por favor, rebobinar



¿Hacia dónde se renueva la literatura latinoamericana? ¿La llamada generación Mc Ondo ha cumplido su golpe parricida? Como en toda malón hay que saber separar lo bueno entre la hojarasca y es posible encontrar importante calidad literaria en varios de los jóvenes narradores -sobre todo en la consistencia de Alberto Fuguet y Jaime Bayly. Sin embargo, encontrar un libro de autores mc ondo como Rodrigo Fresán en una librería montevideana es tan difícil como conseguir textos perdidos del poeta maldito José Parrilla.


De visita en una editorial, en los depósitos, me topé con una pila de libros –enorme e injustificada- de la novela Por favor, rebobinar del chileno Alberto Fuguet. “¿Qué hace todo eso ahí?”, pregunté ingenuo. “Hace tiempo que no se mueve nada de Fuguet”, fue la respuesta que obtuve. “Las librerías los devuelven y tampoco se vende la de Enrico Brizzi (autor italiano de la tiernísima novela Jack Frusciante se fue del grupo), que es un clavo” .

EL BOOM MC ONDOHace algunos años, Fuguet fue el motor de una revuelta editorial latinoamericana. Después de haber alcanzado cierta fama con su primera novela Mala onda, logró interesar a la casa español Mondadori para realizar una antología de narradores jóvenes, compilación que realizó junto a su colega también chileno Sergio Gómez. El compilado que finalmente se tituló Mc Ondo, en clara referencia a la tierra mágica de García Márquez, reunió a autores seleccionados de diferentes países unidos por varias premisas. Primero que nada el parricidio hacia la generación sesentista. En segundo lugar, el ansia de traspasar las fronteras de cada país y globalizar ese concepto tan resbaladizo de “narrativa joven”. Y en tercer lugar, la confirmación de que los nuevos autores compartían varias referencias claves: la pasión por la última literatura norteamericana y la omisión hacia sus padres latinoamericanos directos, el amor por el cine y a la cultura rock, la similitud en temáticas metropolitanas y juveniles e incluso en la noción de que un libro es un producto, como un disco, que puede instalarse y difundirse a través de estrategias de marketing. Todos, además, apelaron a un realismo no exento de escepticismo y cierta color bizarro, hijo de autores como Bukowski, Easton Ellis, Coupland, Kureishi y Welsh. En definitiva, una renovación saludable en el desconcierto naturalmente atávico de la literatura latinoamericana.
Durante algunos años se conocieron otros nombres, que fueron desde el extremismo rock del español Ray Loriga (su debut con la novela Héroes lo demuestra heredero del beatnik) hasta el naïf pervertido del peruano Jaime Bayly (autor mediático que en Yo amo a mi mami demuestra poseer un dominio de la escritura que sólo poseen unos pocos elegidos), pasando por el barroco contracultural del argentino Rodrigo Fresán (Esperanto es tan pretenciosa y elegante, por ejemplo, que puede llegar a desesperar). Fuguet publicó varios títulos, entre ellos se destaca esa joyita llamada Por favor, rebobinar, en la que no molesta para nada el truco de trasladar al Chile de clase alta el cinismo (y la estructura) del Bret Easton Ellis de Las leyes de la atracción.
¿Qué fue lo que pasó? La crítica de cada país, de cada ciudad, de cada aldea (incluida Montevideo, por cierto), se sorprendió al comienzo con el fenómeno y después, ante la aparición de un libro tras otro, sistemáticamente se dio una respuesta de destrucción despiadada y en los mejores casos de omisión. Pocos se tomaron en serio a Fuguet, Bayly y los jóvenes mc ondo. Pocos entendían la fineza de la trasculturación de las ácidas novelas de Fuguet, desencantadas de Latinoamérica (tan mágica y sesentista). Pocos descubrieron en Bayly a un escritor mayor, de la fineza de un Vargas Llosa a la hora de narrar, que tuvo el descaro de mostrar sus inclinaciones homosexuales y su adicción a la cocaína desde su primera y confesional novela La noche es virgen. Muy pocos le dan altura literaria al colombiano Fernando Vallejo –pese a que es un abuelo en todo caso- y su herética La virgen de los sicarios pese a que obtuvo un éxito resonante en su adaptación cinematográfica. Claro que hay hojarasca, pero lo cierto es que más allá de la crítica y el ninguneo, la fiebre ya pasó y no es para nada grato observar que esas novelas –tan cuidadosamente pop en su concepto de libro producto, vaya paradoja- no están disponibles en las librerías de Montevideo. No sé qué es lo que sucede exactamente en otras ciudades latinoamericanas, pero es seguro que la nueva generación no logró imponer ningún gran éxito mediático y sus libros se venden en una ridícula proporción frente a los de García Márquez, Vargas Llosa y los demás best-sellers del continente.

EL SÍNDROME DE LA ALDEAEstá bien revisar los clásicos. Es lo mejor que se puede hacer si se quiere educar el placer de la lectura. Está bien seguir al día con lo que producen los consagrados. Pero es curioso que no sólo los mc ondo sean ninguneados en Uruguay. El hecho se repite con la amplia galería de autores europeos y norteamericanos que llegan traducidos por Anagrama, Alfaguara y Ediciones B, los sellos más prestigiosos en el género novela contemporánea.
Exceptuando a la impactante American Psycho de Bret Easton Ellis, la novela que el mismísimo Norman Mailer señalara como las Memorias del subsuelo del siglo XX, se desconoce la calidad y poco se leen autores como Irvine Welsh (fino novelista británico autor de Trainspotting y de varios relatos imbuidos de la estética del éxtasis) y Douglas Coupland (que saltara a la fama por nombrar y testimoniar el ascenso de la Generación X). Aunque no se crea, la última de Coupland ni siquiera fue traducida al español. Ha perdido acciones. El producto parece que no funciona. Es así, aunque ocasionalmente podamos disfrutar de atractivos relatos como el Alta fidelidad de Nick Hornby o la versión ciber-individualista de El extranjero de Camus que el cínico francés Michel Houellebecq desarrolló en Ampliación del campo de batalla. Pero es tan esporádico y tan poco el impacto que producen a nivel crítico legitimador que rápidamente desaparecen de los anaqueles de las librerías y se transforman –como la de Brizzi- en fracasos y evidentes “clavo” para las distribuidoras. Y los libreros son la otra arista del asunto. Sabiendo que inciden en la venta al usuario, prefieren la comodidad de recomendar a los consagrados a la hora de “vengo a comprar un regalo para...”, y más allá de si tienen o no los “tantos” marcados –no es esa la intención de esta puntualización- les es más fácil comprometerse con un Benedetti, con un Marcela Serrano (el boom de la literatura femenina es más que contundente), incluso con los buenos libros de novela histórica uruguaya, que con un libro que por su temática puede provocar una futura mala respuesta. ¿Los mc ondo son peligrosos? No más que un Henry Miller o un Dostoievski, hablando de trama o si nos referimos a la negrura y/o perversiones de sus personajes
Y antes de la tentación de pasar al obvio “y por casa cómo andamos”, en términos de producción literaria (no lo voy a hacer, por implicaciones personales), vale la pena citar el ejemplo de la novela Estocolmo, de Gustavo Escanlar. No todos los días se publica en España, por un sello grande como Mondadori en la colección Reservoir Books, un libro de autor uruguayo en edición de 35.000 ejemplares. Fue hace dos años y apenas si alguien de la “Cultura” se enteró. Mucho menos si nos referimos a la secundaria exposición del libro en los puestos de venta, que hizo que la ágil y ácida novela de Escanlar se moviera muy poco en la venta. Claro, los personajes de Escanlar son lumpen descreídos que toman droga todo el tiempo, se burlan de los íconos de la izquierda, escuchan a los Redondos, asaltan una casa en Carrasco y todo termina evidentemente muy mal.

DESPUÉS DE MC ONDOSeguramente autores como Fuguet, Bayly y Fresán seguirán publicando. Contra viento y marea. Pero si bien Mc Ondo fue un parteaguas, un grito parricida que obtuvo su natural respuesta, el ánimo individualista y poco militante de sus creadores impidió que puedieran generar un lobby como el que décadas atrás hicieron tan bien los forjadores del boom del realismo mágico o hace pocos años el fenómeno de la literatura femenina latinaomericana. En el mejor de los casos, quedaron marginados en suplementos de tendencia joven de grandes medios (Tentaciones de El País de Madrid o Radar de Página 12 de Buenos Aires).
Todo parece quedar en manos de editoriales que buscan afanosamente nuevos autores y el tiro les suele salir por la culata. En manos de distribuidoras que intentan imponer sin éxito títulos que son best-seller en Estados Unidos o Europa. “Para llegar a España hay que pasar primero por Italia”, le escuché a decir hace poco tiempo a un escritor que bien sabe cómo son las reglas de juego. Mencionó algunos ejemplos, entre ellos el de Onetti, pero sigue sin quedarme claro porqué en la aldea, en Montevideo, es tan difícil que un sello grande como Alfaguara logre imponer una perturbadora e intensa novela como Noviembre de Daniel Mella. Que sea un fracaso estrepitoso en ventas. El joven escritor venía siendo aclamado por la crítica por Derretimiento (que inclusó se editó en España), pero su segunda novela, literariamente más sustanciosa que la primera, fue literalmente despedazada. Es curioso, pero con varios lectores de Noviembre que consulté, todos confirman que es un muy buen libro, pero... ¡El tema! Ahí está la clave. Mella instala su historia en un Uruguay que se cae a pedazos, en la destrucción de una joven pareja –muerte terrible de la hija de tres años incluida. Y según parece, asusta, perturba tanto que es difícil recomendarla, como si lo mejor fuera ignorarla y pasar a hablar de las virtudes de cualquier novela histórica en la que se derraman hectolitros de sangre del siglo XIX. En todo caso, asusta que no se venda. Eso sí, si la firmara Easton Ellis y en vez de Neptunia sucediera en un barrio de L.A., ¿cómo la leerían? Con certeza, como el desencanto del sueño americano.

LÍNEAS AÉREASCentrémonos en el pos Mc Ondo. Cerrado el capítulo de divulgación generacional, el chileno Fuguet se dedicó a su obra. En España, mientras tanto, el grupo editorial Lengua de Trapo saltó a la notoriedad intentando llevar adelante la bandera del parricidio. El puntapié lo dieron con otra antología, trabajada por el investigador Eduardo Becerra, quien realizó la titánica compilación Líneas aéreas, un extenso volumen al estilo de una guía telefónica que reúne a decenas de autores nuevos. Muchos se repiten a los de Mc Ondo, aparecen también nombres nuevos, pero la intención –más allá de inscribirse en la misma temática que la de Mondadori- fue la de otorgarle a la nueva generación una importancia histórica en el desarrollo de la literatura latinoamericana.
A partir de ese mojón editorial, Lengua de Trapo ganó un importante prestigio, consolidó su llegada en el continente con la distribución del gigante Océano y comenzó a editar novelas y libros de relatos de autores desconocidos, por lo menos en España. La colección incluye un premio anual de narrativa experimental y el lanzamiento de autores nuevos con la intención de llamar la atención –en España, sobre todo- de que existe otra Latinoamérica literaria, menos mágica y menos exótica. Por ahora funciona y es más abierta que los códigos pop que enarbolaba Mc Ondo. De nuestro país, por ejemplo, han publicado en Lengua de Trapo autores tan disímiles como Mella, Courtoisie, Fontana y Burel (este último ganó una de las ediciones del Premio), todos de distintas generaciones y estilos aunque notoriamente disidentes al modelo sesentista.
Para el final, vale la pena compartir un extracto de Por favor, rebobinar de Fuguet, uno de los tantos monólogos de uno de sus personajes femeninos. “Quizá he dicho demasiado. Quizá no he dicho lo suficiente. Hay cosas que uno ha hecho, o le han hecho a uno, que no sólo estigmatizan sino desvían y hasta encarcelan. Como ser Miss Chile, supongo. Si alguien sale elegida Miss Chile, pase lo que pase, evolucione como evolucione, nadie la va a tomar en serio. Imposible. Quedó marcada”. No se refiere Fuguet precisamente a Cecilia Bolocco. Pero queda muy bien ese fragmento, si le cambiamos Miss Chile por Mister Mc Ondo para percibir, desde su propia escritura, el riesgo que sumió con la loca idea de oponerse a los mastodontes literarios.

1 comment:

Juan de Marsilio said...

Excelente. Juan de Marsilio

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