la delgada línea de la canción



El debut solista del ex guitarra de La Trampa se conecta con la tradición de la canción folk-rock uruguaya, esa que va de Dino a Eté & Los Problems y pasa por el legado del Darno. Un mundo sin gloria se convierte en una obra imprescindible, sobresaliente en su concepto poético-musical.

“Esta es la música del bar/... / No pierdo nada con probar/ No pierdo nada”, canta Garo –ahora sin apellidos, ni Arakelian, ni “el de La Trampa”- en una de las canciones de Un mundo sin gloria. El disco respira la consistencia de un libro de historias de perdedores. Un manojo de historias que la voz de Garo se apropia y las vuelve canto, en la febril contradicción de melodías que vienen de un blues acaso montevideano, apoyado en guitarras que prueban diferentes texturas y colores, que evitan la repetición y prefieren la luz a la oscuridad. Hay tradición: primero que nada son las canciones que Garo quiso escribir, en un borde que lo conecta con la intimidad y la soledad, bien lejos de esos “años de gloria” al frente una de las bandas emblemáticas del rock popular. Y bien cerca del crooner que conoció en grandes como Dino y Darno, en más cercanos como Eté, el Tussi, todos equilibristas en la delgada línea de la canción. Y es entonces que Garo se manda el gran disco. Hay que escucharlo.

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¿Qué circunstancias te fueron llevando a tomar la decisión de abandonar el rock de banda por un perfil de cantautor?
Por un lado la certeza de que veinte años con un mismo y único proyecto, era suficiente tiempo como para permitirme cuestionar por qué seguir. También, y simultáneamente, la sensación de que en general los márgenes laterales de la canción -y no solo del rock- se estrecharon cada vez más, y en muy poco tiempo, comprimieron el alma del asunto. Quizá como consecuencia de perseguir la lógica exitista de lo masivo, lo que nuevamente es una puñalada a la música y la canción popular, pero esta vez desde adentro. Luego de dejar de tocar con La Trampa estuve un buen tiempo sin componer ni escribir, y cuando volví a intentarlo, ya no tenía un cantante o vocalista para quién hacer las canciones. Eso me enfrentó con la implacable realidad de asumirme como un no-cantante, porque no tengo ninguna de las virtudes necesarias para serlo, por lo cual mi forma de escribir y hacer melodías hasta ese entonces ya no me servía, si es que mantenía la decisión de no volver a integrar una banda de rock. Al tiempo, comencé a escribir historias, relatos que pudieran ser narrados en formato de canción. Recién en ese entonces dije y canté mis propias canciones.
¿Cómo fueron saliendo estas canciones “propias”?
Me interesó profundizar en las historias y los relatos cantados, como una forma de construir la intención original de la canción, pero también como un recurso para no hablar de mí mismo en primera persona... Una de las cosas que no me gusta de la mayor parte de los cantautores actuales.
Eso te llevó a un concepto, al de Un mundo sin gloria...
La recopilación de historias me permitió poner un pie dentro de un mundo que me fascina desde hace tiempo y es el poder narrar en primera persona y que por algunas razones formales, y de intención, a quien escucha le queda claro que el personaje no es el que canta. Uno solo está en el medio entre el personaje de la historia y la recreación que el que escucha se hace. A eso quise acercarme y un ejemplo ineludible fue por ejemplo la canción “The River”, de Bruce Springsteen.
¿De qué manera te fueron marcando estéticamente colegas como Ernesto Tabárez y Tussi?
Ernesto es un buen conocedor de cantautores y cancionistas uruguayos. Eso, sumado al vínculo nuestro de amistad, generó la instancia de trabajar como productor artístico en el disco. Una de las principales decisiones fue que todo lo estético se armara alrededor del texto, que el texto fuera el nervio central. Tussi me acompañó informalmente pero de manera constante durante todo este proceso, aconsejándome y guiándome en lo que refiere a cómo escribir.
¿Puede leerse esta nueva etapa tuya como una vuelta a las fuentes, a tus ideas de principios de los noventa, de buscar en una canción urbana, con relecturas de Dino, de Darno, de encontrarle otra vuelta al rock?
Sí, probablemente, aunque lo que más me movió fue una necesidad urgente de volver a hacer canciones por la misma razón que las hacía en esos primeros años 90. Hacer canciones sin tener la más mínima certeza de qué es lo que alguien quiere escuchar. Hacer lo que uno tiene que hacer y abrir de una patada la puerta del devenir. Y que las canciones no tuvieran, como las fotos, un texto que las explicara. Que no hubiera corolario moral. Que no fueran moralizantes, una de las características arrasadoras de la canción popular uruguaya hoy en día.

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