secreto victoriano



Un buen director, una actriz inquietante como Hillary Swank y una decorosa dirección de arte que nos llevara a los laberintos tortuosos de la prisión de Millbank y a los sobrios salones de la casa de Margaret Prior, habrían hecho de Afinidad la película ideal para ganar en la última edición de los Oscar. Habría superado, y con creces, los aplausos que se llevó -aunque finalmente derrotada- el convencional romance Secretos en la montaña.
Más allá de la frivolidad de que lo gay está de moda, la densidad narrativa de la novela de Sarah Waters y el hechizo que provoca la historia de amor entre la solitaria Margaret y la joven y pícara espiritista Selina Dawes es sencillamente fascinante. Waters, que ya se había lucido en El lustre de la perla, su ópera prima, un impactante retrato de la Inglaterra más desconocida del siglo XIX que ahonda en el mundo de los cabarets, la prostitución y la homosexualidad de misma época de Oscar Wilde, logra muy buenos momentos con este relato en el que deja al descubierto los pudores de una época, en definitiva no tan distintos a los contemporáneos.
La historia de Afinidad es en apariencia sencilla: una joven londinense que luego de un intento de suicidio con morfina y estar recluida más de un año al cuidado de su madre, en su casa, decide alternar sus primeros paseos a la biblioteca con iniciarse como visitadora en Millbank. Allí conoce diferentes historias y tragedias personales, hasta que se convierte en confesora de una espiritista. La primera atracción, la posterior "afinidad" y en definitiva el desarrollo de una fuerte historia de amor, hacen del relato de Waters -hasta casi llegar al final- una novela rosa que emerge de los pabellones del horror victoriano, desde una implacable justicia ciega a celadoras que degradan hasta la humillación a las condenadas. Y la seducción y entrega de la frágil Margaret hacia Selina se vuelve extraña y singular, presicamente en el doblés "espiritista" de la novela. Selina la atrae cada vez más, hasta convencerla de una fuga mágica, que sucede, aunque con ribetes inesperados y escandalosamente trágicos.
La crítica literaria europea ha colocado al libro de la galesa en el estante de "novela de amor lésbico", de "erotismo carcelario". Tal reducción impide, en parte, disfrutar el trasfondo de este relato, en agradable tono de suspense, que mete al lector en un viaje que acompaña la desilusión de la protagonista. El pacto que hace el lector con la novela incluye entonces una sorpresa agregada, que tiene que ver con dudas y polémicas que atañen a una cultura occidental extremadamente racionalista. Es la misma novela un engaño, como en un juego de seducción a la Baudrillard, por lo que Waters -al igual que Selina- podría ser acusada de estafadora. Esa sensación es la que hace brillante a una novela que deja de ser un buen retrato de época para enfrentar -con inteligencia- los prejuicios de este tiempo.

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