éxtasis retro



Es imposible que haya novedad en la escena rockera. Me da pereza comenzar con esa sentencia, tan tajante que lleva directo a afirmar el definitivo agotamiento del rock como género musical. Algunos, los más puntillosos, marcan la muerte del rock hacia finales de los 70, precisamente en la cresta de la ola del movimiento punk. Seguramente tengan sus razones, como las tienen quienes defienden al grunge como una fermental resurrección del espíritu rockero y bla bla bla.
Lo cierto es que todo estaba muy electrónico y hiphop -esas dos culturas urbanas que nada tienen que ver con la movida de caderas de Elvis, y que vaya si son más interesantes que el rock pospunk- hasta que aparecieron las bandas retro. Primero fueron los Strokes, después los Coral y una larga lista que incluye un noventa por ciento de banalidad y de neo-glamorosos subidos al carro. La lista selecta de los 'retro', embanderados en reinterpretar los momentos más intensos de la historia rockera, demostró una paradoja inquietante: que la novedad podía aparecer desde la aparente falta de novedad. Si bien no puede obviarse que cada melodía, sonido, pose para la foto y tipografía elegida por las nuevas bandas recuerda directamente a algo, la magia aparece cuando se constata la absoluta originalidad de planteos estéticos como los de las bandas citadas. Es más, y por más que se irriten unos cuantos puristas, es muy difícil encontrar bandas de la riqueza melódica de los Coral aún en los dorados años sesenta, o grupos con una energía tan demoledora como Yeah Yeah Yeahs! o tan hiteros en su adoración new-wave como los Strokes.
¿Qué tienen que ver en todo esto los Franz Ferdinand? Pues que desde que debutaron en un pub de Glasgow, hace apenas cuatro años, este cuarteto logró una de las mejores reinterpretaciones de los oscuros y ambigüos años ochenta. Tal vez debido al hermético viaje sicodélico que pegaron bandas tan buenas como Coral o Starsailor, o por el aburrimiento en que se metieron Coldplay y Travis, los escoceses consiguieron ocupar un espacio vacío, el de demostrar que desde las Islas Británicas podía aparecer una factoría tan o más exitosa que la de los Strokes.
Kapranos y sus amigos lo vienen demostrando desde hace dos discos. La fórmula, que hoy parece tan sencilla, hubiera desquiciado a cualquier fanático de Joy Division. Es que Franz Ferdinand, en su éxtasis retro, combinaron a la perfección el juego de opuestos de los ochenta: la introversión del gótico más auténtico con la ligereza del tecno-pop más exitista. Un cóctel explosivo. Y, por cierto, más que novedoso, excitante.

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