Cavilaciones del libro que quemó una vieja medio loca en el desierto americano


Paul Auster volvió a escribir un libro maravilloso. El libro de las ilusiones recupera el mejor pulso narrativo del autor de La música del azar y El país de las últimas cosas. Fiel a su estilo, esta novela biográfica acerca de una estrella del cine mudo que desaparece sin dejar rastro, arma un juego de cajas chinas que seduce desde la primera página. Y como siempre: el libro dentro del libro: máxima austeriana.
Soy un libro. Un libro que desea ser escrito. No soy simplemente una buena historia, de esas que pueden convertirse en laterales de un folletín o en estereotipos secundarios de un filme clase B. Mi deseo es aparecer en las vidrieras de las mejores librerías, vestido de color amarillo. ¿Por qué? Tengo mis caprichos. Porque, ante todo, soy un libro y debo defenderme de ese arte bastardo que llaman cine, aunque buena parte de mi armadura emotiva tenga que ver directamente con cintas de celuloide que –debo advertirles- nadie verá jamás.
Ya lo dije antes: soy un libro. Un libro que se ha escrito, pero que una vieja loca quemó en una chimenea. Temblé, imploré. Crují. Ella no se detuvo. Vieja loca, que nada entendió más que perpetuar una vieja promesa. Y nada. Luego fue la gran llamarada. Y el humo, que invadió la habitación de aquella casita perdida en el desierto, mi cuna y también quimera.
Más tarde llegó ella, la hechicera, quien me hizo brotar en largas noches de insomnio. Las palabras estaban quebradas. Ardían, golpeaban contra los vidrios, dementes sin posibilidad de encontrarse. Cenizas. Ella lo vio todo. No lloró. No gritó. Nada. Durante largos minutos estuvo ausente, convertida en piedra. Yo era el libro. Ella el vacío. Cuando se movió, fue hasta la máquina que aún sigue estando en ese rincón. Y yo que guardaba el orgullo de ser la única versión clónica en papel, engendrada por mi gemela hecha de bites.
Fue así: la vieja loca completó su tarea llevándose el disco duro y también lo quemó junto a las películas. Todo eso lo contó PA, ya lo sé, y es por eso que pude saber que después de la hoguera, la maga danzó una noche infernal, alcohólica y de xanax que acabó en silencio. Definitivo silencio. Pero como a las palabras jamás se las lleva el viento, guardo vanidosamente la esperanza de que nos recuerden. Porque fue una pasión intensa. Ella y yo. Largos años, ya lo dije. Interminables noches de insomnio fraguando el misterio que encerrarían mis páginas.
¿Quién es PA? Uno de los pocos, sino el único, entre los tantos aprendices de brujo, que podía rescatarme. Una noche entré en su guarida de Nueva York, me instalé frente a su máquina y le confié mi drama. Él escuchó atentamente. Derramó alguna que otra lágrima. Brindamos repetidas veces mientras todos dormían. Luego prometió volverme visible. Nuevamente. Es una larga historia, tanto que tuve que dar un paso al costado y dejar que él me retorciera a su antojo. No puedo negar que disfruté. PA es muy buena para estos trabajos quirúrgicos. El pacto era que amara a la hechicera, y para eso construyó un personaje sombrío, trágico. Como ella. Y yo me entregué a él, a PA, sabiendo que no daría pasos en falsos, aún a costa de glorias que ya estaban perdidas. Él sabía lo que hacía. Ahora soy un libro adentro de otro libro, y les cuento que tengo un hermano que comparte mi condición y varias primas películas que se convirtieron asimismo en pequeños relatos. Vaya tragedia la de ellas. Miserables aspirantes a obras maestras mutadas en personajes secundarios. Pero mi gran y definitivo orgullo es que toda aquella locura en el desierto, de ese cineasta que abandonó las luces de Hollywood por haber matado casualmente a su amada, y que luego de peregrinar purgando sus culpas durante años el azar lo llevó al desierto a filmar una tras otra películas que nadie vería, culminó de manera casi feliz.
Digo casi, porque bueno sería que nadie dudara de la existencia de Héctor Mann, ni tampoco de ese bigotito que hizo temblar en su tiempo a Keaton y a Chaplin. Si no fuera porque se disparó aquel revólver que acabó con todo. Hubo forcejeo, sí. Pero Héctor quería que nada pasara. Y después se largó al silencio, cambió su identidad. Y si no fuera porque... Así fue la épica de Mann. Y la de mi hechicera, hija de su amigo más entrañable, quien se fue al desierto para fundar el cine independiente sin espectadores para acompañar en su exilio a Mann. Todo por una promesa. Y esa hechicera fue quien letra tras letra escribió la biografía de Héctor Mann, para que todos conocieran al gran maestro del cine del siglo XX, y quien luego desparramó por diferentes cinematecas, viejas películas olvidadas que luego las vería –una por una- el personaje creado por PA. O sea, la otra identidad de PA. Que si no fuera por ese trágico accidente... No puedo contarles más. Todo eso me enteré desde la música de los dedos de PA en el teclado de su computadora. En Nueva York. Y hacía frío.
Soy un libro. Un libro que deseaba ser escrito nuevamente. Soy la piel de Héctor Mann. Pero me quemó aquella vieja loca, a quien tengo que perdonar eternamente pues fue el amor de la vida de Héctor y su musa. Fue por ella que Héctor fue al desierto. Fue por ella también que existí y ahora reencarno en este libro de PA, quien cuenta del amor entre su alter-ego y la maga. Sin duda que hay muchísimo más para contarles, pero la sustancia de mi historia, de mis páginas quemadas, está en ese “Libro de las ilusiones” que se arma y desarma como un juego de cajas chinas. Y como lo supe también después, PA es un brujo a quien le gusta encerrar libros adentro de libros. Es su mayor obsesión que cada una de sus novelas justifique su existencia, que posea una enigmática fuerza interior que la haga única, endiablada como una partida magistral de ajedrez.
Por último, vuelvo al cine. Ningún idiota cineasta podrá llevarme a la pantalla. Lo sé. En eso PA es un maestro. Por suerte sigo siendo un libro, para que los que caigan en mis páginas me den vida mientras los ojos y el pensamiento se les extravía en esta historia americana, de buen cine americano, cuando todavía no era sonoro, así que la imagen y el sonido lo ponen ustedes. El territorio de la imaginación. El territorio de personajes invisibles, casi fantasmas, como Héctor Mann y su pandilla.

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