rompiendo tabúes

La presencia de la dramaturga canadiense Suzanne Lebeau, en las dos últimas ediciones del Fidae, no pasó desapercibida para varios creadores uruguayos, entre ellos Raquel Diana. Hacía tiempo que la autora había intentado, sin éxito, escribir un texto para niños y adolescentes. Hasta que el pensamiento y la práctica de Lebeau impactó en la autora uruguaya. "Fue muy enriquecedor para mí, como escritora y como persona, tomar contacto con ella", cuenta Diana. "Y empecé de nuevo... pensé esta vez que iba a escribir para 'personas', no para 'infantes', y pude terminarla con más libertad y alegría, como me había sucedido con otras obras". Se define como una recién llegada al teatro para niños, pero está muy segura que Ana quería ser muñeca es un espectáculo diferente y que viene generando una intensa comunicación con el público en la franja entre 8 y 16 años.

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¿Qué respuesta viene teniendo el espectáculo, tanto en salas como en escuelas y espacios culturales de diferentes barrios de la ciudad?Hasta ahora nos han visto seis mil espectadores en los barrios de Montevideo: es de las experiencias más conmovedoras que he vivido. Y estos espectadores no mienten, así que viendo sus actitudes durante y después de la función, se puede advertir lo que les pasa. Hay mucha atención, identificación, risas, lágrimas. El día del estreno tenía mucho miedo de que esta propuesta, con sus peculiaridades y diferencias, fuera a resultar ajena, dura, demasiado intelectual. Pero no: es una alegría de las mejores ver con cuanta empatía reacciona el público. Los adolescentes parece que se sienten frente a un drama existencial: las incertidumbres, las cosas no dichas, el problema de “lo que hay que ser” y lo que uno querría, o no saber qué se quiere... Creo que se divierten, sí, pero que se emocionan en mayor grado.
¿Cómo fuiste creando el personaje de Ana y aparecieron los temas "tabú"?
A veces me parece que hay personajes que existen antes que la obra que los va a contener. De algún modo, somos unos seres en proceso de crecimiento, a medio madurar, tirados en medio de un mundo más bien extraño, entre el asombro y la desilusión, tomando a veces decisiones equivocadas. Ana, por ejemplo. No creé el personaje. Vino y se puso allí, con su soledad y su espejo, con el que pudo hablar. Por eso la obra se centra en algunos temas que tienen que ver con la condición de niños, niñas y adolescentes en este momento del mundo: los sueños, los deseos, las frustraciones, la soledad, las relaciones interpersonales, la familia, el cuerpo, los modelos estéticos impuestos por el mercado, los miedos, la extrema sensibilidad que lleva a querer “no sentir”, las injusticias, el trabajo infantil. Y también la alegría, la solidaridad, la cooperación, la recuperación del diálogo entre las personas, la elección de caminos y modos de vida. Los estudiosos hablan de los temas “tabú” en el teatro infantil y juvenil: aquí hay algunos de ellos. Comparto el pensamiento de Suzanne Lebeau, cuando expresa que el mundo en que vivimos juntos niños y adultos es el mismo: cruel, tierno y complejo, donde las cosas nunca son evidentes.
¿Qué te llevó a sumar al montaje al grupo de muñecos y objetos Aquinomás?
El de los títeres es un otro mundo y no he hecho otra cosa que aprender. La gente del grupo Aquinomás anima objetos, muñecos y hasta la propia escenografía: le ponen “alma” y eso es algo muy inquietante. Generan una materia estética que tienen sus propias leyes algunas de las cuales he llegado a comprender. Hubo un momento en que pensé que no iba a ser posible la convivencia de actores y títeres, porque éstos parecía que iban a acaparar toda la atención. Pero encontramos un lenguaje de ida y vuelta donde la peripecia de la obra se desenvuelve con una naturalidad conmovedora.


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