perdida en recife



Todo un descubrimiento, Mi alma es hermana de Dios es una novela que comprueba la alta calidad de la narrativa brasileña contemporánea. De lectura imprescindible, como las de Noll y Martins. Solo hay que animarse.



Las traducciones de la casa argentina Adriana Hidalgo Editora permiten –sin prisa, pero con la urgencia que implica llenar desiertos culturales- acercarse a importantes autores brasileños contemporáneos. En este mismo blog reseñamos hace algún tiempo la novela Bandoleros, de Joao Gilberto Noll, un experimento literario magistral de un beckettiano nacido en Porto Alegre, del que pueden leerse, en nuestra lengua, por lo menos otros dos títulos: Lord y Harmada. Otro que se suma al catálogo de la editora es el joven Altair Martins, con una estupenda primera novela titulada La pared en la oscuridad.
Hay un atractivo extra en la escritura de estos contemporáneos brasileños y estriba en compartir riesgos a nivel de uso del lenguaje y una radicalidad que no es fácil encontrar en cualquier comunidad literaria, a menos que se busque en catálogos independientes y marginales, que es paradójicamente donde se viene refugiando la literatura de autor. Una sensación similar provoca uno de los textos que publicó recientemente la casa uruguaya Yaugurú, en ese novedoso puente que abrió con las letras brasileñas, que incluye un intercambio que pondrá en portugués títulos de Henry Trujillo y Felipe Polleri, entre otros, y que trae la posibilidad de acercarnos a la poética de Arnaldo Antunez y a una novela como Mi alma es hermana de Dios, de Raimundo Carrero.
Ambientada en Recife, la novela de Carrero es una de esas experiencias inolvidables para lectores ávidos de ingresar a laberintos lingüísticos. No hay una historia que pueda seguirse de manera tradicional. No hay tampoco estructuras conocidas de rupturas temporales, ni de historias dentro de historias. No hay, por lo pronto, linealidad y ni siquiera un personaje delineado para tranquilidad de lectores apurados. Todo sucede en Recife, ya lo dijimos, y lo poco que se sabe es que una chica fue secuestrada por una pintoresca secta marginal.
El secuestro se extiende bastante más de lo previsible y el personaje se va disociando en diferentes personalidades que entran y salen de la narración, con la cercanía del vendedor ambulante Alvarenga, el pastor Leonardo y el misterioso Conrado. En el centro, siempre, la mente perturbada de Camila, que no encuentra más salida de su situación que dejarse llevar. Esa peripecia se traslada al lector y convierte a la lectura en una experiencia de contradicciones, cavilaciones, escenas improbables, recuerdos angustiantes y la permanencia de un escenario árido y para nada romántico: los márgenes de una ciudad como Recife.

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