baja visibilidad

Una rápida lectura de las nominaciones a los premios de la música uruguaya, los Graffiti, deja en evidencia un problema que debe ser asumido, en primera instancia por el jurado, luego por la comunidad, y tiene que ver con la manera que se recepciona y prestigia a los artistas de acuerdo a su sexo. Las pruebas están a la vista: los músicos hombres acceden históricamente a más nominaciones y premios que las músicas mujeres, de una manera que no se condice con cualquier mirada más o menos objetivista que se utilice para jerarquizar o evaluar calidades artísticas y creativas. Estoy hablando de algo que rompe los ojos: en 16 ediciones, a razón de 5 candidatos al premio principal, el de Mejor Álbum del Año, se han repartido nominaciones 78 artistas hombres y solamente 2 mujeres (en el 2010 fue Martina Gadea y en el 2011 estuvo nominada Mint Parker).
Algo está mal. Algo no está conectando cómo debería. El debate ciertamente es espinoso, más tratándose de obras artísticas, pero sin entrar a debatir la propia pertinencia de premios musicales resulta muy claro que no hay ninguna lógica en esta tendencia. Sin ir más lejos, la única mujer en 15 ediciones que recibió el Premio Trayectoria (más complicado aún, porque se trata de un premio otorgado con debate anterior y reflexión, y no por una votación indirecta y secreta del colectivo de jurados) fue Laura Canoura en el año 2014. Muy poco para una comunidad musical tan rica y diversa como la uruguaya.
Vayamos por partes. En primer caso, la idea retrógrada de que la música de autor es tradicionalmente territorio masculino en el campo de lo popular (folklore, rock, tango, música urbana) es insostenible aunque haya tenido en el pasado discursos hegemónicos que se mantuvieron mucho tiempo como verdades implacables. Lo que sucedía, tradicionalmente, y me refiero al siglo pasado (¡por favor!), y puede demostrarse, es una muy baja visibilidad y falta de espacios para las artistas mujeres en el territorio de la música. La pelea era muy difícil. Alcanza con preguntarle a Laura Canoura, a Estela Magnone, o a tantas otras, que cuenten del viejo esquema de coristas acompañando en vocales, de lo difícil que les aceptaran sus composiciones propias, sus arreglos, sus puntos de vista. Pero eso, y por suerte, ha cambiado muchísimo y tanto el circuito de escenarios como el de las producciones discográficas han equiparado niveles y se cuentan por decenas las intérpretes y las autoras en actividad y desarrollo pleno de sus obras.
El año 2017, sin ir más lejos, quedó en evidencia un nivel de calidad fuera de serie en la categoría Mejor Solista Femenina de los premios Graffiti (siempre tomando la plataforma de los premios como una lectura, no la única, de lo que pasa en la escena musical). Cuatro discos destacaron entre los nominados: Telón de Estela Magnone, Mi corazón bombón de Mariana Lucía, el debut Instantes decisivos de Papina de Palma y el excelente Semillas de Rossana Taddei (en definitiva, el álbum ganador en esta categoría). Ninguno de esos discos, sin embargo, apaeció nominado a Mejor Álbum del Año, ni tampoco se reflejó en la prestigiosa categoría Mejor Compositor ni en Mejor Productor. Y por supuesto que todos esos discos tenían atributos y calidad para estar entre los discos de Supervielle, Los Cósmicos, El Astillero, Chillan las Bestias y Once Tiros. Pero no se dio. Hubo algunas molestias en redes, de periodistas e integrantes del jurado como Kristel Latecki. Quedaba claro, eso sí, lo absurdo de la situación, y la constatación de que ser mujer sigue siendo obstáculo, todavía en estos años, en Uruguay, para conseguir altos prestigios y premios importantes en la música popular. ¿Por qué? Todos miramos para otro lado. Pero lo cierto es que el voto, tan secreto, tan eufemístico, de un colectivo de jurados en el que se cuenta un alto número de mujeres, explicita todavía esa "baja visibilidad" que no se termina de ir. Las creadoras y sus obras están, pero son en todo caso los oídos, de ese jurado como expresión de la comunidad, los que no están afinados, los que todavía catalogan como menor a un disco de Rossana Taddei frente a uno de Fernando Cabrera.
El ejemplo citado en el párrafo anterior no es caprichoso: el disco Semillas, en el que Taddei figura como intérprete, tiene una altura conceptual similar como proyecto al multipremiado Canciones propias de Cabrera, ganador del Graffiti en el año 2010. Los dos son ensayos personales, con miradas brillantes y transformadoras sobre cancioneros que los han marcado como creadores. Los dos son expresiones de sonoridades originales y exhiben versiones inolvidables de clásicos de la MPU. Los dos son excelentes discos. Pero el de Cabrera se arrasó con los premios, tuvo muy buenas ventas y prensa, mientras que el de Taddei viene siendo más o menos ignorado, se conoce en el ambiente musical y poco más, y en todo caso tuvo su escasa visibilidad a través de ese jurado crítico de los Graffiti, que al mismo tiempo que lo premió en la categoría Solista Femenina no lo "colocó" en las ligas mayores. Es un buen ejemplo entonces para abrir un debate, el de un ejercicio de música comparada, de altísimo nivel, que obtiene muy diferentes repercusiones en una comunidad que revela problemas -a esta altura- de sordera incomprensible.
Este año 2018, aquellos que estén atentos a este tipo de fenómenos podían jugar varias fichas a dos discos que además de sobresalir en la categoría de "discriminación positiva" de Mejor Solista Femenina (también aparecen como candidatos los de Lucía González, Anita Valiente y Shyra Panzardo), habían sido señalados en varias de las listas de los mejores del año pasado de diferentes críticos, páginas culturales y opinadores: me refiero a los excelentes cancioneros de Florencia Núñez y de Alfonsina. Palabra clásica, de la cantautora folk rochense, es un cancionero perfecto, con muy buenas ideas musicales y que muestra su su desarrollo como autora y como intérprete pop. Y el álbum Pactos, de Alfonsina, puede ir incluso más allá, porque además de ser un disco brillante en su concepción muestra un pop experimental muy personal y de alta densidad y repleto de aciertos a nivel sonoro y de producción (que corre además por cuenta de la artista). Las dos artistas recibieron varias y merecidas nominaciones, pero no tuvieron los "votos" para aparecer en la categoría principal, la de Mejor Álbum del Año, y en su lugar aparecen -y vale en este caso anotar cierto despropósito de la lotería del "voto"- dos discos hechos con oficio pero mediocres en su concepción e ideas creativas, que muestran el agotamiento de dos artistas de alta popularidad y trayectoria indiscutida como ciertamente lo son Notevagustar y El Cuarteto de Nos. Los menciono porque es sintomático que hayan sido prestigiadas dos obras menores pero "visibles" en lugar de discos tan potentes como los de Alfonsina y Florencia Núñez, lo que vuelve más engorrosa aún la situación planteada. De los otros tres candidatos, nada que decir: Mandrake se reinventó con Los Druidas y es el dulce favorito a llevarse el Graffiti, Cabrera y su 432 es indiscutible, y los Buenos Muchachos son una aplanadora de rock emocional hagan el disco que hagan.
Los Graffiti 2018 demuestran que no estamos escuchando en igualdad de condiciones de recepción a los muy buenos discos hechos por músicas mujeres uruguayas. Pero hay algo más: seguimos escuchando más de lo mismo, sin ser curiosos por la originalidad y las expresiones diferentes. Esto perjudica ostensiblemente a las artistas mujeres, pero el despropósito se vuelve más amplio cuando se intuye que la "falta" del jurado no es solo sexista, sino que perjudica también a otros artistas que juegan en lo alternativo y en bordes alejados de lo estándar, y ahí la lista de "baja visibilidad" incluye a Franny Glass, a Jhona Lemole, a Lucía González, a Pedro Restuccia, a Walter Bordoni, a los Excelentes Nadadores, a Otro Tavella, y a tantos otros y otras. No todos pueden estar entre los 5 nominados, eso es obvio, pero están sonando las alarmas que dan cuenta de que el mapa de la música uruguaya ha cambiado hace mucho y lamentablemente una sorda mayoría sigue sin darse cuenta.

2 comments:

Juan Amorin said...

Muy buena reflexión. Incluiría a Lucas meyer entre los talentos invisibles. Saludos.

santiago tavella said...

buen resumen, como habrán leído en varias entrevistas que hice haciendo autobombo de mi disquito soy de la idea de que hay una crisis importante a nivel creativo, sobre todo en lo literario (el 50% de lo que es una canción) pero esta crisis es equitativa en la canciones en general, está en los críticos exhaustivos y serios encontrar las excepciones que ayuden a la creatividad de quienes están por venir

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