la última cena


Por R.G.B.

Marcos Carnevale lo pensó absolutamente todo. Y eso, en primera instancia, no está mal. Evidencia una manera de hacer cine profesional, de cuidar hasta el último detalle para obtener taquilla, público y el sueño de representar a su país -Argentina- en el Oscar. De hecho, es un autor consagrado y eficiente, que cree en un cine popular, más o menos comprometido, maquillado de arte, al igual que su compatriota Campanella.
Lo pensó hasta el último detalle: diseñó en El espejo de los otros una película coral que toma como centro el tópico "última cena", escenario recurrente de momentos culminantes de la vida humana -en el micromundo familiar, en la pareja, entre amigos y enemigos-, siempre con el peso de la referencia católica, pero eso sí, en la versión de Carnevale, posmodernamente alivianada con aires de reality show al estilo Gran Hermano y pretensiones de grandes puestas en escena cinematográficas como El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, del británico Peter Greenaway.
Carnevale escribió entonces largas escenas para grandes actores, los más grandes que pudiera conseguir en el parnaso argentino. Todas escenas de fuerte peso dramático. Armó un escenario único y fellinesco: una catedral sin techo, orwelliana, para que funcione un restaurante de una sola mesa, con show en vivo (muy buena la selección musical, por cierto), regenteado por una viuda y su hermano que están más allá de todo.
Todo diseñado para que el espectador vibre, se emocione un poco, se ría, incluso llore (la enfermedad terminal del personaje de Norma Leandro convoca alguna lágrima). Para que, en definitiva, se identifique un poquito con esas historias que suceden ahí. Pero que nada sea muy largo, ni muy profundo, apenas un esbozo de historia, todo teatralizado más con oficio y gestualidad que con verdad escénica (con la notable excepción de Favio Posca, que parece un actor de otro planeta, entre un montón de estrellas momificadas y entregando actuaciones obvias).
Carnevale oficializa el recurso de lo coral como una forma de no ir a fondo, de quedarse en la superficie, mostrando cenas de las que ningún espectador recuerda que fue lo que se comió o se bebió. Lo pensó todo. Es cierto. Pero lamentablemente quedó más cerca de Solanas y Subiela, viendo frustrada su ambición por acercarse a la densidad de Greenaway. Tal vez, un error haya sido, abandonar lo coral y todo ese maldito diseño pretencioso de la última cena, y dejarse llevar por la única historia que realmente valía la pena contar, la de los hermanos Escudero, con la notable actuación de Posca, en la que hay ritmo, tensión y muy buenos diálogos. El resto es aburrimiento de unitario de Polka, con la mojigatería incluida de Norma Leandro de no besar a Marilina Ross (¡increíble!) y un final fallido para la lista de los peores finales de la historia que, por su bizarrería, merece ser recomendado.  

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