espejos de trujillo



En la novela Galíndez -retrato del político vasco Jesús de Galíndes, nombre clave de la resistencia a Franco mandado matar por el dictador dominicano Leónidas Trujillo- el autor español Manuel Vázquez Montalbán cuenta entre muchas cosas el periplo de Octavio de la Maza, uno de los dos agentes trujillistas que lo secuestran en Nueva York. Apenas Octavio toca suelo dominicano, para borrar huellas y posibles reacciones norteamericanas, Trujillo lo manda matar a manos de Johnny Abbes García, su siniestro jefe de Inteligencia.
Algunos años más tarde, Antonio de la Maza vengará el humillante asesinato de su hermano, junto a otros conspiradores, acabando con la vida de Trujillo. Algunos años más tarde que Vázquez Montalbán ironizara en las páginas de su novela acerca del papel complaciente de unos cuantos intelectuales dominicanos, llegando al extremo de citar en la novela a Mario Vargas Llosa como un posible y futuro desmitificador de los horrores de Trujillo, el autor peruano español publica La fiesta del Chivo, una novela en la que le tapa la boca a su colega español y en la que incluso el intocable Galíndez aparece como uno de los tantos intelectuales que cortejaron al mismísimo Trujillo.
La obra de Vargas Llosa, una verdadera lección magistral de novela histórica, fue criticada por sus naturales y acérrimos detractores desde antes que fuera publicada. Los argumentos variaron: se especulaba sobre cómo Vargas Llosa “acomodaría” la leyenda de Trujillo a su discurso neoliberal y no pocos esperaban un relato complaciente sobre la importancia histórica de las reformas del dictador y bla bla bla. Después que la leyeron debieron tragarse las palabras y volvieron al ataque criticando el exceso de ficción que usó Vargas Llosa (¡el propio autor debió explicar los límites ambigüos entre realidad y ficción, y cuáles son las diferencias entre un texto de historia y una novela!) y hasta la atacaron por el supuesto plagio hacia el testimonio La muerte del chivo del periodista Bernard Diederich (vaya paradoja, porque en una novela histórica es probable que se utilicen datos reales y concretos leídos en otra parte). También la criticaron por inoportuna, que por qué no la escribió antes, en los años ’70. Y eso que Vargas Llosa, sobrio y sin pisar en falso, jamás habló en referencia a su novela sobre Fidel Castro. Nada, ni un error que le podría haber costado muy caro.
Discusiones aparte, La fiesta del Chivo es una novela impactante, que deja al desnudo el mecanismo –no sólo de una dictadura típica latinoamericana- sino de una sociedad absolutamente corrompida y manipulada. Y precisamente esa inoportunidad es lo que la hace exactamente oportuna, porque en este nuevo siglo América Latina asiste al desmantelamiento del terror estatal de Fujimori-Montesinos en Perú, al show militar y cuasi tropical del general Chávez en Venezuela y por qué no a los muy cercanos hilos de corrupción que manejó durante una década la administración Menem en Argentina.
Ni siquiera Vargas Llosa apela al folclorismo del realismo mágico (que sí tienen obras similares y de gran jerarquía literaria como El general en su laberinto de García Márquez y Yo el supremo de Roa Bastos), ya que su Trujillo no es producto de una anomalía exagerada sino que allí aparece el realismo humano más descarnado del autor para revelarnos su cercanía, como si fuéramos espectadores de una intriga de Shakespeare.
La fiesta del chivo tiene enormes virtudes literarias en su estructura y en el manejo de los personajes. Sobre todo en la manera en que reaccionan diferentes personajes, desde el heroísmo de Antonio de la Maza y sus compañeros, y la inmovilidad patética –que no cobarde- de un Pupo Román que traiciona a los conspiradores, hasta el cinismo absoluto e inteligente de Joaquín Balaguer. Vargas Llosa mueve hilos humanos, emociona, condimenta, sazona una historia todavía abierta en República Dominicana. Por eso acude a un personaje central ficticio (Urania Cabral, abogada exiliada en Estados Unidos), para colisionar el tiempo del fin de trujillo con la memoria no cerrada. Y este personaje aporta un costado que Vargas Llosa pretendía y que lo logra con éxito: desarrollar uno de los costados más bárbaros de las dictaduras latinoamericanos, el exceso de un machismo siniestro que se repite en todos los casos.
La fiesta del Chivo es un ejercicio de la memoria colectiva latinoamericana que no tiene la sacarina del sesentismo, que no esconde la barbarie y que delata los mecanismos que llevan a corromperse a una sociedad y a una nación. Leerla es más que un ejercicio literario e histórico, lleva de inmediato a reflexionar sobre quiénes son los Balaguer –por ejemplo- en estas latitudes, bastante más cerca del Perú sangriento con el que se desvela Vargas Llosa. Un Balaguer cortesano de Trujillo que luego encaminó a su país a una democracia escondiendo los trapos sucios de la pandilla de Abbes García, que manejó la retórica más cínica para liderar la trancisión mientras Ramfis Trujillo torturaba y asesinaba a piacere a Antonio de la Maza y el resto de los asesinos del Jefe.

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