puntos de apoyo


PARTE 1: El libro es amarillo. El diseño de portada juega con similar color y grafía punk del Never mind the bollocks, el disco emblemático de los Sex Pistols. Lo que hay adentro del libro -a grandes rasgos- es una colección de artículos publicados en distintos medios de prensa entre los años 1985 y 1995, todos ellos referidos a la fermental cultura rock uruguaya de la posdictadura y a sus bordes, a sus tangentes, a sus ambiguas derivas. Muchos de los textos fueron escritos por Tabaré Couto y otros tantos son fragmentos de notas, crónicas, columnas o entrevistas escritas por otros, recopilados de la prensa más o menos formal de la época, de fanzines alternativos (destacan especialmente los extraídos de la revista G.A.S.) e incluso algún que otro inédito de gran relevancia (entre los que cuentan anecdóticos artículos rechazados por Brecha en los tiempos en que Couto fue columnista del espacio Amasijo Habitual, y un texto inédito de Raúl Forlán Lamarque para el proyecto de revista under El perseguidor).

Una segunda capa del libro y que lo desplaza de un concepto simplemente 'historiográfico', es la inclusión de textos autoficcionales, escritos a una importante distancia temporal y emocional, que van acompasando los diferentes capítulos y le dan una interesante perspectiva que permite ajustar algunos detalles y ayuda a una necesaria reconstrucción de la memoria personal (y también de la colectiva). La honestidad y transparencia de esta capa autoficcional aleja a Couto -por fortuna- de toda posibilidad de que el cruce entre  crónica de época y testimonio personal pueda llevar a un ejercicio de manipulación innecesaria. Es, podría decirse, un ajuste de cuentas personal. Porque lo que quiere Couto es compartir, demostrando generosidad al amplificar el discurso de su libro incluyendo otras voces y escrituras. Lo que busca es aproximarse a su mirada juvenil, a los signos de su generación. Y esta búsqueda es la que le permite utilizar el yo para lograr, en definitiva, una mejor empatía testimonial. Y es la que le permite delinear, en una tercera capa de lectura, acaso menos perceptible, los 'puntos de apoyo' sobre los que construyó su propia peripecia personal (que no es obvio decirlo, se vincula con la colectiva, o por lo menos alcanza a muchos de sus cogeneracionales: rockeros, gente de los medios, público en general).

Lo que quiero hablar en esta columna, sin embargo, es de otra cosa, o más bien de un desvío a la simple enumeración de los contenidos y aportes del libro de Tabaré Couto. Esta línea enumerativa nos llevaría en primer término, en una primera mirada, a describir el impacto emocional de las canciones de Los Estómagos y de Los Traidores, a la irrupción de la generación Graffiti, a narrar sobre el discurso irreverente del Cuarteto de Nos y de Los Tontos, a celebrar la claridad poética del "Estamos mal" de Neoh 23. Y está bien esa primera mirada, porque las canciones son a priori el centro del problema, y por eso el libro se llama La era del casete, y no otra cosa, y refiere directamente al problema musical. Y es por eso también que varios de los libros que buscan rearmar la historia sociocultural de ese mismo periodo llevan por títulos nombres de canciones: En la noche se llama el libro de entrevistas de Mauricio Rodríguez; Errantes y Mal de la cabeza las crónicas testimoniales de Gustavo Aguilera.

Pero hay una pequeña trampa que propone Couto: en la descripción del contenido del 'casete' dibujado en la portada pistolera no refiere a música sino a "escritos del rock uruguayo". O sea que el autor avisa: de lo que se habla es de otra cosa, se habla de cosas que están más allá de lo musical, más allá de las canciones. ¿De qué se habla entonces en La era del casete? De búsqueda generacional incierta y diversa, de discursos inconexos y muchas veces contrapuestos, de dificultad de construir una identidad juvenil, pero sobre todo se habla de un periodo sociopolítico -el de la posdictadura, o si se quiere ajustar el mejor término es "transición"- que no fue nada luminoso ni mucho menos satisfactorio para los jóvenes de la época. De todo eso es a lo que refieren los materiales que recopila Couto -todos de la época-, y sus escritos personales. Y también refieren a algo que en definitiva es de lo que quiero hablar en esa columna: habla de los 'puntos de apoyo'. Y puntos de apoyo no son tampoco las canciones, ni los grupos musicales, aunque podrían serlo. Salgamos del casete. Puntos de apoyo son los vasos comunicantes culturales: desde la influencia no-tan-lejana de Mayo del 68 hasta la figura luminosa de un poeta, escritor y periodista que reivindica Tabaré Couto y de algún modo el libro entero gira en su memoria. Me refiero a Raúl Forlán Lamarque: a sus escritos, a la agudeza de su mirada, a su cualidad de difusor cultural, a la influencia de su discurso, y muy especialmente a su generosidad y amistad, de la que disfrutamos varios de los que en esos años rondábamos los 20 años y queríamos escribir y ser arte y parte de una movida tan fermental como autodestructiva.

Hacia la mitad del libro amarillo de Tabaré Couto puede leerse el texto inédito "El perseguidor", firmado por Raúl. Solo ese texto (exagerando, claro, porque hay otros tantos, y muchos de ellos de Tabaré que son más que relevantes) vuelve al libro imprescindible para atesorar en una biblioteca que se precie. En la mía, lo voy a colocar al lado del mítico Polaroid (Historia de la cabeza uruguaya), que es ni más ni menos un libro complementario: la recopilación que hiciera Héctor Bardanca (poeta y uno de los editores de La Oreja Cortada) de textos varios publicados en prensa sobre los grandes debates culturales en la Montevideo de la segunda mitad de los 80. Muy cerca también del disco amarillo de los Pistols y de otras señas comunes y transversales a la peripecia de Couto: los mejores discos de los asturianos Ilegales, los madrileños Gabinete Caligari, los trasandinos Los Prisioneros. Y los poemas de Raúl de su entrañable libro Puntos de apoyo.

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PARTE 2: En el libro La era del casete, el mamotreto que se mandó Tabaré Couto y que se publicó por el sello Ediciones B, se cuentan algunas cosas que supieron estar naturalizadas y que hoy parecen de otro planeta. Sucedieron en democracia, en lo que se llamó democracia porque hubo elecciones en 1984 y teníamos un presidente legítimo (un autoritario abogado de apellido Sanguinetti que se jactó de no perder en el ejercicio de la presidencia un solo conflicto con sindicatos y organizaciones sociales); pero la verdad es que la calidad de esa democracia era bastante mala y los temas recurrentes -entre los jóvenes- eran la emigración, irse a la mierda porque no había futuro, y en todo caso se respiraba la grisura insoportable de un país de viejos, entre razzias, sin trabajo y la posibilidad latente de que te saliera todo mal.

Una de las tantas cosas que cuenta Couto en su libro, sucedió en la época en que se probaba como periodista rockero, más o menos punk. Año 1989, en un programa televisivo preelectoral donde los candidatos respondían a preguntas de jóvenes en su mayoría educados y formales. Couto era el contracultural, integraba el staff del fanzine GAS. Todo estaba guionado, con preguntas establecidas de antemano, nada que fuera muy insidioso. No recuerda bien por qué, sintió el impulso de mandarse fuera de libreto. Y lo hizo. El candidato de esa noche era Alberto Zumarán, blanco, de centroizquierda para la medida de la época. No resistió la tentación de hacer referencia a un graffiti que había visto en un muro, uno que decía "Zumarán, ¿y el Toba qué?", que interpelaba a los wilsonistas por la traición de haber votado la Ley de Caducidad. Dijo entonces que había visto ese graffiti y que la pregunta que quería hacer era exactamente esa. Fue como hacer estallar una bomba en el estudio. Desde luego que Couto, cuando fueron a la tanda, y después cuando terminó el programa, la pasó bastante mal. Lo insultaron, le dijeron que era un irresponsable, y por cierto que le prohibieron volver al panel juvenil. Y cuando llegó a su casa, a la noche, se enteró de otras malas noticias (o más bien malas prácticas): desde hacía un buen rato el abuelo de Couto atendía el teléfono para recibir insultos, amenazas para la familia y sobre todo para reiterarle que sabían muy bien que su hijo -que vivía en Barcelona después de diferentes circunstancias de exiliado político- era socialista y que tratara de cuidar que su nieto no siguiera el mismo camino, que lo estaban vigilando y que lo seguirían vigilando.

Leer esa historia hoy, en Montevideo, Uruguay, después de quince años en que las libertades y los derechos se multiplicaron a la enésima potencia respecto a la naturalidad con la que convivíamos en los 80 y en los 90 con la represión, la censura y el miedo (una de las conquistas de la izquierda de la que poco se habla), ilustra la inconsistente tentación a un 'cambio' que no es para nada inocente, un cambio que publicita falacias que no resisten el menor análisis pero que se han instalado como una gran burbuja mentirosa. Dicen, por ejemplo, que la izquierda estaría utilizando el miedo para ganar la elecciones. Yo diría que es un poco más complejo. No se trata de miedo. En mi caso personal, no tengo miedo alguno por lo que pase o deje de pasar. Lo que no tengo es ganas de volver a vivir en un país con ministros del Opus Dei (o ahora mismo en otras versiones religiosas más degradadas) o con senadores exmilitares que insinúen disparates contra las luchas feministas y la agenda de derechos, o con ministros de cultura que denuncien y censuren grupos musicales por escribir una canción que desarrolle una ficción sobre Artigas, o que no les tiemble el pulso para que el cantante de un grupo punk se pase 35 días en cana por lo que dijo o no dijo en un escenario.

Lo que sí es cierto es que esas dos últimas cosas a las que me refiero pasaron, y pasaron en tiempos pomposamente democrático (lo del Cuarteto de Nos en 1997 y el episodio de Clandestino en 1988), y son apenas dos pequeñas e ínfimas anécdotas que involucran a gente más o menos educada, de clase media alta, con capacidad -por cierto- de defenderse públicamente (de hecho, sus relatos han sido convalidados). Y todo esto, además, referido exclusivamente al campo de lo simbólico. (De hecho, no estoy haciendo referencia a la violencia real del estado hacia sindicatos (Sanguinetti y Lacalle dixit) y hacia organizaciones estudiantiles, por lo que no es necesario imaginar la enorme desprotección de colectivos más débiles antes de 2004 o la violencia no tan explícita y visible que suele desarrollarse en el terreno de la micropolítica).
¿Por qué no veíamos chicas tomadas de la mano y besándose, en un parque o en una plaza, en los años 90? ¿Por qué existían boliches de gueto para gays? ¿Por qué no se podía fumar porro, en la calle, sin paranoiquearse? ¿Por qué los festivales de rock, hasta entrados los años 90, tenían más 'seguridad' que los partidos de fútbol? Se pueden sumar decenas y decenas de preguntas que visibilicen los avances en lo relativo a libertades cotidianas y a espacios que se fueron ganando. También pueden enumerarse las grandes 'derrotas' en el campo cultural, por supuesto, que tienen que ver con la exaltación del consumo, por ejemplo, o con la escasa sensibilidad de la izquierda hacia temas ambientales, en este último caso sumando una mirada soberbia y paternalista a manifestaciones públicas que no se plantearon diálogos ni tender puentes.

Entre lo poco que me acuerdo, porque lo que está naturalizado hoy obliga a ejercitar la memoria o dedicar un tiempo a leer libros de historia como La era del casete, podría centrarme en dos o tres apuntes referidos a la 'cultura'. Hay cine uruguayo, una media de una veintena de películas anuales, y parecen prehistoria las movilizaciones para exigir que el Uruguay de Jorge Batlle pagara una ínfima cuota en Ibermedia para facilitar el acceso a coproducciones. En teatro, sin ir más lejos, la mínima protección de instituciones culturales europeas y empresas privadas de los años 90 no podía asegurar lo que viene pasando desde el 2004 para acá con apoyo de fondos concursables y de fortalecimiento: el desarrollo de una pujante y renovadora dramaturgia, acompasado por una inédita circulación de teatro uruguayo. Podría seguir con ejemplos de danza contemporánea, de publicación de historietas, con el desarrollo de las artes visuales y la política de publicaciones del Museo Nacional. Y siento entonces que lo que tengo es ganas, muchas ganas, de que sigan pasando este tipo de cosas. Y siento también, como Tabaré Couto (somos de la misma generación y compartimos recuerdos y también olvidos), que tuve que aprender a vivir en un país donde había que pelearla y generalmente perdías, donde se tenía miedo y donde las libertades (y las posibilidades) estaban bastante acotadas. Un país donde los políticos, en su mayoría representantes de los empresarios, de los militares y de las mentes más conservadoras, te escondían la mosqueta y se burlaban con cinismo democrático.


rebelión

Hay veces que las cosas no salen del todo bien. No me refiero a algo especialmente grave. Nada de eso. Me refiero a pequeños infortunios. A la cancelación del recital de una banda que te encanta, por ejemplo. Este mismo año 2019, sin ir muy lejos, me pasó una variante acaso más terrible. Por andar bien distraído, y en tantas cosas, me enteré tarde de un show de Nathy Peluso en La Trastienda. Digamos que cuando me enteré, la rapera con el flow más deforme en nuestra lengua, una verdadera equilibrista de rimas peligrosas y disonantes que vengo escuchando con no tan moderado fanatismo desde que alguien me recomendó el video "Esmeralda", ya se había tomado el avión de vuelta para España o quien sabe para qué sitio insospechado. El que sí llegó a tiempo fue un amigo que me trajo el ep de la Nathy, en vinilo, 45 rpm, el que tiene "La sandunguera" y se llama La sandunguera (si ponen "la+sandunguera+nathy+peluso" en Youtube les aseguro que se les vuela la bata), y que tiene también "Hot butter", que es un tema hipnótico, un homenaje zarpado a la Winehouse, con oficio R&B que larga con el fraseo "fresh, money, bitches in my pocket, latin chocolat, come here and suck it" y que remata unas líneas más adelante en plan "traigame una doble cheese con peperoni, oh baby, nasty not you're no so horny". De todos modos, la alegría no es completa. La sandunguera no tiene la canción más explosiva de la Nathy, que se llama "Corashe" (11 millones de vistas en Youtube, que viene a ser una cantidad discreta si la comparamos con Rosalía, pero no es momento de entrar en comparaciones, porque a mí, y lo sostengo con particular entusiasmo, Nathy Peluso es insuperable).

Dirán que son cosas que pasan. Dirán que no es nada grave perderse un show, ni que tu canción preferida no esté en el disco que tenés en tu casa (todo se arregla con Youtube, ni más ni menos), pero pasaron este año 2019 otras cosas dificiles de superar. El que iba a ser el festival del año, el Río Arriba, se canceló unos días antes, y unos cuantos no tuvimos la oportunidad de disfrutar de El Mató, Eté, Julen, Alfonsina y Las Ligas Menores, todos juntos en un mismo escenario. ¿Qué más se podía pedir? Era una grilla casi perfecta, y digo casi perfecta porque podrían haber estado también los Nadadores, o La Foca, o Jhona Lemole, o Nico Molina. Pero bueno, eso poco importa ahora, porque no sucedió, porque no sonaron las canciones de La dinastía Scorpio ni las de La síntesis O'Konor en el Teatro de Verano, y tampoco sonó una de las canciones del año en Uruguay, "Hambre", firmada por la máquina épica de Los Problems y con toda la fuerza performática de Ernesto Tabarez.

Otro infortunio de proporciones tuvo que ver con Ilegales, la histórica banda asturiana comandada por el rocker Jorge Martínez. Una de mis debilidades, porque estoy seguro -y lo discuto a quien quiera discutirlo- que hay pocos cancioneros más macarras e incorrectos que el de ellos. Tocaban en Buenos Aires, ahí nomás, pero no pude ir; tuve que cancelar toda posibilidad de escuchar las nuevas canciones y el más que emocionante recorrido por el repertorio. Y tuve que cancelar también la posibilidad de entrevistar a Jorge Ilegal. Lo que no es menor, por la sencilla razón de que en los últimos años me he decidido a completar mi colección privada de entrevistas con rockeros españoles de los 80. Y no es que se den muchas oportunidades.

El primero fue Loquillo, para la revista Freeway. Fue nota de portada y el inicio de una buena amistad. Por supuesto que estuve en el show del Loco en La Trastienda, que no recuerdo si fue la misma noche que estaba enfadado porque Montevideo le daba las llaves de la ciudad a Kusturica (para un español de izquierda es impensable que un gobierno de izquierda sudamericano celebre a un nacionalista serbo-bosnio), o la vez que aprovechó para filmar el clip de su versión de "Mincho bar" en Plaza Independencia, la Rambla, el Parque Rodó y otras locaciones montevideanas. El segundo fue Jaime Urrutia, la primera vez que vino a Montevideo, acompañando a su escudero y amigo Esteban Hirschfeld, el teclista mocker y caligari. En esos días se armó un homenaje privado a Los Mockers (participaron los Astroboy) y a Gabinete Caligari (participaron los Cadáveres Ilustres), y Jaime quedó impresionado de encontrar a miles de kilómetros de la Gran Vía veteranos de tantas guerras que conocieran "Tomando el airecico" y "Solo se vive una vez". Después, en otra oportunidad, la seguimos en Madrid y me mostró los sitios emblemáticos de la movida. Y, por último, me tocó entrevistar a Alaska y a Nacho Canut, animadores por excelencia de toda la nuevaola madrileña y creadores del himno "A quien le importa". A los Fangoria, que nunca pisaron Uruguay, los pude ver en un teatro de Buenos Aires, teloneados por las Nancys Rubias.

Mucho antes de que todo esto sucediera estuve en el sótano donde tocaron en Montevideo los gallegos de Siniestro Total. No recuerdo haberlos entrevistado, pero juro que los vi, y tengo muy claro que eso fue en diciembre de 1997. Si hace veintidós años, los Siniestro ya estaban "de vuelta", en el sentido de que la época de oro de la movida ya había pasado y eran poco menos que piezas de museo, es fácil comprender que la ocasión de ver un show de Ilegales, en 2019, significaba cerrar el círculo ochentero de Loquillo-Gabinete-Alaska-Siniestro-Ilegales, mis cinco preferidos de la época de oro del rock español.

No sucedió. Eso ya lo dije. Comprueba que hay veces que las cosas no salen del todo bien. De todos modos, pasó algo especial con Ilegales, con las escuchas que hice y sigo haciendo del disco Rebelión, que viene a ser la inesperada producción 2018 del trío comandado por Jorge Ilegal, contemporáneo a los discos de Nathy Peluso que me tienen intoxicado. Y lo que pasó es que las nuevas canciones de Ilegales suenan como las de hace 30 años, mantienen una intensidad similar, resuenan el mismo punk rock macarra de "Agotados de esperar el fin" y "Tengo un problema sexual". De algún modo logran algo muy difícil de lograr: romper el tiempo, escapar de toda pátina de nostalgia, y lo hacen paradójicamente sonando igual, como si nada hubiera pasado. El secreto posiblemente esté en las letras y la voz de Jorge Ilegal. O en la rebelión, en esa inflexión auténticamente punk que se vuelve presente puro con canciones que son pura dinamita como "Si no luchas te matas".

Debería decir algo más. Pero no. No sale. El único disco que tengo ganas de escuchar, después de intoxicarme con la Nathy y con Jorge Ilegal, es La dinastía Scorpio. Es la banda sonora de la próxima rebelión. Y lo digo absolutamente convencido. Son canciones perfectas. De dientes apretados. De amor y furia. Épicas. Están esperando, ahí, que algún viento las convoque.


las cosas que quiero no se quieren entre sí

Foto tomada por Paola Scagliotti para Cooltivarte

El autor de los relatos que leí en los últimos días tiene una extraña cualidad: se pone a contar algo, te envuelve sin mayor prisa en una prosa sobria, te va llevando con una escritura breve y seca, hasta que en un momento dado, más o menos imprevisto, lo escrito se termina, deja paso a la página en blanco, punto final y a otra cosa, y la sensación del lector es que en ese mismo momento, ahí precisamente, es donde empieza realmente el cuento. Pero no hay nada. O más bien lo que hay es todo para descubrir y contar.
Cada uno de los relatos de este autor puede decirse que sucede entonces en lo que no está escrito, en lo que no se dice. No son finales que completan, sino que incompletan, que ofician de pasaje a otro lado, un lugar donde el lector pierde toda neutralidad. Otra peculiaridad son los escenarios levemente trastornados y en apariencia desconectados de un posible hilo conductor: un edificio posiblemente montevideano en el que algo no anda del todo bien, una mesa de un bar de Pocitos donde alguien observa una escena desagradablemente clasista, una citroneta que circula por la ruta 11 con una certeza trágica, pero también una pareja de yonquis que mira la tele en una pensión de Barcelona o una pareja disfuncional de un pueblo perdido de Minnesota que pareja graba inquietantes videos virales. Hasta que, sin percatarnos, se va armando una geografía de la que empezamos a damos cuenta que tiene que ver con situaciones personales del autor. Todo nos va llevando discretamente a Santa Lucía, el pueblo donde nació Claudio Burguez, y el distanciamiento aparente de los primeros relatos conduce a una elegante autoficción que nunca se define a evidenciarse del todo pero que está ahí, en un filo, perturbando al lector. Porque, en definitiva, todo lo que se leyó antes se va tornando personal, real, verdadero, y cada punto final, de cada relato, abre una reescritura inesperada, y el libro que se termina de leer termina siendo otro totalmente diferente al que se empezó unos cuantos días antes.
Esta circunstancia temporal no identifica necesariamente -en este caso- a un largo volumen de relatos largos y tortuosos. Nada de eso. Todo lo contrario. El libro de Claudio Burguez (su debut en la narrativa, luego de varias publicaciones como poeta) es breve. Cada relato (podría cambiarse "relato" por "pieza de relojería") es brevísimo: se reduce a no más de dos o a lo sumo tres páginas de un libro de formato pequeño (casi de bolsillo). Pero esas dos o tres páginas concentran mucho. Y ya dijimos que en este libro son densos incluso los silencios, los blancos de las páginas y lo que viene después de los puntos finales. Todo se reduce entonces a una cuestión de días, porque pasa con este libro lo que pasa muchas veces con los libros breves y con la poesía. Se lee de a poco, len-ta-men-te. En definitiva, el tiempo está después.
Las cosas que quiero no se quieren entre sí. Así se llama el libro que Claudio Burguez publicó por Pez en el Hielo. Pocas veces un título sintoniza tan bien con su contenido. Todo lo que debe entenderse de esa premisa tiene lugar después del punto y aparte, en este caso fuera de la canción. Porque es necesario contar en este preciso momento que esa frase de explosiva polisemia viene de una canción breve de Exilio Psíquico, del casete Ipse Dixit, publicado en el año 1994 por el sello Mala Fama Records. Transcribo el texto completo de la referida canción.

"Para ir adonde no sabés
Hay que ir por donde no sabés
Las cosas que quiero no se quieren entre sí
San Juan de la Cruz adónde vas".


Es una canción brevísima -como no podía ser de otra manera- que podría formar parte de un disco actual de, por ejemplo, los platenses El Mató Un Policía Motorizado. Podría también ser reversionada, veinticinco años después, por una banda pos-kraut rock del culo del mundo, pero esa es otra historia que no viene a cuento en esta columna, sobre todo porque uno de Los Mostachos está juntando kiwis o algo así en Australia, y esa banda adoradora de Exilio Psíquico y en especial de ese casete, no está actualmente en funciones.
Vuelvo después del desvío musical a la idea de brevedad y a los libros que demoran en ser leídos. Este año confieso que demoré un par de meses -mientras devoraba novelones varios- en degustar el sorprendente libro que se mandó Claudio Burguez. Se lee a sorbos. Ya se dijo: len-ta-men-te. Y cuando ahora le busco un lugar en la biblioteca, tengo claro que en un tiempo lo ubicaré contiguo a un libro más breve aún y que empecé a leer hace más tiempo y aún no llegué a la mitad. Me refiero a un libro (casi) infinito pese a su brevedad. Algunos habrán adivinado: se trata de Autorretrato, del francés Édouard Levé.
No puedo evitar aclarar, al final de esta columna, que todo el tiempo me referí a otra cosa, y esa otra cosa no es precisamente lo que quería contar del libro de Claudio Burguez. Lo que buscaba expresar es una idea que no pude asir por completo y se me volvió resbaladiza; una idea que tiene que ver con cierta cualidad 'forense' en su escritura. Tiene que ver indirectamente con el cuento "Los forenses", tan enigmático, de sordo terror, y excepcional no solo por ser el único largo del libro, sino por dar  evidencia de que lo que escribe Burguez sea posiblemente una reconstrucción forense de escenas que él conoce y que decide expresamente no contar. Llega hasta ahí, reconstruye la incertidumbre anterior. Y esas perturbadoras escenas que el autor-forense no cuenta -y de las que no daremos pistas innecesarias más que un constante carácter trágico- son lo que el lector encuentra y visualiza después de cada punto final.

locas pasiones



Hay novelas que solo parecen ir hacia adelante. Avanzan las páginas y se abren nuevos caminos y situaciones inesperadas, en las que no parece importar lo que se deja atrás, lo leído, lo que ya fue. Por lo tanto, se olvida, se desecha, sin ningún pudor ni culpabilidad. Porque solo importa lo que viene, lo que no se sabe, la próxima sorpresa.

No quiero decir con esto que sean novelitas de las hechas con una liviana receta para entretener, aunque varias de las que me he topado como lector que comparten este sino tienen una escritura más bien simple y capítulos cortos, y se aproximan formalmente a los tan disfrutables libritos populares de bolsillo con historias de vaqueros del lejano oeste gringo o de colecciones románticas como las de Corín Tellado. Sin embargo, estas novelas a las que me refiero, están lejos de ser tradicionales. Todo lo contrario. Porque el concepto de ir hacia adelante, que implica no mirar hacia atrás, ni hacia los costados, lleva inevitablemente a un desequilibrio en el que la propia trama se vuelve secundaria, porque lo mejor en estos casos parece ser dejarse llevar por el ritmo, por el vértigo; otra vez, por lo que no se sabe, la próxima sorpresa.

El mejor acuerdo que puede hacer un lector con estas novelas es comportarse como un lector alienado (otra similitud con las novelitas populares de bolsillo), para que el disfrute obtenido sea máximo. De alguna manera estas son novelas ideales, sobre todo desde un punto de vista de que llevan al máximo la capacidad de ficcionar y, en el caso de que el manejo de esta capacidad sea más que óptimo, lo que sucede es un acto mágico y adictivo.

Las novelas de César Aira, no me canso de decirlo, son un ejemplo de una máquina de ficcionar excepcional. La particularidad del argentino está en una capacidad de observación sorprendente (tan afinadísima como la del maestro Levrero) y en un manejo brillante de temas 'profundos' tocados desde una obscena y aparente frivolidad. Nunca el tema de sus novelas es lo que se cuenta ni tampoco lo que se reflexiona, ni los personajes, ni nada relevante y común a lo literario tradicional. El único tema es ir hacia adelante, y lo que pasa con Aira y termina siendo uno de sus principales contratiempos, es que llega un momento, después de comienzos generalmente estupendos, el propio autor se aburre, el relato se le estanca un poco, y eso en definitiva se transmite al lector. Pero bueno, igualmente, entre sus más de cien novelas publicadas tiene varias que son perfectas, y son bastante más de una decena de títulos, incluidos La cautiva, La guerra de los gimnasios, La liebre, Entre los indios y Un episodio en la vida del pintor viajero.

Otro autor que ha escrito un par de buenas novelas que van desesperadamente hacia adelante es Leo Maslíah. Una de ellas, titulada Zanahorias, publicada hace un montón de años por el desaparecido sello Trilce, es un ejemplo extremo, radical, y podría decirse que no tiene pies ni cabeza. Se narra el vacío. Podría decirse que no hay novela. Pero sí tiene una escritura ágil, simple, con capítulos cortos y todo lo que tiene que tener una novela de bolsillo. Solo puedo decir de ella que es una experiencia de lectura alienada y altamente disfrutable.

Tropecé en estos días con una novela que podría enmarcarse en una similar línea conceptual que las de Aira y las de Maslíah. Se llama Locas pasiones. Está firmada por Diego Recoba. Y lo que aparentemente es una novela popular de estructura objetivamente tradicional -vuelvo a los pequeños capítulos (en este caso incluso titulados, un guiño naif de Recoba), al uso de descripciones rápidas y precisas, a diálogos rápidos, a una primera persona que evita digresiones, reflexiones y todo tipo de recursos complejos para dedicarse a narrar, y por cierto a extremar su narración en un viaje vertiginoso hacia adelante- se convierte en una novela que echa a jugar a una máquina de ficcionar desquiciada que obliga al lector a una sola posibilidad: dejarse llevar a una lectura en la que solo importa avanzar y divertirse en el acto de ir compulsivamente hacia adelante. Es imposible concentrarse en una trama. Es inútil. Es tanta la acumulación de cosas que suceden que se vuelve una tarea imposible. Pero no hay que asustarse. Si el talento de Aira está en su capacidad de observación y en las digresiones, y en Maslíah en lo extremo de su experimento, en Recoba hay otro tipo de equilibrios -y desequilibrios- que hacen de Locas pasiones una novela que funciona a la perfección.

Me siento tentado a no contar nada más, a no explicar absolutamente nada sobre los mecanismos de la novela de Recoba, porque de algún modo sería desbaratar la sorpresa. Solo puedo decir que es una de las novelas más divertidas y adictivas que leí en años y que se mueve a la perfección en escenarios y personajes similares a los de algunas novelas de Dani Umpi: la banda sonora y referencias culturales -por ejemplo- provienen de la canción romántica (de hecho, José Vélez es un personaje tan inesperado como funcional a la novela), y aparece constantemente un registro cotidiano uruguayísimo aunque los personajes se muevan en geografías tan extrañas como dispares, entre los suburbios de una ciudad tailandesa, las carreteras de Córdoba o una casita en Sarandí del Yí. Otras tres cosas que tiene Locas pasiones y la hacen de particular interés: referencias futbolísticas continuas, una intriga vinculada al submundo de los videojuegos y un final feliz de novela romántica.

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