la historia estaba mal contada

El MLN secuestra, en el invierno montevideano de 1970, al ciudadano estadounidense Dan Mitrione (las acciones se completan con el secuestro de un diplomático brasileño y un segundo estadounidense no vinculado a gobiernos ni aparatos represivos). Las negociaciones triangulares con el presidente Pacheco Areco y la embajada estadounidense fracasan. No habrá liberación de presos políticos ni dinero a cambio de los rehenes ni vuelo a Argelia. En el transcurso de días tan intensos como peligrosos, aparecen, en las sombras, más actores que ni siquiera reciben órdenes de la embajada o de la esctructura operativa de la CIA. La escena se complica. Allanamientos, miedo y represión. El final de la historia se acerca, sin demasiada reflexión, entre malentendidos y callejones sin salida. Es todo o nada. Para algunos será un error político; para otros -los menos- un acto de justicia revolucionaria. Mitrione será ejecutado por el MLN.
El relato de los hechos se conoce por la prensa, por la suma de eventos que sucedieron en esos días. Pero la historia, como todas las historias, se vuelve un tanto más compleja porque no alcanza -se sabe- con el ejercicio de sumar hechos más o menos probados. La historia es otra cosa. Es otro tipo de construcción. Y cuando se suman versiones que falsean algunos datos (entre otros, uno esencial en la historia oficial tupamara: la vinculación de Mitrione con la CIA y su prontuario de maestro de tortura, por ejemplo, no estarían probados), el camino se vuelve más difícil.
Fernando Butazzoni asegura que "la historia estaba mal contada". Esa es una de las pulsiones que lo llevaron a investigar el 'caso Mitrione' y a escribir la novela Una historia americana. El lector puede preguntarse cómo una novela, con su carga natural de ficción y subjetividad, pueda llegar a ser una herramienta para construir historias alternativas o pretendidamente más verdaderas. Esta pregunta suma otro grado de complejidad, pero Butazzoni tiene bien claro los 'mandamientos' del notable escritor francés Emmanuel Carrère, quien suele afirmar que sus novelas autoficcionales son -en todo caso- una "aproximación a lo real" y se ubican en el territorio de la no ficción sin dejar de ser -desde un punto meramente formal- novelas.
Una historia americana, la novela que escribe Butazzoni, suma una poderosa carga de ambigüedad desde el propio título. El autor explicita la voluntad cuestionadora y objetivista de su libro, al que define como 'historia'. Algo similar opera en el uso del término 'americano', al no dejar exactamente clara la acepción que prefiere, de si lo utiliza por ocurrir en territorio sur/americano, sin olvidar, y tal vez ironizar, sobre la apropiación puntualmente estadounidense de lo 'americano'.
Esta última interpretación cobra fuerza en el contenido del libro, sobre todo en uno de los tres ejes argumentales que elige Butazzoni: la posibilidad -no concretada y fallida- de una acción militar de un comando 'americano', destinado a asesinar al presidente Jorge Pacheco Areco y así generar mejores condiciones represivas y de control. El relato de Butazzoni alcanza en esta capa niveles conspirativos y de tensión muy altos, a la altura de las mejores novelas de espías de la Guerra Fría. Es adrenalina pura.
Mientras tanto, los otros dos ejes del libro buscan otros equilibrios y lo logran, potenciando uno la importancia histórica-política (cuando Butazzoni se remite al relato de los hechos y se muestra muy bien documentado en una narración directa, con un pulso acaso periodístico), y el otro al jugar en una necesaria zona cotidiana, en la micro-historia, en lo que pasaba en las nerviosas y paranoicas calles montevideanas de ese invierno de 1970 (otra vez entre la ficción y la no ficción, el narrador sigue las peripecias y conflictos de un militante de base que se desliza a un final trágico en paralelo a las otras dos historias).

***

¿Cuáles fueron tus principales líneas de investigación para la escritura de Una historia americana?
Fernando Butazzoni: Desarrollé dos vertientes de investigación. Por un lado el estudio de documentos públicos, algunos conocidos y otros no; y por otro lado entrevisté a muchos de los protagonistas. Hablé con todo el mundo. Y la conclusión que saqué fue que la historia estaba mal contada, y que había sido siempre contada con un sesgo: los milicos con su propia versión, y los tupas con la de ellos.

¿Qué elementos tenés que prueban esas versiones, en definitiva falseadas?
F.B.:
Hay, por ejemplo, una entrevista que le hace a Raúl Sendic una periodista del New York Times, en el año 1987. La tipa viaja especialmente a Montevideo a hablar con él sobre el caso Mitrione. Y Sendic le dice, claramente: "nosotros no teníamos ni idea de quién era Mitrione... lo que sabíamos es que era norteamericano". En esas palabras de Sendic no está el personaje tenebroso, el torturador, que es una versión que aparece en 1978, en Cuba, en el libro Pasaporte 11333. Ocho años con la CIA, que escribió el agente cubano Manuel Hevia Cosculluela.

¿Cuál es el papel de Hevia en la historia?
F.B.: Hevia se va de Montevideo un mes antes que el MLN secuestra a Mitrione. Se va a Praga y después a La Habana. Yo siempre me preguntaba por qué el tipo demora ocho años, o mejor dicho por qué los cubanos demoran ocho años en apoyar esa versión. Y bueno, de qué me entero yo, que esas páginas dedicadas a Mitrione ni siquiera las escribió Hevia, que era un funcionario, un agente, es decir, que hacía lo que le mandaban. Esas páginas las escribió un tupa, Carlitos Núñez, que era un periodista veterano que después fue corresponsal de Prensa Latina y fue quien descubrió la pista para encontrar los restos del Che en Bolivia. Bueno, la historia es que Carlitos Núñez estuvo en cana en Uruguay, sale del país en el año 1976, viaja a Cuba, y ahí hace una supervisión del libro de Hevia donde se agrega lo de Mitrione. Escribe la versión de que el tipo tenía una casa, con un sótano, donde torturaba gente y después los tiraban no sé dónde. Todo eso es falso.

Tampoco era un angelito...
F.B.:
Eso está claro, pero el tipo era un agente de cuarta, era el último orejón del tarro. Mitrione no cortaba ni pinchaba. Ni siquiera era el jefe de la estación uruguaya. Otro material que me sirvió mucho fue la película de Costa Gavras, Estado de sitio, que se filma en el año 1972, también con la información que dan los tupas. Y está llena de distorsiones. Una de ellas es que Mitrione está en una habitación, como si fuera la de un hotel, totalmente lúcido y apenas con un brazo inmovilizado por el balazo que recibió en el secuestro. Y la verdad es que estaba hecho carozo por la herida, tirado en una cucheta y adentro de una carpa... Esa es la historia verdadera. Todo lo que cuento en el libro me lo contaron los que estaban ahí, los que lo secuestraron, los que estaban en la casa, el que curó el balazo que le habían pegado, el que lo mató. Tengo todo el relato de los propios participantes. Entonces, eso a la hora de escribir te da un género raro, porque entrás en una especie de trenza de ficción y no ficción.

Formalmente viene a ser una novela en la que te aproximás continuamente a lo real...
F.B.:
Pero sabés lo que pasa, que de todos modos hay un problema con lo real. Porque si bien hay cosas que son esencialmente verdad, a veces la realidad te tapa la verdad, te la oculta, te la difumina. Es muy aristotélico pensar que la realidad sea el único principio de verdad, porque en realidad a veces sucede al revés. Y cuando la realidad te distorsiona la verdad, entonces sucede una cosa rara, que como dice Villoro, es un 'ornitorrinco', que te permite utilizar fragmentos de discursos, comunicados, relatos de terceros; y bueno, todo eso enmarcado en un ámbito que es la novela, que en realidad es un formato que admite cualquier cosa. Está, por ejemplo, todo el episodio del francotirador...

Antes de entrar en la historia del francotirador, me parece importante destacar en cómo al desmontar la historia oficial emerge una sensación de amateurismo, o de absoluta precariedad, en el funcionamiento del MLN.
F.B.:
Y que es increíble cómo supieron ocultarlo... digo supimos, porque en realidad yo estaba íntimamente vinculado al movimiento. Todo el mundo se pensaba que eran implacables, perfectos, exactos, milimétricos, cuando esos días fueron una sucesión de errores, uno atrás del otro.

Lo del francotirador, lo del comando americano ubicado en el Salvo para emboscar a Pacheco, aparece como ficción pura, más especulativa...
F.B.:
El tema es que hay verdades, hechos, que yo nunca tendré manera de probarlos. Eso lo tengo claro desde el principio, y por eso los incorporo como ficción. Pero todo eso sucedió: fue una de las líneas de trabajo, no de la CIA, sino de algunos jerarcas de la CIA. La estrategia era matar a Pacheco y echarle la culpa a los tupas...

O sea, pudrir todo.
F.B.:
Exactamente. Porque los tipos, en esos años, se especializaban en eso, en pudrirla. Pero como son cosas que nunca se podrán probar, porque no hay documentos, la ficción juega un papel de invitación a reflexionar, y que el lector diga, bueno, esto es ficción, pero pudo haber pasado. Los americanos metieron 120 tipos en Montevideo en esos días....

En el seguimiento que hacés del grupo comando hay un manejo más literario, por así decirlo, que en otros pasajes del libro. Pero el lector intuye, o juega a intuir, que algunas cosas son tan extrañas que solo pueden ser ciertas.
F.B.:
Yo tenía que trabajar con tres personajes que eran yanquis, de modo que los diálogos debían ser traducidos del inglés para que sonaran adecuadamente. Todo el tiempo traté, sobre todo en la relación de Lassiter con los otros agentes, de escribir como si fuera una traducción y eso contribuye a generar un clima más auténtico. Cuando los tipos comen la pizza y no hay salsa ketchup, por ejemplo, varios lectores han reparado en ese detalle, de que en Uruguay no había ketchup en esa época, pero son también detalles bastante más profundos... Me pasó que incluso de la embajada de Estados Unidos querían hablar conmigo, en una buena onda, no para interrogarme, porque es obvio que alguien me contó eso y por lo tanto otras tantas cosas. 

¿Y en la tercera historia, la del tupa Eduado González, cuánto hay o no de ficción?
F.B.:
Todos los personajes tienen su cuota de ficción, o en las descripciones, o en cosas que piensan, pero ese también es un personaje totalmente real. Lo que se cuenta en la novela fue tal cual. Y González vive todavía, por supuesto...

Ese plano de la novela es el que más se acerca a la vida cotidiana de la época... De la novela de espías y la de reconstrucción histórica, pasás a un retrato de la vida familiar en Montevideo de los 60.
F.B.:
Había muchos González, que eran y no colaboradores de la organización, que estaban en una fina línea. Había también muchas historias de gente que estaba metida hasta las orejas y que en sus familias no sabían nada, que no es el caso del dueño del apartamento donde se mantuvo secuestrado a Mitrione, porque ahí la mujer formaba parte de la organización y de hecho terminó también presa. Y está también cómo se vivían esos días en Montevideo. El aire se cortaba con un cuchillo. El ejército empezó a hacer allanamientos, y bien de esa época, del Uruguay de esa época, la gente se amontonaba en la puerta y aplaudía cuando salían con detenidos. Y eso empezó a pasar en ese momento, a raíz de que el MLN había anunciado que iba a matar a Mitrione, cuando en realidad la dirección de Sendic dijo después que era una artimaña para presionar, que nunca pensaron en matarlo. Es un hecho comprobable: la dirección de Sendic nunca pensó en matar a Mitrione.

Lo que seguramente no pensaba esa dirección era que fuese a caer detenida en esos días, aunque era una probabilidad.
F.B.:
Yo estoy convencido de que eso fue un traidor.

¿Pudo ser Amodio?
F.B.:
Muy difìcil que haya sido él. Es muy raro que los tipos, en el momento más álgido, cayeran todos, y que la dirección que los suplantara cayera también, cuando hacía ocho años que estaban buscando a Sendic y nunca lo encontraban. Ojalá haya sido Amodio, pero no sé si no fue otro, porque la existencia de ese lugar solo la podían conocer los miembros de la dirección y pocos más.

Algo que subraya el libro es que la decisión de matar a Mitrione fue un punto de inflexión en la lucha del MLN y de la política uruguaya.
F.B.:
Fue una decisión incomprensible, además de que fue un error político monumental. Y el gobierno de Pacheco Areco aprovechó para suspender un montón de derechos y las garantías constitucionales. Allanaban y te detenían a disposición del Poder Ejecutivo; así se llamaba la figura, "a disposición". Te ponían en un régimen muy liviano, en un cuartel, junto con otros cien.

Pacheco Areco es todo un personaje. Llega a insultar -en un momento muy tenso- al embajador de Estados Unidos.
F.B.:
Eso lo contó Danilo Arbilla, que estaba ahí, que era entonces un joven periodista. El tema es que Pacheco estaba muy presionado. Pero cuenta también que era un tipo diferente entre los políticos. En esos días se reúne con Peirano, que era un catolicón, un tipo de traje, todo solemne, y cuando Peirano le manifiesta una gran preocupación con este tema del secuestro, Pacheco le dice: "Mire, Peirano, preocupado estoy yo que no se me para". Se lo largó así, adelante de diez personas. Tenía ese tipo de salidas. Y además, no era ningún tonto.

¿Qué estás escribiendo ahora? Porque después de Las cenizas del Cóndor y Una historia americana es presumible que estés investigando algún otro momento histórico.
F.B.:
Tengo una historia entre manos. Estoy investigando el asesinato en Uruguay, en 1965, de un criminal de guerra nazi. Se llamaba Herbert Cukurs. Pero todavía no empecé a escribir.

((artículo publicado originalmente en revista CarasyCaretas, 02/2018))

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