cruzar la tradición


EL ASTILLERO - Foto: Sebastián Santana
En tiempos más o menos recientes, en el territorio de la música montevideana, el dúo Spuntone-Mendaro retoma la práctica de versionar canciones en un formato de extremada practicidad; mínimos elementos (guitarra y voz), en arreglos acústicos, le permitieron a ambos músicos una gran efectividad en boliches y pequeños escenarios. Varias circunstancias se conjugaron para que la empresa fuera exitosa: un motor potente en la ilación del repertorio (Spuntone eligió canciones que necesitaba cantar, fuera por desahogo o catarsis, fuera por identificación con éxitos probados del rock uruguayo reciente), el talento del arreglador musical (Mendaro hizo un gran trabajo al reducir arreglos -en su mayoría de formato banda- a las cuerdas de su guitarra), y un tercer factor relacionado con el efecto que lograron en el público al llevar las canciones elegidas a su centro expresivo, al elemento esencial. Después, claro está, vino el éxito, el crecimiento, los discos, los grandes escenarios, lo que puso a prueba y en conflicto la idea y desarrollo inicial del dúo.
Lo de Spuntone-Mendaro es cruzar la canción para llegar -como se dijo- a su centro discursivo. Es un viaje emocional e intelectual donde la canción se reduce a la palabra, a lo que se dice, a lo que golpea en la superficie vocal, por eso la importancia que toma el cantor (en este caso Spuntone) es mayor a la del músico, que pasa a ser acompañante (más allá de los buenos méritos de Mendaro, queda en segundo plano, en "bajo perfil", como se dice vulgarmente).
Otra forma de cruzar la canción, a través de repertorios ajenos y también en formato guitarra y voz, fue probada unos años antes por el dúo Umpi-Soiza, en los espectáculos Dramática. El planteo performático-kitsch-irónico (sobre todo auto-ironía), apelaba a otra cosa, a una literalidad más ambigua, acaso trans, y a la reducción sonora de guitarra-voz se le sumaban un énfasis en el vestuario, una sobreactuación del cantor y un repertorio abierto y personal relacionado con la memoria afectiva-radial. Era un plano evidentemente más lúdico, aunque es preciso notar que cuando Umpi cantaba "No me importa morir", de los argentinos El Otro Yo, o "Gris", de Loop Lascano, rompía el juego "dramático/irónico" para duplicar incluso la verdad escondida de la canción yendo más lejos que cualquier versión de Spuntone. El espectáculo Dramática funcionó muy bien en la escena under, y también es probable que su edición en disco (registro en vivo, por el sello Contrapedal) llamara a preguntarse sobre la discutible pertinencia de 'publicar' la capa sonora de una performance que tenía un lenguaje mayormente visual y repentista.

Los que vienen astillando
Estos antecedentes están más que presentes en el territorio en el que se mueve El Astillero, un trío que lleva un tiempo en la vuelta (sobre todo "nocturna") y que reúne a tres guitarristas y cantantes: Garo Arakelian, Gonzalo Deniz y Diego Presa. No hay bajo perfil, como en los casos de Mendaro o Soiza; acá los tres egos se cruzan, comparten, juegan y forman parte -por igual- del proyecto que van desarrollando porque, además, los tres son probados compositores.
Estos tres camaradas de la canción se pusieron de acuerdo, en un principio, en llevar composiciones propias a la nueva identidad de tres guitarras, voces solistas alternadas y coros. Así fue el concepto del primer disco, que ofreció versiones -de todos modos- no muy alejadas a las de los proyectos respectivos: la preponderancia de las guitarras en Franny Glass, en Buceo Invisible y los discos solistas de Presa, y en el único y gran disco de Garo, era un hecho, y en El Astillero lo que sí hay es más potencia folk y la posibilidad de subrayar diálogos guitarreros más refinados y sobre todo potenciar el trabajo coral y de diferentes capas en los arreglos vocales.
En el resbaladizo debate sobre hacer versiones de otro artista o no, inevitable en la distinción de proyectos similares -se suma además la circunstancia de que Spuntone y Garo comparten la historia más o menos conflictiva de La Trampa-, El Astillero dejó claro en el primer disco que había también un espacio para celebrar a otros autores. Y, de hecho, la versión que hacen de 'Lover, lover, lover', de Leonard Cohen, con la voz principal de Deniz, es sencillamente excelente; es de esas que encantan, de las que llegan hasta los huesos. Es una versión paradójica; porque habilita un camino pero solo como excepción, porque no parece posible un 'astillero' de versiones de Cohen, Dino, Dylan, Belle and Sebastian y Springsteen. El camino, en definitiva, para los onettianos, fue otro.
El primer golpe dado por El Astillero, con un disco que fue muy bien recibido por los seguidores de los tres artistas, mostró además el fuerte compromiso que los tres tienen en trabajar y redimensionar no solo sus respectivos repertorios y pulsos creativos, sino también en dialogar con el linaje cancionístico de 'rockeros de guitarra acústica', dejando entrever influencias de grandes maestros como el Darno, Dino y Cabrera, entre otros. Ahí está el punto central de las búsquedas de El Astillero. Y es un punto que trasciende la mera versión (o reapropiación) de una canción o un grupo de canciones. ¿Qué hacer entonces en el segundo disco? Entre las posibilidades abiertas, y seguramente con la presunción de investigar 'hacia adelante', se lanzaron al tentador ejercicio de crear nuevas composiciones. Entre los tres, y sin marcar porcentajes ni distinciones de "letra y música". Era la más riesgosa de las empresas, porque se sabe que 1+1+1 en esto de la música y el arte no es igual a 3. Lo que se creará será otro 1, pero un Otro diferente, al que se deberá cuidar para que genere una identidad que no sea precisamente la del consenso (concepto que suele ser problemático en asuntos creativos).

El segundo viaje
Cruzar la noche es la forma que eligieron Deniz, Presa y Arakelian para cruzar la canción, para encontrar un viaje común. Es un disco más difícil (y riesgoso, como se dijo), porque exige del escucha desprenderse del inútil ejercicio de encontrar la marca singular, o el de pedir que no compliquen su zona de confort y vuelvan a sus caminos personales (no pocos preferirían que Garo publicara un segundo disco a que "juegue" en El Astillero, por ejemplo, opinión vinculada a la breve obra de Garo como solista en comparación con las de sus dos prolíficos colegas). En primera instancia, el objetivo de los artistas está logrado: las identidades -por cierto que las tres son muy fuertes- se difuminan en el nuevo cancionero, las tres guitarras y voces dialogan con elegancia y hay una potente sustancia literaria en el viaje cancionístico. Hay muchas canciones, ahí, para ir reconociendo, para escucharlas una y mil veces. Solo hay que animarse a "cruzar la noche", vivir "un día cualquiera", dejarse llevar por "camiones" y "barcos", bajo "el sol en invierno".
El Astillero, en este segundo disco, toma una intrigante nueva forma, ilustrada en el árbol frágil y solitario, de extraña belleza, que aparece en la foto del librillo interior, tomada por Sebastián Santana. El árbol ocupa la mitad de la imagen, a un costado de esos tres gladiadores de la canción milonga rock montevideana. El árbol es joven y se muestra resistente pese a mostrarse frágil, y pese a su juventud exhibe la sabiduría de haber recibido brisas y tempestades que son, en definitiva, la materia prima de un puñado de canciones nuevas pero que dialogan con la tradición.

la imagen proyectada

El orden de los factores, si hablamos de historia y fotografía, altera sensiblemente el producto. Una posible historia de la fotografía, por ejemplo, es una cosa muy diferente que utilizar la fotografía como herramienta de estudios históricos. Tampoco se recorrerán los mismos caminos de investigación si la decisión es hacer un estudio más o menos dinámico entre ambos parámetros y centrarse en un espacio-tiempo determinado (Uruguay, 1840-1990), objetivo de la empresa en la que se embarcó el Centro de Fotografía hace algunos años, con miradas diversas y anclaje fotográfico y un fuerte énfasis en la producción de conocimientos historiográficos.
El equipo integrado por Magdalena Broquetas, Mauricio Bruno, Alexandra Nóvoa, Isabel Wschebor y Clara von Sanden exhibe un sesgo definido y particular: todos ellos tienen formación universitaria en ciencias históricas y todos han trabajado en numerosos proyectos de investigación relativos a documentación y preservación de imágenes, o bien en la organización de exposiciones y publicaciones sobre fotografía histórica. Tres de ellos -Broquetas, Bruno y von Sanden- son coautores además del primer tomo de Fotografía en Uruguay. Historia y usos sociales: 1840-1930, primera parte de un largo trabajo que culmina con la edición este año 2018 del tomo dos, que se ocupa del periodo 1930-1990.
El libro reúne ocho trabajos que entrelazan grandes líneas temáticas que permiten abordar distintos "usos" de la fotografía en Uruguay, articulando el terreno de lo público y de lo privado, y dando cuenta de buena parte de la producción de imágenes en el periodo estudiado. Hay enfoques muy específicos: Isabel Wschebor analiza, en el artículo 'Capturar el conocimiento', los usos científicos de la fotografía y el cine en Uruguay, mientras que Clara von Sanden se centra en el ámbito de lo privado, en la fotografía en la vida familiar. Alexandra Nóvoa, por su parte, se encarga de mapear la fotografía en el terreno del arte y su investigación diferencia dos periodos: 1930-1967 (amateurismo y modernidad) y 1966-1990 (la renovación del Foto Club Uruguayo y el surgimiento de la fotografía "de autor").
Los restantes cuatro trabajos son decididamente políticos y relativos a la utilización de la imagen principalmente por parte del estado (propaganda y construcción de identidad nacional) y por los medios de comunicación (en diarios y semanarios). Mauricio Bruno desarrolla la difusión propagandística del Uruguay, desde el estado, con cierto énfasis en lo turístico, en dos artículos: predictadura, 1929-1972; y dictadura, 1973-1983). El propio Bruno firma también un estudio sobre la fotografía periodística ('Entre la información y el entretenimiento', 1930-1966), mientras que Magdalena Broquetas analiza el fotoperiodismo en tiempos de movilización social y dictadura (1959-1985).

Miradas y puntos de vista
El primer acierto de los autores reside en neutralizar el sentido que suele tener la difusión de imágenes antiguas. Todas las fotografías que ilustran los artículos -relevadas de archivos públicos o privados, publicaciones, instituciones, museos- tienen similar carga simbólica a las miles de fotografías que circulan y se comparten en foros y redes sociales dedicadas al ejercicio superficial de la nostalgia. Sin embargo, la resignificación, la puesta en contexto, permite que esas mismas imágenes oficien de 'pruebas' y de sólida base de construccion de necesaria y bienvenida reflexión histórica.
Las imágenes utilizadas por el equipo de investigación dejan de ser simples representaciones de un tiempo pasado, o la definición que se elija del mágico acto fotográfico, para asumir la condición de esencia de lo que se relata y teoriza en cada artículo de este bienvenido segundo tomo de Fotografía en Uruguay. De ese modo, las fotografías exhibidas -desde una portada de Mundo Uruguayo donde se ve a una mujer votando, una foto privada de tres niños en un balneario o una toma aérea de la inauguración del Mausoleo en Plaza Independencia, por poner tres ejemplos al azar- expresan, proyectadas al presente de la investigación, y luego del lector (o del espectador de la exposición que se exhibe en la fotogalería del Parque Rodó), algo más que sus respectivas singularidades: el punto de vista de quien la tomó, la técnica utilizada, la buena fortuna o no de la composición. Lo que asoma, en cada foto y en la construcción colectiva del ensayo, y como centro del asunto, es el hecho de que cada fotografía pone en debate su propia identidad y el "uso" posterior para el que fue tomada y ahora nuevamente mirada, como objeto histórico cargado de sentido.
Otro gran acierto tiene que ver con las temáticas elegidas. Si bien puede ser debatible la pertinencia de incluir otras miradas específicas complementarias, sobre temáticas como "fotografía y fútbol", "fotografía en las artes escénicas" o "fotografía y espacios urbanos", las elegidas y analizadas permiten cubrir espacios sociales de relevancia, tanto públicos como privados y que aportan novedad al ser disparadoras de investigaciones no transitadas anteriormente. Tal vez, en el futuro, podría pensarse en unidades de estudio con lineamientos más cerrados, especialmente en lo que tiene que ver con profundizar en el uso de la fotografía en el ámbito de lo privado (no solamente lo familiar, también en sociedades civiles como clubes deportivos, asociaciones de inmigrantes, etcétera) y en ese universo interminable que tiene que ver con la prensa gráfica y los archivos de diarios, semanarios y revistas.
En definitiva, un libro que significa un gran aporte al conocimiento historiográfico del siglo XX uruguayo y que muestra el riquísimo diálogo e intercambio de ideas propuesto desde el Centro de Fotografía con la academia. También configura un buen punto de partida para futuras investigaciones, teniendo en cuenta el vacío existente en la materia, a excepción del libro Historia de la fotografía en Uruguay, de Juan Antonio Varese.

fragmentos de un año en que dejamos de contar


"Terrorismo emocional". Uno de los momentos intensos del año 2018.
Las listas han dejado de tener sentido. O por lo menos, de acuerdo a cierta y muy tangible desorientación contemporánea, es posible afirmar que ya no tienen un sentido enciclopédico y se han convertido en mapas de afinidades que radicalizan identidades subjetivas, al mismo tiempo que dejan en evidencia la inexistencia de libre albedrío sobre lo que consumimos. Las listas, como se dijo, parecen haber perdido el sentido que tenían porque nuestros mundos privados, nuestras zonas de confort, nuestros usos del ocio, no van actualmente más allá de tres o cuatro aplicaciones que nos satisfacen (bueno, si es posible llamar satisfacción a la ansiedad por sumar más y más series de Netflix) y que logran encerrar nuestro gusto en un mero algoritmo. Solo nos queda bajar, descender a la catatonia de un trap con autotune, metidos en una escena de persecuciones o catástrofes, y quedarnos allí, sin entender demasiado, controlados, vigilados, zombies del año en que dejamos de contar. Y contar no significa solo el ejercicio de hacer listas, enumerar, darle sentido a lo que atravesamos. Contar es relato, y la imposibilidad de construir un relato es una circunstancia algo más que peligrosa para nosotros, los humanos. Perdimos poder. Esa es una certeza. ¿Quiénes somos nosotros? ¿Somos lo que leemos, los discos que escuchamos, los espectáculos que vivenciamos, el político que votamos? Sí, pero la identidad cyborg, esa condición del ciudadano contemporáneo amarrado a un montón de redes, devorando videos basura y memes, chequeando continuamente el gps y el servicio meteorológico en el inquieto mantra paranoico dónde-estoy, arrasa con todo y el tráfico de pensamiento se reduce cada vez un poco más y sus fragmentos se disuelven en el cementerio extático de Facebook. Llegará un día que no se podrá entender una película de Jean Luc Godard. Por este tipo de reflexiones es que defendemos las listas como un ejercicio imprescindible de la memoria. Porque más allá de caprichos y decisiones tomadas con alto margen de error, ellas son esenciales para construir mapas que nos permitan desviarnos del mundo tal cual lo conocemos y aventurarnos un poco más allá del random de Spotify. Cada una de las siguientes recomendaciones abre conexiones entre varias de las mejores cosas que sucedieron en la cultura uruguaya este año 2018 y que relevamos (o no) en este blog durante cincuenta y dos semanas.

***

01. Arte: Aquí soñó Blanes Viales. Instalación de Pablo Uribe en Museo Nacional de Artes Visuales. Un artista y un curador -Pablo Uribe y Carlos Capelán- se propusieron una misión especial: trabajar sobre el acervo del principal museo del país para generar nuevos relatos, apropiaciones, remixes y todo tipo de asociaciones que configuran una exposición-ensayo sobre la pintura y el arte uruguayo. Las ideas de que “todos los autores son un autor” y de que “todas las obras son una única obra”, como explica el propio Uribe, sobrevuelan la exposición Aquí soñó Blanes Viale. El espectador tiene ante sí una serie de recorridos y relecturas con mucho de lúdico y de resignificación del valor del arte una comunidad (en este caso, vaya si será importante, la nuestra).

02. Cine: Las olas. Director: Adrián Biniez. Una redefinición de lugar y de los pliegues de la memoria íntima es lo que sucede en el largo de ficción Lashoras. El protagonista (Alfonso, interpretado por Alfonso Tort) vivencia distintos momentos de su vida en diferentes playas y balnearios de la costa uruguaya. Cada vez que Alfonso se zambulle se traslada a otro momento de su vida, como si fuera una bola de flipper en un mapa de recuerdos playeros. Se siente raro y sabe que va a descubrir cosas, pero no tarda en ponerse a jugar en el cruce de los tiempos. Similares sensaciones tiene el espectador, dispuesto a acompañar la aventura. Otra ficción altamente recomendable: La noche que no se repite, una película bizarrísima filmada en San José por los maragatos Apa y Jamal que lleva a la pantalla la novela homónima de Pedro Peña.

03. Teatro: Viralata, obra teatral basada en el libro de Fabián Severo. Director: Luis Vidal. De los balnearios, y luego de pasar por la noche profunda de San José de Mayo, pasamos a la frontera norte uruguaya. Y a otro juego de reconstrucción de la memoria, en este caso centrado en el viaje a la infancia de Severo, al borde de la autoficción, en un barrio de la ciudad de Artigas. Calles de tierra, pobreza sin estetizar, pequeñas escenas cotidianas y siempre la pelea por salir adelante. Viralata es también identidad portuñol, una obra teatral entrañable y un libro de lectura imprescindible. Hay más viajes escénicos fronterizos: uno muy recomendable es el que plantea Florencia Caballero Bianchi en Cheta, relato áspero y potente ambientado en los bordes de Montevideo en el año 2002.

04. Novela: Mil de fiebre, de Juan Andrés Ferreira. Edita Literatura Random House. Es el gran libro publicado este año en Uruguay. Hay suficientes argumentos para ingresar en las más de 600 páginas de Mil de fiebre: temas fuertes y novedosos en sus puntos de vista, sólida construcción de personajes, excelente manejo del ritmo y sobre todo el hecho de que las historias que se cuentan van mostrando un presente distorsionado más o menos como el que vivimos en las últimas dos décadas en ciudades como Montevideo o la mítica Salto que reconstruye Juan Andrés Ferreira. Otras lecturas para alternar: los relatos mínimos de Inés Bortagaray (también entre Montevideo y Salto) de Cuántas aventuras nos aguardan, el esperado Herodes, nueva novela de Damián González Bertolino, y La expansióndel universo, de Ramiro Sanchiz.

05. Fotografía: Patria, de Jorge Vidart. Ediciones CdeF. El foto-libro Patria reúne una colección de fotografías en estricto blanco y negro, todas de un periodo que tiene como centro los años 80, o sea la dictadura y la transición, todas sacadas en territorio uruguayo. Hay fotos rurales y urbanas. Hay retratos pero también multitudes. Hay viejos, niños, mujeres, autos, perros, bicicletas, un billar, bares, ventanas, calles, pescadores, miradas de frente, perfiles, tristeza, distracciones. Se puede describir con precisión todo lo que se ve en esta colección de fotografías de Vidart, pero difícilmente se puede transmitir lo que evocan, ese algo más que está allí, que dispara una historia, un relato, en apenas un clik de luz. Y aparece entonces la realidad menos dulce, la menos poética, la que convoca a una sensibilidad inapresable y tiene la potencialidad de atravesar el tiempo.

06. Videoclip: Obsesa, de Romina Peluffo. Director: Pablo Stoll. Una mujer camina hacia la cámara y nunca termina de llegar. A veces se detiene, pero solo para tomar fuerzas y seguir adelante. La fotografía es expresionista, roja, visceral. La mujer se llama Romina Peluffo y el clip de la canción "Obsesa", filmado por Pablo Stoll, es una pequeña maravilla que acompaña la hipnosis de letra, ritmo y melodía. "Tengo esta obsesión de que llegás y que decís que me extrañás y me extrañás de nuevo". El color rojo está presente en otros clips de cantantes mujeres, en "El arma de la fuerza", de Lucía Severino, y en "Wishes", de Eli Almic. Y la referencia a Eli, rapera de ley, conecta directo con el single-clip "Brujas" que tiene todo para ser himno de luchas feministas de aquí y ahora.

07. Teatro: Terrorismo emocional, unipersonal de Josefina Trías. Alianza Uruguay-Estados Unidos. En la escena, apoyada por un montaje de Bruno Contenti que cuida lo esencial -la voz y el cuerpo, el personaje y sus objetos íntimos, la voz y un piano como apoyo sonoro-, la actriz y dramaturga se la juega por entero, pone el cuerpo, no esconde nada, se muestra transparente, y clara, como ese personaje que sabe exteriorizar varios gritos y angustias generacionales. Desde la voz de una mujer que no calla y pelea, desde la honestidad de la escena llamada "Rabia", Terrorismo emocionalcuenta sobre una historia de amor, intensa, una de esas en que "la burbuja parece ser invencible" pero que terminan dejando un agujero de los grandes.

08. Danza: Lo grabado en una superficie, de Garat, Gómez y Viroga. Sala Zavala Muniz. ¿Qué miramos cuando miramos? ¿Qué sucede cuando lo que se ofrece para mirar es la desnudez total, no solo de cuerpos sino de toda subjetividad, y se prescinde del buen gusto y de la mínima posibilidad de conexiones y de situaciones de empatía? Lo grabado en una superficie es una puesta en escena que provoca estas y otras reflexiones y que logra -en su momento físico-espacio-temporal- un potente 'estado cero' que pone en conflicto, por largos momentos, la mirada/punto de vista del espectador. Es una obra que no se mira, que está hecha para ser experimentada, y que se coloca en las antípodas del espectador pasivo que se deja 'llenar' por un contenido.

09. Ensayo: El color pharmakon, de Fernando López Lage. Edita Estuario. Hay libros en el campo del arte que se vuelven esenciales por la particularidad de construir relatos que estaban en situación de invisibilidad, o bien porque resultan poseedores de la virtud luminosa de redefinir mapas. Entre teoría y práctica, entre un tono inicial de ensayo hererodoxo sobre el color y un desarrollo posterior que se vale de la mirada autobiográfica para exhibir la deriva de redes generacionales vinculadas en tiempo y escenario a la posdictadura, López Lage concibe al arte como un territorio problemático y a problematizar. Disidente del mito torresgarciano, activa la importancia del uso del color a partir de la obra y activismo de Hugo Longa.

10. Arte: Jaque. Exposición colectiva curada por Lucía Ehrlich. CCE, Montevideo. Las obras reunidas por Lucía Ehrlich apuntan a que el espectador no salga ileso de la experiencia. No se busca la complicidad ni sumar adeptos, aunque el punto de partida sea un manifiesto desobediente de todas las cartografías más o menos reconocidas del arte, de la política y del cuerpo. El beso azul, texto de Ehrlich llevado al formato video-performance por Agustina Beceiro, asesta un puñetazo al paradigma binario, al de ellos y ellas, al de mujer y hombre como modelos estáticos. Es un manifiesto que se reconoce ilegítimo y que da en el blanco cuando acusa a las "ficciones políticas" que nos categorizan y no son más que simples disfraces. La muestra colectiva provoca la sensación de mutación, de que todo se desplaza, de que los sentidos y significantes se corren y emerge una identidad trans.

11. Disco: Aguafiestas, de Arquero. Edita Bizarro. El disco del año, este año, viene a comprobar el estado catatónico de la producción rockera local y la irrupción de una nueva generación de raperos que saben incomodar y que -sobre todo- escriben muy bien y conectan con sus rimas con el público más joven. Arquero se mandó un discazo y los que todavía no lo escucharon vale la pena que empiecen por los clips "Clonazefank" y "Chill" o por su participación en Los Buenos Modales. Hay que estar atentos a lo que vienen produciendo otros mcs como Eli Almic, Hache, JT y se recomienda navegar los canales de Youtube de los sellos Underclan y Pure Class, sobre todo las series Rondas nocturnas y Creme Sessions.

12. Libro: En el camino de los perros. Coordinador: Hoski. Edita Estuario. Una movida que demuestra que la poesía sigue siendo una forma de expresión fermental y de resistencia cultural. Se trata, ni más ni menos, de la publicación en papel de una "antología crítica de poesía uruguaya ultrajoven" que reúne textos de veintiséis autores que vienen publicando en la plataforma virtual En el camino de los perros. La publicación se complementa con lecturas en bares y talleres literarios, y se suma a una intensa y variopinta movida poética montevideana que tuvo este año 2018 -como principal noticia- la distinción internacional obtenida por Ida Vitale como ganadora del Premio Cervantes.

13. Ensayo: La conquista del espacio, de Georgina Torello. Edita Yaugurú. Una investigación minuciosa sobre la historia del cine silente uruguayo, entre los años 1915 y 1932, se propone como un ejercicio de arqueología a través de artículos en la prensa y encuentra su mayor intensidad en el rescate de debates y polémicas de la época sobre el papel de la imagen en movimiento para la comunidad y en la relación de Uruguay con producciones europeas y estadounidenses. La historia no es muy diferente un siglo después, con la complejidad de las idas y vueltas de la distribución audiovisual y sus formas de producción. A contrapelo de las plataformas 'a demanda', Cinemateca Uruguaya celebró en diciembre la apertura de tres nuevas salas, en defensa del sistema cineclub y de la exhibición de una producción independiente que no es de fácil disponibilidad por caminos comerciales. Otro ensayo imprescindible relacionado con la imagen, en este caso fija, es el segundo tomo de Fotografía en Uruguay: Historia y usos sociales, 1930-1990, publicación del CdeF.

14. Música: Homenaje a Fernando Cabrera como Ciudadano Ilustre de Montevideo. La íntima conexión de las canciones de Cabrera con Montevideo llevó a que recibiera la más importante distinción que otorga la ciudad. Hay méritos & merecimientos de sobra para un creador extraordinario cuya música dialoga con otros ilustres como Dino, Darnauchans, Mateo, Galemire y Olivera. Este mismo año recibió además el regalo visual del videoclip de su canción "Oración", realizado por su amigo cineasta Pablo Dotta. La familia musical montevideana celebra estas buenas nuevas y la marca cabreriana en artistas de generaciones más recientes: en el disco Palabra clásica, de la rochense Florencia Núñez; en las canciones a tres guitarras y tres voces de El Astillero de Cruzar la noche; en las frágiles melodías de Martín Rivero en su cancionero La espuma de las horas.

15. Teatro: If, de Gabriel Calderón. Sala Verdi. Calderón agrega otro título de su pentalogía sobre mecanismos de ciencia ficción aplicados a la escena. If se agrega a Ex, Or y Uz, en una audaz demostración de que el teatro viene a ser algo así como una forma superior del juego, posiblemente el rey de los juegos, y desde esta perspectiva sería posible prescindir de preguntas o respuestas, incluso de historias de 'alto contenido emocional' y/o verosímiles, acercándose en todo caso al mito artaudiano de la crueldad. If no suelta al espectador hasta el último segundo, sin importar demasiado el entendimiento primario ni tampoco lo que se cuenta. Lo único que la obra necesita del espectador es que se deje llevar, que no intente poner las cosas en orden. Esto es otra cosa. Es juego puro. La nueva obra de Calderón se estrenó en la Verdi y salió de gira por festivales en Argentina y Colombia.

Escena de obra de Sergio Blanco.
16. Personaje: Sergio Blanco. Estrenó en 2018 la obra El bramido de Düsseldorf como dramaturgo y director de escena. "Lo políticamente correcto me parece que es muy nocivo para el arte y para la sociedad en general. Esto no quiere decir que yo no defienda el pacto social, que tenga que haber acuerdos, límites, fronteras; pero lo políticamente correcto viene a vaciar un espacio molesto que tiene que existir, sobre todo cuando se quiere aplicar al discurso artístico. Yo siempre digo que el teatro es el espejo oscuro donde venimos a mirarnos, que es un pantano más que una laguna. Es un lugar terrible donde algo nos tienta a sumergirnos y no necesariamente está ahí para hacernos mejores, para hacernos reflexionar".

17. Personaje: Elián Stolarsky. Inauguró la muestra Y todos los otros en el Museo Nacional de Artes Visuales. "Día a día me enfrentaba a imágenes horribles, y con el lápiz las descomponía para volverlas a armar. Digerir para continuar. Emprender esta obra me generó preguntas sobre cómo archivamos o elaboramos el relato del recuerdo, de la memoria. Preguntas sobre qué deseo retratar y por qué. Siento que a través de mis dibujos adapto, a un formato estándar y cuadrado, de polaroid o cuasi fílmico, a todas las guerras, a todos los muertos, a toda una época occidentalizada".

18. Personaje: Álvaro Brechner. Guionista y director de la película La noche de 12 años. "Las únicas películas que a mí me interesa hacer son aquellas que tienen algún debate sobre la condición humana. Y esta historia plantea, en su esencia más profunda, cómo seres humanos que lo han perdido casi todo y están en situación extrema encuentran modos para subsistir y encontrarle sentido a la vida. Ese debate y ese conflicto son cosas que a mí me emocionan, que tienen que ver con una lucha interna del hombre por conservarse y con planteamientos filosóficos existencialistas acerca de si la existencia precede o no a la esencia".

Noticias de cultura rock iberoamericana

LAS MÁS LEÍDAS