ese yo jamás es tuyo (o tres versiones de por qué la poesía es anticapitalista)

Martín Barea Mattos: poeta y agitador cultural.


Entrevista con los poetas Héctor Hernandez Montecinos, Andrés Villalba y Martín Barea Mattos. La Ronda, Montevideo, año 2013. 

Poetas. Muchos poetas en mi ciudad, Montevideo, dando vueltas por ahí, leyendo, compartiendo una semana de versos y alcoholes varios. Se juntaron para celebrar un Mundial, vaya eufemismo para no decir festival o congreso, organizado por Barea Mattos y la movida de Ronda de Poetas. Todo un éxito. La figura estelar fue el chileno Zurita, pero pasaron muchos otros que fui conociendo mientras los grabamos leyendo, o en plan performance, para la televisión pública. Cada poeta debía decir un poema en algún lugar de la ciudad. Uno eligió una jaula del zoo, otro la fachada de una iglesia evangélica, otro el cementerio. Hubo de todo. 
Andrés Villalba en 18 de Julio y Minas.
Una tarde pasamos a buscar, por el teatro del Cerro, a un vate ecuatoriano llamado Andrés Villalba. Le sugerimos grabarlo muy cerca de allí, en la playa. No quiso. Se negó. Alegó que su poesía era urbana. Había poco tiempo y como treinta y cinco grados a la sombra. Terminamos en 18 de Julio, en la vereda del Banco República. Ese poeta me interesó, su actitud, su terquedad, su decir apurado y brumoso, su adrenalina. Mientras preparábamos la cámara, él y un poeta argentino fueron hasta un kiosco. Trajeron latas de cerveza para todos. Para matar el calor. Después de grabar a Villalba, caminé hasta la Biblioteca, para encontrarme con veteranos poetas uruguayos. Saludos varios y me fui de cabeza a una mesa de libros. Dejé trabajar al olfato. Las tapas, los tamaños, las tipografías. Primero compré el de Villalba. 
Héctor Hernández Montecinos en el puente de Sarmiento.
Muy cerca de su libro encontré otros dos que tampoco pude evitar: uno de un tal Héctor Hernández Montecinos y otro de Ernesto Carrión. Flechazo inmediato. Cada libro tenía más de trecientas páginas. Ahí adentro, en tanto ensimismamiento, estaba pasando algo. Los hojee y no dudé en llevarlos. Pesaban, como debe pesar la buena literatura. Y ahí me pegó el bichito: le propuse a Barea Mattos que quería entrevistarlos a todos: a Carrión, a Hernández Montecinos, a Villalba, y a él también, porque se me ocurrió que tenían una línea en común: todos nacidos a finales de los años 70, todos poetas de largo aliento, todos -al parecer- un poco locos. 
Al chileno, el tal Hernández Montecinos, lo grabamos la tarde siguiente para la televisión: dijo su poema en el puente de Sarmiento y Bulevar Artigas. Mostró algo de nerd, de raro, de border. Otro buen momento. Y llegó la hora pactada: jueves a las cinco de la tarde, en La Ronda. Faltó Carrión. Ya se había volado de Montevideo. Esa tarde hubo viento, tormenta, y terminando la charla de una hora y media y no se cuántas cervezas, un atardecer espléndido se disfrutó como pocos desde la esquina de Canelones y Ciudadela. Antes de encender el grabador, Hernández Montecinos contó de un gato, al que llamó Bellatín porque había vivido años en México y se había hecho muy amigo del gran escritor. Y como se sabe que Bellatin ama los perros, pensó que era buen nombre. El gato, cuenta el poeta, salía todas las noches y siempre volvía lastimado y particularmente exhausto. Dormía horas hasta recuperarse y volver a trasnochar. Un día lo siguió y pudo ver que su afición no eran las gatas, ni siquiera los otros gatos: gustaba de meterse debajo de los coches y aspirar los caños de escape. Le gustaban los estacionamientos, las zonas de parking. Un día, el gato no volvió. Pudo enterarse que murió en buena ley, drogándose con un coche que al maniobrarlo su dueño lo atropelló. El verdadero Bellatin, de paso por Santiago y por la casa de Hernández Montecinos, supo de la historia del gato que llevaba su nombre. Y como no le creía del todo a su amigo, este le dijo que pasara al cuarto de su madre, que estaba en ese momento acostada, mirando la televisión... A esa altura del relato ya estábamos todos en la mesa: el chileno, el ecuatoriano y dos uruguayos: Martín Barea Mattos y quien se dedicó a hacer una serie de preguntas acaso torpes pero que despertaron una buena charla.

***

¿Cuál creen ustedes que es el territorio de la poesía como lenguaje, como expresión, en un mundo tan complejo, como el contemporáneo?
Martín Barea Mattos: Voy a tirar una, porque hoy salió una entrevista a Zurita en La Diaria (Nota: se publicó en la edición del 14-11-2013) y él justamente dice algo que impacta. Dice que la poesía está en un devenir. En sus comienzos fue la poesía oral, en un mundo con Dios, y menciona justamente a los libros esenciales, el Corán, La Biblia, y afirma que hoy la poesía está bajo el yugo del lenguaje y del capital. O sea, que estaría en un periodo para mudar hacia otra nueva forma de poesía que él no se animaba siquiera a avizorar cuál era o cuál puede llegar a ser.
O sea que intuye un estado de transición...
MBM: Claro, que tal cual la conocíamos hoy: la poesía oral, la escrita, la performática, estaría jaqueada, digamos, en este mundo sin Dios, dominado por el lenguaje y por el capital. Y así como todos los hombres están rotos, la poesía también... está rota. Tá, no sé, la dejo ahí, como una cita de hoy, como para largar...
Andrés Villalba: Justamente, ahora, vengo de estar sentado un par de horas, ahí, en el Centro de Montevideo, en 18 de Julio. Había un viento terrible y se puso complicado. Volaba todo: polvo, basura. Estaba sucio, las calles sucias, las chicas un poco sucias... Simplemente pensé qué más, para qué tanto apuro, adónde vamos con tanto apuro, si todos vamos a parar al mismo hueco... No es fácil. A uno no le queda más que seguir siendo un cero a la izquierda. Y llegar siempre a un poema, o algo, por precariedad existencial, porque todo el mundo vive de una forma viciada... y el poema sería solo para maquillar la realidad, porque está demasiado feo todo, y cada vez es peor... Entonces, yo me quedo, con uno de los momentos más bonitos del evento, cuando le preguntaron a Zurita, hace dos días, en una entrevista que hizo, qué era lo que le preocupaba del futuro, de la muerte, o algo así. Y dijo: “no me gusta pensar en eso, pero me duele no poder seguir leyendo a poetas como Hector Hernández Montecinos, o como Ernesto Carrión”. No hay salida. Entonces, la poesía es simplemente ensimismarse para decir algo que ya dijo de ochocientas maneras diferentes... Y está también lo que se hablaba el otro día, de algo que alguna vez dijo Eduardo Milán, de que antes se decía “nadie escribe, todos leemos”, y ahora se dio la vuelta a la tortilla, de una forma radical, porque los que leen son precisamente los que escribimos, los que tenemos el mismo oficio, el oficio de perder.
Lo de perdedor, Andrés, está muy marcado en tu poesía. Me gustaría hablar un poco de eso, pero antes, Héctor, ¿querés agregar algo?
Héctor Hernández Montecinos:
¿Cuál es la pregunta?
Era sobre el territorio de la poesía, pero no me acuerdo bien de la formulación de la pregunta...
HHM: Tu pregunta sobre el territorio me parece super curiosa, porque fue el tema que tuvimos de conversación en la Casa del Escritor y fue también lo que me preguntó la niña de la televisión y lo que me preguntas ahora. En un país tan chiquito, que te pregunten tres veces sobre el “territorio”, en menos de dos días, es síntoma de una preocupación que está en ustedes, muy intensa. Cuando veo el mapa de Uruguay, me imagino que debe haber algún tipo de relación como de padre, madre e hijo con Argentina y Brasil, por ejemplo... Para mí, la poesía tiene que ver -más que con el territorio- con el habitar: habitar el lenguaje, habitar una obra, habitar un libro, habitar una historia, habitar una conciencia múltiple. Es como cuando preguntan qué es tu vida... y vida son precisamente los recuerdos de las cosas que uno habitó, o de personas que te habitaron. Eso es lo más cercano a vivir, que es una abstracción. Y entre esas cosas que habitaste o te habitaron, pues habita el territorio, habita el cuerpo, el cuerpo que ha entrado en ti, que es lo más parecido al amor. Y también habita el discurso, que es lo más cercano que tenemos a la poesía. Por lo tanto, esto lleva a que la poesía te enseña a habitar como persona, te enseña que hay tantos yo como tantos poemas pueden habitar en el universo. Y cada poema que se escribe lo escribe una persona distinta. Es por eso que la poesía es lo más anticapitalista del mundo, porque el capitalismo se basa en la propiedad privada, y nosotros tenemos la ilusión de que nuestro yo es nuestra propiedad privada. Creemos que somos yo, y nada más, que nuestro yo es único, indivisible, y que nuestra vida es nuestra cosa, toda esa noción de la identidad como una verdad en sí. Así funciona el capitalismo. Y la poesía, justamente, es lo más anticapitalista del mundo, porque -como dije antes- te enseña que ese yo jamás es tuyo...
Ese sería un nuevo nivel de conciencia... pero pienso en los blogs, en las redes sociales. ¿Cuánto afectan o no del devenir de la poesía?
DBM: Nunca tuve un blog. No me interesa. Tengo una visión paranoica de la red de redes: es un invento para las multinacionales, para los bancos, para los estados. Sirve para traficar datos, para perseguir... Entonces, los blogs no me seducen para nada. No me completa estar subiendo pensamientos y poemas. Me da un acto como patético en sí mismo. Y para ser patético, prefiero serlo entre gente de carne y hueso. Me reconforta más el encuentro carnal que el virtual... Somos tan elementales, la vida es tan elemental. Uno viene a morir, ¿no? Y ese es el fin...
AV: Dos veces pajero es ser pajero... virtualmente. (risas). ¿Ibas a decir algo, Héctor? Tu tienes un blog... De todos modos, una cosa como Facebook es muy útil; para tu conexión con amigos, con los que realmente quieres estar, pero a veces yo no sé qué decir cuando la máquina pregunta “¿en qué estás pensando?”. (risas)
HHM: Tampoco sé qué chucha hay que decir... Entonces, nunca pongo nada.
AV: A mi me parece que tu tienes qué decir. Por eso te preguntaba por el blog tuyo... como que estás siempre ahí, en la red.
HHM: Tenía fotolog, a comienzos del 2000. Ponía cosas divertidas... Luego tuve blog, y lo tengo todavía. Y tengo el Facebook, y el Twitter, y tengo todas esas cuestiones, pero mi relación que tuve de varios años se terminó por culpa de Facebook y la que tuve en Ecuador se terminó por culpa de Twitter. (risas)... Pero a mí me gusta Internet. Me gusta todo eso.
Justamente quería hablar de los blogs en relación al yo, a la estética que creo marca a la generación del 2000...
HHM:
Escribir en un blog, escribir en tu Facebook, escribir un libro, escribir en una servilleta, es exactamente lo mismo. No hay ninguna diferencia. No cambia nada. Tu escribes un poema y lo subes, o lo publicas en un libro...
AV: A mi me pasó, en mi librito último, que publiqué huevadas que le cargaba en Facebook a un amigo al que quiero muchísimo. Y como el Facebook se presta para cargar... como que me ensañaba y le jodía bien, y después salieron cosas buenas, de ejercitar un poco la ironía, y fueron para el libro.
HHM: De hecho, las redes sociales son menos yo que tener las cosas escondidas. Tengo amigos que jamás subirían un poema inédito, porque temen que se lo copien, no sé qué... ¿A quién le importan tus reputos poemas? Ese es un yo trastocado, un yo timorato y miserere. ¡Súbelo! Después la gente lo va a leer como todo en Facebook, si me gusta, si no me gusta, y ya está, se acabó. Dura cinco minutos. Y se acabó el poema...
AV: Además, si uno sube o pone algo, simplemente está pensando en alguien que le gusta, para que ponga me gusta... Y ahí ya cumplió su cometido. No hay más que eso.
HHM: Hay otro tema que me interesa: el hecho de que la Internet y las redes sociales mueven el pensamiento colectivo. Te permite saber lo que está pensando o representando el pensamiento de mucha gente al mismo tiempo. Me interesa, cuando pasa algo importante, cómo se lee en diferentes contextos. Me fascina esa rapidez de lectura, de procesamiento, de mucha información... me pasa mucho con Uruguay con las cosas que hace Mujica, el presidente. El otro día estábamos comiendo, en ese bar (Santa Catalina), y justo estaba en una mesa el presidente Mujica. Nos sacamos una foto con él, la subí en Facebook y tuve como 380 me gusta en un rato. Es muy sintomático que suceda eso, con las formas del pensamiento colectivo, como que el cuarto poder -que era la prensa- pasó a ser un quinto poder. Ahora la televisión le está copiando a Internet: pasan los videos de youtube, lo que se comenta en Twitter. La televisión perdió una batalla y en el futuro va a funcionar con contenidos de Internet, lo que marque el quinto poder, o sea las redes sociales. Es por eso que pienso que ese yo, el que aparece en el Facebook, no es un yo, es un yo en relación, una soledad interactiva... que acompaña.
MBM: Lo que dice Héctor, de ver pasar la cinta infinita del muro de los lamentos, a mí me divierte solo un rato. Es un zapping de pensamientos. Te divierte un rato, pero luego te empuja hacia tu yo de carne y hueso, al matérico, al que cierra la compu, se da vuelta y está en su espacio de acción.
AV: Es mucha pérdida de tiempo. Y hay que ver si uno está dispuesto a perder ese tiempo.
MBM: Claro. Pero yo voy a otra cosa... a que de un tiempo para acá, vengo trabajando en máquina de escribir, y cuando se me agota aquello que tenía en la cabeza, prendo la tele y copio la tele. Me pongo a procesar lo que estoy viendo y escuchando. Lo llevo a la máquina de escribir, porque la máquina me da todos los errores, todo, queda la marcha y la contramarcha del pensamiento. La escritura se acerca justamente al basural, a una estética del desecho, de esta cosa en la que vivimos, que no es lineal, ni perfecta. Entonces, nada. Para mí es eso: el yo es un ensamblaje, donde uno privilegia o posterga.
¿Cuál es la relación de cada uno de ustedes con el lenguaje?
AV: En el último tiempo, puedo decir que he abusado un poco de un cierto argot ecuatoriano y del uso de la ironía. Juro que aunque quiera escribir algo bonito, no me sale, me salen cosas muy torcidas, porque como que no me puedo desprendor de la experiencia inmediata. Y en las lecturas de poesía, allá en Ecuador, se cagan de risa. No soy tan histriónico como Jorge Alfonso, pero voy por ahí... Después está también la forma, digamos, de Nestor Perlongher, y ahí te vas preguntando cómo puede ser tan rico el lenguaje. Tenemos un idioma que es de los más barrocos del mundo, para sacarle el jugo. Y acá lo usamos al contrario de los españoles, que lo dejan diáfano. Acá le metemos más y más y más... y no creo que sea una intención, simplemente va saliendo y se va creciendo a la medida que se conocen más palabras y significados... Tu, Hector, siempre tuviste eso del tuco, de textos en prosa larga, que suelen resultar medio agresivos al lector. Simplemente, creo que uno va poniendo la dosis.
HHM: ¿Cuál era la pregunta?
De cómo se relacionan ustedes con el lenguaje... Lo que noto es que hay una zona común de transgénero, de borde. Y está el tema del yo, que ya hablamos, de un yo diferente a cómo lo usaban otras generaciones...
HHM:
Pues ya lo dijo Rimbaud: el yo es el otro... Y ya, no estamos inventando nada nuevo. Ya está todo inventado desde hace ciento ochenta años. Ahora estamos acatando el oráculo de Rimbaud.
AV: Yo a veces pienso qué se puede decir, en poesía, en lengua española, después de “Trilce”, de Cesar Vallejo... Ahí empezó y terminó todo. Yo creo eso. Después de “Trilce”, dices, qué pasó acá.
MBM: Creo en la performance, y eso hace que cada libro, cada obra que encare, sea un renacer, un cambiar la forma y lo que se está diciendo. En un libro se muere, en otro se nace. Y así como el cuidacoches me dice poeta, así como el mozo me dice poeta, siento que es un poder que me dan, entre los vecinos. Eso hace que sean tan importantes como lo que yo escribo, porque son ellos los que me dan su moneda de cambio y me dicen que oficio de poeta... Entonces, estoy dedicado a vivir con la ética de ellos. Estoy para defender ese lugar y para darles, al cuidacoches, al mozo, a los vecinos, a los amigos, y a los que me dan ese poder, una devolución. Por eso hablo de performance, en el sentido de que -en definitiva- es tan importante lo que escribimos como la forma en la que habitamos entre los pares, entre los vecinos. Esa es mi concepción del yo poeta. Y en cuanto al lenguaje, no soy yo el que tiene que decir nada acerca de ese “problema”... Porque, o está todo dicho, más que claro, o hay gente que se dedica a eso, como los comentaristas de fútbol. Lo mío, en todo caso, es jugar.
AV: De esas vainas, así, es que uno se nutre, saca mucho más riqueza... Es hibridez. Lo que yo he hecho siempre ha sido hibridez, promiscuidad textual, no necesariamente poesía. La palabra poeta es la que a mí sí me cabrea... Esa palabra llegó a la cúspide de la degradación.
HHM: ¿La pregunta?
AV: Si el amor es la respuesta. (risas)
MBM: Estábamos en eso, los problemas del yo y del lenguaje...
HHM: A mí el lenguaje no me importa para nada. En absoluto. Lo ocupo porque es lo más a mano que tengo para comunicarme, igual que el idioma, que es lo primero que aprendí. No va por ahí mi voz. No busco desterritorializar el lenguaje. No busco formulaciones lingüísticas. No busco defender lenguajes minoritarios. No me interesa. Soy un hispanohablante, y ya está, pero como nuestro lenguaje es muy amplio, es verdad que tengo varios registros de mis poemas en prosa, y es verdad que no utilizo el lenguaje que se habla. Es como que intentara hablar cada vez con menos personas, como que quisiera que mi mundo se reduzca a dos personas, y ya, la tranquilidad, la serenidad, la templanza, como la carta del Tarot, con la figura del ángel que vacía un jarro de agua a otro jarro de agua y no se sabe si sube o baja... Eso. Eso es lo que quiero yo... que puede ser la paja mental más grande, y eso me gusta, porque la realidad tampoco me gusta mucho. Dije algo la otra vez, entre broma y en serio, y algunos se enojaron... Dije que los seres humanos no me gustan, que me caen pésimo, que los odio a todos y sólo hago una tregua con algunos. Sonaba como chiste para la tele, pero en realidad no es chiste, es de verdad, entonces siento como que lo que yo escribo no intenta conectar con la realidad, con el el amor, con esas cosas... Me siento cercano al niño sordomudo que habita en la poesía, ese que no habla, que no es el yo virtual del Facebook ni este yo mono que habla y se expresa haciendo estupideces. Para darle voz a ese niño escribí un primer libro, luego otro y pronto vendrá un tercero. Y con ese se cierra, eso acaba el asunto, porque creo que la fidelidad a una ética, en mi poesía, es que yo vuelva al niño sordomudo y no más. Y está bien.
AV: Una pregunta dentro de la pregunta... Yo me acuerdo, Héctor, cuando estuvimos en Chile la otra vez, que tu dijiste que todos estábamos un poco de poetas, pero que solo Parra y Zurita eran...
HHM: Es que ellos son de los pocos que se acomodan a mi esquema. Lo dije también en un taller que hice acá, en Montevideo, en la Casa de los Escritores. Dije que normalmente confundimos muchos conceptos. Por ejemplo, arte, cultura y creatividad son cosas antagónicas, todas, que confundimos. El arte y la cultura foma parte de lo institucional, lo monumental, lo que mira de arriba hacia abajo, lo que llevamos a la escuela, a los pueblos, a los indígenas, en esa cosa de barrido del poder. La creatividad, en cambio, es lo que hace al ser humano capaz de superar conflictos. Si a alguien creativo se le rompe la bicicleta, la va a reparar... Y la poesía es un espacio de creatividad, que debe estar en lucha con las formulaciones del arte y de la cultura. Parra rompió la poesía como concepto de objeto cultural, rompió con la poesía monumental, con aura. Zurita rompe el concepto de arte. Para él, la poesía no alcanza en el libro, y eso lo hace capaz de escribir en el cielo, en el desierto, hacer performances, hacer mil cosas. Zurita hace explotar el arte... Pero hay un tercer estadio, que sería el de romper la creatividad. Me lo imagino como un momento colectivo, no de una persona, de un yo, sino de muchas operaciones colectivas que alguien va a poder visualizar y va a ser un nuevo Homero.
¿De dónde viene tu acercamiento a la poesía, Martín?
MBM: Precisamente quería retomar la idea del niño que manejó Hector, y antes manejó también Andrés. A mí muchas veces me preguntaron, la típica, desde cuando escribís, desde cuando no sé qué, la poesía, ¿no? Yo identifico dos momentos de la infancia, los dos en Buenos Aires, porque si bien nací acá, en Montevideo, a los seis años me fui a vivir a Buenos Aires y allí estuve hasta los trece. Es a los quince años que empiezo a escribir y a leer, deliberadamente, pero tengo un recuerdo muy especial de mis ocho años, en esa infancia porteña. Es un recuerdo que tiene que ver con la influencia de Luca Prodan, de Charly García, que era lo que pasaban en la radio mientras yo leía de noche. Y yo cantaba en la ducha, inventando, pero de repente no me alcanzó con haber inventado una canción. Iba y la escribía. Y hasta el día de hoy tengo esos papeles ahí guardados... Tenía ocho años. Y luego, ese mismo año, a la fiesta de fin de curso de la escuela, fui disfrazado de punk. Tengo las fotos. Para mí, todas esas acciones fueron la manifestación de una desterritorialidad, porque yo sabía que no era de Buenos Aires y ya tiraba un triángulo afectivo con Montevideo. Un volver y una cosa de estar ahí pero también de estar acá. Y todo eso me empujó como te empujan en la piscina, a flotar y aprender a nadar muy temprano. Porque había que habitarse. Esto lo planteo porque justamente es lo que me termina devolviendo la escritura: de nuevo al escenario, a la música, a lo más infantil, a lo más antojadizo, a habitar ese canto infantil. Como que siempre estoy por ahí.
AV: Pero también, yendo al origen, aprender a desenvolverse en algo tan precario, tan inmaterial, te lleva a la autodestrucción y a la locura. La poesía aúna a estos dos caminos, que van de la mano y es -además- in extremis onanista... Yo puedo decir que me crié con mi mamá, que era cantante de rock. Me crié entre micrófonos y escenarios. A los quince me estaba metiendo marihuana sin miedo y en esas vueltas cogí un disco de Doors que ella tenía y después lo traduje. Mi mamá es gringa y me hablaba en inglés. Y yo hablo inglés desde niño con ella. La canción decía: “y le toqué un muslo y el mundo sonrió”, y ahí es que me pregunto qué está pasando, qué es esa huevada. Ese fue el momento iniciático y desde allí como que tuve que aprender a flotar en esa piscina, como dice Martín. Y Morrison cantaba también que su cerebro estaba croando como un sapo, cosas así. Después de eso, a los diecinueve, devoré “Piedra del sol”. Me acuerdo de estar, abajo de un arbol bonito al que yo me iba a leer, en Quito, y Octavio Paz hablaba del sauce y “no hay nada en mí sino una larga herida”. Y después fue el “Poeta en Nueva York”, de Lorca, a una edad crucial, no como para querer ser escritor, o algo así, sino como lector de poesía. Y después, claro, yo fui padre muy niño, y viví en Italia, y tenía las obras completas de Cesar Vallejo. Tenía veinte años, leía eso, y ahí se cagó todo... Nunca se pudo decir más nada.
¿Y cuándo sentiste, Héctor, esa sensación de la piscina?
HHM: Es un poco ridículo, pero hace quince años escuché una canción que está sonando ahora... ¿Es Charly García? Escucho alguna cosita así, de curiosidad, Nirvana, cosas así, pero la música no me gusta. Tampoco me gusta el cine. Me he visto tres cuatro películas, con suerte. La última que vi fue “La Sirenita”, con mi hermana, cuando ella era chica.
¿Y las novelas?
HHM: Tampoco las novelas. Y los cuentos, los aborrezco. Por eso me gusta Bellatin, porque es un punto raro entre todo, entre la novela y el poema.
¿Preferís los ensayos?
HHM: Sí, pero más cercanos a las ciencias sociales. Y más específicamente, prefiero la teoría. Porque el ensayo y la teoría son distintos. Es como la diferencia entre cuento y relato... A mí me gusta la teoría: me gusta Deleuze, por ejemplo, porque piensa creativamente. Pero no vayas a leer a Deleuze como si fuera un ensayo, o buscando alguna verdad, o un contenido. Eso es una verga; hay que leerlo como un poema. No hay que buscar nada. Yo podría aplicarte a Deleuze, pero si me preguntás qué es el devenir no sabría qué decir. A Deleuze lo leo como poesía, busco la sensación, lo que me afecta, el modo en que yo voy a reafectar la realidad, los conceptos, o lo que sea...
¿Buscás una forma de la distorsión?
HHM: No... Es que lo mío no es distorsión; es al revés, lo diáfano. Las cosas están ahí. No hay que buscar, hay que mirar de otro modo. Nuestras vidas van tan aplastadas, tan cuadradas. Nuestro territorio personal, mental, es cada vez más chiquito, porque nos bombardean con el capitalismo, el consumo y todas esas cosas. En cambio, la poesía es nuestro algo, nuestra conciencia. Por eso la poesía es peligrosa. Porque cada día que pasa va agrandando las conciencias, las va haciendo más colectivas, cooperativas...
MBM: Me gustaría saber el punto de vista de Héctor y de Andrés sobre la idea que la poesía no se vende. Se sigue insistiendo que la poesía no tiene lectores y me parece un argumento falaz, mentiroso.
HHM: Lo que pasa es que los poderes oficiales cuentan cuántos libros de poesía se venden sobre cantidad de población. De ahí viene el error, y llegan a cifras tales como que cada uno lee un dieciseisavo de libro de poesía al mes. Si cuentas lo que se vende, es poco, pero si cuentas bibiliotecas, pdf, internet, fotocopias, la cosa cambia y se llevarían una sorpresa. Porque lo bueno es que la circulación de la poesía es horizontal, no vertical... Pero ellos cuentan vertical. Lo que hacen al contar así es lo mismo que pasa en la cultura, pero la creatividad -en este caso la poesía- tiene otras circulaciones.
¿De qué manera piensan que el capitalismo -a través del consumo, de la publicidad- afecta la acción de la poesía?
MBM:
La filosofía y la poesía, por ejemplo, están cada vez más en la boca de los curadores de arte, de los publicistas. O sea, el mundo se va acabando y quedan pocos manantiales donde abrevar... Por eso es justamente paradójico que la poesía suene tantas veces en publicidades y que lo poético sea como el plus del producto. Yo te vendo un televisor, pero el televisor es poético.
AV: Disculpen vuelva para atrás, pero quería reforzar un poco eso de lo que hablé respecto a la autodestrucción... Cuando uno es tan susceptible, y tiene veintitres años, y está ahí, como abierto, para que el mundo lo penetre, como que potencia una capacidad de atraer gente torcida. A mí me hicieron daño, demasiado daño. A esa edad yo leía a Cioran, que tenía ese aforismo espectacular: “La vejez, en definitiva, no es más que el castigo por haber vivido”. Pero por suerte pude salir, y ya conviene sosegarse... Y ya de reforzar esa vaina de la locura. O sea, es al revés de lo que se piensa... No necesitas flagelarte y autodestruirte para llegar al texto. El camino es al revés: a través del oficio consetudinario es que se alcanza un estado insular, completamente fuera del mundo. Está el verso estupendo de Viel Temperley, que dice “soy feliz, me han sacado del mundo”. A mí hay un ejemplo que me marcó, como cicatriz de pandillero, que es el de mi suegro, un pintor espectacular, que está ahora absolutamente chiflado: Luigi Stornaiolo. Alguna vez fue un tipo cuerdo, un tipo que estaba ahí, pero después de darle y darle, como su obra era tan agresiva, llegó a la locura, a través de su obra. Es como Carrión, que es un tipo serio, padre de familia, que parece inofensivo, pero está completamente chiflado por su obra... Ahora ya se reprodujo otra vez. Por eso le decía a Héctor, lo del texto de Fernando Vallejo, el escritor colombiano, que decía quiero hacer muy bien lo que sea el amor, porque es algo puro, y el sexo algo entretenido, ¡pero la reproducción es criminal! ¡No pagues con la misma moneda! Me parece que solo tenemos derecho de reproducirnos una vez...

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