el volcán y los huevos de la revolución



“la entrada es gratis. la salida, vemos” (Charly García)
ILlegué al hotel y, como suelo hacer, lo primero fue controlar la existencia de provisiones refrescantes de la mini-heladera, la cantidad de canales de televisión, la presión del agua de las cañerías y la literatura. “Nunca te quedes en un sitio sin algo para leer”, dijo una vez mi amigo Carlitos, “aunque sea la guía telefónica”. En esa habitación habían las típicas revistas de turismo, tv cable, y bueno, el viaje me había dejado agotados ya que el aeropuerto (ese maldito lugar sin tiempo ni alma) estaba a unos 30 kilómetros de este hotel estilo alemán a orillas de un lago del sur chileno. Tengo la foto. Tengo decenas de fotos de ese volcán. Y subí a ese volcán en un jeep conducido por un psicópata de nombre Apolo que me llevó a tocar la nieve por primera vez. El Osorno.
II
Meses después tuve que hacer un trasbordo de ocho horas en el aeropuerto de Santiago. Siempre viajé en remise en esa ciudad, de paso, hotel de paso la primera vez en donde no sabían a qué hora ni en qué teatro representaban Crimen y Castigo, ni quién era Dostoievski y tuvimos que conformarnos con unas MacDonalds y con vaciar las provisiones de la mini-heladera. Pero esa segunda vez un amigo me salvó del aburrimiento, y conocí la versión de ‘Chilanga Banda’ de los Tacuba brindando por la suerte de los músicos uruguayos en casa de un productor discográfico. Me acuerdo que Boca jugaba contra Independiente, que el hijo del productor escuchó Nirvana todo el rato que estuve, y que el remisero que me devolvió al aeropuerto no me habló -por suerte- de las bondades de Pinochet. Mi destino era Bogotá.
IIIEn el sur de Chile llueve un promedio de 200 días al año. Por eso los hoteles son tan cómodos. En el que estuve, con vista al volcán, vi decenas de video clips y un partido de fútbol de Danubio contra un equipo chileno. En una de tantas expediciones fuera del hotel comprobé una y otra vez por qué los alemanes habían elegido ese sitio para construir uno de sus exilios en tierras lejanas. Lo que más llamaba la atención eran los cementerios, coloridos, y el volcán, al fondo del lago. 
IVFausto se llamaba. Era poeta, amigo de otro poeta que tenía una banda de death-metal. Los tres vimos cómo Colombia empataba con Bolivia en el televisor de la planta baja de un hotel de Bogotá. La misma noche que llegué, para escapar de las tertulias aburridas de los poetas en congresos de poetas para hablar de poesía en bares de poetas en los que -para colmo- sólo se escucha tango y boleros, caminamos una avenida que no terminaba más. De vez en cuando aparecían patrullas militares, en fila, haciendo ronda. También habían paramilitares, seguridad privada, sospechosos, mendigos, niños y mis dos colegas que sentían miedo. Fausto dijo de volver, que después de las once no se debe caminar por Bogotá, y así lo hicimos. Al volver al hotel me contó su historia. En dos días se iba al campo, para escapar de las farc que habían matado a su mejor amigo, que era anarquista, y que él estaba amenazado de muerte. No podía volver más a la Universidad. Fausto me contó que se había intentado suicidar, que había adelgazado unos veinte kilos en tres meses y que ya no tomaba cocaína. También reía, en parte por el aguardiente y en parte porque a todos los bogotanos los salva reir. Fausto, que apenas había cumplido los veinte, sabía matar -había aprendido en la guerrilla- y estaba loco. Le regalé un cd de Fernando Cabrera que le había gustado. El que tenía la banda de death-metal sólo escuchaba death-metal y aseguraba que tal género sólo podía ser honesto en Locombia. La puerta del hotel estaba custodiada por cuatro paramilitares armados a guerra. En la plaza de la esquina traficaban diamantes. En la habitación no había tv cable y en los canales locales estaban todo el santo día con la elección de la Reina de Cartagena.
VEn una de las sobremesas en Bogotá un peruano contó otra buena historia. Sendero Luminoso había cercado Lima, que estuvo por caer por el año 1992 en manos de la guerrilla maoísta. Se oían disparos; había enfrentamientos en los suburbios, todo eso, y el alcalde convocó a una fiesta popular en un parque para desafiar la guerra. Allí decenas de miles de peruanos y peruanas celebraron su catarsis como si fuera el día del juicio final; con la banda sonora más terrible se besaron durante horas, se tomaron las manos y bailaron hasta la noche. Lo cierto es que desde ese día crítico, que fue después que aparecieran los miles de perros degollados colgando de las columnas de las calles de Lima, las cosas mejoraron. La fraternidad alejó la mierda de la guerra. El poeta peruano hablaba de milagro. Yo tenía guardada la historia de un músico uruguayo que la pasó fea en Lima, cuando junto a unos músicos cubanos fueron acusados de “burgueses” por un piquete senderista. Un trompetista cubano discutió acerca de los huevos y de la revolución y pudieron salvarse. Pero no la conté; desvié el tema a la final del mundial del 92, en los buenos tiempos de Maradona y mis predicciones acertadas (lo juro) de cada uno de los penales en el partido Argentina-Italia. Ese hotel de Bogotá olía a historias; estaba a pocos metros del Palacio de Justicia tomado por el M19 y del sitio por donde escapó Simón Bolívar, y también de una tienda de discos donde compré uno de Abba para regalarle a ella como regalo cutre.
VIHay hoteles en medio del campo, ideales para sacarse el estrés. Allí la única literatura posible son las revistas de crucigramas que compré en la Terminal y revistas en inglés. En las estancias turísticas de Uruguay no hay volcanes ni guerrilleros, tampoco hay paramilitares ni remiseros fanáticos. Hay tiempo para todo y para ver al sol ponerse rojo desde la ventana de la habitación. Saqué pocas fotos: caballos, cerros y flores. Allí hay tiempo para todo, y para otras historias, no menos mágicas, que merecen ser guardadas en secreto. Y esa misma noche ganaba Huracán Buceo, la misma noche en que...

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