la frontera visible

Un libro de escritura reciente, llevado al teatro, suele ser buen pretexto para escribir un artículo con el autor y el director de la obra. Se hablará de los motivos, de los distintos lenguajes, de las fronteras de dos formas distintas de creación. Pero hay algo más en el caso de Viralata. Y ese algo más es que se trata de un muy buen libro, uno excepcional, uno de esos que van a convertirse en clásico por muchas razones que vienen al caso pero que es mejor que sea el futuro lector/espectador quien las descubra.
Viralata -en tanto obra teatral- se estrenó en El Galpón, adaptación del libro de Fabián Severo reeditado por Estuario con una faja que destaca su condición de Premio Nacional de Literatura. Por todo eso, en definitiva antecedentes que alientan a que todo esto sea un acontecimiento, pero más que nada porque la materia de Viralata son apuntes autobiográficos del autor, de su infancia en Artigas, de la cuadra lejos de la Lecueder, lo mejor parece ser centrarse en “la primera vez”, en lo que sintió Severo al ser espectador de escenas y memorias que él escribió y rezuman emociones fuertes, muchas de ellas no precisamente felices: “En Artiga la tristeza se contagia y la rabia se va acumulando como el barro abajo de las uña”, se lee en un pasaje del libro. Entonces, Severo, el autor, dice sobre su primera vez: “Me conmovió. Es una actuación sorprendente. Una puesta en escena con la belleza de la sencillez. Y ahora, después de haber visto la obra, me gusta más el libro”. Habrá más preguntas para el autor, pero antes se vuelve imprescindible conocer la experiencia del director Luis Vidal con Viralata: saber de su primera lectura y lo que lo llevó -en definitiva- a la aventura de llevar el libro a la materia escénica.

Del papel a la escena
¿Cómo llegaste al texto de Viralata?
Luis Vidal: El libro me lo regaló un amigo, Gerardo Mantero, que le había impactado, y a su vez lo había leído a instancias de su esposa que es profesora de literatura. Al principio tuve cierta reticencia a leerlo pensando que era un texto folclórico, al presentar una realidad acotada a esa zona del Uruguay y con un lenguaje típico de ella. A medida que lo fui leyendo, me fui fascinando con su poesía, sus imágenes y las emociones que despiertan. Terminé de leerlo conmovido.
¿Cuándo decidiste llevarlo al teatro?
L.V.: Eso fue después, en otro verano, al releerlo. Me pasó que las imágenes de Viralata nuevamente se me hicieron presentes, y con más fuerza, imaginando sus posibilidades escénicas, basada en su oralidad. Las novelas siempre han sido un material complejo que me han interesado para teatralizar, pues en ese traslado la puesta en escena se va gestando sin una concepción previa. Es una aventura creativa.
¿Qué decisiones tomaste para llevar la novela a la escena? El libro está narrado en primera persona y en la puesta en escena se suman más personajes... la madre de Chicharra, el padrino.
L.V.: Así como rescato a la narrativa como un material abarcativo de la historia individual, en un marco social y con una dimensión metafísica, considero que el teatro es diálogo y personajes que realizan acciones en un espacio escénico... entonces, los monólogos en el teatro, más allá de algunos espectáculos memorables, me parecen que empobrecen las posibilidades artísticas. La madre del narrador, por ejemplo, tenía que estar, tanto por su presencia en la historia como por lo conceptual, por aquello de que los padres son los ausentes en la vida del protagonista y sus vecinos. Por eso Chicharra busca sus raíces y las va construyendo en ese camino imaginario.
¿Cómo trabajaron -vos y los actores- en relación con el autor, y con la presencia también de Ernesto Díaz, amigo de Fabián, y también de la frontera, que se integró a la creación sonora del montaje teatral?
L.V.: A Fabián lo conocí para hablarle de la idea y desde el principio me brindó total libertad para encarar la versión, tanto en la selección de fragmentos, como de personajes y diálogos que fueron mezclados. Y confió con generosidad en la propuesta. Presenció un solo ensayo y nos dio su total apoyo. Luego le pedimos nuevos textos para el personaje del padrino, que fue adquiriendo mayor presencia. Ernesto, también artiguense, realiza espectáculos con Fabián y ha musicalizado sus textos, por lo que su aporte era necesario y fundamental. Así fue. No solo enriqueció la puesta con sus originales intervenciones musicales, también nos guió en la musicalidad de las palabras del lenguaje fronterizo.
Cobra un protagonismo esencial en la obra el portuñol, la lengua de frontera. ¿De qué manera se trabajó el tema lenguaje, en el trabajo actoral y en la musicalidad que le aporta la capacidad poética de Severo?
L.V.: El punto de partida fue que le dí para leer la novela a Rodolfo da Costa, que hace el protagonista, a quien conozco de hace años como actor y cantor y que le decían el Chuyseño, pues es de esa zona. Entonces se la dí sin decirle mis intenciones de teatralizarla, para que me diera su opinión, para saber si yo no estaba fascinado con la novela por un esnobismo montevideano. Y a Rodolfo le paso lo mismo al leerla; se emocionó con sus palabras y sus imágenes. En ese momento le dije: quiero hacerla contigo. Todavía no estaba la versión. Entonces, con esa base en el lenguaje de la infancia, fuimos adaptando, guiados también por Ernesto, que nos aportó varios datos sobre lo específico del dialecto de Artigas. Luego, al integrarse Carolina Pereira y Dante Alfonso, nos fuimos enterando que en las raíces de ambos también está la frontera. El padre de Carolina era de Rivera y el propio Dante resultó que había nacido en Bella Unión.
¿Qué tiene de especial Viralata y qué la hace una obra esencial, en lo humano, en las emociones, en lo poderoso del relato?
L.V.: Tiene una historia que conmueve, en un paisaje humano del Uruguay poco conocido, y tiene desde la sabiduría ingenua del protagonista, ternura, ironía y reflexiones sobre el destino y las decisiones en la vida, que nos involucran a todos. Además de la orfebrería poética de las palabras con las cuales cuenta su vida.
¿Cómo viviste el momento del estreno?
L.V.: En en ese compartir con los espectadores hubo sonrisas y lágrimas. Si eso apareció, ¿qué más se puede pedir? Una caricia para el alma.

De la escena a la palabra
Don Bota, uno de los de la cuadra, le cuenta a Chicharra en Viralata de su experiencia en un teatro de Montevideo (pag. 159 de la edición de Rumbo). “Él me dijo que era como las película del cine pero sin la pantalla, que los actor istán ahí nomás, cerquita, que si uno estira las mano puede tocar en ellos. (...) En mi cuadra, casi nadies fue en el cine, menos en el teatro”.
Es un buen punto para continuar la conversación con Fabián Severo, para preguntarle qué significado tiene lo de estar en un teatro de la capital presenciando una obra que muestra imágenes de su memoria, de su infancia. “Nunca imaginé que una obra basada en un libro que escribí, se estrenara en Montevideo”, dice Severo. “Me emociona y me llena de entusiasmo. Para los de la frontera, para los escritores fronterizos, también es un hecho importante. En la capital del país, en uno de los teatros más importantes, se exhibe una obra sobre la frontera y en portuñol. Creo que el Teatro El Galpón, al producir esta obra, está realizando un invalorable aporte a nuestra cultura fronteriza. Para ellos, mi agradecimiento. En un pasaje de Viralata digo que en mi barrio estábamos lejos de todo, que no íbamos al cine ni al teatro, que no íbamos a conciertos, que no teníamos libros… que el arte y la poesía solo nos llegaba a través de la radio... El otro día, algunos de mis conocidos de la frontera, que nunca habían ido a un teatro, fueron a ver la obra”.

Hay una diferencia considerable entre lo escénico y el papel... El presente del teatro te permite observar la emoción desde otra perspectiva. ¿Cómo te fue a vos como espectador de Viralata? ¿Qué emociones se movieron?
Fabián Severo: Sé que no puedo observar Viralata como un espectador más. Estoy pendiente del texto, del decir, de la música, de las luces… Pero en las dos funciones que asistí, salí conmovido, emocionado. Creo que la obra logra decir de forma bella y sencilla, de forma tierna, las cosas más duras, sin perder el humor y la ingenuidad del narrador. Tuve la suerte de que Luis Vidal leyera mi libro e imaginara una puesta en escena que mantuviera la sencillez y la ternura, la poética. Y eligió a tres actores que hacen conmover con su interpretación. Rodolfo, Carolina y Dante me hicieron llorar. El libro Viralata me sigue doliendo. De hecho, lo escribí para sobrevivir a uno de los peores naufragios, pero después de ver la obra, esa historia me duele un poco menos, me alivia un poco más.
Se puede decir que cruzaste una frontera. Que si bien venís de la poesía, cercano también a la canción, y a la prosa poética/novela de Viralata, ahora le toca al teatro...
F.S.: La literatura no tiene fronteras. Allí puedo caminar libre sin que nadie me pida pasaporte o se burle del cantito de mi voz. Puedo escribir una novela como si fuera un poema, o un poema como si fuera una narración. La llegada de Viralata al teatro es otra frontera que se cruza, otra aduana que queda atrás. Cuando Luis Vidal me contó de su interés por llevar Viralata al teatro, le dije que me encantaba la idea pero que yo no sabía nada de teatro, que se sintiera con absoluta libertad de hacer lo que quisiera y que yo estaba a las órdenes por si me necesitaban. Mi única responsabilidad es la de haber escrito el libro. Todo el resto, la puesta en escena, la interpretación, es responsabilidad de Luis y de los actores. Una vez fui a ver un ensayo y me conmovió. Otra vez, necesitaban un fragmento para el personaje del padrino y les envié un texto. Viendo a los actores, conversando con ellos, creo que logramos una hermosa comunión. Ellos creen en la historia que escribí, y logran representarlo de una forma parecida a como yo me la imaginé.
Empezaste a escribir, a reconstruir tu 'árbol', ya viviendo en Montevideo. ¿Cuánto hay de búsqueda y sanación personal en este proceso de creación que lleva unos cuantos años? ¿Hay todavía mucho para contar de Artigas? ¿Y sobre tu vida capitalina?
F.S.: Cuando llegué a Montevideo, comencé a extrañar a Artigas, a mis vecinos, a mis familiares. Me di cuenta de que lo único que tenía eran las palabras, pero esas palabras venían en portuñol. Empecé a escribir para regresar, para no sentirme solo, para seguir existiendo. Luego, a medida que iba escribiendo, iba descubriendo todas las posibilidades creativas que el portuñol me daba. Y también descubrí que tenía un bagaje muy grande de historias fronterizas. Tengo dos novelas inéditas, también de la frontera, también en portuñol. Tengo mucho para contar sobre la frontera. Actualmente estoy escribiendo un libro de poemas en español, que es el resultado de mis años en Montevideo; allí hay otra estética, otro trabajo con el lenguaje. Como soy fronterizo, no me ato a los límites; me gusta el portuñol, el portugués, el español. No quiero una cosa o la otra, quiero todo. Estoy buscando mi voz, mi forma de decir, mi idioma literario. La frontera me dio una forma de mirar y de concebir el arte de la palabra, con absoluta libertad. Me gusta jugar con las palabras. Inventar alguna y dejar que ella llame a las otras. Escuchar un sonido nuevo me hace muy feliz, es como suspirar en los oídos del mundo.

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