mestizo en todos lados

No se trata, ni mucho menos, de un descubrimiento: Alberto "Mandrake" Wolf es uno de esos músicos que se adivinan esenciales de la música montevideana de los últimos treinta años. Nadie puede discutir esa certeza. Pero el transcurrir de las páginas del libro Es fácil desviarse convoca a una serie de necesarias resignificaciones de una obra que con este 'punto de apoyo' adquiere una identidad poderosa y acaso única.
Mandrake se abre a contar sus aventuras musicales y a reflexionar, en una buena dupla con el periodista (amigo y fan) Mauricio Bosch, sobre la creación, sobre sus búsquedas en una canción rock mestiza, formando parte de una generación de músicos candomberos y blueseros en la que se cuentan sus amigos Terapeutas (imposible no mencionar al pasar a Daniel Jacques, a Wilson Negreira), otros imprescindibles como Gustavo Pena, Jorginho Gularte, y no se puede dejar de mencionar las influencias de un tal Mateo, del Gale y del primo de Wilson, un flaco llamado Jaime Roos que conoció en el barrio de Pocitos antes de que empezara a grabar algunos de los mejores discos de la música montevideana.
Los buenos libros musicales invitan a reescuchas que abren nuevas y desmitificadoras lecturas. En el caso de la producción de Mandrake, el ejercicio de volver a escuchar obras de la excelencia de Mestizo en todos lados, de los primeros Terapeutas investigando en las bases rítmicas de Talking Heads cruzadas con el candombe jazz, o del disco (casi) solista Primitivo, facturado en la intemperie de la que él llama "la era del hielo", por poner dos momentos de su obra anteriores al megahit "Amor profundo", o a las constelaciones más eléctricas de su trilogía Sondor.
Mandrake, como todo inclasificable (circunstancia compartida con varios de los artistas antes nombrados, y también con El Cuarteto de Nos y con una larga lista de milongueros entre los que se cuentan artistas de la altura de Nasser o Bordoni), no comulgó ni con la hegemonía discursiva del canto popular ni con la del rock. Lo suyo siempre fue otra cosa, aunque pueda reconocerse en su obra una obsesión por el pop y por lo que él llama "lo sexy", que viene a ser una autodefinición de un swing que hereda de Mateo, de Darvin y de toda la música auténticamente callejera. Lo suyo es entonces, como buen montevideano de raíz, el candombe, o mejor dicho las mil y una formas de dar vuelta el candombe y dar rienda suelta a esa mano derecha que lo impulsa siempre a un toque especial, capaz de derivar al blues o a ese rock lisérgico que viene probando desde hace años y llega a su mejor estado en el presente de Los Druidas.
Es fácil desviarse, el libro, desde la frescura de la anécdota y la agudeza del ejercicio reflexivo, es un material imprescindible para quienes quieran saber más sobre Mandrake pero también de los vaivenes de la música montevideana reciente. Es un libro, como se dijo, que reordena eslabones que habían quedado un poco perdidos y que permite -entre tantas cosas- dimensionar la importancia que en su obra tiene el disco en vivo Los candombes, una obra cumbre del candombe canción y que pasó lamentablemente desapercibida. Y es, también, un libro que viene persiguiendo desde hace años un periodista musical que suele ser muy crítico de las hegemonías musicales y que se ha propuesto, como tarea casi militante, difundir y apoyar lo que no suele ser masivo y habita en los márgenes. De hecho, el rock 'inclasificable' de Alberto "Mandrake" Wolf, con o sin Terapeutas, tiene el 'honor' de nunca haber sido convocado a un Montevideo Rock, ni a ningún festival de marcas de cervezas o de empresas telefónicas. 

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Los Terapeutas (1987). Foto: Isarrualde.
Conversaciones con Mauricio Bosch
¿Cuándo y cómo se te fue ocurriendo la idea de hacer un libro de entrevistas con Alberto Wolf, un libro que te permite, de alguna forma, decir determinadas cosas que pensás sobre la música uruguaya?
M.B.:
No es una respuesta fácil, y quizá sea más apropiado hablar de cuándo concienticé que podrían transformarse en un libro algunas ideas y la visión que de cierta forma investigué durante tanto tiempo cultivando una amistad con Mandrake por 25 años. Por otra parte, hace unos días presentamos el libro en Durazno y quedé gratamente sorprendido de que varios jóvenes músicos se arrimaran a interpretar canciones de Mandrake, sin poder olvidar que las cuatro veces que se presentó aquí produje sus shows... Entonces, este libro también es un acto justiciero, de hacer llegar más lejos esas canciones en las que creí hace tanto tiempo, y de las que no me equivoqué. Es cierto, la amistad podía ser un problema aquí, sin embargo hay un pleno convencimiento anterior del valor artístico de Mandrake. Hace poco alguien me calificó como melómano  e intuitivo, pues entonces en esta no me equivoqué, como quizá tampoco lo hice con El Príncipe, o Jorginho, y de solo nombrarlos se desprende una de las más valiosas razones para hacer el libro: Mandrake está acá y en un punto alto de su carrera, en plena faena, y ese es el mejor pretexto, que descubran lo que vendrá, sin pasar por alto lo arduo que fue el camino para llegar hasta aquí.

En el libro se cuentan las idas y vueltas de Mandrake, con Los Terapeutas, con el candombe, con el rock, con el deseo de sonar bien, con esa búsqueda de lo "sexy". Y resuena, como una especie de mantra, lo mágico de que su primer disco se llame "Mestizo en todos lados", seguramente la mejor declaración de principios sobre el lugar que ocupa en la MPU...
M.B.: Vuelvo a la idea de que hay algo de justiciero en el libro, por todo eso que nombrás y sobre todo por la elección de un camino difícil y por el intento de renovación de un género que todo el mundo defiende pero muy pocos escuchan como es el candombe canción. Y también por retomar el concepto del candombe beat y entregárselo a la siguiente generación como candombe rock. Basta con apreciar el trabajo de Luis Jorge Martínez –batería de Los Terapeutas– en "Milagro de Carnaval" y queda clarísimo: un candombe canción compuesto para una comparsa que fuera interpretado por Lola Acosta, suena con Los Terapeutas a una mezcla de candombe y Radiohead. Es cierto, no son Los Terapeutas los únicos responsables de la evolución del género, pero nadie podrá negar su contribución... Y con respecto a lo “sexy”, entiendo que es un vestigio de la fusión, de los movimientos de Mick Jagger y la combinación de aquel coro emulando a las I Threes, del blues, el peinado de Muddy Waters, el bigotito de Dylan y todos los monstruos que habitan en la cabeza de Wolf puestos en conjuro en pro del candombe.

Mandrake, Jorginho, El Príncipe, y antes El Gale, son todos músicos que son portadores de una misma obsesión o camino de una música mestiza, abierta. ¿Qué tienen en común estos músicos?
M.B.: El Gale no pertenece a esa generación y El Príncipe no fue candombero, sin embargo tienen algo en común, y es el no haber sido apreciados en su magnitud cuando pudimos hacerlo, y en ocasiones -sin entrar en detalles– habiendo sido un tanto marginados. ¡Claro, por supuesto que cabe preguntarse quién los marginaba! No corresponde hablar de generación ni de movimiento, pero se puede afirmar que en la tierra del candombe, el candombe canción no es un género masivo, ni muchos lo defienden salvo si algún porteño lo evoca buscando apropiárselo. Mientras, la producción nacional es mínima y muchas veces en intentos aislados que se pierden en la heterogeneidad de las diversas propuestas musicales.

Los Druidas (2017). Foto: Rovella.
¿Qué nos está diciendo Mandrake en sus dos últimos discos, en Los candombes y en el que acaba de publicar con Los Druidas?
M.B.:
Nos está diciendo muchas cosas, sin dudas, pero más allá de los distintos caminos musicales, se siente compositor, dueño de un estilo que aun perfecciona y dinamita cuando canta “comida de olla y calor de cuarzo”, “sexo anal y cocaína era nuestro frenesí”, o bien “leías la biblia, comiendo cucumelos”, galopando en lo políticamente incorrecto, empujando las fronteras de la moral pedorra, esa misma que  años atrás lo acusara de no jugarselá en tiempos difíciles. Los candombes es una gran obra de Mandrake y sus Terapeutas, lamentablemente poco apreciada, por el género, sí, pero es el punto cúlmine de una carrera de 30 años con un disco conceptual dedicado al candombe. Los Druidas, finalmente es la consolidación de Wolf por encima de cualquier proyecto que lo integre, potenciado de forma impresionante por sus shows solistas en esa debacle de stand up folkie.

¿Cuánto son necesarios los libros -el pensamiento, la reflexión, las historias bien contadas- para en el caso de la música popular abrir caminos para escuchas y reescuchas, y para armar nuevos mapas? 
M.B.:
No sé qué tan importantes serán los libros, pero no se puede construir ignorando el pasado, ni se podrá crear en diferentes géneros de la música popular ignorando sus tótems. No seré yo quien compare libros, ni la importancia de cada artista, más aún cuando estimo lo mucho que queda por descubrir de Wolf, ya que ni al más aventurero se le hubiese ocurrido la formación de Los Druidas apenas diez años atrás. Sin embargo, podría decir de Wolf que es un artista singular y tanto su obra y su pensamiento justifican Es fácil desviarse; por la evolución, por saber acompasar los tiempos, por tener la paciencia de esperar que naciera su público con la evolución de la música popular y por esas canciones que si las agarra un tipo como Jaime Roos dan la vuelta al mundo. Lo que falta es difusión, de verdad, de la que abarca el contorno de nuestro país y le enseña a cada uno de sus habitantes quiénes son nuestros músicos, y después van tras las fronteras. El único mapa que trazaría es aquel que elimine el abismo cultural que divide la capital del interior del país, el de todos, porque el de las elites solo contribuye a la formación de guetos.

((artículo publicado originalmente en revista CarasyCaretas, 12/2017))

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