canciones desde lo más alto



El cantautor argentino Pablo Dacal acaba de publicar su primer disco solista luego de varios años al frente de Orquesta de Salón. Un cóctel altamente melódico, de un pop refinado y con canciones casi perfectas.

Cuando un disco se pega de inmediato, desde la extrañeza, desde cierta sensación de incomodidad que se va haciendo cómplice, al tiempo que se van descubriendo ciertos sonidos, silbando raras melodías y leyendo entrelíneas versos retóricos como “¿quién oirá lo que cantamos?”, es un disco candidato a estar entre los mejores del año. Es lo que sucede con El progreso, de Pablo Dacal. Si el argentino ya había sorprendido gratamente con sus trabajos al frente de Orquesta de Salón, en este camino solista que emprende con este cancionero demuestra que es uno de los grandes, haciéndose un lugar entre maestros como Calamaro, Páez, Melero.
Lo suyo es pop de salón, orgánico, sin edulcorante de producción, bien tocado y cantado con precisión, con canciones estupendas como “Desorientado” (mantra retro sobre texto de Tálata, su compañera), “Lo que está sonando” (un impagable contrapunto con Páez), “Nada en la televisión” (casi bizarra, casi surrealista, sobre texto de Pipo Lernaud) y muy especialmente “Balada para un hombre flaco” (uno de esos temas destinados a cerrar shows en lo alto). Hay una pregunta que sale de otra de las grandes canciones de El progreso. No se puede dejar pasar, a la hora de charlar con él. “¿Quién oirá lo que cantamos?”, pregunta en el estribillo de “Intenso momento creativo”, y le devuelvo la consigna. Pablo responde: “Las canciones se escuchan de camino mientras la vida pasa, durante las comidas, debajo de las conversaciones, atravesando el mundo… se ha perdido ese momento de escucha atenta y meditada junto al parlante, con una copa o algo que fumar -y si aparece hay que dejarlo ser, es cuando la música recuerda su capacidad de transportarnos y llevarnos mas allá de nosotros mismos”.
Para un músico que ha venido jugando, en los últimos diez años, a transportarnos en los tiempos, a diseñar conceptos y cancioneros con aire decididamente retro, suena a primera vista paradójico -¿liberador?- proponer la idea de “progreso” como nombre de su primer disco solista. “Mi búsqueda siempre fue hacia adelante”, precisa Dacal. “Primero recuperando lo que estaba antes del principio y lo que dejó de lado la cultura dominante; ahora, siento que esa búsqueda se especificó al pensar el porvenir con una palabra del pasado que construyó este presente. Si antes pensaba en el futuro para imaginar un futuro, ahora viajo al futuro para construir un pasado que logre un mejor presente”. Parace un trabalenguas, pero basta escuchar el sonido que logra la banda que armó con sus compadres Ezequiel Cutaia y Juan Jacinto, para comprobar esa extrañeza –la que hablábamos al principio- que lo hace un sonido original y poderoso.
Si hay que elegir una canción, se vuelve muy difícil entre “Desorientado” y esa “Balada para un hombre alto” que asoma autobiográfica: La Balada se disfruta recién después de aprenderla… ¡son nueve estrofas! Contar una historia siempre es gratificante, más cuando abarca toda una vida y fue escrita entre carcajadas…  Y cantar “Desorientado” es francamente delicioso: lo he hecho de muchas formas distintas, a capella, al piano o la guitarra, solo, con un par o diez músicos acompañando. Su melodía se graba en la memoria y merece llegar a la cancha”.


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