parte del mar


"Mientras miro las nuevas olas/ yo ya soy parte del mar"
Charly García

El viejo rock argentino no tiene problemas para mirarse al espejo. Es su forma de ser. Una máquina narcisista y autocomplaciente que dejó de existir hace demasiado tiempo aunque de vez en cuando chispean algunas viejas y más que dignas cenizas. Me refiero al verdadero rock argentino: al de los pioneros pero también al nuevo rock noventero; al de la sicodelia pero también al pos-malvinas; al de los excesos, al de los grandes letristas, divagues y egos demasiado grandes. Me refiero, sobre todo, al de antes del rock chabón y la copia sobre la copia sobre la copia.
Coinciden en las bateas -en este 2015- dos discos que transpiran historia. Dos discos muy diferentes pero con más de dos o tres simbologías en común. Ambos tienen la portada diseñada por Alejandro Ros, en plan tipográfico, lo que hace resaltar los nombres de Pappo, Juanse y Cerati, protagonistas de los discos homenaje Pappo x Juanse y la antología Infinito del fallecido Cerati. Ambos discos cierran, en sus respectivos libritos (seguimos en la tipografía), con palabras de alta emoción: el de Pappo (porque es estrictamente un disco de Pappo, como explica Juanse remarcando la autoría sobre la interpretación) con un mensaje de San Pablo a Timoteo, y el de Cerati con una dedicatoria de su madre Lilián. Todo sobre fondo negro. La muerte ronda. No se olvida. Y eso está muy bien.
Juanse es un dogmático del rock. Esto lo hace incorruptible a la hora de homenajear a un camarada llamado Norberto Napolitano, uno de los héroes del blues y del metal argento. Si bien deja de lado la etapa Riff, que no tiene buena prensa y esperemos algún día sea vindicada como merece, el repertorio que elige para versionar es intenso, adecuado y por cierto bastante obvio. "Hombre suburbano", "Tren de las 16", "El viejo". Así pasan los temas, todos grabados en primera toma, opción elegida para mantener calor e intensidad. Lo que logra Juanse es un disco emocionante, plagado de tópicos rockeros. Porque esa es su esencia: un disco de rock hecho para no olvidar. Y ese es un muy buen gesto, entre camaradas, de un rock narcisista que sabe mirarse a sí mismo.
Infinito, por su parte, convoca a la cinta de Möebius, a no olvidar, a convertir parte del cancionero de Cerati solista en clásico. Es un buen disco, que sin embargo revela que los mejores momentos, los más inspirados, estuvieron en Amor amarillo y Bocanada, los primeros desplantes solistas, cuando recién se sacudía de la separación de Soda Stéreo y explicitaba ese halo spinettiano que se le pegó en Canción animal. Es Cerati por Cerati, por lo que el homenaje es de la discográfica, lo que implica que no hay mayores riesgos editoriales ni artísticos. Seguramente "Melero por Cerati" habría sido una buena idea, o "Dargelos por Cerati" un buen plan b, para un homenaje que ese otro rock argentino, el más pop, el de los raros peinados nuevos, podría hacerle al fundado de Soda, convocando a los más ilustres camaradas del palo "pop", "electrónico" o "nuevo rock".
¿Y García? Porque si hablamos de homenajes tal vez sea hora de ir ordenando un poco la Historia, el canon, de poner las cosas en su lugar, de nombrar a García el rey de ese lugar llamado rock argento. ¿Quién se anima a encender las cenizas más entrañables del rock argentino, las de su verdadero y polémico rey? ¿Se imaginan un disco de Calamaro, o de Estelares, que se llame "Solo García"? 

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