la aventura es la canción

Es un debut. Tiene más de 30 años de recorrido en esto de la música, pero ese dato no inhibe que el libro/disco Fuera de la realidad técnicamente sea un debut y que Santiago Tavella lo viva como una primera vez. Porque es Otro Tavella. Porque está solo, pero muy bien acompañado. Porque sus canciones son protagonistas de otra manera muy distinta a las vivencias del Cuarteto de Nos. Porque son otras canciones, un puñado de letras y músicas que viene masticando desde hace años; primero con su guitarra, después acompañado de los Embajadores del Buen Gusto y todo tipo de asesores que lo fueron guiando en una aventura que es -definitivamente- una fresca y luminosa primera vez.

Apuntes sobre letras y músicas
 El recorrido de Fuera de la realidad se inicia con una canción que funciona mejor que ninguna como apertura, como punto de partida de una aventura de reescrituras sobre el amor y otros deseos más o menos confesables (no olvidemos que todo esto se trata de Tavella, aunque sea Otro Tavella, pero el filo, lo punzante y el acertijo perverso siempre está, desde la palabra y desde la propia voz). "Un amor cualquiera", se llama la primera canción, y tiene un tono melancólico en una intro con rasgueos de guitarras y el clima tensionado que agrega el vibráfono, que dan el color perfecto para que entren los versos de Tavella y luego un crescendo pop-rock que no incomoda, que calza perfecto con ese "amor cualquiera" que busca Colette en La ingenua libertina y tan bien traduce y desenrosca Tavella. Es una canción que emociona, cuando la protagonista descubre que eso con lo que sueña y la lleva a la aventura, no es más que la aventura del amor: "un amor cualquiera/ como el de todo el mundo/ pero que sea verdadero,/ y con él sabré/ edificar uno/ digno solo de mí". Y Tavella se hace cargo de lo que ambiciona Colette, y alcanza con cambiar "amor" por "canción" para identificar que esa aventura vital es la propia construcción del disco, que además se anuncia como una suma de historia de amor y desamor, de historias más o menos incorrectas, pero al fin y al cabo en formato canción, o sea, cuando sucede esa magia tan intangible entre letra y música.
Una tras otra, las canciones se escuchan y se leen como un libro más o menos picaresco, desde leyendas con hadas oscuras, sirenas de balneario o vecinas de Satán hasta fotografías cotidianas sobre el amor de un protagonista que asoma tímido y más o menos atemorizado. Y vuelve una y otra vez la idea de la aventura del amor, como certeza, como centro gravitatorio. Hay momentos de alta factura, de temas que hace tiempo que Tavella viene mostrando en recitales: "El amor es de nadie", "Ella es mi novia (pero no lo sabe todavía)", "Tan patéticos y bellos", y temo enumerar todas las canciones del disco, o desarrollar ideas y versos de probada fineza y sustancia poética. Pero si hay que nombrar una, sin dudas es "Baile de mierda", una pequeña maravilla que expone, como bien anota el poeta Aldo Mazzucchelli en uno de los intertextos que se insertan en el libro/disco, que "lo que hay es lo que todo el mundo ve: que si te conociste en un baile de mierda, lo que viene después es lo que viene después". Y es exactamente eso: en todas las canciones hay lo que todo el mundo ve, pero que Tavella logra convertir en canciones, letra y música, como ya se dijo, en una alquimia que logra hacer funcionar como nunca, o bien como en esas pequeñas joyas cuarteteras como "Nuevamente" o "Zapatitos de hormigón" que tal vez nunca fueron valorizadas como se merecían.

La aventura de Otro Tavella
¿Lo sentís como un disco debut? Porque, entre otras cosas, venís trabajando en varias de las canciones desde hace años... en principio solo y después acompañado por la banda.Es debut, sí, porque si bien hubo intentos previos, quedaron en el intento. Estas canciones las vengo siguiendo desde hace años; para mí tienen vida propia, y de hecho fueron mutando hasta llegar a un punto en el cual pareció legítimo grabarlas. Si bien esto no garantiza que no muten más, en esa mutación la banda tuvo mucho que ver, porque la interpretación es muy importante y creo que se llegó a arreglos muy buenos, algunos muy despojados. La producción y la mezcla de Guillermo Berta supieron poner esto al frente, y el trabajo que hicimos con Aldo Mazzucchelli -de edición y preproducción- aportó mucho. Es curioso, pero la industria musical, que básicamente produce canciones, pone un gran cuidado en el sonido, uno pequeño en lo interpretativo y nada en lo literario, que es la mitad de la canción... Eso queda en manos del artista, y como me habrás escuchado decir alguna vez frente a algunas canciones... ¿es que fulano no tiene ningún amigo escritor que lo asesore?

Ese es un buen punto del disco, porque de alguna manera es un manifiesto en defensa de la canción como género musical/literario. ¿Qué te llevó a profundizar en esto?Creo que es una manera que encontré de salir de la zona de confort. En el disco, por ejemplo, hay humor, pero no es el protagonista, no distrae la atención y te deja seguir haciendo más lecturas entrelíneas de lo escrito y de lo musical. Me parecía importante eso. Salir de lo literal, del mensaje obvio y meterme en zonas donde hay opacidad. Me interesa que el escucha quede atrapado, pero que no encuentre la solución a nada. Se podría decir que es una reivindicación de la irresponsabilidad, que es la única responsabilidad del verdadero artista.

Al escuchar el disco queda la sensación de que son relatos de tu aventura con la canción y con el amor...Es que hablar de amor es una forma de salir del discurso del ego, de la experiencia personal, de la autorreferencialidad que nos agobia en el ombliguismo de tanta cosa anda en la vuelta, que van desde simples canciones hasta piezas de arte contemporáneo en las que se cree que por surgir de vivencias personales ya son válidas. Y a mí las vivencias personales de un artista me importan un reverendo bledo. A mí me interesa el otro, ese que nunca vamos a conocer, que es un misterio, que se nos presenta en relaciones conflictivas, siempre imperfectas pero en las que, si uno acierta en la canción, hacen que aflore la pulsión vital que tiene que tener cualquier cosa que pretenda ser arte.

Esas canciones diferentes
Las canciones de Otro Tavella y Los Embajadores del Buen Gusto sorprenden con un sonido luminoso y simple, pero esencialmente distinto a lo que se escucha en la vuelta. No hay ruido. No hay provocación en la superficie. La aventura parece haber sido escapar de la extrañeza, de lo pretendidamente raro, y esa paradoja es precisamente lo extraño, porque llevó al músico y a su banda a transitar un camino dislocado, donde no hay encuentro con lo convencional sino con una extrañeza más sabia y más peligrosa.
El pop-rock que se elige transitar, un pop-rock para adultos, radiofónico, guitarrero, de tres minutos, excelentemente ejecutado, se vuelve provocador. Y no es fácil el punto, y por eso estuvo tanto tiempo buscándolo, armando una banda, ejercitando el canto, tejiendo letras que no se gastaran en una primera escuchada. Por eso es correcto afirmar que Tavella se marchó a la aventura, y a la hora de escribir confundió -y por suerte- amor con canción, y y es capaz de conmover en "Un amor cualquiera" y de matarnos de risa espasmódica en "Baile de mierda", pero no se vanagloria de esas posibilidades sino que ejercita en cada canción un bordado diferente, para que se meta en el que escucha/lee como si fuera una fábula infantil.
En esencia, el disco recorre la aventura tavelliana del amor; perdón, la divertida desventura tavelliana del amor. "En lo musical, trato de evitar las resoluciones obvias", dice el artista, "pero sin caer en lo llamativamente raro, lo cual es mucho más difícil. Si te ponés a escuchar lo que se está llevando, asombra la abundancia de pobreza, una suerte de ostentación de la falta de recursos, de la repetición de lo que ya se sabe que funciona. Y no te estoy hablando de cumbia cheta, que no importa si es así porque no pretende ser otra cosa, te hablo de cosas que hacen músicos que pretenden tener algo que decir, pero que en definitiva el único mensaje que tienen es "atenti, mira que lo que hago tiene mensaje". En el vocabulario adolescente, una cosa que noté es que una muletilla recurrente es la palabra "literal", que la entiendo como síntoma y diagnóstico a la vez de la producción simbólica actual, y que con mucho trabajo yo trato de evitar, espero que con éxito".


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Baile de mierda
"Esa canción salió de una frase de Santiago Sappía, mi sobrino, hablando de antros a los que concurría. Se refirió a uno de ellos como "un baile de mierda", y ahí asocié con la pregunta recurrente de Graciela Taquini, mi madre argentina, que le pregunta siempre a las parejas "¿dónde se conocieron?", lo cual puede llegar a ser una pregunta embarazosa si la pareja se hubiera conocido en ese preciso lugar... Esa canción fue posible gracias a que Sebastián Macció, el baterista, es capaz de tocar cumbia en la batería con swing, cosa poco común en los bateristas de rock uruguayos". (Santiago Tavella)

El caso de mariana figueroa


Foto: Paola Scagliotti.
Unos años después de escribir la novela El caso de Virginia Tiresias, Mariana Figueroa encontró en el hentai, corriente erótica del comic japonés, un subgénero llamado futanari donde la anécdota de que a una muchacha le nazcan genitales masculinos a causa de un hechizo o poción mágica es más o menos frecuente. Se quedó más tranquila. O no. Tal vez tenía todavía cierto aprensión, antes de la publicación por Yaugurú, a que la peripecia de la protagonista de la novela fuera tomada por una caprichosa acción literaria LGTB o del tipo de soluciones de guion de la serie televisiva Buffy la cazampiros (que está además dentro del mundo de referencias de la autora). Vaya dilema y abanico de posibilidades para lectores prejuiciosos.
Virginia Tiresias es una adolescente en problemas que seduce y mantiene relaciones con una amiga, pero esta le dice que si bien la pasó genial, le gustaría que ella fuera un hombre, por lo que el juego de confusiones lleva a que Virginia se lo cuente a alguien que tiene poderes y los utiliza sin que ella se lo pida para que aparezca entre sus piernas un pene mágico que será uno de los centros de la novela y luego de una oscura guerra entre magos que nada tiene que ver con Harry Potter. O si, pero una trastornada ciudad de Montevideo, en sus calles, bien a la intemperie.
Otro tema que seguramente le preocupara a Figueroa es el de que las lecturas se concentraran demasiado en ese punto, en la bisexualidad, en la desenfrenada carrera de Virginia por entenderse, por aceptarse en su nueva condición y de buscar una identidad que no la incomode (de hecho, no se siente muy bien como bisexual freak). Pero, bueno, todo eso es el motor de la novela, es su principal atractivo y por cierto está muy bien desarrollada la peripecia de Virginia; pero, eso sí, bastante más allá de esa superficie chillona que la acerca a cierto pop de la escritura de Umpi y también al desenfreno porno de algunos textos de Lisardi, El caso de Virginia Tiresias es una novela decididamente generacional, urgente, política, provocadora, por lo que las referencias y lugares comunes habrá que buscarlos en gente de su generación, como Hoski, como José Arenas, también preocupados en los límites del género y 'de género', sin afiliarse a ningún ismo, o incluso en los bordes (y desbordes) sicotrópicos de novelas como Arena, de Lalo Barrubia.

Puede encontrarse cierto aire en tu novela con la narrativa de Lalo Barrubia o incluso de Dani Umpi, en ese entrar y salir de la ficción y del retrato de una generación. ¿Compartís esta percepción?
Mariana Figueroa: Dani Umpi me cae simpático. Mi novela es quizá de lo más estilísticamente posmoderno que he escrito y seguramente por eso viene el parentesco con él. Lalo Barrubia no es propiamente una influencia, pero sí una afinidad: es una de las pocas escritoras uruguayas vivas que, además de generarme admiración, logra conmoverme. Pero no me identifico con el under de los ochenta desde la experiencia vital. Me parece que las vivencias de esa generación fueron mucho más extremas; no era lo mismo ser un under alternativo multiloco en esa época que cuando me tocó a mí y a la gente de mi edad. Quizá con ellos tengamos un cierto parentesco en cierto desencanto vital, y cierta crudeza al describir algunas cosas (particularmente lo referido a sexo, drogas y vida callejera), pero hay hechos que para ellos eran un acto significante y para nosotros una forma más de matar el tedio.

¿Cuánto hay de tu vida y de gente que conociste y conocés entre los personajes?
M.F.: El retrato generacional de El caso de Virginia Tiresias se refiere a las personas que estaban en edad de pensar en construirse una vida (yo tenía 22 años, Virginia 18) en la época de la crisis. Se trataba de jóvenes que no se "integraban" ni a los proyectos tradicionales de familia o progreso, ni a ideales universales de hacer "un mundo mejor", pero tampoco eran propiamente rebeldes o nihilistas, porque nadie les hacía la guerra. Ni siquiera la reivindicación de la bisexualidad del personaje es tan importante como parece. No es que el resto del mundo se le oponga o la castigue, es que le resulta tan natural que no entiende por qué al resto de la gente le llama tanto la atención. Aunque por esa afirmación identitaria termina en una situación casi "homeless", ahí hay mucho de las vivencias mías y de jóvenes de mi generación relacionadas con dar vueltas por casas de amigos o callejear sin rumbo a causa de situaciones familiares insanas, que no necesariamente se daban por cuestiones de opción sexual. Más bien se relacionaban con nuestra propia imposibilidad de construirnos una vida fuera de los lazos familiares, un poco por nuestra propia apatía y bastante más por la falta de oportunidades. Y en estos callejeos ni siquiera se trataba de buscar un espacio de libertad o aventura, como sucede en las narraciones del under de los 80, sino simplemente de procurar un achique para darse una ducha o calentarse agua para un mate. Algo así como 25 watts, pero unos años empeorado.

¿Cuáles vendrían a ser tus influencias, lo que leías y tenías presente en el momento de la escritura?
M.F.: En realidad, en cuanto a las referencias narrativas, lo que tenía fresco en mi mente cuando escribí la novela era Lolita, de Nabokov, textos de Boris Vian, Alfred Jarry y algunas aproximaciones a la patafísica, Woody Allen, el cine posmoderno de los '90 y algo de la ficción televisiva de esa época como Buffy la cazavampiros y Sabrina, la bruja adolescente. Están también South Park, Futurama y los especiales de Halloween de los Simpson, además de algunos relatos de Leo Maslíah como "El animal que todos llevamos dentro" y "La mujer loba ataca de nuevo". A casi nadie se le ocurre relacionar la novela con estas referencias, porque no son productos particularmente feministas LGBT. Me quejo muchísimo, con los pro y con los anti, de cómo ser feminista o lesbiana parece inhabilitar la percepción de otros aspectos igualmente importantes de un texto; por eso me gustó que me trajeras a Lalo Barrubia como intento de retrato generacional y no como literatura "femenina"o bisexual... Del lado propiamente erótico-lésbico, me influyeron mucho unos fragmentos de La bastarda, de Violette Leduc, una novelista del círculo del Cafe de Flore, que fue prologada por Simone de Beauvoir. Y también hay mucho de las leyendas sobre Safo de Lesbos en esas relaciones entre aprendices jóvenes y maestras maduras y experimentadas.

De todos modos, es evidente en la novela -al igual que en algunos textos de Hoski y de José Arenas- una naturalización de la bisexualidad...
M.F.: Me parece que mi afinidad con ellos quizá no se base estrictamente en la bisexualidad. Se trata sí como una forma de mostrarla o contextualizarla, que entiendo que lo describas como "naturalizar", pero en sí es más bien consecuencia de ya tenerlo naturalizado. Creo que los tres nos resistimos a una forma de retratar la afirmación identitaria como algo ahistórico, y por consiguiente a la actitud de que esta afirmación sea un fin en sí mismo. Esa, por ejemplo, es una distancia que tengo con la estética gay de Dani Umpi (a quien le reconozco un mérito en su afirmación, sólo en función de que la hace en Uruguay, o sea en un medio fácilmente escandalizable y ningunero). No estamos en los 80; no sos el re heavy y re jodido por decir que sos puto o tortillera. Personalmente, a los únicos que les concedo la virtud de la valentía por su afirmación identitaria es a los trans, pero no a los homosexuales y bisexuales; no a los de mi generación al menos. Estamos en un nivel en el cual, eso tan vago que llamamos "el sistema" o el "poder hegemónico", ha captado el potencial del público LGBT como sector de mercado. Aunque no nos guste, eso es tan determinante para el interés en ciertos reclamos de la comunidad por parte de la agenda pública, como fue la revolución industrial para la abolición de la esclavitud. Pocos lectores perciben lo importante de esa observación en el desenlace de El caso de Virginia Tiresias. También me siento afín a Hoski y Arenas hasta en la forma en que alguna gente nos lee erróneamente. Algunos lectores siguen aplaudiendo o abucheando la afirmación identitaria en sí misma; cuando la pija de los poemas de Hoski es una excusa para parodiar los discursos de vanguardia y las construcciones literarias canónicas, el pene mágico de Virginia articula un retrato generacional y una sátira política, y la homosexualidad de Arenas está ahí, entre otras cosas, para reformular el tango.

¿Qué significa esta novela en tu obra, y su publicación en cierta forma tardía?
M.F.: Tengo mucha obra inédita entre narrativa, poesía y canciones, pero me ha costado encontrar formas convincentes y accesibles de presentarlas al público, y es una tarea que recién comienza con esta publicación. La novela la escribí entre 2002 y 2006. Antes había tenido un incipiente pero intenso esbozo de carrera literaria, y con 16 años de edad había ganado algunos premios, había publicado en varias ediciones colectivas y había sido creo que la ganadora más joven del Premio Nacional de Literatura en 1997, por una obra de teatro que después enterré. Al momento de empezar la novela estaba un poco quemada con la vida social literaria, había empezado a tocar en los ómnibus y a darle más preponderancia a mis presentaciones como cantautora. Mientras la escribía, me desaparecí de los eventos literarios, entonces dejé de ser un prodigio literario adolescente, y mayormente mi modesta fama se volvió la de una jovencita cantora callejera muy simpática y expresiva pero bastante desafinada. Ponerme a escribir una novela fue un poco una prueba hacia mí misma como escritora, y otro poco un intento de plasmar eso que encontraba en la calle y no en los eventos literarios o en las clases de Facultad de Humanidades. Estaba en una nube de pedos. Pero algo salió, supongo.


((artículo publicado en la revista CarasyCaretas, 07/2017))

semillas y otros desvíos


Hace apenas un año, el sello Bizarro editaba el disco Semillas, de Rossana Taddei, un cancionero que dialoga con la infancia y las raíces musicales de la cantante, en un viaje similar al que realizara Caetano Veloso en Fina estampa, o Fernando Cabrera en Canciones propias. Es un disco mayor, de notable factura técnica e interpretativa. Es otro punto alto en la obra de la artista.
El disco Semillas significa para Taddei un desvío, como tantos desvíos que ha tomado en su carrera como compositora e intérprete. Porque la suya no es una carrera lineal, hacia adelante, acumulativa. Se parece más, en todo caso, a un viaje de autoconocimiento, de aprendizaje. Y en Semillas, como parte del proyecto MINIMALmambo, tocó armar un mapa de canciones que se sabe de memoria y que algunas de ellas viene trabajando desde hace años. Suele contar Taddei que en ocasiones, después de los recitales, algunos espectadores se acercan a comprar discos y preguntan en cuál está 'Cactus', 'Zamba del carnaval' o 'El Curruchá'. Esta circunstancia hizo que se decidiera por grabar un disco como Semillas, con varias de esas canciones de otros autores que han encontrado un lugar en el repertorio de sus recitales y de las presentaciones en el formato MINIMALmambo.
"Las canciones que incluíamos en los conciertos ya tienen una impronta personal, porque las tocamos infinitas veces y siempre van tomando algo más de nuestro sonido", dice Taddei, lo que revela el camino que hicieron esas canciones hasta hacerse, de alguna manera, 'propias'. Casi todas las canciones de Semillas vienen del folclore, y se respeta esa procedencia pese a estar interpretadas en formato trío de rock acústico, con un sonido seco de batería, bajo eléctrico y el acierto de hacer jugar mínimos elementos sonoros.
Taddei va en todo momento al centro de la canción, a la línea melodía y a la rítmica interior, sin apelar nunca al golpe bajo del "cover fogonero". Cada versión tiene una frescura y una sensación de inocencia que puede dar la mágica impresión de haber sido grabada por primera vez, formando parte de un disco en el que se logra un sonido y una tímbrica propia y sin sobresaltos. Esto no hace más que mostrar que se trata de un laborioso trabajo de investigación personal (implicó para Rossana Taddei un viaje emocional a varias de las canciones que marcaron su infancia), pero también colectivo (en todo momento acompañada por Gustavo Etchenique y Alejandro Moya, en un formato trío, acústico, que participó en la creación y fue fundamental a la hora de la grabación, más allá del 'color' que le pusieron invitados diversos, entre ellos Fernando Cabrera).

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Has hecho otros discos en los que partiste de poesía para musicalizar. En Semillas el centro es hacer propia canciones de otros. ¿Cómo viviste este nuevo viaje?
Rossana Taddei: Este disco de versiones nace de un proceso muy natural, porque desde siempre agrego a mis conciertos canciones de otros autores que me emocionan y se da naturalmente que al interpretarlas surja una versión. En todos estos años fui sumando canciones de diversos géneros y eso dio lugar a esta idea de crear un disco con las canciones del genero folclórico y allegados, y homenajear en este álbum a ese primer tramo de este camino sostenido de música. Y es como decís. Hice antes de Semillas dos discos musicalizando poesías. El primero fue Sic Transit y después vino Tra cielo e terra, disco en italiano sobre poesías de poetas suizos ticineses.

¿Es Semillas un mapa emocional, un recorrido por canciones que marcaron tu infancia y tu formación como artista?
R.T.: Sí, aunque en realidad es una pequeña muestra, porque las canciones que me marcaron en la infancia fueron muchas más, y no solo escuchaba o cantaba canciones folclóricas. También formaba parte de mi ambiente sonoro, la música italiana, el jazz y la música clásica. Lo que te puedo decir es que me emocionan todas las canciones de Semillas. Por ejemplo, 'Zamba del Carnaval', con la participación de Fernando Cabrera, es un momento muy especial del disco. Cantamos juntos y él tocó algunas líneas de guitarra. 'Río de los pájaros' es una canción muy bella que conocí cuando volví a Uruguay; si bien tiene muchas versiones siempre tuve la idea de que algún día la iba a cantar y pasó en este disco. Y 'Casamiento de negros' es una canción preciosa, de Violeta Parra, donde se agrega la ultima estrofa brillante de Milton Nascimento en su versión. Busqué un arreglo a partir de una línea de bajo que compuse y sobre ella se sumaron Alejandro Moya y Gustavo Etchenique. Quedó un entretejido de bajos y percusión que me gusta mucho.

¿Cuánto empatizás con la obra de Violeta Parra?
R.T.: Violeta es una de la principales compositoras mujeres y sus canciones me pegan fuerte desde mi infancia, y cuando versiono sus canciones me siento totalmente libre cantándolas y empatizo sintiéndolas integradas a mí. Todo eso me da libertad para buscar en sus músicas y en sus canciones otras formas de cantarlas, según mi antojo. Ella componía sin demasiados elementos teóricos, cosas geniales, desde lo musical a lo poético con un decir directo, con una voz sin impostaciones, natural y conectada desde la tierra la cielo.

De alguna manera es inspiradora...
R.T.: Ella es muy inspiradora. Me siento muy identificada con su energía, con su forma de seducir desde la canción y de comunicar sin pelos en la lengua sobre los temas más complejos de este mundo. Su gran sentido del humor también me resulta familiar, como todo en ella y sin haberla conocido siento que desde sus canciones estamos cerca de ella. Y también hay otras cosas. Hace un tiempo, armé un grupo de amigas en casa para tejer tapiz-telar, y vino una maestra a darnos clases. Poco después de finalizado el curso, intento cambiar la urdimbre por una tela de arpillera, porque me permitía viajar con el telar en construcción... Y terminé creando unos tapices bordados que luego descubrí que también hacía Violeta, y con la misma técnica.

¿Cómo se dio el juego en formato trío?
R.T.: El trío es un formato que me gusta. Hace muchos años que tocamos juntos con Moya y con Etchenique, nos conocemos muy bien y funcionamos telepáticamente. Esto hizo que el proceso de Semillas fuera muy natural, fresco, directo. Y bueno, fui presentando las canciones, para que pudiéramos iniciar las maquetas. Muchas ya estaban bastante adelantadas en cuanto arreglos, porque como te decía venimos tocando muchas de estas canciones hace tiempo. De todos modos, cuando se inicia la grabación, el cerebro funciona de otra manera y aparecen nuevas ideas. Y la forma de abordar la canción para volverla algo permanente requiere un encare con otra mirada... Ya no es la versión que uno se lanza a hacer en el vivo, con la adrenalina del momento único que es un concierto. Para un disco, obviamente el tratamiento es otro. Buscamos un sonido, trabajamos en los arreglos y cuando teníamos todo pronto entramos a estudio. Grabamos con la intención de realizar unas segundas maquetas, pero el resultado nos encantó, y cuando nos reunimos con Fernando Cabrera -que grabó en varios temas como cantante y guitarrista, y de alguna forma participó dando sus opiniones acertadas y muy valiosas-, nos dijo: "esto no es una maqueta, es el disco".

Casi todos son temas de folclore, excepto los que abren y cierran el disco, que son de Gustavo Cerati ('Cactus') y Peter Gabriel ('Don't Give Up')...
R.T.: Cuando compré el disco Fuerza natural, de Cerati, y escuche el tema 'Cactus', me impactó, me sorprendió el aire folclórico que encierra. Y me gustó tanto que inmediatamente me puse a estudiarlo para incluirlo en los conciertos...Se fue dando así: Semillas contiene canciones en su mayoría de origen folclórico llevadas a nuestro estilo, pero también incluye canciones como la de Fernando Cabrera, la de Peter Gabriel y 'Cactus', que conviven perfectamente con el resto del disco.

Y uno de los puntos de mayor emoción es la canción de Víctor Jara...
R.T.: Esa es una canción que siempre me emocionó. La parte del texto que dice "Y mis manos son lo único que tengo, son mi amor y mi sustento", es muy conmovedora. Y si bien se refiere al campesino y al obrero, nosotros, los músicos, trabajamos con nuestras manos y también somos artesanos.

((artículo publicado en CarasyCaretas, 07/2017))

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