paradojas ficcionales

Es probable que en unos veinte años, o tal vez más, la literatura latinoamericana se vea invadida por un subgénero de "novelas colombianas de la guerra civil". La necesaria distancia y las heridas no cerradas, fermentarán una corriente de obras que aporten diversas miradas sobre un tiempo tan terrible como absurdo. Ese mismo mecanismo de distancia temporal es lo que hace que el sabor de "historia reciente" asome en dos interesantes libros de narrativa fechados en 2017 y que intersectan dos tramas bélicas que sacudieron a los 70 y 80 españoles (con la guerra declarada por la ETA al estado español) y al año 1982 argentino (la derrota militar por el control de las islas Malvinas).
El comensal, primera novela de Gabriela Ybarra, es un ejercicio de autoficción que tiene como punto de partida la reconstrucción de la muerte de su abuelo, a quien no conoció, un empresario español que llegó a ser alcalde de Bilbao durante el franquismo y que fuera secuestrado y ejecutado por un comando etarra en 1977. El segundo libro, que lleva el título 1982, es una ficción del novelista Sergio Olguín que tiene en su trama principal una versión de la tragedia de Fedra, llevada al territorio emocional de la guerra de Malvinas: el hijo de un militar se enamora de la esposa de su padre, el amor es más que correspondido y pasa lo que tiene que pasar, entre una fuga a Mar de Ajó, mucho sexo y la inevitable venganza.
Más allá de ser dos lecturas muy recomendables, y teniendo en cuenta que la elección de una u otra en una estantería hipotética de "novelas de historia reciente" dependerá del gusto privado del lector sobre cada hecho histórico, el ejercicio de compararlas expone el dilema de cómo contar una historia y especialmente el de los mecanismos relativos a la ficción. El comensal y 1982 son, en este sentido, dos libros radicalmente opuestos.
Gabriela Ybarra elige la autoficción, narrar lo real, reconstruir lo que pasó en base a testimonios familiares. Quiere saber, por lo que su libro se lee como un ajuste de cuentas y exhibe la insatisfacción por la imposibilidad de obtener una verdad. Tiene además un desvío que la lleva a otras tragedias más cercanas: la muerte de su madre, enferma de cáncer. Es un libro fuerte, aunque Ybarra bordea el dolor, llega hasta ahí. De todos modos, en su expiación personal logra bastante más que una novela de corte más tradicional.
Sergio Olguín construye en 1982 una novela de época, de un tiempo que conoce muy bien y que le permite manejar con oficio la inocencia de un estudiante de letras y la perversión de un militar de carrera de los que salieron corriendo a entregarse a los ingleses y años antes se especializaron en torturar Montoneros. La ficción le permite a Olguín desprenderse afectivamente de los personajes y extremar lo que desea narrar. La ficción le permite construir una historia negra que pudo haber sucedido y que logra una verdad más intensa que la de muchos ejercicios autoficcionales.

((artículo publicado en revista CarasyCaretas, 11/2017))

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