amor clandestino


Por R.G.B.

Los nazis de la película Suite francesa no se parecen al noventa por cientos de los nazis que hemos visto en el cine. No son ultraviolentos, ni están cegados por una furia psicótica y extralimitada. Tampoco demuestran ser demasiado tontos. No parecen, entonces, nazis, a la imagen que tenemos de ellos de decenas de películas en las que el estereotipo simplifica al extremo a los soldados alemanes de la segunda guerra.
Este es el primer gran acierto de una película que destaca por su correcta fotografía, una sobria ambientación en un pueblo francés de provincia y -sobre todo- en la narración de una historia que evita los escenarios y los tópicos habituales del cine de guerra. Los franceses del pueblo están, en su mayoría, en el frente. Pero llegan otros hombres, los alemanes, una partida de soldados que ocupa el lugar. Lo ocupan, literalmente, porque pasan varias semanas viviendo en casas de familias francesas. Así es también la guerra, y ocurren cosas como borracheras, amores juveniles y la sospecha constante de traiciones y culpabilidades. Todo se termina de enrarecer con el asesinato de un soldado alemán y la posterior cacería del culpable, situación que termina de volver imposible una historia tangencial: el amor entre una joven francesa y un teniente nazi. Y el final, brumoso y cargado de equívocos, llega con la certeza de la absoluta imposibilidad y un cruce de caminos que culmina un relato realista de alta potencia emocional.
Mientras corren los créditos, siguen ocurriendo cosas. Y no es menor, porque es en ese momento que se atan otros cabos que tienen que ver directamente con la historia contada. La ficción que se acaba de ver permaneció durante sesenta años sin que nadie la leyera. Está basada en los manuscritos de la joven escritora Irene Némirovsky, que no llegaría a terminar la saga de novelas Suite francesa al ser deportada de un pueblo francés a los campos de exterminios nazis.
El libro póstumo de Némirovsky, escrito febrilmente entre 1941 y 1942, publicado en 2004, cuenta lo que la escritora vivió en esos días que pasó escondida en un pueblo rural de Francia. Vio nazis golpeados por la dureza de la guerra y sufriendo el estar lejos de su tierra. Vio la cara más colaboracionista de Francia. Vio también la rebeldía de la resistencia. Vio también la crueldad implacable de la guerra. Vio, y escribió, hasta perder la vida y que esos mismos escritos se convirtieran en una muy buena película donde la guerra se muestra en el horror de lo cotidiano, envuelta en el absurdo, en una pátina de melancolía y tensión constante.

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