honestidad brutal


Qué sucede cuando un libro que ha sido catalogado de racista –aunque tal crítica no sea adecuada en absoluto, porque es de religiones no de razas de lo que habla Fallaci- provoca reacciones tan disímiles como el más que honesto desprecio intelectual y la inequívoca admiración más encendida? ¿Qué sucede cuando preferimos entender a esa primera persona conmovida y alucinada, una primera persona que fue y sigue siendo uno de los testigos presenciales del horror del siglo XX desde su trinchera como reportera de guerra, a la hora en que percibe –y percibimos- su incapacidad para perdonar a sus “enemigos” (al caso los fundamentalistas islámicos, los -en su opinión- “cretinos europeos”, los políticamente correctos y los hinchas de fútbol) aún cuando admita su veneración por la capacidad de perdonar del Dalai Lama?
“Cuando le señalas la Luna con el dedo, el cretino mira el dedo no la Luna”, cita Fallaci en El orgullo y la rabia, resignificando el proverbio más usado por Mao para darse ánimo en sus escritos, para intentar esclarecer su verdad, su visceral comprensión de un mundo que ella ve sencillamente apocalíptico, siendo su mirada más cercana a la visión Huntinghton que a de los pacifistas que en todo el mundo reclaman que la guerra se detenga y han sentenciado como culpables a Bush, Blair y Aznar.
Escribir acerca de El orgullo y la rabia no es tarea fácil. Porque no es un ensayo ni un reportaje periodístico. Es un sermón destemplado, ateo y virulento, valiente y ciego, que roza el terreno del testimonio, que en su caso es el infierno, la pesadilla intelectual de una periodista italiana, autoexiliada en Nueva York, que vomitó –casi que literalmente- estas decenas de miles de caracteres en pocas horas, a muy pocas horas del derrumbe de la Torres Gemelas. El orgullo y la rabia es la versión íntegra de lo que Fallaci publicó en Il Corriere della Sera, textos que provocaron ardorosas polémicas en setiembre y octubre del 2001 en todo el mundo.
El solo hecho de leerlo provoca, perturba. Y si al leerlo uno se siente en el despeñadero de un mundo dividido por razones incomprensibles, y más allá de razones, pasiones o emociones, que las hay y muchas, la tarea final es escribir una reseña, se entenderá que quien esto escriba prefiera eludir la tarea. Especialmente para evitar las previsibles cartas de lectores si se le ocurre parcialmente defenderlo. Por eso, por razones más de capricho que de estilo, es que prefiero en esta ocasión escribir la respuesta a esas hipotéticas cartas, en especial a esa en la que imagino que además de discrepar con altura y con sólidos argumentos sobre la obra de Fallaci –y por ende mi visión sobre lo escrito por ella-, se equivoca cuando propone quemar ese libro. Mandarla a la hoguera. Como pretendió un grupo antiracista francés, al intentar que se prohibiera la venta de El orgullo y la rabia en las librerías parisinas. Como es lógico que opinen muchos cuando alguien les cuente alguna de las “perlas” más rabiosas de quien hace algunas décadas ostentara el título de la mejor entrevistadora del mundo, luego de estar frente por frente a figuras como Arafat, Jomeini, Kissinger y tantos otros –incluido el Dalai Lama- sin que se le moviera un pelo ni temblara su pulso de librepensante europea curioseando en guerras (no tan) ajenas.

ESTIMADO LECTOR:Ningún libro debe ser quemado. Ninguno. Y si algún libro irrita, perturba o provoca, o simplemente está en las antípodas de su pensamiento, sepa que siempre le quedan dos opciones: leerlo o no leerlo. Yo elijo leerlo. Es más, es lo que acabo de hacer con La rabia y el orgullo, en esta edición de El Ateneo, argentina, fechada a finales de 2002, un año después del 11-S y pocos meses antes de la invasión a Irak.
De lo que leí, o sea todas sus páginas y ese bonus-track que publicó el diario español El mundo en su edición del 18 de marzo, sencillamente lo recomiendo. La gente que habla desde las tripas, aunque esté parcial o absolutamente equivocada, suele llevarnos a reflexiones perturbadoras y necesarias. HONESTIDAD BRUTAL, diría Andrés Calamaro.
Porque con el mismo razonamiento de hogueras nos terminaríamos quemando entre todos, porque los odios y las posiciones necias están enquistadas en todos nosotros, aunque no querramos reconocerlo. Y el límite entre el juego democrático y el fascismo es demasiado fino. Peligrosamente fino. Y ya estoy harto de los hinchas y de las trincheras fanáticas, porque destilan uniformizaciones de pensamientos e ideas. Porque simplifican.
Descontextualizar los inflamados y también sarcásticos textos de Oriana Fallaci, sin
conocer las razones de su “patología diabólica” (como parece tener a simple vista, o leída), es también un insulto a la inteligencia, porque estaríamos negando -en su caso- la trayectoria de una periodista brillante, que sabe de guerras bastante más que muchos de nosotros. Una intelectual además que ha tomado posiciones radicales muchísimas veces en su vida, como la última de autoexiliarse en Estados Unidos por razones políticas realmente extrañas y tal vez poco entendibles para un rioplatense medianamente (des)informado.
En honor a la verdad y a la honestidad, al igual que su colega Julio Fuentes (ejecutado a sangre fría en Afganistán por los talibanes en octubre de 2001), un reportero de guerra español con los cojones bien puestos (lo demostró en su libro Sarajevo, Juicio Final, editado por Plaza & Janés), ambos tienen un lugar muy digno en la Historia y son
voces que -por lo menos- deberían ser escuchadas. En el caso de Fuentes, a nadie debe escapársele que denunció tanto la hipocresía europea en los Balcanes como los laboratorios químicos de Al-Qaeda que encontró la tarde antes de su muerte a pocos kilómetros de Kandahar. Siempre denunció la farsa de la guerra, y parte de su tiempo lo dedicó a insistir y trabajar en la defensa de los niños y civiles en territorio comanche.
Aunque también es verdad que la cabeza se les haya hecho pedazos hace tiempo, de tanto mirar por nosotros. Anecdóticamente a Fuentes se la partió un Kalashnikov, pero antes se la partió el hecho de haber vivido veinte años en la guerra. Como también le sucedió a Oriana, quien –a modo de dato coletaral- está aquejada de un cáncer terminal desde hace unos años.
Y es ella, en el largo prólogo de El orgullo y la rabia, quien cuenta que dejó de llorar siendo niña, cuando un bombardeo aliado –entonces enfrentados a Mussolini- con demasiados daños colaterales a su ciudad de Florencia. Allí salvo por primera vez su vida en una guerra, por parte de “fuego amigo y liberador”, como se diría y se dice ahora. (Anotación: El lenguaje políticamente correcto debería ser extirpado tanto entre belicistas como en pacifistas).
No es fácil haberse dedicado a entrometerse en la guerra, a estar en la línea del frente; es un oficio casi demente que acá no se practica demasiado porque realmente -y por suerte- estamos en el culo del mundo respecto a estas prácticas tan humanas como cotidianas. Y tipos como Julio Fuentes o Fallaci o el propio Pérez Reverte han estado años y años en "territorio comanche", en una realidad bastante diferente de quienes estamos escribiendo lo que pensamos -librepensadores de pc online- cómodisimos en nuestros
escritorios. Tenemos pluma fácil, firma fácil, y tantas veces nos alentamos como si fuéramos una hinchada en el camino correcto. Y lo somos, mientras gente como ellos han visto con sus ojos lo que a nosotros nos repugnaría. (Segunda anotación: Acá, en Uruguay, hay más de uno que ha estado en Nicaragua y sabe de lo que hablo, o ha estado en Colombia y se le ha complicado después tomar posiciones simplonas en el
conflicto Estado-FARC. Hay también gente que ha estado en Belgrado y Sarajevo, y puede decir -de primera mano- que todas las ideas preconcebidas a la distancia se deshacen cuando uno está allí, y que lo más probable es que dejemos de entender tantas cosas que parecían verdades absolutas. Eso pasa, por ejemplo, cuando se constata lo inexplicable del odio étnico entre gente tan culta y brillante, sean serbios, bosnios o croatas).
La de reportero de guerra es una de las profesiones más difíciles y riesgosas tanto física como psíquicamente, en la que seguramente no quede lugar después para simplismos ni humanismos/pacifismos de discursos ligeros. No digo, ni mucho menos, que por estar en la línea del frente deban tener razón. En absoluto. Lo que digo es que esas experiencias han dado lugar a materiales de sumo interés que pueden derribar algún que otro mito o lugar común. Lo que diga Fallaci en ese artículo o en su nuevo libro me tiene sin cuidado; no cambiará mi natural impulso civil de estar horrorizado frente
a la guerra y tratar de negarla diciendo un NO bien grande y hacer el simbolito de la PAZ. Simplemente lo tomo como el testimonio de una escritora genial que tiene todo el derecho del mundo a vomitar palabras y transmitir lo que ella honestamente piensa, y que me ayuda también a darme otra pieza (por cierto bastante incorrecta pero no por ello de sumo interés) para intentar comprender el bochornoso mundo en que estamos viviendo. Porque hay una cosa en la que sí ella le asiste suficiente razón: en que el mundo, desde hace un tiempo, se ha metido en un embrollo muy complicado, en el que sería muy ingenuo encontrar un culpable en la figura de un Bush o en un Tony Blair. Es un poquitín más complicado que hablar de pozos de petróleo, violaciones al derecho internacional o imperialismos cabreados e imbéciles.
Si años atrás me hubiera quedado tranquilo con la visión de los europeos, la que dieron en los primeros años de la guerra de los Balcanes -entre otras cosas apostando a cascos azules que presenciaron impávidos el asesinato de 3000 civiles musulmanes en Srebenica-, en la que decidieron que los bosnios eran las víctimas y los serbios los agresores. Y mientras no hacían nada para intervenir; mayúscula hipocresía que solo sirvió a los intereses de los asesinos de Arkan y Karadzic, los perros más inflamados de Milosevic. Me habría perdido la oportunidad de intentar entender –que es lo mismo a confundirse aún más en el laberinto humano- acerca de las miserias humanas que se esconden detrás de un desastre como el que sumió a la vieja Yugoslavia de Tito.
Entre otras cosas, doy gracias a libros testimonios como el de Julio Fuentes o el de Peter Handke (el defenestrado Justicia para Serbia), o películas como Antes de la lluvia de un cineasta macedonio que merecía el Oscar. Todas obras que me parecieron más valientes e inquietantes que los políticamente correctos libritos de tipos como Goytisolo, quien provisto de un ingenuo izquierdismo pregonaba por la paz en la defensa de una Sarajevo que no existía más que en su imaginación. Mencionando a los bosnios musulmanes como los buenos de la película cuando unos cuantos estaban bastante bien equipados por los iraníes y por los –vaya vaya- milicianos de Bin Laden. Había afganos en Sarajevo en 1992, y eso no lo puede esconder nadie. Todo eso porque la guerra ya se había desatado. Y hay razones serbias, croatas y musulmanas, muchísimas, para odiar al otro. Como siempre, sobraban las razones. Y todos cometieron atrocidades. Pero quisiera saber dónde están los que pedían la paz mientras se mataban unos a otros.
Como siempre, es fácil irse al carajo. A lo que voy es que prefiero y me enriquece mucho más calentarme y perturbarme con un libro como el de Oriana Fallaci (pondría en la lista el último de Tom Wolfe) que seguir comiendo más de lo mismo -complaciente y hasta arrogante pero tantas veces plagados de burradas- como los libros hechos para recibir aplausos y seguir convenciendo a los convencidos de que las
cosas son como deben ser y son así -buenos y malos-, determinismos
economicistas, esto lleva a aquello; ensayos como los que suele escribir Noam Chomsky, que ahora no recuerdo la cantidad de horrores históricos que cometió en su último opus para demostrar que Estados Unidos se merecía lo de las Torres Gemelas y poco menos que la CIA fue la culpable intelectual del horrible atentadi. A mí esa lectura sí que me irritó, me dio vergüenza intelectual. Pero nunca quemaría un libro de Chomsky. Necesito leerlo, porque también acierta.

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