estado de guerra


El dramaturgo uruguayo Sergio Blanco vive en París desde hace diez años y espera sin ansiedad que sus piezas teatrales se estrenen en el Río de la Plata. En el año 2003 ganó el Florencio a Mejor Autor por la puesta de ’45.
El teatro – espectáculo de la guerra está en marcha. Nuevamente. Tan pronto pasemos a otro estado de aletargamiento nos costará entender los mecanismos del horror y evitaremos las imágenes de los bombardeos a Bagdad o Beirut, como las de los neoyorquinos lanzándose al vacío desde las torres a punto de desplomarse. Imágenes. El teatro está repleto de imágenes y también de contenidos. Para Blanco, su teatro, el de Slaughter y el de 45’, es político, es un necesario ajuste de cuentas con la modernidad y la posmodernidad. Porque, según él, el teatro –y también la especie humana- “debe recuperar la dimensión trágica”.

_La obra Slaughter parece definir que la guerra está en todos lados... _No exactamente, ya que en lo personal no creo que la guerra esté en todos lados, ni que sea algo intrínseco a la idea de espacio social o mental. Lo que plantea Slaughter es que nuestros actuales sistemas neo-liberales, al depender de preceptos económicos basados en la exclusión, la segregación y la fractura social, terminan gestando una forma de organización extremadamente destructiva y nociva para los seres humanos. Tan nociva que nuestros espacios sociales empiezan a adquirir determinadas formas de funcionamiento que se aproximan a lo bélico. El problema es que esta especie de guerra permanente es poco perceptible ya que se trata de una guerra sin batalla. Son las guerras a las que nos exponen, cada vez más, ciertas formas de organización social. 
_¿Estaríamos hablando de un estado de guerra simbólico? _Sí, pero además de esta guerra simbólica, el texto también pretende denunciar la verdadera dimensión trágica de toda guerra real: el verdadero carácter de todas esas guerras es que son lavadas de su costado trágico para mejor venderlas, para que nos resulten digeribles y que las sigamos permitiendo. El análisis de la forma en que son presentadas –y puestas en escena– las guerras actuales en la televisión, nos permite ver que lo que se nos esconde y oculta es más que lo que se nos muestra e informa. En la guerra del Golfo como en la de los Balcanes como también en la de Afganistán y en la de Irak, se lavó el costado trágico de la misma y se lo sustituyó por una especie de humanismo caritativo. La televisión cumplió con su objetivo de evacuar el carácter trágico de los enfrentamientos para hacer de la guerra algo limpio, higiénico y banal, e impedir de esta forma toda posible discusión democrática. Pero lo que es interesante de retener es que este procedimiento de evacuación de lo trágico que elimina la verdadera dimensión del enfrentamiento bélico y enceguece, es el procedimiento opuesto al que realiza la sociedad de Esquilo que se sienta a presenciar la verdadera tragedia de la guerra para poder reconocerse en tanto que comunidad y de esta forma superarse a sí misma. Nuestra contemporaneidad hace lo diametralmente opuesto con el solo fin de impedir toda posible discusión democrática que nos permita reflexionar y cuestionarnos en tanto que ciudadanos. Slaughter es un texto que trata de exponer toda la bestialidad y la crudeza de nuestras guerras actuales, con el propósito de incitar la platea a la reflexión y a la discusión a las cuales debe confrontarnos toda guerra. 

VIOLENCIA ES MENTIR _¿Qué papel juega la violencia en tu obra?  _La violencia juega el rol principal de toda la pieza: es la gran protagonista. Y hasta se podría decir que es la protagonista de casi toda mi dramaturgia. No puedo evitar hablar de la violencia si pretendo escribir acerca del mundo que me rodea, puesto que la violencia es uno de los grandes estigmas de nuestra época. Evitar hablar de la violencia al escribir sobre nuestra contemporaneidad sería una forma de negacionismo, y es tan grave ser negacionistas del presente como lo es serlo del pasado. A mucha gente le fastidia que hablemos de la violencia y yo creo que esa gente –que incluso llegan hasta tratar de impedir que hablemos de la violencia–, en el fondo lo que quiere impedir es que hablemos de nosotros mismos y de nuestra época, ya que son conscientes del rol alucinógeno que puede jugar el teatro en toda comunidad. Sería no solamente absurdo sino hasta inmoral ignorar la violencia, y por ello es el epicentro de todas mis piezas. 
_Queda claro que no se puede negar la violencia. ¿Cómo describirías a la violencia de nuestras sociedades? _Tal vez la violencia de las economías liberales sea menos espectacular que la de los totalitarismos, pero es violencia al fin, ya que toda forma de injusticia encierra en sí misma una gran violencia. Hoy en día hay una cierta pereza intelectual que no nos deja aceptar esto último y sin embargo, violencia no es forzosamente estado de ira o de ímpetu sino también todo lo que se ejecuta fuera de la razón y la justicia. Slaughter trata de ahondar en todos los niveles de violencia, desde la más espectacular del hombre que se arranca los ojos con su tenedor, hasta la menos espectacular que es la de una mujer que responde a una encuesta de marketing sobre la calidad de su vehículo.
_¿Considerás que subyace una visión nihilista por pesimista? _No, para nada. Mi teatro muestra una visión oscura y negra del mundo que nos rodea puesto que es la sola imagen que recibo a la hora de analizarlo; escribir lo contrario sería mentir y creo que la mentira es un lujo que hoy en día no podemos permitirnos. Pero esta visión, por más oscura que sea, no va unida a una postura nihilista o postmoderna de desasosiego sino todo lo contrario. Es una visión que trata de aprehender el mundo tal como es para poder devolverle a la escena la dimensión trágica que el modernismo le ha extirpado. Es fundamental que el teatro recupere esta forma trágica de considerar el mundo y ello es para mí uno de mis objetivos mayores a la hora de sentarme a escribir. El teatro sabe, puede y debe hacer todo lo contrario; puede recuperar la dimensión trágica que nos enfrente a los miles de enigmas que nos son necesarios para interpelarnos en tanto que humanos. De lo contrario, aquel teatro que decide dar la espalda a su contemporaneidad y que transforma el espacio teatral en una zona de entretenimiento, corre el riesgo de la brutalidad. 
¿Y cuál es el lugar para la sensación de esperanza en el teatro trágico? Obviamente que la esperanza no está en la historia misma que cuenta la pieza, pero sin embargo está en la forma en cómo dicha fábula está presentada. Con esto quiero decir que la esperanza no tiene porque estar forzosamente en el interior del texto dramático, sino que puede estar en el mecanismo que este texto dramático pretende establecer con los espectadores potenciales. Una esperanza no solo en la fuerza del hecho teatral, sino también una esperanza en esa capacidad que puede tener el hombre para acceder al conocimiento de sí mismo. La esperanza estaría entonces en el formato y no en el contenido. 
¿Qué papel juegan los personajes de Slaughter? Esta pregunta me interesa mucho porque el rol del personaje en la dramaturgia actual es uno de los temas que más me interesa a la hora de estudiar e investigar acerca de la escritura contemporánea. Yo insisto permanentemente en la idea de la crisis del personaje en el teatro moderno. Beckett al menos tenía las palabras para construir personajes deshechos. Nosotros no. Solo tenemos restos de lenguaje, pedazos partidos de nuestra propia lengua que cada vez perdemos más. Por ello la construcción del personaje ha cambiado completamente. El dramaturgo contemporáneo solo puede prestar su lenguaje al personaje para que este exponga su pensamiento. Nada más que eso. En el teatro actual sucede lo mismo: es la voz del yo dramaturgo la que expone el logos y no más el personaje mismo. De allí también que el monólogo prime en la dramaturgia contemporánea.
Y se puede sentir, con cierta desazón, que esos personajes aceptan ser subyugados...  Porque vivimos en una sociedad que nos subyuga. Una de las mayores características de nuestra época es la alienación de la cual somos víctimas. Y la alienación es una de las peores formas de subyugar a un individuo o a una comunidad. Estamos permanentemente siendo subyugados y lo peor es que no queremos ser conscientes de ello. Kafka fue uno de los más lúcidos en la exposición de los mecanismos de alienación del hombre moderno. De forma notable anticipó el funcionamiento de la burocracia alienadora del aparato totalitario y comprendió de qué manera este aparato es capaz de subyugar a los individuos ante la autoridad. Pero la genialidad de Kafka está en que excede la descripción de los sistemas de principio de siglo y anticipa la especie de puesta en marcha totalitaria que se opera en el conjunto de las sociedades occidentales democráticas actuales: un procedimiento radical de deshumanización que termina alienando por completo a sus individuos por medio de un discurso oficial que no hace más que anestesiarlos. Por ello, a mi entender actualmente estamos asistiendo al fin de verdaderas democracias para acceder a una especie de biofascismo o de fascismo ordinario que de más en más nos aliena y subyuga. 
¿En qué medida la realidad se entromete en la ficción, más allá de que el 11-S fue posterior al atentado que se menciona en la obra, como le sucedió a Houellebecq en la anticipatoria Plataforma? Yo no diría que la realidad se entromete en la ficción sino que a la inversa es mi ficción quien se entromete en la realidad. Con esto quiero decir que mi teatro parte de la realidad en el sentido que se refiere a ella en forma permanente. En varias oportunidades he insistido en la idea de un teatro político que a mí entender es el teatro que se centra en los problemas centrales de una sociedad; por lo tanto si pretendo ir a la búsqueda de un teatro político es imperioso que mi escritura se centre en la realidad. En épocas de decadencia, como la que estamos viviendo actualmente, es cuando más lúcidos tenemos que ser y cuando más debemos protegernos de ser los ingenieros de nuestros coliseos modernos. En nosotros está el saber oponernos y defender el espacio de reflexión que es el espacio teatral. Las opciones no son varias: o el teatro o los gladiadores. La elección está en nuestras manos. Esa es a mi parecer, nuestra responsabilidad artística. No hay que olvidar que lo que sucedió el 11 de setiembre es posible que sea solamente el prólogo del siglo que nos espera. La escritura del drama por venir depende solo de nosotros. 

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