la guerra de 2031

El autor y director de Bello país para vivir después de muerto, Marcel García, reconoce dos raíces de la creación de su relato escénico: un texto de Jacques Derrida en el que, tras cambiar el nombre de Karl Marx por el de José Artigas, el caudillo oriental puede verse como un espectro que nos vigila, como el padre a Hamlet; y una frase que tomó de la biografía de Julio Herrera y Reissig que escribió Eduardo Espina. “De estas dos lecturas, y de otras tantas, saqué muchas conclusiones sobre los símbolos patrios, la idea de país, la gran derrota de nuestro prócer, la manipulación que sufrieron dichos símbolos y hechos históricos”, reconoce García. “Fueron como dos disparos en el pecho, y con esa herida y esa herencia comencé a pensar en una obra que hablara de muerte y nacionalidad. Y hablar de tanto pasado me llevó a pensar en el futuro”. ¿Cómo funciona el futuro diseñado por el dramaturgo? En una posible lucha por el acuífero guaraní, siguiendo las peripecias de una familia artiguense que se dedica a fabricar ataúdes.

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La obra Diciembre, del chileno Guillermo Calderón, y también la trilogía de Santiago Sanguinetti comparten con tu obra –además de un tono distópico– la presencia de la guerra como disparador, como escenario. ¿Qué te incita y te provoca trabajar sobre la posibilidad de una guerra?
Diciembre fue una obra que me flasheó. No pude ver las obras de Sanguinetti, pero las leí. Hacía tiempo, antes de acercarme a esos textos, que divagaba con la idea de la Guerra del Agua. [Bertolt] Brecht se me aparecía, pero realmente no sé si ha quedado algo de él; sí he tenido como referencia a Lola Arias en lo que tiene que ver con interrumpir la ficción. Me interesaba el Mundial suspendido, por eso elegí el año 2031. Quería una coyuntura en la que muchos íconos y referencias patrióticas afloraran en el nervio, en la supervivencia. También quería generar un texto con personajes del interior, sin preocuparme por manipular estereotipos, más cerca de Artigas que de la capital. Y la guerra, de algún modo, es una excusa para hablar de los muertos-país.

¿De qué manera el tratamiento de la obra pone en juego e interpela la o las nociones que tenemos sobre la identidad uruguaya?
Estos muertos-país a los que hago referencia son aquellos que por el impacto de sus finales generaron un sentimiento fúnebre nacional. Estas muertes propiciaron en el colectivo un relato fúnebre, una manera “celeste” de enlutarnos –son los casos de Dionisio Díaz, Delmira Agustini y Líber Arce, entre otros–. Me embarqué a listar los integrantes de un Panteón Nacional alternativo. Bello país… alterna la ficción de la guerra y la lista de esos muertos. Creo que somos un país muy joven, obligado a tener una identidad, y que sólo manoteamos mate, rambla y carnaval para cumplir con ese pedido que nos apura y nos hace sentir menos si no respondemos.

¿Cuánto pesa entre los uruguayos la idea de “la patria o la tumba”? ¿Qué pensás de esa frase?
Esa frase –u otras parecidas– aparece en muchos himnos y epopeyas nacionales. Las palabras significan. Lo hemos cantado desde niños. Pensé mucho en aquellos tiempos de la escuela; me vi con mocasines, medias blancas, túnica y moña, cantando el himno al solcito de la mañana. Y caí en que ese recuerdo, cálido para mí, era de tiempos fríos, de dictadura. Comencé a pensar en estrategias militares que resignificaron el himno y otros símbolos, y en familiares de presos o desaparecidos políticos que tuvieron que cantar en la misma fila que yo. Seguramente los símbolos nos atraviesan de maneras diferentes. Yo no quiero ser iconoclasta, pero los veo distorsionadamente, con mala vista para verlos bellos. Íntimamente esas frases son entrañables, porque son de las entrañas, de nuestra memoria. La herencia de Hamlet. Nos define, nos agobia, nos hace crecer, nos mata. Somos patriotas o patrioteros o antipatriotas, para no morir. Por más que uno quiera escaparle, está tatuada en nosotros. Aun el menos patriota siente el filo de la espada cuando decide alejarse o mear la estatua o incendiar el edificio.

¿Definirías a tu nueva obra como una ficción histórica?
No estoy seguro. La obra tampoco es futurista. No aparecen, por ejemplo, artefactos. La gente habla como siempre y se mueve como siempre. Siento que en este país pasan los años pero hay un ser permanente. Seguimos siendo los mismos de ayer en el futuro. Y la familia, por la herencia, porque nos representa, porque siempre me acecha el tema desde diversos puntos de vista.

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