I
La música y la
imagen se llevan, en ocasiones, muy bien. Debe tenerse claro, eso sí,
que no es tarea sencilla el arte de diseñar portadas de discos,
tampoco el de realizar videoclips o el de facturar la gráfica de un
concierto. Eso lo sabía Martín León Barreto cuando se aventuró a
desarrollar un cancionero ilustrado sobre la obra de Alfredo
Zitarrosa. Había que ser valiente para meterse con una obra tan
visceral, tan sólida, tan cargada.
En esta trama de
enredar sonidos y figuras, parece oportuno refrescar un concepto que
arrima el artista Seba Santana, de que se debe buscar -en todos los
casos- una identidad visual libre, que no esté regida por
tipografías, paletas de colores u otros elementos canónicos de lo
que se entiende por 'identidad de marca' a nivel publicitario y
comunicacional. Todas las imágenes que acompañen una obra musical,
según Santana, deben aportar una dimensión propia y a su vez
complementaria al trabajo musical y poético del grupo. En su caso,
trabaja desde hace años con el colectivo uruguayo Buceo Invisible:
"No busco hacer una traslación, al lenguaje gráfico, de las
canciones, sino más bien generar un tipo de imágenes que dejen en
el espectador, en el público, en quien mira, escucha o lee, un
espacio que tendrá que completar con su propia sensibilidad".
Lo que equivale a decir que intenta potenciar el espacio que queda en
el medio, que vendría a ser lo que no se ve ni se escucha. Nada de
redundancias ni de obviedades. Tampoco de simples ilustraciones. Hay
que aportar otra capa sensible, otro nivel interpretativo.
Por eso, cuando me
invitaron a escribir el prólogo del libro Zitarrosa, canciones
ilustradas, un contrapunto entre
letras de canciones de Alfredo y dibujos de Martín León Barreto,
elegí ver los trabajos del dibujante más como versiones que como
ilustraciones. Y tratar de investigar sobre esas composiciones de
guitarras, a veces deconstrucciones, otras verdaderos hallazgos
figurativos, que fueron llevando al
armado de un cancionero de
paleta baja, texturas de buenas maderas, y un estilo bien definido
que respira a la gráfica de los sesenta, con algún eco
torresgarciano pero sobre todo con la brisa lisérgica y a la vez
expresionista de maestros como Palleiro y Barnes.
El
libro está ahí, impreso, a la espera de lectores, de
fanáticos de la obra de Alfredo, y también de
buenos degustadores de ejercicios gráficos de tanta elegancia como
los
de León Barreto. Pueden encontrar algunas claves en el prólogo.
Pero no es este el momento de repetir ideas, conceptos, ni tampoco de
urdir la trama de las motivaciones que llevaron
Martín a meterse en esta empresa que en definitiva concluyó de la
mejor manera, con el libro publicado y la posibilidad -nada menor- de
que un artista que se hizo en Montevideo y se desarrolló en Madrid,
pueda conectar emocionalmente con su ciudad, a través de sus
dibujos, mediado por el arte de uno de los más grandes cantautores
uruguayos.
II
Hay
un detalle que perturba al entrar en contacto con las guitarras que
facturó Martín y que está más allá de su fino trazo de
dibujante. Tiene que ver con el elegante coloreado digital, pero
sobre todo con las texturas de madera, sobreexpuestas en plenos
negros y pequeños toques de luces y sombras que producen el efecto
de hacer dudar al espectador de si se está observando una
ilustración o la reproducción de una escultura.
Dan
ganas de tocar las guitarras, los pájaros simétricos de "La
coyunda", el esqueleto mudo de "Doña Soledad", el
rubor de "Stefanie", la casita de "Pa'l que se va",
el abrazo de "Guitarra negra". Cada vez que me ponía a
mirar las guitarras me quedaba ese deseo, ahí, como
trancado, y el hecho de ser
las obras digitales y conversar
a distancia -él en Madrid, yo en Montevideo, skype mediante, o por
correo electrónico- no solucionaba las cosas. Fue por eso que no
dudé en ir a visitar a su padre
-luego de la recomendación de Seba Santana-, por ser
la primera gran influencia de Martín como dibujante,
y además pieza
esencial en este trabajo,
al ser el de la idea, al
que un día se le ocurrió regalarle a
Martín el libro de Enrique
Estrázulas sobre Alfredo, el que tiene un largo texto del escritor y
las letras de las principales canciones de su amigo cantautor
y decirle "dibujate una".
Y se dibujó un montón. No paró de dibujar hasta terminar con el
cancionero y sus variaciones sobre guitarras, maderas y cuerdas.
Dibujos de Juan José León Barreto. |
Paso a visitar a
Juan José León Barreto -el padre de Martín- un miércoles de
febrero, a las seis de la tarde. Hace mucho calor. Vive con su esposa
en un cuarto piso, en un edificio muy cerca de la esquina de
Canelones y Ejido. Me empieza a mostrar algunos de sus dibujos y
varias cajas a las que prefiere llamar estuches. Son trabajos
pequeños, en papel, cargados de encanto y sutileza. Él fue quien
creó el personaje clásico de Ancap, cuando trabajaba en la sección
de propaganda de la empresa petrolera. Lo echaron cuando vino la
dictadura y pudo conseguir un buen empleo como dibujante en imprenta
Mosca. Años más tarde, con unos colegas montó el estudio de diseño
gráfico Forma. "Yo no soy dibujante", dice, pero yo sé
que sí lo es, porque me lo han dicho Martín y Seba, y entiendo que
su pasión son esos estuches en papel, que sigue haciendo de manera
artesanal.
Juan José se
mueve por la casa mientras sigo mirando su obra. Me llama desde una
de las habitaciones. Voy. En una de las bibliotecas, me llama la
atención algo que está fuera del contexto artístico: una foto
donde se lo ve jugando, a Juan José, al ajedrez. Le pregunto y me
cuenta que jugó mucho a finales de los sesenta, en su ciudad, en
Paysandú, y luego en la capital, en los años que sus hijos eran
pequeños. En la fotografía se lo ve bien joven, cuando todavía no
trabajaba como dibujante en Ancap. Guarda no menos de una decena de
libros de ajedrez, entre ellos uno de Aperturas Cerradas. Nos
ponemos a conversar de ajedrez. Yo también jugué, pero prefería
las aperturas abiertas. Le cuento que mi primer libro fue uno del
soviético David Brönstein, uno de los más afamados combinadores de
la época de oro de la escuela soviética. Lo pregunto de cuándo es
la foto. No recuerda. No recuerda algunas otras cosas que le
pregunto. Dice que sus nietos, hace algunos días, encontraron unos
recortes de diario donde está la noticia de qué fue campeón de
ajedrez. Pero no lo recuerda con exactitud. En ese momento se nos
suma Rafael, su hijo mayor, informático, también ajedrecista, que
me reconoce de inmediato, porque parece ser que jugamos un torneo en
Mercedes, un campeonato de cadetes, de menores de quince años, allá
por el año ochenta y tres. Mi memoria es la que entonces falla. Por
completo. Bromeamos sobre tanto desmemoriado que anda en la vuelta y
Rafael aprovechar para aclarar la duda, diciendo al pasar, restándole
importacia al olvido, que su padre fue campeón uruguayo de ajedrez
por correspondencia. Fue un jugador de primera categoría y compitió
en varias finales del campeonato uruguayo. Somos tres ex ajedrecistas
con ganas de jugar unas partidas. Nos ponemos a hablar de eso, de
Walter Estrada, de Lincoln Maiztegui, de los personajes legendarios
del club Trebejos, de mi maestro Daniel Izquierdo, de los torneos
abiertos en el Progreso.
El ajedrez hace
que olvidemos por un rato de los dibujos de Martín y las guitarras
de Zitarrosa. Pero volvemos al tema, cuando pregunto por esa
incertidumbre mía, la de querer ver en las obras digitales de Martín
una serie de obras físicas. En madera. Y poder tocarlas, agrego,
para que se me entienda. Apenas digo eso, Juan José se vuelve a
parar, va hasta la habitación donde estaba la foto del ajedrez y
vuelve con una pequeña escultura: ni más ni menos que una versión
física de "Milonga para una niña". Me la alcanza y la
sostengo un momento entre mis manos. Emociona un poco tener una
milonga, y tocarla, cuando además, de entre tantas canciones de
Zitarrosa, se trata nada menos que de la canción original, la
primera que publicó en un disco de los chiquitos, por el sello Tonal
(ese mismo disco que encontré hace un tiempo en mi librería
favorita, en Diomedes). Entonces, todo cierra: el ajedrez, las
milongas, los dibujos, las maderas de las guitarras.
Juan José me
cuenta que la escultura no la hizo Martín, ni tampoco él, aunque
podría haber sido, pero su materia es el papel no la madera. El
hacedor de la guitarra de la milonga viene a ser el padre de Vicky,
la compañera de Martín, uruguaya como él. Vicky y Martín se
encontraron hace unos años en Madrid, tal vez en Lavapiés, supongo,
si sigo las señales de un afiche, facturado por Marrtín, de la
República Independiente de Lavapiés. Le saco fotos a la escultura.
Varias. Busco la mejor luz. Conversamos un rato más. De ajedrez. De
dibujos.
III
Me quedo pensando,
mientras escribo estas líneas, en el momento en que entré al
apartamento del padre de Martín. Lo primero que hice fue regalarle
la impresión de un dibujo que me había enviado Santana: un recuerdo
en pocas líneas de una de sus visitas a Juan José. Comprendí ahora
la razón de su sonrisa, al distinguir en el dibujo la figura de un
corazón. De hecho, los reconoce como propios, como una marca de
estilo que pude comprobar al mirar varios de sus dibujos y estuches.
Vuelvo a mirar, otra vez, las fotos de la escultura de la guitarra de
"Milonga para una niña": lleva un corazón. Una marca
familiar.
![]() |
El dibujo de Seba Santana. |
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