canciones en espiral

Hace apenas un par de años, en el otoño de 2015, se daba a conocer el primer disco del trío Y Los Nombres Comunes. Guitarra, teclado y percusión. Y ruiditos, si se puede llamar de esa manera a capas de sonidos -percutivos en su mayoría- enroscando espirales de melodías sinuosas más parecidas a volutas de humo volando a baja altura que a canciones con intencionalidades de chispear estribillos facilongos. Estaba también la voz, más o menos siguiendo los rastros del teclado, sin mayores tentaciones de protagonismo acrobático.
Jhona Lemole -guitarrista y cantante- venía con experiencia previa en LEM, tocando clarinete y xilofón. Mostraba así sus primeras arrebatos compositivos, en un tono experimental, en un plan mantra-folk hipnótico y muy cuidado. Lo acompañan Ximena Bouso ("una percusionista con mucho estudio, conoce infinidad de ritmos") y Martín Seoane ("desde su adolescencia está vinculado a proyectos más punk"). El trío fue tomando más cohesión, y hoy, a la escucha de un segundo cancionero, grabado con el apoyo en producción artística de Leandro Dansilio, compone y arregla en conjunto, y los tres suenan tan ensamblados que todo parece salir de un mismo y poderoso espiral sonoro.
Lo común, así se llama el nuevo disco del trío integrado por Lemole-Bouso-Seoane, es un disco que puede resultar fascinante para quienes decidan dejarse llevar por paisajes aparentemente alejados de los "lugares comunes" de lo radiofónico. Y puede comprobarse entonces que la vuelta de sentido que propone el trío desde su nombre, se vincula con la posible sugerencia de que este tipo de canciones puede ser mucho más 'común' de lo que se cree, si se entiende que el pensamiento mágico está a disposición de quien quiera acercarse y experimentarlo. Es tan simple como eso. Bien lejos de la repetición gimnástica y pegadiza del pop, el grupo apuesta por repeticiones hipnóticas y -como se dijo antes- espiraladas. Explica Lemole: "Las canciones están vinculadas a situaciones que viví y personas reales; son el escape de un montón de energías que están y que siento como un acto psicomágico, como dice Jodorowsky, en eso de proponer romper con los hábitos que impone la sociedad y así liberarse de aquellos que generan angustia".

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¿Cómo se hace música en espiral?
Jhona Lemole: Creo que se da de manera inconsciente. Los tres trabajamos generando capas a las canciones y creemos que el trance en la repetición puede generar esa sensación de espiral en la canción. A mí, particularmente, con Y Los Nombres Comunes me gusta trabajar los arreglos desde situaciones, como si fuese una obra de teatro... Esto debe ser porque soy formado en la escuela de artes escénicas. Hay quienes han dicho, por ejemplo, que nuestra música podría ser banda sonora de  película, y eso también puede ser una sensación similar a lo cíclico, al espiral, a que tal vez todas las canciones sean parte de una misma historia.

¿De qué manera se traduce esto en la relación entre ustedes y en los ensambles instrumentales?
JL:
Podría decir que los tres nos llevamos bien, que Ximena es la que sabe y que Martín y yo ponemos el corazón. Ximena es una verdadera conocedora de muchos ritmos y le aporta a las canciones rítmicas muy interesantes. Martín siempre tuvo un piano en su casa, y juntos pudimos lograr con el teclado ese laburo más de paisaje sonoro, de salir un poco de lo convencional. Y yo, con la guitarra, soy autodidacta... Me encanta la sonoridad de las cuerdas de acero, pero sé poco. Me defiendo más con la voz. Me gusta trabajar en la melodía vocal.  

Dan ganas, en algunos momentos, de que se dejen llevar por territorios más melódicos. Cuando lo hacen, en "Renato" y en "La noche, el día y la tarde", logran canciones muy buenas...
JL:
Creo que eso es algo que se va a ir dando solo. Yo tenía tal vez demasiado miedo de caer en el estribillo fácil, en la canción pop que gana por pegajosa. Pero de un tiempo a esta parte me amigué con esa forma, sin sacrificar la experimentación. Creo que la mezcla de ambas puede ser una buena formula. En "La noche, el día y la tarde", recuerdo que en ese momento estaba escuchando muchas baladas mexicanas y me pasaba cantando cual mariachi. También andaba en la vuelta un disco de Gilda que inconscientemente influenció esa canción... Tal vez es una canción que nació de una balada mexicana cruzada con una cumbia melosa de Gilda. Ese cruce la hace desgarradora. 

¿Cómo fue la construcción del disco?
JL:
La construcción de Lo común empezó en el invierno de 2015, momento en el que predominaba una sensación fría, nublada. En donde vivía en ese momento tenía una 'quema tutti'; la prendía, agarraba la guitarra y comenzaba a divagar cosas que terminaron en este disco. Los martes de mañana siempre nos juntamos con la banda, y fue en esas sesiones que fuimos -de a poco- armando los temas. Todo esto lo hace un disco muy invernal. En cuanto a la construcción, pasó además algo nuevo para nosotros, que fue el hecho de trabajar con un productor. La mayoría de las guitarras del disco la grabamos en mi cuarto, que es el lugar donde fueron compuestas. Y ya hacia el final, como pasa siempre, ya no quería escuchar más los temas... Creemos que Leandro (Dansilio) logró un sonido intermedio de lo que somos en vivo y el trabajo de estudio.

¿Y cómo son en vivo? ¿Qué pasa a la hora de armar un espectáculo?
JL:
La palabra espectáculo no me resulta muy cómoda. Nuestra música está más relacionada a otras artes, como el teatro, por lo que siento que lo que hacemos es intervenir los lugares en que nos presentamos. Nos encanta compartir lo que hacemos y que otros puedan llegar a percibir cómo sublimamos en canciones determinadas energías. La mayoría de las veces canto con los ojos cerrados, por un acto reflejo: es como me puedo conectar mejor conmigo y con el presente. Hemos tenido todo tipo de experiencias, pero mientras más nos conectamos entre nosotros, más se percibe esa energía que es invisible a los ojos. Esta fecha nos la jugamos igual que siempre, ensayando para poder estar tranquilos y compartir momentos de amistad con Xime y Martin. Estamos muy unidos.

¿Qué tienen pensado hacer en la presentación en la Balzo?
JL:
Estamos muy ansiosos por tocar en la Balzo. Es una sala hermosa, con tremendo sonido... y creemos que somos un buen plan para un domingo. En la presentación vamos a tocar el disco y estamos preparando una sorpresa para los que vayan. Probablemente sea el único toque del año... ya  que creo que es un buen momento para guardarnos a concebir otro hijo. Ando también metido en otros proyectos. En este momento, por ejemplo, me encuentro componiendo para una banda nueva que se llama Santa María Peligro, y escribí diez canciones que hablan sobre lo mismo... quise poner en práctica lo que se da inconsciente en Y Los Nombres Comunes. Creo que es una historia interesante... ya te dije, más que un disco para mí es una película.

¿Qué es lo común?
JL:
Lo común, conceptualmente en este disco, es el amor. También lo común evoca a lo minimalista, a la canción que se defiende con pocos artificios.  

seguir, seguir adelante


La historia de Teatro Cachiporra se remonta al año 1973, cuando Javier Peraza y Ausonia Conde deciden emprender la aventura de contar historias a través de títeres confeccionados por ellos mismos. Se respiraban tiempos difíciles. Eran muy jóvenes y sentían la necesidad de decir cosas, de sumarse a la resistencia contra la dictadura, y también de buscar -a través de la fusión del arte dramático y la confección de muñecos- una forma de sobrevivir y de llevar adelante una casa y una pareja creativa.
¿Por qué eligieron la técnica del títere? Ausonia responde que además de ser una forma de la escena, "había que decir cosas, en esos momentos tan urgentes". Al empezar a investigar, fueron encontrando que los títeres y los muñecos son un ejemplo milenario de expresión y de arte. "El títere es sugerencia", dice Javier. Y agrega: "Son anteriores al teatro corporal. Son símbolo en estado puro, y es por eso que los niños los manejan inmediatamente". Aprendieron el oficio en la marcha, siguiendo los lineamientos de titiriteros argentinos como Otto Freitas y Javier Villafañe, continuadores de una tradición independiente que se entronca con la experiencia en títeres de un grande como Federico García Lorca.
A más de cuarenta años de la fundación de una compañía que devino en una aventura familiar en la que están involucrados sus hijos y familiares directos, Teatro Cachiporra sigue estrenando espectáculos, investigando en el arte del títere. Este invierno de 2017 presentan uno de esos títulos que suponen un desafío, un hito, un punto de inflexión, nada menos que una versión de Don Quijote, la célebre novela de Cervantes. "Hace muchos años que viajaba en nuestra imaginación el emblemático personaje de la Mancha", dice Javier. "Es un emprendimiento difícil dada la dimensión de la novela y su complejidad. Sin embargo, siempre fue nuestro objetivo conseguir a través de los muñecos un poco de la esencia, la suficiente como para que la puerta de la lectura fuera abierta por los niños y también por los adultos".

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Cachiporra surge en momentos difíciles, en la necesidad de "decir", de expresar el malestar de tiempos difíciles. ¿Cuánto de esa necesidad inicial estuvieron y están presentes en los más de 40 años de vida de la compañía?
AC: El arte verdadero no puede dejar de ser político en el sentido amplio de la palabra. Siempre es un diálogo entre el que representa y el espectador, que también crea acorde a su experiencia y sensibilidad. Los temas son comunes a todos los que participamos de la misma sociedad, y el objetivo en todo caso es hacer de este mundo un lugar mejor, encontrando nuestro lugar de constructores.

¿Cómo trabajaron la adaptación y qué técnicas decidieron utilizar para contar las historias que narra Cervantes?
JP: Lo primero fue encontrar la esencia, el contenido, y a partir de eso proyectarlo sobre el "ahora", de modo de hacer una historia creíble en nuestro tiempo. Luego adaptar el texto, conservando la belleza del idioma, y adaptar lo que fuera necesario para hacerlo comprensible. Lo que tiene que ver con las técnicas fue la elección de la más adecuada para cada momento de la historia. En la obra se utiliza la técnica de sombras, pero también hay teatro negro, títeres de guante, de varilla y de mesa.

De alguna manera, los contemporáneos seguimos peleando contra molinos de viento y todo tipo de enemigos...
JP: La historia del Quijote es la historia de seguir adelante hasta el absurdo. La convicción y la voluntad pueden llevar los ideales hasta el infinito. Es una virtud de una parte de la humanidad que nunca se detendrá y es por eso que cuando alguien cae, viene detrás otro que tomará su espada.

¿Cómo se plantea Cachiporra ante desafíos como el presente, y el de seguir adelante como grupo?
AC: Cachiporra siempre trabajó bajo la premisa de plantearse primero qué contar y luego decidir cuáles son las técnicas más apropiadas para transmitir de la mejor manera las ideas. El teatro de animación ofrece posibilidades infinitas de expresión. En este sentido, es apasionante descubrir que siempre hay más por delante en lo que tiene que ver con la investigación del lenguaje. Por esa razón siempre estamos abiertos a lo nuevo. Seguramente éste es el ingrediente más apasionante de nuestra profesión.

¿Qué es lo que define al títere, lo que lo hace insustituible?
JP: El títere, como arte escénica, tiene mucho contacto con el teatro de actores, pero también tiene diferencias muy fuertes. El actor es un artista que trabaja a partir de su propio cuerpo, y con el titiritero pasa totalmente lo contrario; o sea, los titiriteros tenemos que proyectar personajes en cosas inanimadas personajes
AC: El títere, si no está manipulado por un actor no es un títere, es un trapo. Para que ese títere viva tiene que existir el titiritero, que tiene que transferir sus sentimientos a su mano, y de su mano al objeto, o al elemento. El cuerpo del titiritero tiene que estar trasladado a eso que estás exponiendo en ese espacio escénico. Y por otra parte, el títere es un símbolo que está en el aire y llega a todos lados. Eso para mí es el títere. Es una síntesis total de una cantidad de cosas.
JP: Los títeres empiezan a funcionar cuando uno, y además el espectador, entran en el juego de creer que está vivo, y eso es una cosa absolutamente mágica... Y es fuerte lo que pasa cuando abrís la valija donde están los títeres, que están todos ahí, y algunos que hace tiempo que no salen. Los mirás y parece que te están tipos diciendo, cuándo me toca a mí, no puede ser que esté tanto tiempo acá sin hacer nada...

el mundo del post-trabajo

Es tan pero tan bueno el planteo y el desarrollo de la nueva novela del francés Pierre Lemaitre, un autor policial de los consagrados en el género y con bastante más pasta literaria que el tan promocionado Joel Dicker –si lo comparamos con otro best seller europeo que tampoco proviene de los países nórdicos–, que el contraste que sucede hacia el final de la historia deja un sabor amargo, bastante perplejidad y la necesidad de esbozar un par de ideas sobre cómo ciertos mecanismos industriales pueden perjudicar tanto una buena novela.
Recursos inhumanos empieza como una de las buenas historias de los hermanos Coen y termina con persecuciones y simplificaciones al estilo de una mala película de clase B, de las de matiné. Así de sencillo. Pero que esta advertencia no inhiba de su lectura, porque hasta las últimas 20 páginas mantiene el aliento de una novela de impecable factura noir, aderezada con un corte social de los que poco se ven en la literatura contemporánea.
Lemaitre ensaya, desde su personaje Alain Delambre, un retrato del lado oscuro del mundo del trabajo en Francia y de las consecuencias que produce el desempleo endémico en un individuo en particular y en su entorno más próximo. El diseño que hace del protagonista y de sus relaciones familiares está realizado con excelencia, manejando con sutileza los diferentes puntos de vista y colocándose bien lejos de todo atisbo de piedad o de posible ética proletaria (en definitiva, se trata de un alienado y su deseo es el de volver al sistema, clausurando opciones alternativas de rehacer su vida en otros términos).
La situación sin salida de Delambre, del que sólo diremos que es un ex director de recursos humanos que perdió pie en el mundo laboral, lo lleva a construir escenarios en los que el uso de la mentira y sucesivas imposturas marcan una deriva que termina desequilibrándolo en el plano emocional. El cuadro depresivo en el que sobrevive se complementa y se alimenta de momentos de ira y períodos eufóricos que profundizan la necesidad imperiosa y utópica de dejar de ser un perdedor. Pronto se ve envuelto en un juego de rol, en una perversa maniobra de una poderosa empresa multinacional. Es el chivo expiatorio; lo sabe pero nuevamente se trampea a sí mismo para dar una pelea en la que la venganza pasa a ser su único y disparatado móvil. Logra salirse con la suya y concretar un plan más o menos disparatado. Hasta que Lemaitre apura un final hollywoodense, con las peores fórmulas del género policial y, como dijimos al comienzo de la nota, estropea lo que era una potente y adictiva novela sobre el mundo del trabajo, o, más exactamente, del postrabajo.

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