espejo sobre espejo

 
  Si la primera lectura de esta lejana novela de Emmanuel Carrere se hace en 2026, como me acaba de pasar, por el mero hecho de ser mencionada por el propio escritor en un pasaje de su libro El adversario, lo cual es un llamado ineludible a su lectura, no hay forma de evitar la relación existencial y moral entre ambos textos.

Ya no puedo tener otra lectura.

Ya la ficción se hizo añicos una y mil veces.

Ya la realidad, lo real, demostró una vez más que no tiene nada que ver con la verdad.

El ejercicio de leer Una semana en la nieve en un orden temporal ahora imposible (entre 1996 y el año 2000, o sea entre ambas primeras ediciones), sin tener referencias claras, como le pasó a los pocos lectores que tenía entonces Carrere, se desvanece en la medida en que una página tras otra las proyecciones y dilemas morales entre el autor y su personaje lo contaminan todo.

Es imposible descontextualizar Una semana en la nieve después de El adversario.

El autor, Emanuel Carrere, en tanto padre de un niño de la misma edad que el hijo de Jean-Claude Romand, en tanto sus miedos de proyectarse en ese otro padre capaz de matar a sus hijos y a toda su familia, construyó una novela, y las novelas, como la música, podría decirse livianamente que “no tienen moral”.

Pensó que ahí terminaba todo.

Pero no.

El horror que construye en la novela de 1996, versión libre y desfigurada del caso real ocurrido dos años antes en la apacible casa a orillas del lago Leman, se centra en las dificultades de adaptación de un niño, Nicolás, dispuesto a mentir para salir de situaciones embarazosas. Ese niño, espejo sobre espejo, anuda todas las interpretaciones que hizo Carrere, en tanto brillante lector y espectador de la tragedia de la familia Romand, y exhibe en el niño la problemática infantil que vivió el propio padre asesino, el mitómano desesperado Jean-Claude, al cual ya le había enviado una carta a la cárcel contándole que quería entrevistarlo para contar su historia.

Todo esto terminó siendo mucho más, para Carrere y para nosotros, sus lectores, mucho más que una simple “semana en la nieve”. La novela, debe señalarse y sin temor a equívocos, no es una sencilla antecesora de El adversario: es una novela que opera como expiación, porque el autor prefiere llevar todo lo monstruoso a la ficción, para evitarse problemas morales, para no hacer el camino de Truman Capote, en definitiva para no jugar el juego que lo seducía y que terminará jugando en El adversario. Un juego que lo llevará, así como una cosa lleva a la otra, al desarrollo de una obra imponente, incómoda y brutal, que no es ni más no menos todo lo que le sucedió a Carrere, en tanto escritor, por haber escrito y publicado El adversario. Pero esto es también una lectura sencilla de la historia, de una biografía rápida de Carrere.

Cada nuevo párrafo que escribo demuestra que es imposible descontextualizar.

Los libros se complementan, están entretejidos, no hay inocencia en el autor y tampoco en los lectores que ya sabemos el recorrido: El adversario es una deconstrucción en primera persona, porque Carrere, para alejarse del cinismo de Capote, elige investigar en su propio dilema de por qué estaba escribiendo ese libro que de alguna manera redimía y expiaba a un monstruo.

Hoy está claro que es una pieza magistral de la no ficción, un camino incorrecto que lo llevó a situaciones incómodas en lo personal y su propia vida cotidiana. Pero no fue fácil, y no le fue fácil a Carrere. Abrir esa puerta lo llevó a transitar otros libros excelentes, donde llega a lo más profunda en la obra dual que componen El reino y Yoga. Lo llevó a circunstancias personales extremas, pero eso es mejor conocerlo, a solas, en la lectura de sus libros, como debe ser.

Posiblemente pueda leerse a V13, su crónica sobre los juicios de los atentados de París en la sala Bataclan, como un cierre de todo esta catedral del historias que viene contando Carrere. Esta vez, como un estilista ya experimentado, elige cambiar el eje: ya no busca la psicología íntima del asesino (como sucedió con Romand), sino que se planta del lado de las víctimas, midiendo con obsesiva responsabilidad el peso moral de cada palabra. No sabemos cuál será su próximo libro. Lo que sí estamos seguros es que nunca el territorio es seguro para Carrere. Él ha creado su propia manera de manejarse en la incomodidad.

Es difícil focalizar la mirada sobre Una semana en la nieve. La acabo de leer, en 2026, y es una novela perturbada, como las que tanto me gustan. En el tono, desde ese niño inadaptado y un tanto ingenuo, lleva un ritmo similar a los relatos de Amelie Nothomb mezclado con Ariana Harwicz, si es que eso es posible. Se mueve en un escenario que potencia todo el arsenal psicológico que necesita la historia: un grupo de escolares en sus vacaciones de invierno viajan una semana para practicar esquí en la montaña. Entre ellos está Nicolás, un niño que fantasea y manipula para sortear su incapacidad para empatizar en el grupo.

Lo que fantasea es horroroso, pero el final (lo real) es más terrible aún.

El padre.

Lo que el padre hace (y le hace).

Lo innombrable.

Y la certeza de que en El adversario (perdón, no puedo dejar de volver a este libro complementario), se cuenta que es el propio Romand, desde la cárcel, quien le permite a Carrere que cuente su historia porque le ha gustado mucho la lectura de Una semana en la nieve. Le dijo a Carrere que se había sentido identificado con ese niño.

Espejo sobre espejo.

En definitiva, estos dos libros -Una semana en la nieve y El adversario- contaminaron toda la obra de Carrere. Nunca más pudo volver a la ficción pura y dura. Porque no existe. O bien porque aprendió lo fascinante de utilizar la ficción para acercarse a lo real. Esos son otros dilemas, más técnicos pero también iluminadores.




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