lo que me han contado


La última ganadora del premio Nobel no es narradora ni poeta ni dramaturga. Su territorio es la no-ficción, la entrevista, el testimonio, la voz de los otros. Ha fabricado varios libros de extrema dureza y densidad literaria. Libros que se acercan a la piel de las víctimas y construyen relatos corales sobre hechos que marcaron el siglo XX: la Segunda Guerra Mundial, Chernóbil, la intervención soviética en Afganistán.

La lectura de La guerra no tiene rostro de mujer, de la escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich, no es asunto sencillo. Lejos está de ser un montaje rápido de testimonios, de hechos más o menos comprensibles, de relatos heroicos y de los otros, de situaciones que vayan armando una historia y cumplan con la necesidad tan noble de informar y generar conciencia sobre hechos de los que no se sabe mucho, o que durante muchos años se intentó barrer debajo de la alfombra. No se trata simplemente de eso. En cada página, el libro parece empezar de nuevo. Porque en cada párrafo se instala el horror. Porque en cada microhistoria se respira vida, lo que equivale a decir tragedia, muerte. Es fácil afirmar todo esto desde la ligereza de un artículo, pero ciertamente es un asunto extremadamente difícil esculpir un libro de tal densidad, un mosaico de relatos que componen un mapa de lo terrible, una cartografía inapresable. Es difícil, casi imposible, la tarea de escribirlo, y también la experiencia de la lectura, porque golpea, duele, no deja respiro.
Una experiencia similar sucede con la lectura de Underground, celebrado libro de no-ficción del japonés Haruki Murakami, recopilación exhaustiva de testimonios de sobrevivientes del atentado con gas sarín en el metro de Tokio. No hay hilo conductor, más que la deriva subjetiva del testimonio. Y hay, en la búsqueda minuciosa de Murakami, la sutil certeza de que la verdad no existe, y sólo teniendo clara esa imposibilidad se vuelve más auténtico el camino que nos acerca a ella. Se cuenta, por ejemplo, el mismo episodio desde cinco o seis relatos paralelos, el mismo momento, pero nunca terminan de encastrar los fragmentos de relatos, las descripciones, las sensaciones. La lectura, entonces, parece no avanzar, pero en la suma de capas más o menos desencontradas va emergiendo la atmósfera de ese momento, de lo que Murakami, y luego el lector, busca desentrañar.

De Tokio a Chernóbil
Antes de profundizar en el tema de los testimonios de mujeres rusas en la Gran Guerra Patria, en los años durísimos que van de la invasión alemana a la Unión Soviética hasta el día de la victoria en Berlín, es momento de dar cuenta de otro de los grandes títulos de Alexiévich: Voces de Chernóbil. Es una tragedia posterior –corresponde a lo que sucedió después del 26 de abril de 1986– que puede relacionarse de manera más que directa con el Underground de Murakami, por tratarse de circunstancias que tienen que ver con paisajes extraños, más o menos novedosos en la historia de tragedias humanas.
Los testimonios de varios de los sobrevivientes de los atentados de Japón coinciden en la extrañeza casi surrealista ante lo que estaba sucediendo. Apenas un olor raro, ganas de toser, picazón en los ojos, dolor fuerte en la cabeza, pero todo seguía funcionando como siempre: el tren, las estaciones, el estrés por llegar al trabajo y la sensación de que algo que se volvía incontrolable estaba pasando. Después, todo lo demás: el absurdo, la imposibilidad de entender, la ruptura de la continuidad, la yuxtaposición de historias, los desmayos, las convulsiones, la necesidad de salir, de que todo volviera a ser como antes.
En Chernóbil, que no fue un atentado ni un acto violento, sino un accidente en una planta nuclear, el terror fue aún más invisible y extraño. No hubo daño alguno. Todo estaba igual que el día anterior. La radiación no se ve, ni se escucha, ni se siente. El peligro adopta en Chernóbil formas nuevas. Ya no es la guerra: es una catástrofe. Y no es la imagen superlativa y obscena de las grandes superproducciones de Hollywood. Todo lo contrario. Es algo que no se comprende, inapresable. Los testimonios que reúne Alexiévich guardan un evidente paralelismo con los que trabaja Murakami en Underground. Todos cuentan del ejército llegando a los pueblos rurales, de las evacuaciones, del abandono de los campos, de los animales, de los padecimientos que empezaron después, de cómo las cosas terribles suelen ser silenciosas, invisibles, y no hay palabras para contarlas.

La utopía soviética
Hay suficientes historias sobre el horror de la guerra. Algunas logran acercarse, desde la literatura, el cine o el crudo testimonio, a la sensación de abismo, de miedo, de territorio delirante del que posiblemente no haya retorno posible.
Para Alexiévich es el tema central de su obra como escritora, su principal obsesión, mezclada, eso sí, con la deriva del “problema soviético”. Sus libros, uno a uno, desarrollan un ensayo personal sobre la utopía a lo largo del siglo XX. Es extraño decir “personal” cuando el material de trabajo son las voces de los otros, pero así sucede con la obra de la bielorrusa, en tanto estudio de la condición humana por medio de catástrofes y circunstancias bélicas, todo atravesado por la historia de la revolución de octubre y sus escenarios posteriores.
La guerra no tiene rostro de mujer (1985) recopila centenares de testimonios de mujeres que participaron en la Gran Guerra Patria (la Segunda Guerra Mundial). Los muchachos de zinc (1989) se centra en entrevistas a soldados que combatieron en Afganistán. Después viene Voces de Chernóbil (1997), libro en el que la catástrofe invisible remite una y otra vez al pasado de purgas estalinistas, a episodios de la guerra contra los nazis y, más que nada, al desmoronamiento del orgullo soviético. Por último, El fin del Homo sovieticus (2013), siguiendo el mismo proceso de reunir testimonios, compone un estudio sobre la vida cotidiana en la Unión Soviética. “Toda mi obra está dedicada al ser nacido de la utopía”, dice Alexiévich. “Cuando empecé con las primeras entrevistas a las mujeres de la guerra, recuerdo que estaba impactada con la lectura de la correspondencia entre militantes bolcheviques, del año 1917, en tiempos de la revolución. Eran unas cartas bellísimas. Lo que buscaban todas esas personas era la felicidad en la tierra, pero todo resultó muy distinto”.

La guerra de las mujeres
La lectura del libro La guerra no tiene rostro de mujer puede llevar varios meses. No es un libro que se lea rápido. Lo mismo sucede con Voces de Chernóbil, el otro que se consigue en librerías montevideanas. Pero no se abandona, porque se siente a su lectura más que necesaria. Porque se quiere leer/escuchar hasta la última palabra, hasta el último testimonio de los que va zurciendo Alexiévich con extremo cuidado y un oficio notable de edición para que no sobre nada, para que cada historia tenga una intensidad única.
Hay relatos de francotiradoras, de enfermeras, de telegrafistas, de mujeres que siendo adolescentes querían ir al frente por cualquier medio, y fueron, y sobrevivieron para contarlo. Relatos de luchadoras, de partisanas, de civiles que tomaron las armas, todas víctimas de guerra, muchas de ellas volvieron mutiladas. Ellas le contaron a Alexiévich todo tipo de historias sobre la guerra, la muerte, el amor, la familia, la locura, el miedo. Y la escritora bielorrusa los llevó al libro. Es lo que le han contado, lo que quiere que sepamos todos. Es la necesidad de construir una memoria crítica, que esté ahí, interpelando a la civilización ante la posibilidad –siempre latente– de una nueva guerra.

Método Alexiévich
“Siempre pongo el ejemplo del escultor Rodin: él tomaba un pedazo de mármol y le quitaba todo lo que sobraba. Así era como creaba una obra de arte. En mi caso, hago preguntas difíciles para que el momento tome interés e intensidad. Las personas hablan mejor en estos momentos, dicen cosas insospechadas... La literatura, como cualquier otra expresión contemporánea, está buscando nuevas formas, y el género que yo estoy desarrollando es una de ellas. Una sola voz no es capaz de ofrecer una visión completa de la actualidad. Se necesitan varias voces. De ahí la necesidad que tiene la literatura del periodismo”.

((artículo publicado en revista CarasyCaretas, 05/2016))

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