Se dice que los astros se alinean. Se dice que una cosa lleva a la otra. No tengo claro si es una energía exterior o que nos vamos tropezando con la misma cosa, una y otra vez, así es la vida algorítmica, así lo fue siempre, pero no es casual que un emperador exasperado vocifere que acabará esta misma noche con una civilización entera mientras estoy leyendo Viljevo, una novela que sucede en dos o tres portales temporales, y uno de ellos es, sin temor a equívocos, uno que está después de una inquietante catástrofe.
Viljevo es un paraje cerca del poblado de Osijek, en la eslavonia croata, al borde de Hungría, y de allí proceden cuatro grabaciones de la voz de una mujer joven que cuenta de su situación, sin dar mayores datos porque ella y su hermana Eliza son refugiadas, tal vez únicas sobrevivientes de la catástrofe. La voz da cuenta, entre interrupciones y relatos poco claros, que siempre es verano, un eterno agosto; cuenta lo que hacen, lo que comen, los lugares que habitan y se mueven, y un ritual extraño de conexión de ella y su hermana con entidades, o algo así, más allá del presente solitario que les ha tocado. La novela, el texto que leemos firmado por Luka Bekavac, descarrila, como debe ser para sorpresa del lector, en una segunda parte donde se transcriben los fragmentos de los diálogos que suceden entre dos tiempos diferentes: el de las hermanas y el de un grupo de partisanos de la resistencia antinazi que en la clandestinidad manejan una radio y se ven sorprendidos por interferencias inexplicables. La tercera parte de la novela se completa con un escrito académico, inconcluso, firmado por el escritor J.Markovic, que describe el contenido de las grabaciones encontradas, especula, desarrolla posibilidades de “fenómenos normales”, todo mezclado con psicofonías y un poco de música electrónica de los 70.
La referencia musical avant garde es una conexión indirecta que lleva a un segundo libro europeo, también envuelto en intrigas esotéricas y que transcurre en zona más o menos rural: un pueblo de la Lunigiana italiana, en un monte ficcionado, el Quarzerone, una especie de “triángulo de las Bermudas” donde han desaparecido, entre otros, una pareja de senderistas desafortunados. Hay clandestinidad, ufólogos, guerra fría, una pequeña secta y un cóctel inspiradísimo del colectivo italiano Wu Ming que incluye música de David Bowie, por supuesto, que no puede faltar en una novela ambientada en 1978 que tenga como escenario el secuestro y posterior asesinato de Aldo Moro por parte de las Brigadas Rojas. Esto no es el fin del mundo, pero los personajes viven en ese borde en el que la ficción se vuelve difusa como exageración de lo real, de lo posible. Hay un escritor, Zanka, comunista aficionado a los ovnis que juega en el arquetipo del detective perdedor, y un montón de personajes que colisionan, incluyendo a una joven antropóloga que investiga a frikis que persiguen platillos voladores. Ovni 78 es comedia ácida, tipo Paolo Sorrentino, y está lejos del nihilismo de Viljevo, y en todo caso manifiesta que portales como el encontrado en Quarzerone (o el de las hermanas de Viljevo) están más cerca de conspiraciones y miserias humanas que de otra cosa.
Hay música y montaña en un tercer relato, el de la novela Chamanes eléctricos en la fiesta del sol, escrita por Mónica Ojeda. Música, mucha más música que en las dos novelas precedentes, en dosis lisérgicas demenciales de fiesta rave andina; en este caso una montaña, un volcán ecuatoriano mucho más alto que el Quarzerone y que los pequeños montes de Eslavonia. Es una novela torrente, fragmentaria, coral, que dialoga con las otras dos porque también hay tiempos diferentes que colisionan: el del padre que abandona a la familia y se va a la montaña, y el de Noa, su hija, que decide salirse de Guayaquil para buscar el Ruido Solar. Ambos desaparecen. Al Ruido Solar se va a desaparecer, no a otra cosa. Y ambos dejan atrás una catástrofe (en un primer caso familiar, pero es también la del Ecuador real), y empiezan a pasar cosas en lenguajes y dimensiones diferentes. La música hipnótica y química, los viajes con seres dispuestos a perderse, amarse, encontrarse, el fin del mundo lo más adentro del volcán para exiliarse de los males y la narcoviolencia horrorosa de la ciudad. Todo en tono Ojeda, lo que equivale a decir una narrativa espirituosa, feminista y sin mucho filtro. Lo que encuentra Noa no es grato, tampoco lo que encuentra su amiga Nicole, por lo que el tono de amargo retrofuturismo coloca a esta novela en un análogo portal de ‘experiencia intensa’ que los mundos rurales europeos paranormales.
Así llegamos a Materiales para una pesadilla, más cercana geográficamente y esta sí urbana, firmada por el argentino Juan Mattio, hecha también de fragmentos, de transcripciones, de grabaciones, pedazos de escritos académicos, entre el ensayo y el testimonio, hasta que casi casi desaparece el autor, pero lo que no desaparece es la sensación de catástrofe, porque el lector se encuentra metido en portales que nos llevan a multiversos donde algunos personajes se reencuentran con sus muertos, y líneas de investigación que siguen historias poco claras, entre ellas la de un grupo de escritores que colaboraron con la dictadura argentina del 76. Una pesadilla tras otra, en el bienvenido reverso ficcional de la serie de ensayos distópicos de La Caja Negra.
Las cuatro novelas nos son más que versiones de este presente demenciado en el que las leo. Todas son más o menos contemporáneas. Todas son más o menos fragmentarias, mezclan ficción con ensayo y mencionan a una que otra catástrofe. Todas tienen portales que son parte de lo que se narra. En todo caso, historias maltrechas que coinciden o no, que se discontinuan o no. Se cruzan. Noa, la ecuatoriana, se encuentra con las hermanas y con Milena en un borde del tiempo. Hablan de alguien que no conocen pero que las ha contactado: una hacker japonesa que busca historias de mujeres que pasaron algún que otro portal. Se las pueden encontrar en alguna otra historia, más o menos borgeana, más o menos real.
(Una versión recortada de este post se publicó con el título "Tres novelas cruzadas" en Le Monde, versión uruguaya, en 2026)

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