la necesidad de la ficción

Las dos últimas novelas del español Javier Cercas y el francés Michel Houellebecq comparten algo más que un fuerte impacto mediático en sus respectivos países. Ambos relatos -El impostor y Sumisión- atraviesan varios de los dilemas más espinosos de la Europa contemporánea y ponen en tela de juicio los alcances de la ficción.
La ficción, pura y dura, está en crisis. La sentencia no refiere a los números de venta de libros, ni tampoco a la balanza que hace tiempo viene desequilibrada a favor de biografías, crónicas, divulgación, autoayuda y todo lo que pueda entrar en los estantes de venta de lecturas más o menos rápidas. Ese fenómeno está a la vista: alcanza visitar una librería de novedades.
El problema es que no se trata simplemente de eso, y bien lo saben grandes autores como Javier Cercas y Michel Houellebeck. También una multitud de narradores que intentan sobrevivir en contextos cada vez más desfavorables y menos protegidos.
El escritor literario del siglo XXI se resiste a ser catalogado como una pintoresca y excéntrica máquina de inventar ficciones. Bucea en la autoficción, investiga en lenguajes y estructuras, y la pelea, con la secreta esperanza de que puede y debe encontrar el espacio -por mínimo e insignificante que parezca- entre las toneladas de libros de no-ficción y la voracidad con la que la industria audiovisual ocupa el territorio del entretenimiento.
Tampoco el problema termina -ni mucho menos- ahí, porque la guerra no se limita al papel. Los autores de cine, los dramaturgos, los guionistas de televisión, todos saben que el problema reside en todo caso en la sobredosis de información, en cómo hacer para despegar al lector contemporáneo de la comodidad de la sociedad del espectáculo y de la alienante adicción a las pantallas de smartphones y tabletas, reductoras del libre albedrío.
Se dirá que es imposible, una tarea vana. Los más pragmáticos podrán lanzar la herejía de la literatura como artículo de lujo, innecesario. Nadie dijo que fuera sencillo.
El campo de batalla, y esto es tal vez más fascinante, se ha ampliado al propio terreno de la novela. Autores, editores, lectores y académicos llevan años enfrascados en un interminable debate, en un escenario por cierto apasionante que tiene como principal protagonista al resbaladizo concepto de "lo literario" y de su relación con los mecanismos ficcionales.
Esto pasa en la cada vez más reducida "clase alta" de los literatos -los que mantienen un buen volumen de ventas, contratos con grandes sellos y traducciones-, y también en la "clase baja", la de aquellos arrinconados en atomizados sellos independientes de autor, casi al limite de la autoedición y circulación ínfima de sus textos.
El caso HouellebecqEl francés Michel Houellebecq es uno de los casos emblemáticos entre quienes han encontrado un discurso, una forma personal y exitosa de resolver el problema. El secreto de su escritura, aferrada a la defensa de la ficción, ha sido construir grandes relatos, como si fuera un autor del siglo XIX pasado por el pospunk.
Suele exhibir, a través de sus personajes, un cinismo a prueba de balas y una fuerte -y sistemática- crítica a la generación del sesentayocho. Desde sus primeras novelas, reflexiona -de manera valiente y por cierto exasperada- sobre temas contemporáneos. Se acerca a un periodismo de ensayo, con un estilo y una mirada que pocos se animarían a jugar en estos tiempos tan políticamente correctos.
Firmó varias novelas excepcionales, entre ellas Plataforma y La posibilidad de una isla. En ambas prueba con una fórmula que también está en la base de Sumisión, la última de sus novelas, en la que narra la conversión al Islam de un académico francés y ateo, proceso que se juega en el contexto de una victoria electoral musulmana y la derrota tanto de la ultraderecha como del absolutamente descolorido socialismo.
El arma de Houellebecq es la ficción política, mecanismo difícil de jugar pero que maneja con precisión y sin caer en la tentación de la farsa. No se trata simplemente que la trama resulte creíble, sino que todas las capas del relato se exponen con extrema naturalidad, en un futuro que de alguna manera ya sucedió.
El cinismo, tan occidental y ateo, se vuelve insostenible, no es capaz de mantener el sistema ni reproducirse. Es lo que está diciendo Houellebecq en sus novelas. No lo pudo resolver el comediante clónico de La posibilidad de una isla ni el desmesurado hedonista de Plataforma. Los que leyeron esas novelas saben que todo termina demasiado mal. Sin embargo, parece leerse una luz acaso más amarga en El mapa y el territorio, donde empieza a desarrollar la idea de suicidio de una civilización, tema que es central también en Sumisión.
La ficción está de fiesta en cada novela del más discutido y celebrado autor francés. Nunca va a estar entre los aspirante a ganar el Nobel y tendrá una larga lista de detractores seguramente en aumento. Porque es, y lo sigue demostrando, uno de los pocos novelistas vivos capaces de utilizar la ficción como arma y apostar a un gran relato.
El caso CercasEntre los novelistas de nuestra lengua todavía se siente el efecto Roberto Bolaño. Para bien o para mal. El autor de grandes relatos como 2666 y Los detectives salvajes terminó de demoler el boom y obligó a redefinir la ficción. La colocó en el centro del problema y redefinió -con trazas de genialidad- los divertimentos cortazarianos y las bifurcaciones borgianas.
Hay casos, como los de Aira, Bellatín, Pron y una larga lista de autores independientes, que han optado por radicalizar la ficción. En varios de ellos sucede lo más interesante de la actual literatura iberoamericana. Pero también están los que se han tomado el asunto en serio -esto dicho sin desmerecer a los autores anteriormente citados- y que, como Houellebecq (y el maestro Bolaño), entienden que la ficción es el problema. Dos casos emblemáticos han sido el chileno Alberto Fuguet con su bitácora autoficcional Tránsitos y el peruano Jeremías Gamboa con la valiente Contarlo todo.
Otro que anota una gran obra es el español Javier Cercas. La novela El impostor asoma como un ejercicio que deberían leer los aprendices de novelistas y todos aquellos interesados en los mecanismos de la ficción. En una primera capa se cuenta la biografía de un impostor, Enric Marco, un militante social catalán que mintió en reiteración real sobre su pasado (entre otros detalles, sobre su condición de sobreviviente de un campo de exterminio nazi), y que se convirtió en obsesión no solo de Cercas sino de toda la sociedad española.
Cercas apela a desmontar la ficción creada por el personaje. Intenta aproximarse a lo real para narrar la impostura. El camino es tortuoso y lo obliga a exponerse, a manejarse en el territorio de la autoficción, siempre tratando de alcanzar el grado cero de la ficción.
El resultado es un relato con altas dosis de incorrección política, porque al desarmar el personaje de Marco se exhiben ciertas cosas que no parecen estar nada bien en la sociedad europea contemporánea.
Es un libro poderoso, un gran relato que demuestra por el absurdo la imperiosa necesidad de la ficción. Y aunque el camino y el propósito del autor español esté posiblemente en las antípodas que los de Houellebecq, sus respectivas novelas tienen en común la capacidad de provocar y despertar debates.
Ambos son dos grandes escritores de este siglo y han escrito libros tan originales como valientes. Hay que leerlos.
((artículo publicado en la revista CarasyCaretas, 06/2015))

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