cuando caen las máscaras

En los primeros minutos de Mirando al cielo, la película documental de Guzmán García sobre el grupo de teatro Ateneos, queda bien claro que la superposición de capas reales (entrevistas de vida a los actores) y ficcionadas (la práctica del ensayo) es un recurso que atrapa y juega a favor en un espectador que espera más historias y menos máscaras. En definitiva, más verdad, o acercarse lo más posible a ella. La película es un retrato que muy pronto excede al seguimiento de la construcción de una obra de teatro y se convierte en una fotografía ácida y cruda de un grupo de personas que encuentran en la práctica comunitaria un espacio para compartir y explorar emociones.
La materia de trabajo, una comedia escrita por Jimena Márquez, es por supuesto el centro de atención en el proceso de trabajo del grupo Ateneos, dirigido por Enrique Permuy, pero es apenas un pretexto para lo que pretenden el director de la película y su equipo, que buscan siempre algo que parece estar más allá de personajes y situaciones. Si bien el recurso se repite, mientras se suman, una por una, diez historias de vida, todas transversales en el hecho de ser puntos de inflexión, de ruptura, de crisis personal, la tensión se mantiene, y la mínima posibilidad de comedia desaparece definitivamente en pequeñas tragedias, en un drama que hacia el final de la película se resuelve en la emoción de estreno, en el definitivo cruce –en el escenario– entre los actores y sus respectivas máscaras.

PUNTO DE VISTA DOCUMENTAL
¿Cómo surgió la idea de seguir el proceso de trabajo de la obra de teatro desde un punto de vista documental?
Guzmán García:
Primero conocí al grupo de teatro comunitario Tejanos. El director y la base de ese grupo fueron el germen de los Ateneos. La idea original no estaba tan centrada en registrar su trabajo, sino en hacer un planteo más experimental, pero a medida que fui conociéndolos y vi lo que hacían en los ensayos, el enfoque se fue transformando.

¿En qué momento decidiste que los testimonios de cada uno de los actores sería el centro del guion, de la película?
G.G.:
Siempre tuve en mente que las entrevistas fueran el corazón de la película. Desde un principio tuve la idea de jugar con distintos niveles narrativos, pero la forma en que se fueron mezclando estos niveles no estuvo bajo mi control. Yo quería que la obra que representaran fuera una comedia, y el texto originalmente lo era, pero durante los ensayos y el trabajo con el director la obra fue cambiando de tono. Un ejemplo de esto es el final al que se llega en la película. Porque el final de la obra era totalmente distinto, algo así como una farsa; pero era muy difícil de poner en escena y decidimos cambiarlo. Entonces Stella, una de las protagonistas, propuso esa música y esa puesta en escena. A mí y a otros de los involucrados no nos gustaba mucho, pero ella siguió insistiendo. Poco a poco me fui convenciendo de que este final encajaba con la película y lo adopté.

¿Qué significa para vos este trabajo en tu carrera como documentalista?
G.G.:
Esta es una película más ambiciosa que la anterior (Todavía el amor), y en ciertos aspectos creo que llega más lejos. No sé por qué terminé haciendo una película tan dramática. Me sorprendió mucho cuando vi la forma que iba tomando, pero decidí seguir ese impulso que surgía de algún lado. Ahora, sinceramente, tampoco me interesa racionalizarlo.

ACCIONES Y RETRATOS
En una de las primeras escenas de Mirando al cielo, los actores y actrices de Ateneos leen una de las escenas de la obra de Jimena Márquez. Después de algunas improvisaciones y juegos de relacionamiento, el director Permuy les propone construir una historia de cómo sus personajes fueron a parar a la cárcel. Estas ficciones alternan con los testimonios, todos relatos a cámara que refieren a maltratos, infortunios, violencia y al manejo posterior de episodios traumáticos. Si hay una tónica común, son los abusos. Una de las actrices dice: “Nunca se olvida, pero sí tengo claro ahora que no fue culpa mía... Los adultos fueron los que no me cuidaron”.
El tiempo del montaje avanza mientras se suman más relatos individuales. Llega la primavera: es tiempo de probar los vestuarios, del armado grupal de la escenografía. Después del testimonio de otra de las actrices, abandonada por su madre biológica cuando niña, que cuenta haber aprendido “a tener el corazón de hija para muchas personas”, se muestra incidentalmente un ensayo de esos que son cruciales, con una dinámica de improvisación propuesta por Permuy. Y todo está más que a punto para vivir el día de la función, con los preparativos en el camerino, con el público esperando, con la cámara mostrando el punto de vista del grupo cuando se levanta el telón.
Hay que jugar. El grupo Ateneos lo sabe. Y en el juego escénico hay una fuga que fracasa, lo que provoca más violencia, muerte y resurrección. No hay, y eso queda más que claro, olvido. Y se escucha en ese momento uno de los relatos más duros, de una madre que sufre la muerte de su bebé de cuatro meses. “Hay desiertos en la vida... son cosas que tenés que pasar”, dice la mujer, lejos de toda máscara. Ya no hay vestuarios. La vida continúa. Porque no queda otra.

EL LADO DEL TEATRO
¿Cuánta es la importancia de este tipo de experiencias de teatro comunitario?
Enrique Permuy:
El teatro es una experiencia colectiva que involucra por completo a las personas. Y el teatro comunitario, en particular, pone el acento en lo vincular y en el desarrollo de la persona más que en el logro artístico. Es por eso que las personas que se acercan a lo comunitario buscan justamente eso, un lugar de pertenencia donde puedan expresarse, mostrarse como son, ser aceptadas, reconocidas; un espacio de juego, de libertad y de estímulo.

¿Qué pautas y estrategias particulares se manejaron en el proceso que vivió el grupo Ateneos?
E.P.:
El grupo Ateneos se conformó con personas que ya hacían teatro, música o circo; seleccionados e invitados por Guzmán de acuerdo al interés que le despertaba cada historia de vida. Esto generó un grupo particular, con el único propósito de hacer este montaje para el documental. Algunos ya se conocían y otros no, pero todos tenían la experiencia de grupo. El trabajo fue conocernos, integrarnos, y propuse ciertas dinámicas de creación basadas en la obra ya escrita, pero sumando materiales que surgieron de las improvisaciones. Desde luego, se crearon vínculos muy fuertes entre los participantes.

¿Cómo fue el trabajo en paralelo con Guzmán García, al estar trabajando con metas tan diferentes en lo formal, él en documental de cine y vos al frente del grupo teatral?
E.P.:
El rol de cada uno estuvo siempre claro. Mi trabajo era con los actores y al servicio de la película, de lo que Guzmán necesitara. A él le servía que el montaje de la obra fuese un proceso independiente, justamente para poder registrar algo vivo, espontáneo, un proceso real no pautado por un guion previo ni por acuerdos. Simplemente me pedía repetir ciertas cosas que le interesaban o decidía cuándo registrar un ensayo y cuándo no.

¿Cómo procesó el grupo un trabajo que significó implicancias personales, fuera de la ficción y de los personajes?
E.P.:
Ese es un aspecto que cada uno vivió de manera individual de acuerdo a su propia historia y a lo que esta le removía. Al mismo tiempo, todos sabían que cada uno contaba su historia y desde luego hubo muchas identificaciones, apoyo mutuo, fraternidad, solidaridad y... risas, mucho reírse de sí mismo, de los otros y a veces de las propias tragedias. De todas maneras, todo esto es parte de un grupo comunitario. Se comparten las experiencias de vida, los dolores temores y alegrías. Así, se las trasciende, aunque queden cicatrices.

((publicado en revista CarasyCaretas, 04/2017))

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