mirar de frente



Emma (Gabriela Iribarren) es una judía vienesa que ve cómo su vida pierde sentido por las guerras europeas y la persecución nazi. Es el año 1938. De algún tiempo a esta parte, escrito por Max Aub y dirigido por Mariana Wainstein, es un monólogo intenso que interpela a estos tiempos contemporáneos, tan peligrosos y tan dados al ejercicio de mirar para otro lado.


Hay un piano y una mujer. Se escucha una sirena. Fuerte. Aterradora. Y luego, la palabra. La palabra que brota, que cuenta, que angustia, que circula una y otra vez por los recorridos de la memoria. El hijo muerto en la guerra, en Barcelona, en el absurdo de la guerra. El esposo desaparecido; se lo llevaron los nazis, que están limpiando Viena de judíos y comunistas. El verano del amor quedó en otro tiempo, tal vez lejano, pero también comparece con particular vehemencia entre los recuerdos. El presente es resbaladizo. Se escucha una y otra vez la melodía de un vals roto, la melodía rota. Todo se disuelve en el ahora de Emma, que se aferra a la memoria, para contarnos y para contarse, para reconstruir una identidad que se le escurre en un piano inservible y esa música que pierde todo sentido. La mujer, esa actriz poderosa llamada Gabriela Iribarren, muestra en algún momento sus manos. Por esas manos ha pasado el tiempo de Emma. Por esas manos viene pasando el relato del horror.
“Emma está sobreviviendo”, cuenta Mariana Wainstein, directora de la obra. “Está refugiada, en un sótano, porque le sacaron su casa. Antes le mataron a su esposo y su hijo murió en España... lo mataron los rojos. Y entonces ella es ese individuo que está en el medio, que no sabe bien qué está pasando en el mundo, pero sabe que le sacaron su casa y que vive en un sótano, y que tiene frío, y que tiene las manos destrozadas. Unas manos que antes eran finas, porque es una mujer que perteneció a la burguesía, acomodada, digamos, que vivía bien, en Viena, y ahora tiene unas condiciones de vida muy difíciles, refugiada en un sótano”.

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¿Qué cosas te motivaron a elegir este monólogo para dirigir?
Una de las cosas que me conmovieron de este texto de Aub es que él escribe, en 1939, algo que pasó en 1938. Esto muestra que la lucidez del autor, de estar ahí y de ver lo que estaba pasando en Europa en ese mismo momento. No lo escribió en 1945 o en 1946, lo escribió en 1939, y eso que él ve en la sociedad vienesa, de la indiferencia, de lo que pronto les pasaría a los ciudadanos judíos, es también un tema muy propio de Max Aub: me refiero a la otredad, a cómo una persona se transforma en otro de un día para el otro. Emma es una ciudadana que de un día para el otro se transforma en la enemiga, en el chivo expiatorio de los problemas de la sociedad; la sacan de su casa, matan a su esposo.

Se podría pensar que la tragedia de Emma evidencia cómo se resquebraja una sociedad. ¿Es una de las lecturas posibles de la obra?
Supongo que las sociedades se resquebrajan de muchas maneras. Una de ellas es “el mirar para otro lado” cuando ocurren las cosas que ocurren. Lo hacemos todos. Hay casos en que la gravedad de las consecuencias es mayor. Pero en todos lados ocurren cosas terribles y miramos para otro lado muchas veces. No puedo dejar de pensar en la última obra que vi hace pocos días, Himmel weg, de Juan Mayorga. En ella, un representante de la Cruz Roja va a hacer una visita al campo de Terezin, donde montaron una especie de escenario, de fachada falsa, donde todo funciona bien: los propios presos “actúan” obligados para salvar su vida, mostrando que todo funciona. Bastaba que ese personaje, el representante de la Cruz Roja, abriese una puerta para descubrir la verdad. Pero no lo hace. No lo hacemos; todos los días vemos cosas pero no profundizamos.

Antes del estreno, en una entrevista, decías que sentías que la gran protagonista de la obra era la ciudad.
Cada puesta en escena tiene una pregunta, un tema que te llama la atención, algo que se busca cuestionar. Y me pareció, en el proceso de ensayos, que el gran tema de la obra no era solamente la mujer sufriendo el Holocausto, sino que había otra gran protagonista, que era Viena. El hecho de cómo una ciudad que es tan bella y que hace culto a la “alta cultura”, perdón por la redundancia, cómo todo eso no sirvió para nada en ese momento tan crítico. Eso me parece una de las capas más interpelantes del texto de Aub. El cómo en Viena, cuando llegó el momento, los ciudadanos estuvieron, bueno, por lo menos la gran mayoría, muy conformes e incluso orgullosos de ser anexados a la Alemania nazi. Y cómo ese magma que estaba ahí abajo y que nadie veía salió.

¿Llegaste a concretar esta idea en la puesta en escena?
Creo que la presencia del piano inútil, de costado y mudo, puede simbolizar a la ciudad de las bellas artes en la página más oscura de la historia; cuando no hizo nada y miró para otro lado. ¿Para qué sirve ese piano? ¿Para qué sirvió tanta cultura?

¿De qué manera fue encontrando Gabriela Iribarren al personaje Emma? ¿Qué dificultades ofrecía el conflicto de la protagonista, en relación con su peripecia y con las de su hijo muerto en la Guerra Civil Española a manos de los rojos y su esposo perseguido por los nazis?
Gabriela fue llegando de una manera mágica, como la gran actriz que es. No lo digo por decir. Cuando veo su energía en escena, entiendo que el proceso de ensayos habrá servido de algo, que tendrá una cuota de aporte, pero indudablemente hay algo más que ella trae de algún lado, de algún mundo. El texto no indicaba un presente escénico claro, y lo que trabajamos todo el tiempo fueron siete dimensiones que encontramos y desde las que pudimos alimentar actuación: espacio, luces, sonido, proyecciones. Una de esas dimensiones refiere a la protagonista y al amor por su esposo muerto; a esa dimensión la llamamos Amar es Recordar. Luego definimos la dimensión del recuerdo de su hijo y el episodio de la Guerra Civil Española. Luego estaba la dimensión de lo que fui, luego la de lo que soy hoy. Luego la Casa y luego la Religión. Todo el tema de ser conversos daba también un juego interesante que tenía que ver con religión y también con identidad; un tema muy importante a la hora de enfrentar al nazismo que iba a buscar cinco generaciones para atrás la “pureza de sangre”.

¿Cómo se dirige a una actriz como Iribarren?
Creo que la herramienta más importante que un director le puede dar a un actor, es una total atención a cada detalle del proceso de creación. Yo estuve concentrada, cien por ciento, con toda mi capacidad de atención, en Gabriela y en ayudarla a componer el personaje. Parto de la base, eso sí, que ella no me necesita. Pero bueno, estuve ahí para quitar obstáculos y aportar desde mi creatividad o desde mi intelectualidad algunos aspectos que pudieran servirle. Y también para dar un apoyo espiritual, a ella y a todo el equipo, porque un director es responsable de crear un ambiente de trabajo fructífero, agradable.

Todas estas preguntas, de alguna manera, recurren a la idea de que la memoria es más que necesaria para entender el tiempo presente, o defender de alguna manera el futuro. ¿Cómo creés que se paró Max Aub frente a este conflicto y cómo se enfrentan ustedes, como creadoras, casi 70 años después?
Es cierto, la memoria es necesaria para entender el presente. También son necesarias personas como Max Aub, que se plantó en su época, dejó el teatro surrealista y se dedicó a escribir sobre lo que veía a su alrededor en Europa. Volviendo a Mayorga, que me viene a la mente porque debe ser de los escritores que más se han ocupado del tema del Holocausto, él dice en uno de sus artículos que se siente contemporáneo de todos los hombres, de todas las épocas; que el teatro le permite eso. Creo que así nos sentimos en este y en tantos proyectos. En el libro Elipses, que contiene textos y conferencias de Juan Mayorga, aparece el texto de una conferencia sobre la representación teatral del Holocausto. Entre muchas cosas interesantes dice que la memoria es nuestra mejor arma. Termina diciendo que “un teatro contra Auschwitz también sería una forma –negativa, paradójica, profundamente judía– de representar el Holocausto. Un teatro contra Auschwitz sería una derrota de Hitler y una forma de hacer el duelo”.

((artículo publicado en revista CarasyCaretas, 03/2017))

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