como universal corresponde en realidad a la mirada "del hombre blanco heterosexual de clase privilegiada". Al observar que las personas que nunca vieron se manejan con los mismos parámetros de quienes ven, queda en evidencia la dimensión construida de la mirada, totalmente atravesada por relaciones de poder.
¿Cómo fuiste llegando al video como herramienta, y a utilizar una fotografía oscura, en penumbra, que son apenas reflejos de luz?
P.D.I.: En un momento sentí una saturación de imágenes. A veces siento que la cultura (desde el arte hasta los medios) produce infinitamente las mismas imágenes, imágenes que parten todas desde esta misma mirada totalizante, el falso universal, el "truco de dios", como le llama Haraway, refiriendo a "alguien que mira todo desde ningún lado". Todo se mira desde la lógica de aquel que tiene el poder de mirar, y siento que repetimos todo sin cuestionarnos nada. No soy muy amiga del cine, pero a veces siento que estoy mirando la misma película una y cien veces, las mismas formas de contar, las mismas subjetividades, las mismas formas de filmar, y me aburre enormemente. Por eso quise jugar con la casi ausencia de imagen, algo que te hiciera esforzarte por ver algo, pero donde nunca llegás a ver nada.
((artículo publicado en revista CarasyCaretas, 08/2019. Fotos: Nacho Jaunsolo))
museo remixado
Enumerar
cada una de las obras (o propuestas, o intervenciones) del montaje
Aquí soñó Blanes Viale asoma
como un ejercicio inútil para el lector que no ha tenido la
experiencia de visitar el museo intervenido por Uribe. El camino es
necesariamente otro. Porque esta extraordinaria muestra exige un
espectador activo que recorra el museo en un zigzagueo con actitud
lúdica y el solo apoyo de su experiencia con un mapa confeccionado
por el propio artista en el que se dan las pistas de las 47
estaciones (o propuestas, o intervenciones). El espectador es
invitado por el artista (y por el curador Carlos Capelán, y por qué
no por el propio director del museo Enrique Aguerre) a un recorrido
en el que tiene que leer no solo los textos sugeridos, sino también
las diferentes capas que se abren y que le permitirán comprender el
funcionamiento de un museo remixado, en el que las obras expuestas
dialogan entre sí y son motivos de otras obras, a la manera de un
collage en tres dimensiones, de un ensayo construido mediante
mecanismos ficcionales.
Aquí
soñó Blanes Viale, el otro
museo, intervenido por un agente externo, en este caso un artista
llamado Pablo Uribe, configura
un sistema y hasta se podría decir que cumple con varios requisitos
formales para ser definido como una novela de ficción. Y si cuando
se habla de una novela suele ser importante contar acerca de las
motivaciones del autor (que no es más que alguien que se tomó el
trabajo de ordenar una serie de ideas, de fragmentos, de secuencias),
en este caso el interés -a la hora de ejercer el periodismo cultural
como mediador entre una obra y un espectador- debe estar en la
construcción, en el camino, en el testimonio del
artista-interventor, y en la conceptualización que hacen, por
ejemplo, dos espectadores privilegiados que supieron estar como
invitados en el proceso de creación, los especialistas en artes
visuales Riccardo Boglione y Gabriel Peluffo Linari. Ya suman cinco
nombres, si contamos al curador (Capelán) y al director del museo
(Aguerre). Hay más, por supuesto, y muchos de ellos centrales,
incluido el citado Blanes Viale, el arquitecto argentino Clorindo
Testa y hasta un discreto vendedor de dibujos y bocetos firmados por
Barradas y el mismísimo Sáez, que visitó la exposición mientras
entrevistábamos a Uribe, seguramente para aprovechar esa rara
ocasión de que sus 'obras' se expongan en el museo junto con las
auténticas y que resulte casi imposible, al espectador, desentrañar
cuál es la 'verdadera copia'. Y ese juego, entre inocente y vulgar,
es uno de los que habilita la ilusión/ficción para el viaje del
espectador, en definitiva el gran beneficiario de esta inesperada e
irresistible aventura en el 'maravilloso' mundo del arte.
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Pablo
Uribe: La primera obra que hice con este tipo de operación, de
intervención museística, fue Alegoría,
en el año 2004. Lo que hice fue llevar al Subte una obra que
era del Museo Histórico, y colocar una silla para que se sentara el
guardia de sala. Y al poco tiempo hice la muestra Entre dos luces,
en el Blanes, en donde trabajé exclusivamente con obras del acervo,
organizando grupos de paisajes, similar a lo que hice ahora en la
sala 5. Y a partir de ahí no paré de trabajar con obras como
insumos para crear otras obras y dispositivos.
¿Vendría
a ser un concepto de remix?
P.U.:
Sí, exactamente. Es bastante parecido a esa acción del dj de juntar
y terminar armando otra cosa, a partir de obras originales.
Y
en este caso lo llevás a un extremo de reordenar casi totalmente un
museo...
P.U.:
Sí, pero de todos modos pienso que es una práctica común a otras
disciplinas del arte. El pintor ordena los elementos del cuadro, es
así, pero el músico también ordena, y también lo hace el
escritor. Se trata siempre de encontrar un un ritmo, un orden, una
lógica.
¿Cuál
sería tu búsqueda particular?
P.U.:
Creo que hay varias. No muchas, pero por lo menos hay cuatro o cinco
puntas ahí que más o menos se repiten. Se trata, eso sí, de
ordenar con criterios bien claros. Por ejemplo, en la obra Identikit,
reúno una serie de paisajes que colecciono, todos comprados en la
feria a partir de un requerimiento básico: que cada uno contenga una
casa, un río, un árbol y un camino. O sea, parto de un criterio
totalmente caprichoso, que yo defino, pero bien claro, para hacer en
definitiva lo que hace un coleccionista, aunque su criterio sea más
invisible, o incluso inconsciente.
Una
de las líneas del montaje tiene que ver con el color, por ejemplo en
la serie Croma. ¿Qué
centralidad tiene o no ese trabajo de separación de colores sobre
obras de algunos pintores uruguayos del siglo XX?
P.U.:
La siento como una línea
más. Como que todas las operaciones que hago y se generan en la
exposición son por lo general muy similares y tienen que ver con una
obra que genera otra obra. Lo que cambia en todo caso son los
insumos; a veces son pinturas, a veces son libros, a veces es la
arquitectura del museo, a veces la colección. Porque, en el fondo,
el gran tema es la representación. De todos modos, es verdad que la
investigación que hice sobre el acervo, en su mayoría pictórico,
me permitió revisar la historia del color en la pintura uruguaya,
sobre todo la historia del Círculo de Bellas Artes, que se inicia
precisamente con Pedro Blanes Viale como director. Él es un pintor
impresionista, que tiene un manejo extraordinario del color. Bueno,
están colgadas esas dos pinturas que hizo del jardín que veía
desde su taller. Y además de Blanes Viale me centro también en
Guillermo Laborde, que maneja un color super particular, y su pintura
Retrato de Pombo -por ejemplo- es insumo protagónico de la
serie Croma. Se hizo
la separación de color de esa obra, en 17 colores realmente muy
potentes, fuertes y planos, exhibidos en 17 bastidores.
¿Dirías
que la reflexión sobre el color es uno de los temas de la
instalación?
P.U.:
Sí, pero también sobre la arquitectura y sobre otras tantas
cosas... Lo que pasa es que el acervo del MNAV es en un 90 por ciento
pintura uruguaya. Eso marca totalmente el encare de la investigación
y luego del montaje.
Una
de las intervenciones más llamativas tiene que ver con la
arquitectura y el color, con el cambio cromático de la fachada del
Museo. ¿Cómo llegaste a esa decisión de llevarlos a una paleta de
grises?
P.U.:
Bueno, antes, mucho antes que eso, debería contar que la muestra
surge por una invitación de Carlos Capelán. Y que la invitación
era para hacer, en la sala 5, una especie de antológica de trabajos
míos que él aseguraba que como nunca se habían visto juntos no se
hacía visible el hilo conductor que tienen entre sí. Esas obras son
de distintos formatos: en video, instalaciones, y también se
agregaban esos trabajos que venía haciendo con obras de acervo de
diferentes museos. Y cuando empezamos a pensar la muestra, como iba a
ser acá, en el Museo, surgió el tema de tomar la propia
arquitectura como una obra más a intervenir. Y después fuimos
llegando a la idea del museo como centro del montaje, y pasó a ser
ni más ni menos que el tema de la muestra. El museo como un todo.
Hasta el hecho de confeccionar una guía de sala, que fue un trabajo
muy arduo, siempre tratando de lograr ese desplazamiento en la
representación... digamos que se trató de que no fuera una guía de
sala similar a las que hay habitualmente en los museos.
Pero
no me contaste como se llegó a intervenir los colores de la
fachada...
P.U.:
La obra arquitectónica, el diseño original del Museo, es de
Clorindo Testa y se enmarca en el movimiento brutalista, que se
distingue -entre otras cosas- por trabajar con hormigón crudo. Testa
fue uno de los pioneros de esa corriente. La intervención de la
fachada surgió jugando un poco con esa idea de la verdad de los
materiales, de intentar llevar las placas de fibrocemento a su paleta
original, pero respetando el diseño del arquitecto. Los distintos
grises que se ven no son más que la conversión de los colores
originales del diseño a una escala de grises. Es como una mirada
medio daltónica de la fachada.
Hablamos de remix, del museo como tema, de representación, de lo pictórico... Otra de las capas que atraviesan el montaje es la reflexión sobre la autoría, sobre los originales y las copias.
P.U.:
Siempre está esa cosa de jugar a quién es el autor, como que a cada
autor le sigue otro autor, como sucede con la intervención de los
colores de la fachada. Todo esto se ve muy claramente en el paisaje
largo que está en sala 5, de la continuidad entre todos a través de
lo cromático y la línea del horizonte. Mirá, cuando estaba
pensando en un título, antes de elegir Aquí soñó Blanes Viale,
que viene del título de una pintura de Dura que se expone en la
entrada, busqué durante un tiempo por el tema de la
continuidad, o de la definición de línea, eso de que entre dos
puntos siempre hay un punto. Porque es un poco así como yo veo las
obras, siempre en relación con otra obra. Digamos que se puede ver
la historia de la pintura uruguaya como una sucesión de vidas y de
obras. No hay nada que sea espontáneo. La vida de Cúneo, por
ejemplo, es una sucesión de pasos que él dio en su propia obra; de
la cosa más impresionista de su juventud, pasó luego por el
planismo, luego las lunas y termina en el abstracto. Hace el mismo
proceso que el Círculo de Bellas Artes, que arranca con el
impresionismo de Blanes Viale, pero luego desarrolla el planismo, con
Petrona Viera y con Laborde, y después pasa por Barcala y termina en
la abstración más radical de José Pedro Costigliolo y de María
Freire.
P.U.:
Hay toda una parte de investigación, pero también hay una parte que
fue de negociación y de construcción en equipo. Arrancamos desde el
principio todos juntos: Capelán -como te conté- me invita a mí
para hacer una muestra en la sala, y él también invita a Peluffo y
a Boglione para escribir los textos. Y después se fue dando, así
como te digo. No fue que vinimos y le dijimos a Enrique (Aguerre) que
queríamos agarrar todo el museo. Digamos que la idea inicial fue
creciendo, se fue complejizando, y lo de ocupar todo el museo salió
porque nos dimos cuenta que el tema era el museo y que para que el
montaje fuera contundente y claro había que hacerlo a reventar,
había que hacerlo explícito. Por eso fue que en un momento se
manejó una fecha que después se postergó... porque se esperó a
tener todo el museo liberado.
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"El
gran atractivo de la exposición es su condición meta: en el
contenedor se exponen obras, pero el contenedor es también expuesto,
en todas sus partes, de las más patentes a las casi invisibles. Eso
permite una continua entrada y salida del espacio simbólico, algo
que tiene un valor cognoscitivo enorme, que desancla al espectador
tanto de la ilusión como del cinismo. Es una intervención tan
radical que es difícil volver a pensar en el MNAV, y probablemente
en cualquier museo, como era antes, aunque a la vez está bastante
claro que es algo irrepetible". (Riccardo Boglione)
Entrar a otro museo
Es
una muestra inédita en nuestro medio, por cuanto pone en práctica,
hasta sus últimas consecuencias, la idea de que un artista puede
fungir al mismo tiempo como realizador de obra, como museógrafo,
como arquitecto interventor del edificio y como formulador de la
agenda pedagógica de la institución, todo ello coordinando un
equipo elegido por él, muchos de cuyos integrantes actuaron como
realizadores directos. Y, como si esto fuera poco, es inédita por
cuanto el museo del que se trata es el Museo Nacional de Artes
Visuales, reinventado de manera integral. El resultado es como entrar
a otro museo: la pared del fondo “avanza” (lo cual acorta la
profundidad de la sala) debido a la vibrante secuencia de cromas
dispuesta sobre ella; se valorizaron ángulos, rincones, zonas que
antes estaban desapercibidas y toda la sensación espacial es de una
nueva “respiración” general, muy distendida". (Gabriel
Peluffo Linari)
(artículo publicado en revista CarasyCaretas, 02/2019. para la ilustración de la publicación en el blog se utilizaron fotografías de Alexander Laluz que siguen parte del recorrido de una de las obras, la número 04 del montaje Aquí soñó Blanes Viale. se trata de diferentes copias (6) de la escultura Figura de joven, de Bernabé Michelena que 'miran' la exposición desde diferentes espacios).
(artículo publicado en revista CarasyCaretas, 02/2019. para la ilustración de la publicación en el blog se utilizaron fotografías de Alexander Laluz que siguen parte del recorrido de una de las obras, la número 04 del montaje Aquí soñó Blanes Viale. se trata de diferentes copias (6) de la escultura Figura de joven, de Bernabé Michelena que 'miran' la exposición desde diferentes espacios).
el origen y otros extravíos
En busca del relato propio. En busca de certezas seguramente inapresables. En busca de una experiencia artística y vial diferente. En busca del origen. En busca de elaborar el duelo de una muerte muy cercana y otros asuntos personales. Estas y otras búsquedas son las que se planteó la artista visual Jacqueline Lacasa para desarrollar una obra que se le fue convirtiendo en muchas otras cosas. Es una instalación, en definitiva, y tal es la descripción de lo que presenta en el Centro Cultural de España; pero Cómo las almas viajan a las estrellas implica también otros desvíos y derivaciones: cruces con las artes escénicas, ejercicios de autoficción, plataformas interdisciplinarias y vivencias tan extremas como un par de residencias en el desierto de Atacama y un doloroso viaje a Londres.
A pocos días de la inauguración en el CCE (en noviembre de 2017), la pregunta inevitable es cómo empezó todo, qué fue lo que movilizó a Lacasa a investigar sobre el origen. "Hay hechos que te conmueven irremediablemente", dice la artista, y antes de que continúe, de que arme y desarme el puzzle del viaje en el que estuvo metida en los últimos años, parece pertinente devolverle la misma pregunta que plantea en el título de la instalación. Es una buena opción para comenzar el juego y escuchar una historia en la que la vida, el teatro, la filosofía y la incertidumbre dejan paso a un saludable y necesario extravío artístico.
- ¿Cómo hacen las almas para viajar a las estrellas?- Las almas viajan como elásticos de vapor, creo. Todavía no lo puedo ver con claridad, pero hay un viaje o varios y esto es casi una certeza...
- Me gustaría saber cómo comenzó todo...- Se dieron varios factores que en su momento no podía ver con claridad, y tal vez ahora tampoco... Pero lo cierto es que las cosas que venía haciendo en arte necesitaban ir verdaderamente hacia otros lugares de investigación. Hay hechos que te conmueven irremediablemente, como te decía antes, y es ahí justamente en donde empieza la búsqueda. Luego, hacer una narrativa posible con las imágenes que te sobrevienen es incontrolable, pero que tengan cuerpo, que tomen una posición y que se dispongan a comunicar, eso ya es otra cosa.
- Ahí entra un dilema que te acerca de alguna manera a lo escénico.- Sí, porque el teatro y la dramaturgia me llevaron siempre a un lugar remoto y muy libre. Si bien no es el escenario en el que me muevo, hace ya unos años que empecé a extrapolar lo que veo desde el ojo de las artes visuales a escenas en movimiento. Ir al origen implicaba una situación de riesgo, porque leer y construir el lugar del mito como respaldo de tu vivencia contemporánea es un ejercicio desafiante. Así que en medio de la investigación que empecé a desarrollar me fui al observatorio Alma, en San Pedro de Atacama. Ese lugar es realmente increíble. El registro que se hace en ese laboratorio astronómico, impresiona. Conviven cinco países en un territorio que explora nuestro origen en el universo, y allí se produce un estado de sublevación interesante, porque en definitiva es un grupo de científicos que opera hacia un trabajo de internalización de las reglas de juego que nos trascienden.
- ¿Y qué te pasó a vos, como artista, en esos días que estuviste en el observatorio Alma?- Cuando salís de la estación, con la asepsia y la parafernalia de su estructura edilicia y de ver un minúsculo observatorio con seis plasmas medianos, que registran el pasado de forma inmediata y a millones de años luz, quedás desarmado y entendés que no hay respuestas posibles... Así que sencillamente ante acontecimientos como el nacimiento y la muerte, el origen es una construcción necesaria. De algún modo, el derrotero de la investigación se basa en trabajar una poética de las sensaciones con una metodología precisa, que viene de la construcción de escenas. Estas escenas tienen que ver con la muerte de mi hermano, cuando él se fue por un continuus de negligencias médicas o porque le tocaba. La realidad es que el modelo médico hegemónico tiene una poética cruel, y cuando pasaban los días y las horas y la cosa se encaminaba hacia su viaje, empezaron a gestarse escenas y diálogos. Cuando alguien se está yendo hay un vínculo con el tiempo, con la luz con la oscuridad, que es conmovedor. Y allí uno se va encontrando con el otro, se va despidiendo y consigue encontrar elementos aliados: la escritura, el Eternauta, Heidi, Meteoro, Massive Attack, la sed de oxígeno, la morfina, en fin...
- La enfermedad de tu hermano te llevó a viajar a Londres... Un viaje que imagino que fue duro, doloroso.- Londres surge como una imagen premonitoria de despedida. Tirar rosas al Támesis, en memoria de mi hermano, por ejemplo, es una escena. Y cuando volví a Montevideo, empecé a dibujar con hilos sobre una colección de partituras para pianolas. En fin, la “partiture”, el lugar de escisión del tiempo y el espacio en el plano y la velocidad contemporánea, fueron el eje para empezar. Ahí entra la dramaturgia, que me provoca un cruce de imágenes y poéticas disruptivas, a partir de un seminario removedor de Sergio Blanco, que me llevó corriendo a Roma, pero después el viaje me llevó un poco más allá y terminé elaborando una narrativa visual sobre Las siete virtudes de Piero del Pallaiolo y Sandro Boticcelli en Florencia. Y en estas obras, que son de un poder iconográfico híper contemporáneo, seguí investigando en esto que estoy diseñando que son ensayos visuales. Consulté a Roberto Suarez, y con él se abrió un mundo de libertad e inteligencia. También Gabriel Calderón, con su escucha atenta, aparece en escena. En definitiva, descentrar las prácticas artísticas visuales es un requisito fundacional -diría- para pensar el hoy. Después tu trabajo puede ser compartido o valorado, pero eso ya es parte de la circulación de sentido de la obra, como pasó siempre.
¿Qué cosas significativas te ocurrieron en Atacama, en el desierto, en ese lugar que ya de por sí es extremo?El segundo viaje al desierto de Atacama fue otro desafío. Me invitaron a un proyecto fantástico de Dagmara Wyskiel, que terminó siendo curadora de la exposición que presento en el CCE. El proyecto es una serie de intervenciones en el muelle salitrero Melbourne Clark, por parte de artistas de todo el mundo que son seleccionados para llevar a cabo ese trabajo. Este último año justamente estuvo Fernando Foglino, con un proyecto maravilloso. Bueno, de allí se partió a Quillagua, el lugar más seco del mundo según la NASA. Las experiencias fueron una vez más un viaje en el tiempo, porque todo el desierto está lleno de rastros de memoria, de origen y de formas de resiliencia. Es un territorio extremo y uno coquetea histéricamente con eso y a la vez las cosas cobran otra dimensión. El mínimo caudal de agua esta contaminada y lo estará por décadas. Y también están los pueblos fantasmas, o estaciones de trenes que mantienen su fisonomía inglesa y que fueron campos de concentración del dictador Pinochet. Es un montaje secuenciado, imposible que no devenga el material. Por último, y no menor, se sentía un frío intenso en la madrugada de Atacama. En definitiva, un campo de interrogación.
- ¿Cómo fue el montaje de la instalación? ¿Qué elegiste mostrar?- El montaje está concebido como un conjunto de ensayos visuales, que se materializan en siete obras. La sensibilidad y texto con la que escribió sobre este diario de viaje Adolfo Sarmiento, los aportes de Patricia Bentancur y la vivencia en Quillagua con la invitación de Dagmara Wyskiel, son parte de la forma en que construí una narrativa posible para mi obra. Las siete virtudes, por ejemplo se convierten en planos en los que dibujo con hilos de bordar en partituras antiguas y que tiene directa conexión con el desierto. También está la creación de un video (producido con el artista Alejandro Albertti, con quien trabajamos desde casi dos décadas) en el que elaboro directamente la idea de ensayo visual desde el diario de viaje y escribo un guion. Hay también el registro del viaje en dos fotos que juegan en el plano de la poética visual en la búsqueda del origen. Y finalmente la performance, que en este caso elabora un encuentro: Alma por Alma. En definitiva, esta muestra es para mis seres queridos, para disfrutar de la vida, para ver si puedo entender y acceder a nuevas vías como acto, como disrupción en el discurso de todos los días.
((artículo publicado en revista CarasyCaretas, 11/2017))
ensayos escénicos
La experiencia de Multitud, el espectáculo de mayor impacto de los que ha presentado la directora Tamara Cubas, refracta en algunas de las ideas que se desarrollan en Trilogía Antropofágica. De hecho, la creadora subraya que la investigación sobre el Otro era materia central y protagónica de Multitud, en el planteo de cómo un grupo heterogéneo de personas puede lograr un objetivo en común. Los sesenta cuerpos en acción devienen ahora en la ausencia absoluta del primer acto, "Permanecer", que podría ser definido como una instalación para ser experimentada por el público. El ruido, sin embargo, es similar. Porque emerge una densidad política, una tensión que asoma como un sello de identidad en la obra de Cubas. Ese algo que ella define como "ensayos escénicos".
El espectador de Trilogía Antropofágica puede en un solo día acceder a las tres piezas. "Permanecer", el acto 1, en la Zavala Muniz, es como se dijo una instalación abierta al público, para ser visitada, experiementada. "Resistir" y "Avasallar", los actos 2 y 3, tienen como escenarios respectivos la Delmira Agustini y la Sala Principal, y dos horarios de funciones que permiten hacer dos recorridos sugeridos por Cubas y su equipo: 1-2-3, o el inverso 3-2-1. En cada caso se tendrá la experiencia de la trilogía, de tres obras que integran un universo común y que tienen como punto de partida tres coreografías brasileñas que han obsesionado a la artista: Vestigios, de Marta Soares; Matadouro, de Marcelo Evelin; y Pororoca, de Lía Rodríguez.
Cada uno de los actos -dos performáticos y una instalación- refieren a una obra coreográfica en particular, las tres brasileñas. ¿Qué te provocó cada una de ellas? ¿Por qué decidiste trabajar sobre esas obras?
Tamara Cubas: Desde hace tiempo que estoy con estas obras dándome vueltas en la cabeza. Son piezas de danza deseadas, en el sentido que me gustaban mucho. ¿Qué se hace con lo que se admira? ¿Qué otras posibilidades además de someterse o adorarlo? ¿Qué se hace con lo que se desea? ¿Qué otras posibilidades hay además de poseerlo? Y entonces llegué a la idea de la antropofagia brasilera, lo que se vincula con mis indagaciones sobre las nociones de apropiación, de copia, que vienen a ser operaciones o estrategias de relacionamiento con el otro. Entonces, qué hago con lo que deseo... ¡Me lo cómo!
Y esa idea te llevó a investigar sobre la antropofagia...
T.C.: Exacto. Y encontrar que toda la historia del ritual antropofágico de los indios tupi, fue traducida y tomada por un movimiento artístico brasilero en el siglo pasado, para luego relacionarse con el arte modernista europeo y más recientemente ha vuelto a aparecer, en campos del pensamiento social, dentro de universos de la micropolítica. Para los tupi, y para los artistas antropófagos, y para algunos pensadores como Suely Rolnick, el otro es un ser deseado y se asume la capacidad de ser modificado por él. No se trata de un acto caníbal, sino que la antropofagia demanda una gran apertura por el que come, para poder dejarse modificar por el comido. Digamos que la trilogía es un proyecto que propone experimentar el ejercicio de comer al otro, de la antropofagia, en el campo de la danza.
Dos de los trabajos ya fueron estrenados en Montevideo y el tercero en Lisboa. ¿Cómo fueron esos trabajos, esos montajes, y de qué manera ya tenías en mente el espectáculo que los uniera, la performance completa de la trilogía?
T.C.: Lo primero que hice fue un laboratorio abierto en Montevideo para experimentar la traducción del ritual antropofágico a una metodología de trabajo. Dicha metodología se aplicaría rigurosamente a las tres piezas que serían comidas. Luego de esto, convoqué a Santiago Turenne y Leticia Skrycky a realizar juntos el proyecto total. Hace dos años que estamos en esto. Repetimos el mismo proceso a las tres piezas, con una metodología que al final nos abre el universo de la pieza nueva. Cuando digo universo, me refiero a algo que no tiene forma, a interrogantes, tonos, sensaciones, a un cuerpo informe. El acto 1 resultó en una instalación; la obra está dada por el propio público. El acto 2 requirió un equipo de 5 performers, con los cuales luego creamos la pieza, y en el acto 3 participa un elenco de 11 performers. Los títulos de las piezas -"Permanecer", "Resistir" y "Avasallar"- ya estaban dados desde el inicio. No refieren a la obra resultante sino más bien a mi relación con las obras originarias. No había tampoco pretensiones de unidad, porque la unidad estaba dado por el proyecto, por la operación antropofágica. Pero creo que en el camino, que fue secuencial, cada obra siguiente se relacionó no solo con la pieza de partida sino con el acto precedente. La obra completa, la trilogía, se puede mirar y analizar en orden: 1, 2 y 3, o viceversa, 3, 2 y 1. Funciona en ambos sentidos.
Tus últimos trabajos tienen una fuerte impronta política. ¿Cuáles son los temas que más te preocupan como artista?
T.C.: Los temas que me preocupan tiene que ver con preguntas sobre cómo estar juntos, sobre el empoderamiento, sobre el otro, sobre la autonomía, sobre la economía de los afectos. En mi caso, considero al arte como producción de pensamiento; cada proyecto artístico responde a una pregunta del orden de lo político y cada proceso creativo es un proceso de pensamiento sobre ese tema en cuestión. Soy artista y mi forma de pensarme y pensarnos en este mundo es a través de la investigación artística. Esto no quiere decir que mi trabajo sea conceptual; estimo al arte conceptual, pero las obras que hacemos apuntan a lo experiencial. Digamos que lo que estoy priorizando son experiencias, acontecimientos con el público. Me interesa que nos pensemos juntos. Suelo decir que lo que proponemos son dispositivos para pensar juntos: los artistas, el público. Compartimos preguntas, no respuestas, ni puntos de vista. En eso radica lo político también. Es a partir de otro, en este caso, los públicos, que se articulan las piezas.
Se podría afirmar que tus obras ofician de 'ensayos escénicos'...
T.C.: Si problematizar dilemas sobre el ser político, la resistencia, el presente, o sea pensarnos, son del ámbito del ensayo y el pensamiento, entonces quizás lo que hacemos son ensayos escénicos. Me interesa particularmente intentar provocar desencapsulamientos de la mirada, del deseo, de las relaciones, de las emociones. Y esto pasa con Trilogía Antropofágica; hay un concepto detrás de la trilogía, pero las piezas funcionan en sí mismas, no requieren de ellos. Cualquiera de las tres piezas funcionan de forma independiente entre ellas. Pero juntas conforman un universo.
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MIRADA DE EQUIPO
"La
trilogía significa un desafío que, como equipo de trabajo, venimos
desarrollando desde hace dos años con Tamara. Cada mundo estético
propuesto (los actos) devino de un intercambio inter-subjetivo de
pensamiento, de acciones, y del estar juntos. Como creadora,
investigadora y activista, siempre supo involucrarnos y
comprometernos con diferentes proyectos. Algo fascinante de trabajar
con ella es que toda propuesta imaginada, por más demente que
pareciera ser, logra encontrar las vías concretas para
materializarla. De esta forma, uno, como creador, tiene la libertad
absoluta para pensar y crear mundos imaginarios muy diversos y de
diferentes escalas. En el caso de la trilogía: una plataforma móvil
repleta de carbón, un piso compuesto por un entramado de mil
maderas, un muro de tres metros de altura... Como intérprete me
sucede algo similar: tener una libertad absoluta que se pone a
disposición de un ojo crítico y refinado de composición, que es lo
que caracteriza las producciones escénicas de Tamara".
(Santiago Turenne)
los libros de maría
El espacio de la galería de arte se transforma en un ambiente
cotidiano. Una mesa, algunas sillas, estanterías y objetos varios
componen una cálida escenografía. El interior de una casa. Todo
parece normal, pero al poco tiempo de habitar el espacio ciertas
escrituras en las paredes invitan a una mirada más atenta. Y se van
descubriendo, poco a poco, varios libros, de diferentes formas y
tamaños, que a primera vista resultaban invisibles y que ahora
invitan a ser visitados. El juego comienza. Hay que entrar en ellos,
abrirlos. Alcanza con abrir uno solo de los libros para percatarse de
que es tarde, que no habrá marcha atrás, que se hará inevitable
husmear en todos, para explorarlos y experimentarlos.
Confeccionados por la artista de manera artesanal, con retazos de
documentos, cartas, escrituras personales, fotos, facturas y todo
tipo de papeles cotidianos (personales o impersonales), cada libro
deviene en un viaje diferente, ya sea por su tamaño, por su textura
o por los signos que se expresan en su interior. Hay muchas líneas y
relatos que se bifurcan en esos libros que buscan ser abiertos y
leídos, y tienen que ver con la intimidad de Magela Ferrero, pero
hay tres temas, por lo menos, que pueden leerse como centrales: la
necesidad de homenajear y saldar cuentas emocionales con su madre
Hilda, la pequeña y no tan trivial anécdota de enterarse de que en
realidad Magela se llama legalmente María de los Ángeles, y la
evidencia de que la artista deja a un lado su oficio de trabajar el
tiempo y la luz (la fotografía) para concentrarse en la escritura
(como grafía, como juego sensible y expresivo profundo).
Una serie de preguntas, en una entrevista informal posterior a la
visita de la instalación, dispara a reflexiones que de algún modo
funcionan como posibles paratextos. María de los Ángeles, o bien
Magela, se avino a jugar el juego y escribió algunos textos
imprescindibles para quien sienta curiosidad por entrar en esos
libros, que si bien son rabiosamente íntimos, logran una inmediata
comunión y conexión con sus posibles lectores.
***
Uno: El vínculo que hay entre esta muestra y mi madre es
definitivo. El arte, o al menos el intento de acercarme a esa
herramienta, me sirve para entenderme a mí misma, para exponerme,
para actualizar las preguntas, para izar la importancia de unos
sueños que a veces simplemente son el poder actuar mi realidad
particular que, como la de cualquiera, es un vastísimo universo.
Dos: Hace mucho que quería hacerme tiempo para estar más
cerca de mi madre. En junio del año pasado, me presenté a los
fondos Fefca con un proyecto que de ser financiado me permitiera
acercarme a ella. Mi plan fue convertir a mi madre en una especie de
asistente, que me ayudara a clasificar y organizar estos papeles
donde quedan documentados de algún modo los motivos por los cuales
me alejo de algunos deseos que declaro tener.
Tres: Todos esos documentos, que son una síntesis de muchos
más que quedaron en casa, conforman el diario minucioso de lo
ordinario y común que es el desarrollo de cualquier vida y de la
importancia que tiene el orden y el uso que se le dé a lo ordinario
si se desea construir una cápsula, un momento, un sueño o un
transcurso extraordinario.
Cuatro: Lo que compramos en el supermercado, la cantidad de
ropa, las películas que vemos, los regalos que hacemos, constituyen
una prueba de quiénes resultamos ser a la hora de concretar nuestro
yo. Y en una exploración como esta, al menos yo debo enfrentar el
hecho de que en el transcurso del tiempo muchas más veces no he sido
la que quiero ser. Enfrentar esa contradicción, al mismo tiempo, me
ayuda a asumir la contradicción de los otros, con humor y
camaradería.
Cinco: Hay muchos documentos que me causan pudor y muchos que
me causan vergüenza. Si uno exhibe la intimidad de cómo invierte su
recurso madre, por ejemplo, que es el tiempo dentro del que se
desarrollan y se ponen en juego todos los demás recursos –salud,
dinero, afectividad, discernimiento–, es probable que quede
expuesto también un desfasaje entre quien uno cree que es o desea
ser y quien uno efectivamente resulta.
Seis: La grafía es para mí el modo de insuflar a las
palabras de vida, de compromiso, no sólo con su significado, sino
con todo lo que aún no son pero pueden ser si uno se aproxima a
ellas y las explora.
Siete: Todo lo que está en esa sala fue hecho e instalado con
las manos. Todo es fruto del deseo de tocar y de estar al alcance de
ser tocado.
Ocho: Cuando dejé la sala, cuatro horas antes de inaugurar la
exposición, me fui para mi casa caminando, muy emocionada, riendo y
llorando, con un sentimiento de haber llenado de entrega esa inmensa
soledad en la que caminaba.
Nueve: El primer librito que hice cuando empecé a trabajar
fue uno de páginas doradas, que para mí representa el vacío.
Diez: Me empezaron a llamar Magela en 1978. Fue en el liceo. A
mis amigas de primer año no les gustaba mi nombre y me dijeron que
iban a pensar otro nombre para mí. A los días me dijeron que ese
nombre era Magela. Cuando se enteró mi madre, no estuvo nada
contenta. No le gustó. Pero con el paso del tiempo fue vencida por
la repetición y hoy también ella me llama Mage. El único que aún
me dice María es mi hermano menor.
la muerte y otras certezas
El hecho de convocar decenas de obras que nunca estuvieron reunidas en un mismo tiempo y lugar, en el caso de la antológica de Ramos curada por su amigo Kalenberg, provoca el primer gran acierto. Porque sus primeros grabados, los dibujos, las esculturas en madera a las que él llamó “nuevas formas”, las “claraboyas” hechas de cartón, las cajas con calaveras de la serie de la conquista, las obras de arte conceptual, las pinturas de líneas, las líneas hechas con recortes de hojas artesanales, todas obras y series que se fueron conociendo en distintos momentos, cada una con sus destrezas formales y técnicas, tienen puntos de conexión y de contigüidad que se vuelven más que evidentes y se potencian en la apropiada puesta en escena que eligió Kalenberg para jugar en dos grandes espacios del museo.
Cajas y claraboyas
El primer gran impacto lo genera el espacio de la planta baja. Lo primero que se ve son las distintas series de cajas, mayormente de claraboyas y de las secuencias que Ramos realizó en el contexto de los 500 años del descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo.
Kalenberg elige que ese primer golpe incluya varias de las principales obsesiones de Ramos: el manejo del espacio (con resabios torresgarcianos), la técnica llevada hasta el límite (no queda otra que pensar en las miles de horas de confección de claraboyas y calaveras, en los mínimos detalles de cada composición, trabajando con cartón, hilo, papel y madera) y ese asunto con la muerte que exhibe explícitamente en la serie de la conquista (otra vez las calaveras) y que se manifiesta en diferentes grados en buena parte de su obra (su primeros dibujos, por ejemplo).
La serie de la conquista, la más explícita y la más revulsiva de Ramos, data de los años 90, cuando ya tenía un largo recorrido en el mundo del arte y decidió salir de búsquedas más o menos abstractas o conceptuales, para dejar muy clara su incomodidad respecto de la mirada oficial, la española, de “encuentro de dos mundos”. Lo resuelve con imágenes que concentran toda la potencia del arte popular. No hay ambigüedad alguna. La conquista es obscena, es un derroche de violencia, que muestra la opresión de la Iglesia y los bárbaros soldados españoles y da cuenta de una cuidada simbología precolombina. Kalenberg recuerda, en el catálogo, la repercusión que tuvo esta serie en La Habana, en 1991, al ser presentada en la Bienal. No olvida a espectadores que llegaron a arrodillarse frente a estas potentes imágenes, pero, al mismo tiempo, elaboradas con materiales de gran fragilidad. Se recomienda acercarse y detenerse unos cuantos minutos en la observación de Victoria, de Latinoamérica, de Los de arriba y los de abajo, y luego volver a las claraboyas, a esas impresiones tan montevideanas en las que Ramos se permite desplazamientos y trazas de fino humor en obras como Estacionamiento.
Este primer pasaje por la antológica de Nelson Ramos puede ser suficiente. Se puede dejar para otro día el resto de la muestra. Pero también se puede mirar un par de obras que invitan a subir y completar el recorrido: la gran escultura Gamba da Fiore (en madera pintada) y la instalación El arte de ser un banco (obra que desencadenó un pequeño escándalo en los años 60 y que remite por igual a Duchamp y a la pintura Sifón, de su amigo Manuel Espínola Gómez, colgada a pocos metros en la muestra permanente del museo).
Líneas y nuevas formas
En la planta alta del museo, en la sala principal, nos espera la segunda y última parte del recorrido de la antológica Nada del arte le fue ajeno. Antes de entrar, aguarda al espectador un detalle muy especial: un pequeño retrato del artista realizado por uno de sus alumnos más notorios: Ignacio Iturria.
Lo que resta allí arriba es el “todo”, es la identidad Ramos; son las búsquedas formales y existenciales de toda una vida dedicada al arte. Porque dejando atrás las cajas, asoma en todo su esplendor un recorrido por sus dibujos, por sus grabados, y el realce que Kalenberg le otorga a la obsesión del artista con las líneas verticales y con el color blanco. Claro que para llegar a estas series, en su mayoría de los años 70 y 80, algunas de impronta minimalista, y de apreciar el trabajo matérico, las diferentes capas y el delicado extremo de revisitar sus “verticales” rasgando papeles, en un borde de escultura (casi) plana y dibujo sin trazo, se intercalan dibujos y grabados de los 60, donde ya aparecen calaveras o rostros exasperados, en composiciones que resaltan calidad y riesgo experimental como dibujante.
La línea blanca reaparece en su finísima obra conceptual, en las instalaciones Altar, Juego y Bidones, y sobre todo en Bodegón, que ocupan el centro del salón, otro de los puntos altos del montaje, por la cuidada recuperación y reconstrucción de obras que evidencian la oportuna lectura del artista hacia formulaciones del pop-art, así como la posibilidad de probarse fuera de territorios más cómodos y tradicionales como lo son el dibujo y el grabado.
Otro territorio de riesgo es el de la escultura plana, en madera pintada, con obras sobre objetos cotidianos (hachas, serruchos, cuchillos, peines), desplazando su sentido en “nuevas formas” que juegan a veces con humor a partir de posibles metamorfosis. Una buena colección de estas “nuevas formas” se exhibe en una de las paredes laterales, dejando para finalizar el recorrido dos instalaciones, ambas relacionadas con la muerte, su finísimo homenaje a Akira Kurosawa, pero sobre todo Ausencia, en la que se reconstruye la ¿humorada? que realizara en 1999 en la Fundación Buquebús: una serie de lápidas con los nombres de los artistas uruguayos que son de referencia para Ramos.
El recorrido por la antológica dedicada a Ramos consolida una figura mayor del arte uruguayo de la segunda mitad del siglo XX. Si podía intuirse la calidad de su obra y sus distintas facetas, la posibilidad de verlo “todo”, en un recorrido más temático y transversal a todo intento curatorial cronológico, completa una exposición que requiere varias visitas y tiempo para reflexionar.
((artículo publicado en revista CarasyCaretas, 02/2017))
modelo para la supervivencia
El
primer montaje de Modelo para la supervivencia fue
en el EAC. En ese espacio fue que el curador brasileño Marcello
Dantas quedó fascinado con la obra de Julia Castagno y le planteó
de incluirla en la muestra colectiva internacional Ciclo.
Criar com o que temos, un
montaje colateral a la Bienal a inaugurarse en San Pablo con fondos
del Centro Cultural Banco do Brasil. "Yo no lo conocía a
Dantas, ni él a mí", cuenta Castagno. "En dos días se
resolvió toda la logística de cómo llegaría la obra a Brasil. Al
terminar de desmontar en el EAC, pusimos la obra en cajas y los
palillos se tomaron el avión. Para mí, exponer en Brasil fue
increíble. Fue una mega producción. La muestra se presentó en San
Pablo, luego en Belo Horizonte y ahora se está exponiendo en
Brasilia".
Desde
la presentación del proyecto al EAC, hasta el reciente montaje en
Brasilia, han pasado dos años que Castagno resume como un duro
proceso de experimentación, investigación y ejecución. "Primero
la fui armando en módulos, en mis ratos libres. Luego la fui
almacenando en casa, hasta el momento de exponer en el EAC. El primer
montaje fue fundamental para experimentar, ya que fuimos viendo cómo
se comportaba la obra. Son diferentes patrones o figuras, que al
unirse en el montaje forman la totalidad de la escultura. La obra,
por ejemplo, tiene una fragilidad importante pero al mismo tiempo,
como está formada por estéreo estructuras, logra firmeza. El
montaje es extenuante y fascinante al mismo tiempo, porque la obra se
adapta al espacio".
***
Ya
van cuatro montajes de Modelo para la supervivencia:
Montevideo, San Pablo, Belo Horizonte y Brasilia. ¿Qué
sentís cada vez que terminás de armar la estructura?
Dejo
toda mi energía en la obra. Después de terminarla duermo catorce
horas de corrido, mínimo. Si la obra plantea mi verdad, si logro
hacer lo que imaginé, siento felicidad. Esta obra me hizo muy feliz.
¿Qué
repercusiones viene teniendo la muestra colectiva?
La
muestra tiene una repercusión impresionante. En San Pablo la
visitaron 400.000 personas. Si bien es Brasil, superó el número
habitual de visitas. Hubo mucha prensa y repercusiones críticas de
debate y opinión sobre las obras. Es una muestra que traspasó el
límite del museo. Con mis palillos vienen sucediendo muchas cosas
interesantes: una muy buena recepción del público y mi obra fue
seleccionada para la portada del catálogo educacional del Centro
Cultural Banco do Brasil.
¿Cuál
es tu impresión de los otros expositores? Han generado un fuerte
impacto -de acuerdo a las reseñas y notas de prensa- la obra de
Coupland y también la de Pistoletto...
Coupland
y Pistoletto son artistas referentes del pensamiento contemporáneo.
Coupland expone dos obras, que dialogan entre sí. Cabeza
de chicle,
que es una escultura, autorretrato, de dos metros, donde la gente la
interviene pegándole chicles. Y luego la obra Slogans
para el siglo XXI.
Ambas son geniales. Y Pistoletto, referente del 'arte povera', me
encantó; en Belo Horizonte hizo una instalación con objetos en
desuso, ubicados en el piso. Trabaja sobre el símbolo del infinito.
Luego, en Brasiliam hizo la misma forma pero con plantas. La llamó
El tercer paraíso.
Pero todas las obras me resultan grosas, re grosas…
Song Don, Tara Donovan, Lorenzo Durantini, Daniel Canogar, Tayeba
Begum, Pedro Reyes, Ryan Gander, Daniel Rozin. Todos.
Ha
dicho Dantas que eligió artistas que trabajaran el signo del
exceso... ¿Qué sentís que vincula y atraviesa la obra de los
artistas seleccionados en Ciclo?
Interpreto
su propuesta en el sentido de crear a partir de lo que ya está
hecho, y son muchas, muchas las cosas ya hechas y los posibles
abordajes. Las obras tienen que ver con cosas cotidianas, las que
vemos todo el tiempo, pero que son difíciles de procesar, de conocer
realmente, de ver sus posibilidades.
En
tu caso el elemento es un palillo, el tan cotidiano mondadientes.
¿Qué es lo que te interesó de trabajar con ellos?
Ubico
al palillo de dientes dentro del mundo de lo marginal, de lo
despreciado. Hasta la gente se esconde para usarlo. Es un objeto que
no se le encuentra valor, que no se vende ni siquiera por unidad. Sin
embargo antes fue árbol, luego hubo un proceso de industrialización,
y llega a la cadena de consumo como un objeto descartable. Detrás de
un simple mondadientes hay situaciones complejas que implican un
ciclo. Me puse a pensar en la vida del palillo de dientes, que logra
su apoteosis al sacar algo de la boca de una persona, pero que suele
quedar apartado, en una mesa, sin ser utilizado. Me interesa qué
sucede con el potencial del objeto, o de una persona. La obra
metaforiza la sociedad contemporánea, la estructura social, mediante
un lenguaje geométrico formado por estéreo-estructuras. Pienso que
en esta sociedad contemporánea, capitalista, materialista, las
personas parecemos ser descartables y las más vulnerables suelen
quedar apartadas. Esta sociedad objetualiza a las personas. Lo que
hice en la obra fue una inversión, al personificar al palillo de
dientes.
¿Cómo
llegás -al abordar la masividad- al concepto de "modelo de
supervivencia"?
Es
que un palillo, solo, no hace nada. La superviviencia -y me refiero a
la vida en sociedad- se da a través de la unión, de la ayuda mutua,
del ser conscientes que todo somos parte del todo, donde no existen
diferencias entre personas, más allá de su historia. En la obra,
todos los palillos son iguales, pero el tiempo y el lugar donde cada
uno fue colocado los hace diferentes. Hay otro asunto, que tiene que
ver con que la obra habla de lo que se conoce y de lo que no se
conoce.
¿Cómo
es eso?
Hay
una reflexión sobre el espacio vacío, el espacio que los palillos
delimitan. La instalación, además, necesita del espacio negro.
Según Borges, en una charla que dio sobre la ceguera, el color negro
y el rojo son los colores que él más extrañaba. Y esta obra tiene
que ver con la capacidad e incapacidad de ver, y con las
posibilidades. En Brasilia, por ejemplo, pedí al equipo que sólo
los ciegos pudieran tocar la obra. La percepción de la realidad y
del espacio son ejes fundamentales de esta obra.
Modelo
fractal
"La
multiplicación de tetraedros es parte de la poética de la obra. Es
la praxis, la acción que realizo. Es un proceso interno, y no
racional, donde los tetraedros se repiten como fractales. Los
fractales son patrones que se repiten en la naturaleza de forma
infinita. Es un proceso continuo. Inclusive el hecho de poner un
límite en cien mil da la noción de infinito". (Julia Castagno)
memoria presente
Entre
las obras seleccionadas al último Salón Nacional, existe una, la
instalación net-art de Jorge Soto, que debería ser exhibida en
forma permanente en algún sitio del museo, o tanto mejor proyectada
en un muro o en una pantalla que esté ubicada en la vía pública.
Es una obra simple, potente y que se conjuga en tiempo presente. Es
una obra cuyo propósito último sería paradójicamente el de no
existir y que cobra sustancia y densidad en la interpretación de cada espectador.
Y, en el plano formal, logra una sensación que pocas veces se
consigue: alinear la frialdad de la técnica del net-art con la
provocación temporal de la performance.
¿Qué
representan esas series de contadores, exactamente ciento noventa y
tres, la mayoría de ellos en sucesión creciente, contando un
segundo tras otro? Cada contador detalla la cantidad de segundos
entre la desaparición de personas durante la dictadura uruguaya de
los setenta y el instante de visualización de la obra. Hay algunos
números fijos, estáticos. Ellos representan a los niños
restituidos a sus familiares y aquellos detenidos políticos cuyos
restos fueron encontrados.
La
instalación de Jorge Soto es una de esas obras capaces de conmover y
que demuestran la validez y oportunidad de un arte político que formule planteos
originales y efectivos. La sobriedad de los contadores, sumada a lo
implacable del transcurso del tiempo, ejercen en el espectador la
sensación de que la historia no se ha cerrado, que las heridas
siguen abiertas, que hace falta verdad, mucha verdad, para que todos
los contadores puedan llegar a detenerse en un futuro.
"La
obra no está inacabada", precisa Soto. "La situación que
la genera sí, por lo tanto es una performance que tiene, o debería
tener, una obsolecencia programada que no depende de mí. Como
lenguaje programado la obra puede tener diferentes configuraciones,
ya sea en la red o en una sala de exposiciones, o en cualquier lugar
que tenga acceso a la web, pantallas, monitores o celulares".
Esta versatilidad es la que permite que, aún terminado el tiempo de
exhibición en el Museo Nacional, pueda verse en el blog del artista
(jfsotoobras.blogspot.com).
((artículo publicado originalmente en CarasyCaretas, 11/2014))
para dónde ir
Hay
un saludable propósito de inadecuación, perceptible al ingresar a
la sala mayor del Museo Nacional (*) y toparse con una aparatosa forma en
madera, un esqueleto que sugiere una pista de skate (¿o una tribuna
invertida?). La estructura obtura la gran ventana del espacio y deja
en evidencia que el sentido directo quedará anulado, o por lo menos
pervertido. ¿Salir o entrar? Es la primera pregunta. Entonces, se
avanza. Y el "fuera de lugar", si se logra romper el
contexto anterior, de recorridos lineales, en el adentro o en el
afuera del museo, ese zombie discurrir diario, genera las primeras
rupturas/preguntas: ¿cuál es el trayecto?, ¿cuál el espacio
expositivo? ¿cuál es la frontera entre la obra y lo otro?
Lo
interesante de la instalación de López Lage es que las preguntas se
multiplican al acercarse el espectador a los objetos colocados en la
sala: cajas, cajas y más cajas, archivadores de madera, cartón y
plástico, algunos vacíos, otros llenos de ladrillos, o sea piedra,
inerte pero con las imperfecciones particulares de formas moldeadas y
atravesadas por el tiempo. Y allá atrás, en el fondo del espacio,
el color, los colores, un gran mural con el sello de identidad de la
pintura altamente cromática de López Lage.
Posiblemente
se respondan (o no), apelando a símbolos y conexiones de cada
espectador, los intertextos que propone la instalación. Pero la
intención de salir, volver los pasos hacia la única puerta de la
sala, vuelve a colocarnos frente a la molesta estructura de madera
barata, sin una gota de color ni tratamiento. Perturba nuevamente la
ruptura del sentido, la inmovilidad, pero se pueden advertir otros
detalles, como los de ciertos pincelazos de López Lage en algunas de
las cajas que dejamos a nuestra espalda, o que no haya ladrillos en otras. Entonces, otra vez, se
rompe la frontera, porque esto implica que la obra se expande y
contamina todo el espacio, alcanzando al propio espectador que
decidió entrar y será capaz de sentir ese leve y vaporosa sensación
de cuando se presencia algo que no se entiende y un poco después -al
conectar ciertos datos, tal vez en unos segundos- interpreta como un
evento no predecible. Un accidente. Una pista de skate invertida. O
cajas que guardan vacío.
Ciertos colores
"Lo del color es una intención
politizada de desenmarcarse de la tradición uruguaya, amarronada,
grisácea, ese intento de mantener la elegancia a partir de lo
monocromático o apenas apastelado", dice Fernando López Lage. En su obra, el uso del color es una marca de identidad. Y así lo remarca la instalación que presentó en el Museo Nacional. "Esa configuración del color
tradicional envuelve formas de ver y de percibir el contexto. Por eso
lo del color politizado. Capaz que es una mirada local, porque es una referencia a la tradición uruguaya, crítica. Se vincula también con
la explosión de pintura y color que los que empezamos a trabajar en
la salida democrática de Uruguay. Una especie de identidad
irreverente hacia eso que se intenta rescatar, aquel Uruguay que hoy
ya es un recuerdo, pero del que quedan secuelas, y están puestas en la mesa
como problemas políticos... Ser joven no es delito, por ejemplo, decíamos antes, y
ahora también".
(*) Pinturas, objetos y esculturas de Fernando López Lage. Instalación en Museo Nacional (Montevideo, Uruguay). Setiembre - octubre, 2014.
((artículo publicado originalmente en revista CarasyCaretas))
desde la ausencia
Dos muestras de obra reciente de Ernesto Vila -una en SOA y otra en Dodecá- me llevaron hasta el taller del artista, en Malvín, un espacio con historia, donde antes que él tuvo su guarida el escultor Eduardo Díaz Yepes. Fue un viaje al origen, a un transparente viaje a la memoria, al laberinto de su creación, o sea, como él tiene a bien aclarar, de su propia biografía.
Todas las buenas obras de arte, las que provocan y no pasan inadvertidas, además de originalidad, además de tantos factores relativos a la pericia técnica y al contexto, tienen algo que parece simple pero supone el secreto de la creación: la forma y el contenido devienen interdependientes, acaso una única y poderosa identidad. Es lo que sucede con la obra de Ernesto Vila, quien desarrolla -desde, por lo menos, los últimos veinte años- una poética desde la que interpela la construcción de la memoria y la vuelve presente, en cada nuevo elemento que agrega (¿obra?, ¿work in progress?, ¿instalación?).
Una
visita a su taller, en Malvín, el mismo espacio que heredó de sus
buenos amigos Yepes y Olimpia Torres, permite verlo en acción
mientras prepara los montaje en SOA y otro en Dodecá. Cuerdas,
palillos, cartones que cuelgan, objetos en el piso. Todo el taller es
una instalación de elementos que están ahí, rozándose, buscando
el lugar exacto, buscando la composición. Hay siluetas (por ahí la
imagen obsesiva de Petrona Viera, en otra reinvención), hay la
sensación de que Vila se lanza desde la ausencia y el vacío -en su
caso lo intemperie, la lógica de trabajar con la mínima
infraestructura- para darles cuerpo y figura. Las armas del artista
son la mirada, el oficio, una finísima sensibilidad.
“Un
artista está siempre en lo mismo”, dice Vila, cuando se le
pregunta sobre en qué está, hacia donde deriva su obra reciente.
“En última instancia, nunca te alejás de tu biografía. Y tu
biografía te sigue como la sombra, estás siempre dependiendo de
ella”.
No
es casual que aparezca la sombra en una conversación con Vila, acaso
porque adquiere otro significado cuando se conoce su obra y esa
imágenes que expresan ausencias, des/apariciones, apenas siluetas.
“Es
como si tu cuerpo desapareciera y la sombra tuya, la que vos
proyectás, te guiara... Entonces, la sombra agarra para donde ella
quiere y el cuerpo tiene que seguirla. Vas zigzagueando. Vas medio
borracho también. Y bueno, vas haciendo así. Es una gráfica, ¿no?.
Yo siento eso mismo, ahora”.
Por
eso, tal vez, agrega: “Soy
lo que tengo. O soy lo que no puedo evitar ser. Entonces, a veces
pienso que el vacío de la forma es capaz de generar un espacio
propio y una representación, que quizas es lo más importante de
todo. Lo que también es paradójico, porque busco la forma como
expresión de su propio vacío... lo que me lleva, entre otras cosas,
al proceso de las desapariciones forzosas en Uruguay”.
¿En
qué estás trabajando, ahora mismo, en el taller? ¿Estás buscando
algo nuevo, un camino no transitado?
No
sé, soy
de la idea de que un
artista está siempre en lo mismo. En última
instancia, nunca
te
alejás de tu biografía, que
te
sigue como la sombra... estás siempre dependiendo de ella. Estaba
pensando -en
estos días- justamente
en eso, que en realidad todo lo que uno puede hacer está mucho más
ligado a
la propia infraestructura, no solamente física, concreta, objetiva,
también
a esas
cosas que uno puede ir elaborando a nivel de la información que
obtiene, la enseñanza adquirida a través de los maestros, y bueno,
el uso de todos los instrumentos que requiere el
trabajo... Todo
eso
está siempre ahí; sobre esas cosas está pesando siempre el
cotidiano, ¿no?,
la vida diaria, el contexto, el
cómo
te pegue, todo lo inédito que acarrean los próximos días. Está
buena
esa sensación,
porque
todo eso
va contaminando y va generando una línea de trabajo, una línea
conceptual, una línea diría que hasta ideológica, que vas
elaborando sin proponértelo.
Y un día, un día después de muchísimo tiempo, advertís que de
alguna manera pertenecés a eso, que eso no es tuyo. Es
raro...
Como que se
siente que se habita la propia obra, digamos...
Seguro,
porque tu
propia obra te va llevando. Es como si tu cuerpo desapareciera y la
sombra tuya, lo que vos proyectás, te guiara. Es como si el cuerpo
le dijera, a la sombra, “vamos a cambiar los roles ahora, vos jugás
de barco insignia y yo te ayudo, te
sigo”...
Entonces,
la sombra agarra para donde ella quiere y el cuerpo tiene que
seguirla. Vas
como
zigzagueando.
Vas
medio borracho también, porque la sombra de repente ve otra
sombra...
Pasa
una sombra de una minita linda, por
ejemplo,
y tu
sombra la sigue,
y justo te
pegás contra el
cordón de la vereda, porque
ya
estás veterano, ¿no?,
tropezás...
Yo siento eso, ahora. A
la vuelta de tanto tiempo, en el laburo, siento que el impulso no lo
hago yo sino que se produce a partir de mi trabajo, y que mi trabajo
tampoco lo hago yo, se hace a partir de una suma de cosas a
las que
reacciono corporal y simbólicamente... ¡Y
ninguna de esas dos cosas las
manejo! Es
como
pasaba
con las
cachilas de antes... que venía una cachila, y los camiones enormes,
y los ómnibus, se hacían a un costado, porque la cachila no tenía
buena
estabilidad,
no tenía buenos
frenos,
así
que todo
el mundo le dejaba paso. Sucede algo así, como
que
la vocación, o una cierta imantación de lo que vos hacés, se
va pegoteando a
lo
que sabías y
se van
superponiendo nuevos conocimientos, nuevos hallazgos, nuevos robos,
porque
también el conocimiento se hace robándole
a los que son más inteligentes y tienen más talento que vos, ¿no?
Y vas haciendo lo tuyo, arañando las paredes. Y eso va generando una
cierta cantidad de diabluras, de huellas, de una gráfica, que
cuando
la advertís me parece que pasás a un plano secundario y todo
se vuelve
mucho más lúdico. Y
menos
dramático...
¿O
sea que -para
vos- en
algún tiempo la
creación implicó cierto dramatismo?
Y
sí, a
eso nadie se escapa, porque la
juventud es dramática, ¿no?
Es decir, en
mis tiempos te
hacías pintor para suicidarte... Claro, después ibas postergando el
suicidio, que son cosas que se van postergando. O
te pasaba
de suicidarte,
como yo, en la Playa
Ramírez,
que tenés
que caminar como diez
cuadras
para que el agua te llegue
a la cintura. Y
cuando llegabas
allá decías “tengo un hambre bárbara”, así
quedas
vuelta, te ibas a comprar unos bizcochos, y bueno, después te
olvidabas, y
a los pocos días después
te suicidabas de vuelta, hacías lo mismo. Pero
no
llegabas nunca al cementerio. Yo ahora me siento un poco más
tranquilo. Hay otra cosa rara también, ahora
puedo...
A
ver, ¿cómo
se puede decir esto? Es
algo referido a eso de que las
personas somos un poco como los gatos, que
tenemos
muchas vidas. Pero
en la cosa, en la cosita del arte, como
dice Juan Ángel (Urruzola), siempre
me veo como encerrado dentro de una cierta unidad. Esa es una sola
cosa, diversa, por la cantidad de cosas que he tenido que hacer. Y
deshacer, sobre todo; me
refiero a las
cosas que he tenido que deshacer para poder hacer algo.. Está
toda esa
cadena de contradicciones, de líos, de conflictos... Bueno,
lo
veo todo metido en un solo paquete, muy unido. Incluso
siento que puedo
retroceder a los primeros momentos, a
cuando
me estaba formando, y me veo como el mismo tipo, con la misma
subjetividad, con el mismo eje simbólico. Y
por otro lado, como que los
chicotazos de tu vida personal, tu vida civil, tu vida política, tu
vida ideológica, tu vida ética, moral, filosófica, son todas vidas
que funcionan en andariveles diferentes, ¿no?
Y mi generación tiene,
en todo caso, mucho
dolor para escupir. Nos quedamos atragantados de ese ácido que
tenemos en el estómago, que nos
quemó la
garganta. Hemos pasado realmente una cantidad de líos bárbaros. Con
la dictadura se nos rompió el país, se nos rompió todo. Se
fragmentó, se desapareció. De
hecho, no hemos resucitado...
Decías, hace un rato, algo referido a la gráfica de tu obra, que de algún modo corre paralela a la gráfica de tu vida... Y está esa ruptura, ese quiebre, personal y colectivo, de la dictadura. ¿Cómo juega todo eso en tu creación?
Decías, hace un rato, algo referido a la gráfica de tu obra, que de algún modo corre paralela a la gráfica de tu vida... Y está esa ruptura, ese quiebre, personal y colectivo, de la dictadura. ¿Cómo juega todo eso en tu creación?
Un
día, charlando con una amiga, ella
me preguntó
“¿cómo
es tu vida?”. Y yo le decía que
mi
vida es como una pizza a la pala, cortada en varios
pedazos,
diversos, no iguales. Pero desde el punto de vista de mi vocación,
de mi especialización, ahí lo veo todo unido. Ese
es un solo pedazo. El
periodo de la dictadura, su
particularidad, es que
no estaba para que nadie se propusiera resolver problemas estéticos,
por lo
menos,
para mi sensibilidad, ¿no?
Hay otros que se encerraban y podían hacerlo... bueno, bárbaro. O
se fueron e hicieron lo que tenían que hacer afuera del
país.
Para
mí fue un corte.
¿Qué pasa con este tipo de figuras, con estas siluetas que venís trabajando desde hace años? Veo deconstrucción, veo precariedad...
Esa
pregunta es muy compleja... Para
mí, lo fundamental. No
sé. Tengo que ir muy atrás, porque mi
información tiene que ver con lo que nos tiraban en la oreja los
maestros magistrales que tuvimos...
¿Cuáles,
por ejemplo?
Los
del Taller Torres García, por ejemplo. José Gurvich. Pero
además había otra gente que circulaba... Américo
Spósito,
Washington
Barcala.
Yo
era bien
pendejo
y salía con Barcala.
Íbamos
a ver
cine
arte, a tomar café. ¡El
tipo era el Pepe
Schiaffino!
Te
tiraba línea y
vos asimilabas lo que podías. De repente, te decía cosas
importantísimas, que te desbordaban, y bueno, por ahí se te
perdían. Estaba todo ese contacto con los viejos maestros,
que se producía con el comportamiento de la época, que no es el
actual... Los
viejos hablaban y los pendejos metíamos oreja. “Y juná, que te
queda grande, agarrá
lo que puedas”. Y
no se admitía mucho la contradicción, eso
de que le
dijeras a un veterano que lo que estaba tirando no te gustaba, o que
vos pensabas otra cosa. Si vos eras más chico, te callabas la boca.
Después, podías ir a tu casa y olvidarte. Pero las reglas eran
esas.. Tenías
que pagar derecho de piso, ¿no?
Y bueno, todos
los
veteranos decían que había que tomarse los vientos, irse a Europa,
que las matrices estaban ahí, que todas las fundaciones del
conocimiento estaban ahí,
que las vanguardias estaban ahí. Estaba todo ahí. Y que nosotros
estábamos de otro lado del horizonte, jugando a la rayuela, mientras
la
“pesada” estaba por otro lado. Y bueno, al final, como además
había que hacerles caso, me tomé un barco con otra gente, y nos
fuimos... En
ese momento fue
una
aventura, como la
de
Rinkel, el Ballenero...
Llegabas
a
Europa al
mes y medio, podrido de mirar los delfines. Llegabas
sin un mango y
tenías
que
entrar a ver cómo solucionas
la parte económica... Y bueno, yo hice un viajecito así. Fui
por seis meses y me quedé seis
años. Y me entreveré con las vanguardias de la época. Hice todo lo
que me decían que tenía que hacer. Hice
muy
bien los deberes porque
era
un chico aplicado, y comencé a facturar un poco, a exponer, pero
mientras, el Uruguay
se incendiaba... Porque
la dictadura no empezó en el 73, no, por favor, había
empezado en el
65. La
humedad agarró prácticamente toda la casa. Era
terrible. Y
bueno,
empezaron
a
llegar noticias de
que
mataban gente, que la gente estaba en la calle, que se llevaban
cualquier cantidad de tipos presos. Y
todo
eso
a mí me empezó a comer el coco... Tenía
amigos que estaban presos. Entonces
como que
se juntaron dos polos muy contradictorios. Por un lado, estaba
haciendo un proceso dentro de lo que yo podía elegir, bastante
riguroso, que
me
estaba costando mucho también, porque tenía que trabajar al costado
y después estudiar, y facturar cosas, y mostrarlas. Y
por
otro lado, esa otra situación en el Uruguay
que me tenía moralmente deshecho. Y bueno, un me
día:
“Todo
lo que yo estoy haciendo en Europa,
en realidad, no lo originé yo. Nada
de lo que estoy haciendo fue originado por mí. Estoy
tratando de acoplarme a la originalidad que están facturando los
europeos, que en última instancia producen
ellos”. Era
exactamente eso, estaba
tratando de hacerme la “coladera”. Por
ahí salía algo interesante, y lo mostraba, y no me iba tan mal,
tampoco, pero
advertí, más tarde iba a advertir lo suplementario de lo que estoy
diciendo, que no hay, no puede haber originalidad si vos no tenés la
capacidad de producir origen... Así
de sencillo: sin
origen no hay originalidad, hay robo, afanás... Está
fenómeno, pero tampoco te vas a pasar afanando toda la vida. Y
bueno, entonces, decidí volver. Punto.
La parte moral, o la parte política, si vos querés, incidió
también.
Y
lo afectivo, eso
que yo llamo “sentimiento sucio”, o
“sentimiento
canalla”, en
donde
se te mezcla el barrio con lo político, con el perro de la infancia,
con el vecino, con lo que estaba sucediendo. Todo
un
popurrí... Así
que vuelvo,
recalo en Montevideo,
y después, bueno, milito políticamente, caigo en cana, se produce
el eclipse total. Y
en esa situación, así, desértica, donde se borran prácticamente
todas las señales, y el país de mi infancia, de mi adolescencia y
de mi juventud, comenzaba a desaparecer, borrado como con una
gigantesca goma de pan, como
cuando
pasás sobre un grafismo y lo borrás, y tá, borrás. Bueno,
en
esa brutal sustracción, fue
que
tuve como la intuición de
que
había que partir justamente de ese vacío. Veía,
por ejemplo,
en la cárcel,
que la gente que estaba presa, al quedarse encerrada en una celda,
sin infraestructura alguna,
se
las
arreglaba
para producir herramientas elementales... Le
sacaban un diente al tenedor
y
con eso hacían rayitas
en la pared. O con los hilitos que sacaban de unas bolsas, hacían un
tejidito para los hijos. Empecé a observar el comportamiento humano
en una situación límite y eso me empezó a encender las pilas... En
síntesis, y esto
lo
conté otras veces, porque
me parece que no hay otra cosa mejor que volver a contarlo, porque es
brutal, fue
lo
de un
muchacho, Leo,
sancionado en la cárcel
de Libertad,
que me ayudó a hacer el click.
A
Leo lo
trasladaron, en
un periodo, a
la celda de castigo, a
un lugar que le
llamaban La
Isla.
Si
serían hijos de puta, que
la habían construido con
arena salada, para que siempre
tuviera
humedad. Te
dejaban ahí, sin
colchón, el
tiempo que ellos querían.
Bueno, a este muchacho lo llevan sancionado, y cuando sale, veo
que tiene una
cantidad de cosas en la mano... Cuando
lo
veo en un recreo, le digo: “loco, te vi cuando salías de la isla y
vi que llevabas cosas en la mano. ¿Cómo
hiciste,
si te sacan todo antes de entrar?”.
Fijate lo que me dijo: “Hice
piezas de ajedrez con el pan... Me
comía la parte de afuera, y con la miga y saliva, iba haciendo las
piezas. Y
después jugaba solo al ajedrez. Y yo pensaba que,
inadvertidamente, más allá del resultado estético que
evidentemente no tenía su artesanía, al
haber hecho él de polea intermediaria, casi casi que la obra de arte
era él mismo, al haber producido desde la nada eso que le permitió
no enloquecer. Entonces, mientras la guardia pensaba que el tipo se
estaba enloqueciendo porque no comía el pan y hacía muñequitos, él
hacía todas esas cosas para no enloquecer... en esa situación
límite. Es
algo que yo trabajo todavía, que
tiene que ver con la
relación entre la nada y algo. De ahí que vos ves -en
esas imágenes que estoy trabajando-
una operación que puede comenzar en la calle, llevando material, que
dejé ahí, en
proceso. De repente, dentro de dos años, venís y sigue
ahí; o de repente no, de repente eso se
metió adentro de algo...
¿Qué sentís que encontraste en ese “origen”, en esa ruptura?
Lo inesperado. Ahí va, trabajar lo inesperado... Lo que me parece que afirma mucho más lo anterior es que, si bien yo tuve maestros excepcionales, que me enseñaron el oficio, lo que me enseñó Leo a mí, es que podés tomar su experiencia y llevarla a un plano de conciencia para la utilización de un objetivo que es la propia imposibilidad de hacer arte. Porque es poco posible que puedas hacerlo, pero bueno, digamos que es una utopía en la que estamos enroscados. Es decir, al partir de vos mismo, a partir de una situación límite, y sin el recurso ni de la academia ni de la teoría, ni de los conceptos importados, te queda solamente la posibilidad de lo inesperado que puede llegar desde la nada. Entonces, fue ahí que comencé un poco a diseñar el concepto de páramo, de un lugar vacío... Eso de “estoy en un lugar vacío, el Uruguay, que después de la dictadura se incendió, lo electrocutaron, le pasaron sal gruesa por arriba. Y no hay nada. Es vacío. Pero tiene, pero es lugar. Porque si desde un avión alguien tira una botella de Coca Cola, y cae en el páramo, automáticamente, ante la incursión de la forma, el páramo se transforma en espacio”. Entonces se trata de hacer algo en el páramo, de hacer cosas que puedan ser ridículas, pequeñas, pero que tienen la intención de generar en ese espacio vacío, un poco de vida. Mínima, pero vida al fin. Y bueno, mi trabajo se incluye en esa articulación, que es una articulación muy pequeña, y que se acuña, se realiza, con una proporción mucho más grande de generidad que de inteligencia razonada, que de conceptos elaborados. O sea, la academia a esta altura de mi proceso, a mí no me sirve. También descubrí, mejor dicho me inventé, un proceso, el de una persona que intenta hacer algo con lo que le pertenece. Tengo tantas cosas, estas cosas las coloco, las sumo y facturo con ellas. Yo manejo lo que tengo. Tengo conciencia, puedo razonar, opero inteligentemente, y además soy occidental; o sea, privilegio la razón, la inteligencia, le doy prioridad a eso. Pero adverti que también, junto a lo que sumamos, paradójicamente, también sumamos perdidas, muchas pérdidas...
¿Qué sentís que encontraste en ese “origen”, en esa ruptura?
Lo inesperado. Ahí va, trabajar lo inesperado... Lo que me parece que afirma mucho más lo anterior es que, si bien yo tuve maestros excepcionales, que me enseñaron el oficio, lo que me enseñó Leo a mí, es que podés tomar su experiencia y llevarla a un plano de conciencia para la utilización de un objetivo que es la propia imposibilidad de hacer arte. Porque es poco posible que puedas hacerlo, pero bueno, digamos que es una utopía en la que estamos enroscados. Es decir, al partir de vos mismo, a partir de una situación límite, y sin el recurso ni de la academia ni de la teoría, ni de los conceptos importados, te queda solamente la posibilidad de lo inesperado que puede llegar desde la nada. Entonces, fue ahí que comencé un poco a diseñar el concepto de páramo, de un lugar vacío... Eso de “estoy en un lugar vacío, el Uruguay, que después de la dictadura se incendió, lo electrocutaron, le pasaron sal gruesa por arriba. Y no hay nada. Es vacío. Pero tiene, pero es lugar. Porque si desde un avión alguien tira una botella de Coca Cola, y cae en el páramo, automáticamente, ante la incursión de la forma, el páramo se transforma en espacio”. Entonces se trata de hacer algo en el páramo, de hacer cosas que puedan ser ridículas, pequeñas, pero que tienen la intención de generar en ese espacio vacío, un poco de vida. Mínima, pero vida al fin. Y bueno, mi trabajo se incluye en esa articulación, que es una articulación muy pequeña, y que se acuña, se realiza, con una proporción mucho más grande de generidad que de inteligencia razonada, que de conceptos elaborados. O sea, la academia a esta altura de mi proceso, a mí no me sirve. También descubrí, mejor dicho me inventé, un proceso, el de una persona que intenta hacer algo con lo que le pertenece. Tengo tantas cosas, estas cosas las coloco, las sumo y facturo con ellas. Yo manejo lo que tengo. Tengo conciencia, puedo razonar, opero inteligentemente, y además soy occidental; o sea, privilegio la razón, la inteligencia, le doy prioridad a eso. Pero adverti que también, junto a lo que sumamos, paradójicamente, también sumamos perdidas, muchas pérdidas...
Ausencias,
derrotas...
Hacer,
y también deshacer, como decías antes...
Sí,
porque en
el caso nuestro, la primera novia, la
del
zaguán,
nos dio salitre y chau. Nos
dejó en la esquina. Y
por ahí, esa marca no te la sacás ni con disán. Desgraciadamente,
a mi me tocó ir en cana y fui testigo de cosas espantosas. He
querido extirparlas. He
querido borrarlas. Porque
me molestan. Son
manchas ortopédicas, simbólicas. No he podido. Soy lo que tengo. O
soy lo que no puedo evitar ser. Entonces, a veces, pienso... el vacío
de la forma genera como un espacio propio y una representación, que
quizás sea
lo más importante de todo. O sea, que también es paradójico,
porque
la
forma se realiza como expresión de su propio
vacío.
Quizás ese sea
similar
al
proceso de las desapariciones forzosas en Uruguay.
¿Qué
nos
queda a nosotros de todos esos crímenes inútiles que se produjeron,
sino la presencia del vacío, de las formas ausentes? Quizás
hay en
mi obra una
representación por ese lado, a la que le tuve que buscar la vuelta
para meterla en un plano, para incorporarla al plano de lo visible.
Ahora, todas estas cosas están latentes, están muy cerca. Y
bueno, yo trabajo con eso. No
entro intelectualmente a ese trabajo de selección de
materiales, por ejemplo.
Soy
de la idea de
que la mirada, los ojos, tienen autonomía de vuelo, una inteligencia
visual
propia.
Los
ojos pueden ser autónomos. Hay
que
desligarse
de la responsabilidad de comandarlos. Para el artista visual, como
puede ser la sonoridad para un músico... Es
como
he escuchado decir
a
Jaime
Roos,
sobre
una
canción que
hizo porque
había un ascensor trancado. Ese
ascensor percutía de determinada
manera y él
después reprodujo eso... O
que fue
a buscar al diariero de
su infancia porque
emitía un Do
cuando cantaba el nombre de los diarios de la época... Acción,
El
Plata,
El
Diario...
Y
él estaba
buscando
ese
Do,
y bueno, fue ahí, y metió un gol de media cancha. Ahí
hay un cangrejo enorme debajo de esa piedra. El tipo se dejó llevar
por un sentimiento, que también es un sentimiento sucio, muy
melancólico,
enredado.
Fue
a él por
un desprendimiento, pero fue
flexible,
se
dejó
llevar,
no le pidió
permiso a la academia. Fue,
olfateó
y
lo incluye después en
una canción
por una necesidad vital. Ahí
va, es eso;
a
veces la academia y el conocimiento aportan una estructura de ideas
absolutamente necesarias, pero siempre secundaria. Y
yo
creo que el arte es algo almacenado adentro de la forma y que en
determinado momento, si el artista es magistral, consigue hacer
estallar la forma y todos esos contenidos se expanden como una bomba
de fragmentación. Cuando
pasa eso la
cosa ya no es razonada, ya no es manipulada por el artista. Del acto
se pasa a la potencia. Y
hay que ver cómo te conducís en eso y cómo
te dejás conducir también. Todo
lo que un artista visual captura, para después tratar de
sintetizarlo, se obtiene por incidencia del ojo que baja imágenes y
las deposita en vos, casi sin advertirte, pero con el deseo de que
esa información visual encuentre una representación simbólica en
la realidad. En
ese sentido, también, creo que el ojo es poco democrático... porque
si
vos no le hacés caso, te corta la información, chau, se le agotó
la batería, no
podés hacer más llamadas. No sé si es claro lo que digo, pero
en esto del arte
hay pila de cosas que vos no las manejás, que hay
que dejar que se
manejen solas. Es
como el director de una orquesta, que deja que el trombón haga su
trabajo, que el violín y el chelo hagan su trabajo. Y
bueno, se
trata
nada
más que
todo eso no se le vaya de madre, ¿no?
¿Qué pasa con aquella figura? (le señalo uno de sus trabajos recientes sobre la silueta del autorretrato de Petrona Viera)
Es
el autorretrato
que sale del autorretrato
de Petrona...
Viene
de la figura que ella está con la paleta, el autorretrato. Es
una obra extraordinaria y está en el acervo del Museo
Nacional.
Buenísima. Para mí, es un icono. Trabajo
muchísimo esa
imagen. Ese
que
está ahí es uno
de mis últimos
trabajos,
está todavía ahí en barbecho. Hay
alguna cosita que tengo que ajustar, todavía, pero es recurrente...
como
que siempre
estoy
en
lo mismo y
lo que
cambia es
la parte formal.
Pero el origen son siempre los mismos naipes. Trabajo con pocas
cosas, las reitero, y trato de articularlas y de cambiarlas
formalmente...
Yendo al origen, al tuyo... ¿qué marcas te dejó la infancia?
Yendo al origen, al tuyo... ¿qué marcas te dejó la infancia?
Mi
infancia fue
en la Aguada.
En una cuadra muy especial. Ahí
me
quedé casi hasta los treinta años... tal
vez un
poco menos. Me
acuerdo que
cuando los vecinos pispearon que me iba, que estaba preparando mi
viaje a Europa
y todo eso, me cayeron con las dos patas... “¿Cómo
te vas a ir?”, me decían... “¡De
acá no te podés ir!”. El barrio era un crisol. Porque la mayoría
de los vecinos eran inmigrantes.
Y eso para un niño es alucinante, porque te
contaban
historias de cosas que vos no podías comprobar
que
existían. Te
contaban de
cómo
era la vida de ellos en sus pueblos. Hablaban
un
español roto, el
que podían
hablar. Yo
creo que esos
tipos
tenían una melancolía muy grande. Y
te
involucrabas con ellos. Las
familias se involucraban, en
las fiestas,
en
los
casamientos... Todo
estaba sumido en una cultura de pago chico, de lugar chico. Y
hay algunas cosas, como
las que hice para una
muestra en el Centro
Cultural de España... Colgué
cosas como esas
que
cuelgan
de la cuerda.
¿De
dónde sale eso? ¡Sale
de las guirnaldas que se colgaban en esos bailecitos, absolutamente
humildes, del barrio! Los
propios vecinos hacían unos papelitos, los pintaban, los
colgaban de las
cuerdas donde
se colgaba la ropa. Y
tá,
el viento los hacía girar... ¡Guirnaldas!
Entonces, me
divierte cuando algunos preguntan
de dónde habré
sacado esto, y
te dicen que un
australiano hizo
algo similar...
¡No,
no se
trata de eso,
eran las guirnaldas de mi
barrio!”.
En
el año 2007 representaste a Uruguay en la Bienal de Venecia... ¿Cómo
fue ese viaje? ¿Qué
mostraste,
ahí, en
tu vuelta del “origen”?
Creo
que fue uno de mis mejores trabajos, junto con este que te
contaba del
CCE. Lo
de Venecia
redituó en
esta
segunda vuelta, en un espacio distinto, que nos obligó... a
la curadora Verónica
Cordeiro,
a Daniel,
el montajista, y
a mí, a hacer
un trabajo para ubicar todas esas guirnaldas, todas esas
representaciones cinéticas, en ese contexto.
Vaciamos literalmente
la
parte de abajo del
CCE.
Quedó todo blanco, como para guardar un Concorde.
Tiramos
una linga que giraba, como una calesita, y en
ella
colgamos
las guirnaldas y giraba, pendulaba
sola. El propio peso la hacía mover. Juan Ángel
hizo un video. Es
el único registro que quedó,
porque yo no saco fotos, no dejo huellas de lo que hago. Dejo que se
pierda todo... Eso
debe
tener que ver con lo
que yo
veía en el barrio
cuando
se moría un vecino, que había
estaba
ahí, prácticamente
la tercera parte de tu vida contigo, y después el tipo, vos
pensabas: “¿qué
queda realmente
de
ese tipo?”. Había salido en el Diario
Oficial
cuando se casó,
y después en las necrológicas que se publicaban en los diarios. No
quedaba nada más
que eso...
Un
poco me
pasa eso, reedito
esa situación de que los tipos se iban y no quedaba rastro.
Yo
no dejo rastro.
Es cierto que algún
catálogo sobra y puedo tenerlo en casa, pero no me empeño en
conservar la imagen. Yo pienso que todo eso es como un poco la
materia prima de mi trabajo, y lo impregna todo, y queda
el
deseo improbable -por
supuesto, utópico-
de ligar, acá en Montevideo,
lugar, lenguaje simbólico,
y representación simbólica. Fusionar eso. Eso
que se obtiene
más
fácil, de
repente, y
con
más frecuencia, en las representaciones más populares, como
las canciones que asociás
con un una calle, por
ejemplo.
Trato
de hacer lo mismo. Ejecuto
eso. Son
mis principios, mis objetivos. Y siempre hay una cosa como
escrachada. Es
un poco también la
marca de
esa
dictadura que no termina nunca de... que dejó cicatrices muy
profundas, porque hasta
hoy
en día pasan
cosas terribles. Conozco un
caso concreto -sé
que hay más-,
de gente que ha ido a atestiguar a los juzgados, gente joven, y al
otro día cuando se levantan... muerte blanca. ¿Entendés?
La
persona va, recorre la
memoria,
vive lo que está relatando, y al otro día, cielito... O
sea, quedan todavía residualmente una cantidad de burbujas de esa
brutal represión.
Mi
trabajo está muy impregnado de todo
eso...
¿Nos alejamos de Venecia?
¿Nos alejamos de Venecia?
Venecia,
ah,
sí, claro.
Es
algo extraordinario lo que me
pasó
en
Venecia,
porque
casi
la quedo. ¿Te
cuento?
Dale...
Acá,
este
espacio,
antes
que yo me instalara, era
el taller
de Yepes,
que estaba
casado
con una
de las
hijas
de Torres
García,
con Olimpia.
Ellos vinieron acá en los años 60... Se
habían ido a Europa en 34,
los agarró la Guerra
Civil
Española.
A él
lo llevaron en cana dos
años, en la dictadura de Franco y
después rajaron para París.
Y
después
volvieron, como te decía, y
se compraron esta
casa, que era como una casa de pescadores, porque
todo esto
eran arenales, no había tierra, nada. Y
el loco se hizo el taller acá... Entonces, cuando yo vuelvo de
Europa por segunda vez, en
el 86 y medio, Yepes
había fallecido y como
siempre
fui muy amigo de Olimpia
y
también
de la
vieja Manolita,
me dijeron que
viniera para acá...
Me
quedaba con Olimpia,
que estaba medio veterana, y bueno, desde ese momento que estoy acá,
que
armé el taller acá, desde el año 90.
Así
que era taller antes de que lo hicieras tu taller...
Claro,
y
tienen el diseño de taller
de escultor,
¿ves?
Yo
no lo modifiqué mucho. El plan original era sin ventanas, pero el
viejo Yepes
tenía
un poco de claustrofobia y abrió una
ventanita pequeña para mirar para afuera...
Entonces,
como
te venía contando, Olimpia
era la mayor y fue la que murió última, a los 96 años. Los
últimos meses de
su vida fueron
terribles, y yo siempre
estaba
acá, acompañándola
un rato, todas las mañanas, en
forma sistemática. Yo
llegaba, aprontaba un poco el mate y
me quedaba conversando una hora, dos horas, con ella.
Y llegó el momento que entró a declinar, que
murió. Fue
una muerte, la de Olimpia, que
me afectó muchísimo. Y
es en ese momento que me
cae lo de la
invitación a Venecia...
Acepto,
y claro, cuando acepto después tengo la responsabilidad de hacerlo,
concha de la madre, y
bien solo,
porque
ni siquiera la idea era que compartiera el
espacio con otro artista... “Tuya
Héctor,
me
dijeron.
Y
hacé el gol, porque
sino
te cortamos las patas”. Y bueno, tuve un proceso de mucha
dificultad para encontrar la solución al
problema...
Me acuerdo que me
dormía
mirando
fotos del stand de Venecia vacío. Y
de repente, vino
la idea, que
es
este mismo
taller.
Hice una linga, similar
a la que está
acá, en
el taller, y empecé a colgar.
Las
cosas quedaron
como mariposas, ahí... Pero
vayamos un poco más atrás, antes de viajar, cuando faltaban pocos
días,
me empecé a cansar. No
me dolía absolutamente nada, pero me
cansaba muchísimo,
estaba agotado.
La
muerte de Olimpia,
y la responsabilidad de
la Bienal, me
pegaron
muy fuerte, sin que yo lo advirtiera. Me bajaba del ómnibus y tenía
que sentarme en el cordón de la vereda porque me quedaba sin aire. Y
le dije un día a mi mujer lo
que me pasaba.
Y ella,
que
está
con el asunto del cuerpo y todo eso, me empezó a junar, sin que yo
me diera cuenta, y una vez me subió al auto y
me llevó directo
a
la mutualista. Me
tiró para adentro. Me
hicieron un electro y me
dio pésimo.
Faltaban
cuatro
días
para viajar
a
Venecia.
Yo
tenía todo empaquetado. Y
el tipo que me hizo el electro
me dice que
iba a tener que
quedar internado, en
observación. Llamaron al cardiólogo y vino el de urgencia. Me dice:
“No
te podés ir”. Era
un
flaco divino, todo barbudo. “¿Cómo
que no me puedo ir?”, le
digo.
“Me tengo que ir porque tengo un compromiso profesional”.
“¿Cuando
te tenés que ir?”, pregunta
él. “Dentro
de cuatro
días”.
“Si te vas, te morís”, dice.
Y
yo le retruco:
“Y bueno,
entonces
voy,
porque
si me quedo, me matan, seguro
que
me
matan”. Y
el loco, ahí
nomás,
agarró el celular, hizo un montón de llamadas y
me
mandó al Evangélico
con
un
colega de él. Le
contó todo y
cuando cortó me dice: “Mañana
a las siete tenés que estar, en ayunas, en el Evangélico.
Mi
amigo te
opera a las 8. Te
tenés que quedar veinticuatro
horas, que es lo que marca el reglamento... y
después, cuando estés en Europa, dentro de diez días, te mirás al
espejo y te sacás los puntos con una tijerita bien esterilizada”.
Tus
viajes siempre son un poco complicados...
Sí,
tengo eso. Me
trauma salir,
todavía... He
ido a algunos lugares que yo quería ir,
como
La
Habana,
por
ejemplo.
Y casi
me
mata
ese
viaje,
también.
Cuando
volví estuve como
dos meses enfermo... Nunca
me olvido de algo que me dijo la mujer que me vendió el pasaje para
volver a Uruguay, allá por el 86, cuando ya se había terminado la
dictadura. Yo estaba viviendo en París… bueno, el hecho es que
esta mujer me pregunta:
“¿Es
uruguayo, usted?”. “Sí”,
le contesto. “¿Y para
qué sacó ida y vuelta... si
los uruguayos no vuelven?”. me dijo la francesa. Llegue
acá para quedarme dos meses. Yo no había vuelto desde que me había
ido... Era
pleno invierno, porque
me
vine
en las vacaciones de
verano. Y
quince días antes de volverme, tá, rompí el pasaje, y me quedé...
Se
me armó un
kilombo
terrible.
Fue
mi último acto de adolescente, de adolescencia tardía...
¿Qué
dejabas
en París?
Estaba
viviendo con una mujer, y bueno, está, fue jodido. Pero me avispé y
supe... En
primer lugar, supe que si me volvía a
París,
me moría, chau. Porque ahí, en el exilio, me agarré todas las
pestes que te puedas imaginar: pinzamientos en
la columna, glaucoma, todas las mierdas posibles. Y
yo, que
había pasado la cana sin enfermarme un
solo día,
que
no
me rayé demasiado en la cana, no me rayé nada... digamos
que me
rayé más cuando salí, cuando
vi
cómo
estaba la ciudad y la gente. Fue
muy duro eso, lo
del páramo que hablábamos hace un rato...
Saliste
de la cana en el 79, por ahí...
Sí.
Digamos
que me quedé acá, hasta
que pude,
y después me fui clande, porque tenía que ir a los cuarteles a
firmar cada quince días... Me
tomé un ómnibus de la Onda,
hasta
el
Chuy,
y después me fui haciendo zig zag hasta Rio
de Janeiro,
donde
había una organización de las Naciones
Unidas
que nos amparaba a
los refugiados uruguayos.
Ahí estuve cuatro
meses, esperando
para
que me dieran la visa, porque yo no tenía papeles ni nada y
tuve que comprobar que era refugiado político. Salí
en enero de Montevideo
y llegué a
Europa
en mayo.
¡Cuatro
meses me llevó llegar a Europa
esa
segunda vez, como exiliado!
Y
después me volví en el 86 y medio, para retornar de vuelta. Ya
te digo: en
París tenía
casa, tenía laburo, estaba preparando una muestra, y dije no, si
vuelvo a Europa
no vuelvo más a Montevideo.
Y mirá
que esto
estaba bastante
fulero.
En el 86 y medio era invierno duro
y
además a mí no me conocía nadie. Pero
estaba como rabioso y
tenía una fuerza bárbara. El
hecho de quedarme me revitalizó, me dio una energía brutal. Y
me
fui quedando... hasta
ahora.
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