memorias revueltas

Tropecé en el último mes con un libro que viene derivando en varias conexiones más o menos fortuitas. Me hablaron tanto de la argentina María Moreno que decidí ajustar las cuentas con esta periodista-escritora elogiada en el mismísimo New York Times por su libro autobiográfico Black out. Lo busqué y no lo encontré. Alguna 'trampa' se escondía en que me viera obligado a leer Oración,  que sí está disponible en librerías montevideanas. Más que trampa fueron conexiones, todas más o menos inesperadas. Una de ellas es con Lola Arias, de quien en su faceta de directora de teatro tuve la suerte de ver el notable montaje documental Mi vida después, y aparece ahora como autora de la película Teatro de guerra que se exhibe el jueves próximo en Montevideo y se anuncia como un abordaje diferente sobre el episodio conocido como guerra de Malvinas.

El libro: María Moreno empieza a desenredar la madeja del ensayo Oración a partir de una escena que no presenció: los últimos momentos de una combatiente montonera, en una azotea de Buenos Aires, que decide suicidarse antes que morir por disparos de los hombres armados que rodean la casa. La mujer se llama Victoria y es una de las hijas de Rodolfo Walsh. De hecho, uno de los relatos, y que ha tomado carácter de texto mítico, proviene de las 'cartas' escritas por el padre periodista que poco tiempo después sería también víctima de la dictadura argentina. Moreno analiza las cartas y otros testimonios, los interpela y desacraliza, porque su búsqueda se orienta muy lejos del habitual camino de recabar datos y testimonios de los que suelen servir, en su minuciosidad, a un tipo de denuncia filo judicial. No cree en ese tipo de reconstrucciones (incluso subraya un par de desvíos a la 'verdad' de Walsh en la escritura de las cartas).
Desde las primeras páginas, el relato se vuelve entonces desapasionado porque la autora desmonta toda interpretación superficial y toda linealidad política, en la oportuna acción de interpretar y resignificar ciertas cosas que siguen siendo invisibles, o por lo menos que se suelen pasar por alto. El tema esencial de Moreno es la mujer, la mujer como problema, víctima y cuerpo testimonial (ejemplificada en Vicky Wolf), la mujer en ese tiempo político, y las decisiones que tomaron tantas de ellas respecto a sus vidas y también a la de sus hijos. Y, dato no menor, cómo fueron tratadas por sus victimarios, pero también por los relatos posteriores sobre la violencia de la dictadura y el puzzle acaso poco verosímil de una memoria que no admite -aunque los tiene más de lo que se piensa- desvíos y extravíos.
Oración enhebra la historia de Vicky Walsh con otros relatos (¿documentales?, ¿autobiográficos?, ¿artísticos?) que fueron apareciendo a partir del año 2000, entre ellos los de Albertina Carri como directora de la película Los rubios, y de Mariana Arias por la obra de teatro-documental Mi vida después. Examina esas obras y encuentra varios puntos en común entre ellos y con su acción como investigadora: la tensión entre la ficción y lo real, la necesidad de desprenderse del testimonio y una evidente distancia con lo que podría llamarse "industria de la memoria". El propio libro Oración opera con mecanismos similares a las obras de Carri y Arias. Hay una conexión entonces que se vuelve explícita y que tiene que ver con la distancia temporal y emocional.

La película: Lola Arias, la de Mi vida después, autora (debería decirse "ideóloga", o "disparadora") de lo que sucede en el biodrama teatral, para el que convocó a hijos e hijas de desaparecidos pero también de integrantes del cuerpo represivo, ha llevado su atención en los últimos años a la guerra de Malvinas, otro de los grandes traumas de la sociedad argentina. Primero hizo una instalación en base a testimonios de veteranos de guerra, luego una obra de teatro que llamó Campo minado (con un sistema de trabajo similar al de Mi vida después) y el proyecto se completa con la película documental Teatro de la guerra.
La película es en primera instancia desapasionada, con un distanciamiento aprendido seguramente en el cine de Jean Luc Godard y también presente en el mencionado libro de María Moreno. La emoción baja a cero, se neutraliza, pero el guion que se va desarrollando, entre instancias de taller, juegos y otras propuestas de Arias, lleva a dos caminos de alto interés: a revolver la memoria en sentidos no lineales y a exponer el cuerpo de los testimoniantes, sacándolos del discurso convencional y más obvio. Volviéndolos testimonio presente, vivo, en esa idea de Moreno de que el testimonio debe ser "siempre de hoy".
Teatro de guerra empieza con una escena que Lola Arias no pudo haber presenciado: la muerte de un soldado argentino, en una trinchera, escena que le fue contada y que utiliza para ser reinterpretada por los seis veteranos de guerra. Al final de la película, la misma escena será representada por actores jóvenes, en un juego de espejos sobrecogedor y de una hiperrrealidad similar a la de las mejores escenas de Week-end. Esos son potentes puntos de partida y de destino de la película, pero debe decirse que en la hora y media de metraje se alternan otros grandes momentos, entre ellos la reconstrucción de la explosión de una mina con una maqueta y muñecos, una escena surreal en una piscina con final dramático y un momento de catarsis en un pub con los seis ex soldados bailando una canción de Sumo.
Se puede agregar que entre los méritos de Arias cuentan también el trabajar con argentinos, ingleses y un mercenario gurkha, en utilizar la barrera del idioma que condiciona con notorios aciertos el relacionamiento interno del grupo, pero lo más importante de Teatro de guerra está en que los 'entrevistados' ponen el cuerpo, en que se disponen a jugar más allá de la palabra y la memoria ya conocida. Es teatro puro llevado al cine, es ficción cero, es sensación de presente, algo que pocas puede verse en cine y que se consigue con el pulso narrativo magistral de Lola Arias.

((artículo publicado en revista CarasyCaretas, 07/2018))

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