la noche que vi a los beatles


La espera en el hall del Radisson fue solitaria. Un par de fanáticas adolescentes y la guardia fotográfica de un solo medio de prensa. Charly García bajó de un auto azul en la tarde de un jueves del año 2001. Charly García desenrolló su casi metro noventa de huesos y manchas en la piel, echó a andar rápido, ultratímido, apenas si saludó al personal, casi distraído ordenó “un chivito” a la recepcionista, casi tropezando se dejó sacar algunas fotos sin mirar a la cámara. Preguntó por el ascensor y en él se escabulló, escapando del vacío. Había que prepararse para la noche. Esas cosas.
El pánico se apoderó del productor de los dos shows en El Ciudadano; no sólo por la probable factura que dejaría el músico, fiel a su máxima demoliendo hoteles: Charly García había ordenado que deseaba invitar a Hugo Fattoruso. Se sabe que sus caprichos deben ser cumplidos. Tan estricto como un niño venía de protagonizar un escándalo en tierra chilena que impidió que se presentara a un recital. Tan estricto como un rey se hospedó en la mejor habitación del cinco estrellas y se ocupó de que se le programara una salida a un shopping. Ordenó otras tantas cosas. El gran problema era que nadie podía imaginarse que el Fatto aceptara la propuesta, distanciados ambos músicos desde que a García se le ocurrió grabar el ‘Rompan todo’ de Los Shakers con el vozarrón decadente de Sandro.
El Ciudadano es el gran boliche que se merecía Montevideo desde hacía años. Un lugar cool, bien ambientado, ideal para recitales intimistas aunque con precios que limitan la entrada y lo hacen excesivamente elitista. Después de la visita de María Gabriela Epumer y de Daniel Melingo, ahora la del rey Charly, y muy pronto la de los anunciados Babasónicos, Daniel Melero y Fito Páez, además de agotar shows de Jaime Roos, NTVG, Eduardo Darnauchans y lo más granado de la MPU, se ha convertido en un éxito empresarial que parece no ir acorde al desastre económico de la región. ¿Cuál es el secreto? No bastaría una nota para explicarlo, pero sí vale la pena refrescar que hace poco más de diez años, en plena hiperinflación de Alfonsín, la diferencia cambiaria provocó que durante un par de temporadas un pub llamado Laskina fuera protagonista de un sueño similar al que vive hoy El Ciudadano. Allí se pudo disfrutar, entre otros, a los Redondos antes de la insoportable fiebre ricotera, a Fito Páez presentando Tercer mundo antes de emigrar a España, a los Divididos cuando recién empezaban y bastardeaban el ‘Light my fire’ de Morrison. Pequeño milagro de la crisis económica, el resto-pub reciclado del cadáver del Soro, puede darse el lujo de agotar dos shows casi íntimos del más grande rockero hispanoamericano. En cuestión de horas. Y de retenerlo por una noche más aunque debiera cancelar la invitación de Diego Maradona para participar de su mediático show de despedida del fútbol.
Dicen que el show del jueves estuvo alucinante, que fue una locura. Como el productor invitó a ‘fisgonear’ el viernes, crucé los dedos para que no me pasara lo mismo que con Mano Negra, que por dejar todo para último momento me los perdí olímpicamente. El show del viernes estuvo a la altura del mejor García, pese a que no hubo, como se preveía, ninguna referencia a ese nuevo proyecto Say No More titulado tentativamente Dos edificios dorados, en homenaje a la canción de su camarada David Lebón que curiosamente ‘anticipa’ 28 años antes el desastre de las Torres Gemelas. Tampoco hubo ambiente similar al unplugged que grabara para la MTV. No hubo sutilezas. Lo que se vivió fue un recital exageradamente rockero, basado en grandes éxitos ruidosos y distorsionados por la actitud Say No More. Charly hace lo que quiere mientras su fiel guitarrista María Gabriela Epumer lo salva continuamente del desastre. Charly entonces logra conectarse con el público, con la genialidad, con la voracidad de lanzar un tema atrás del otro sabiendo que ‘Fanky’, ‘Nos siguen pegando abajo’ o ‘Los dinosaurios’ resisten cualquier herejía. Parece que se desarma pero sigue. La verdad de sus textos pega como nunca; todos son hedonistas y notoriamente neuróticos, tan provocadores como nihilistas. Parece que le teme al aburrimiento y se tira arriba de una mesa para que un fanático desesperado le chupe el dedo de un pie. Lo ví con mis ojos. Pasó en El Ciudadano. Sigue siendo rock and roll y Charly festeja con un Say No More y se tira arriba de otra mesa. No se detiene. Se detiene. Camarín. Sigue. Camarín. Parece que no sigue. De repente un tumulto en la puerta. “No se vayan que el show no terminó”, grita el cajero-escritor Ricardo Henry como en los viejos tiempos de la disquería Atlantis. Le gusta gritar. Entra el Fatto corriendo con su sombrerito de duende. Todavía faltaba lo mejor.
Y ahí mismo, en el escenario de El Ciudadano, estaban los Beatles. Sí, los mismísimos Beatles. “Aguante George”. Apenas bastaron esas palabras y la cara endurecida de Charly García para lanzarse a un bonus-track histórico, un bis emocionante acompañado por Hugo Fattoruso en teclados, Mario Serra en batería y Francisco Fattoruso en el bajo. Primero rodó el rompan todo, esa manzana de la discordia que enemistó a García con el Fatto durante años y luego vino una andanada de versiones fanáticas y distorsionadas que incluyeron una memorable interpretación de ‘Something’, entre otras perlas que se gozaron en presente en la emocionada noche de El Ciudadano. Si el gato de metal destruye sus propias canciones en la marea Say No More y los fanáticos disfrutan extasiados la furia hedonista del músico y su banda, a la hora de interpretar a los genios de Liverpool él se transforma, se convierte. Abandona el porte de rocker porteño, de rey bufón, para adorar religiosamente a la sangre de las canciones firmadas por Lennon y McCartney. “Aguante George”. Pero también un aguante a los Fatto, que acompañaron un medley al borde del delirio, al filo de la genialidad. Pocos pueden hacer a los Beatles con la energía y locura de García, capaz de llevarnos a Liverpool, a los dorados años del rock británico. Pocos, muy pocos.
“All you need is pop”, diría Andrés Calamaro.

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