el vacío más elegante



enumerar los sueños privados de leo garcía -que no son tantos, ya que los explicita uno a uno en cada entrevista que le hacen- podría alcanzar para definirlo como un esnob: él quiere ser estrella del pop, desea que sus fanáticas cuelguen posters con su cara junto a la cama, imagina convertirse en el tanguito del 2000 y, entre otros deseos, no oculta la fantasía de que sus canciones se conviertan en clásicos de fogones y campamentos adolescentes.
escuchar una por una sus canciones, sin ninguna clase de anestesia, puede llegar a confundir. es esencialmente un cantautor, que por momentos puede atacar con algún monumento al lugar común (“hago el amor por amor al arte”, ¿cómo alguien puede animarse a cantar un verso así sin ruborizarse?) y en otros aparece suavemente surrealista (“estoy peinando mis pies”, como en el comienzo de ‘isla’). pero acusados los primeros golpes bajos, todo el mar sonoro reluce en un naïf elegante que tiene su goce máximo en la ambigüa y pegadiza ‘morrissey’, una canción que produce un encantamiento sucesivo. cuanto más se la escucha más contagia. en ella garcía logra la esencia del pop: que el receptor consuma una melodía simple y tarareable hasta que empalague. después, el vacío. pero después, también, quedan las otras canciones que arman un caleidoscopio abierto que tiene múltiples matices y texturas. entonces, leo garcía no se equivoca, es el nuevo príncipe pop de argentina, sucesor directo de virus y soda. y como regalo, el resto de las canciones de mar van contagiando despacio y uno tiene ganas de armar un fogón, reverenciar a la nueva estrella y poner en el protector de pantalla una foto de ese freak que se seccionó parte de una ceja para quedar raro y se afiló la nariz mediante fotoshop (aparece un poco gordito en las fotos interiores).
para el final hablemos de la música, a simple vista lo menos importante en el caso de leo garcía. Aprendiz de melero y cerati, está definiendo en mar algo que parecía imposible en el río de la plata: cruzar el folk con ruiditos electrónicos que hacen aparecer algún sutil vocoder, algún homenaje a virus en un delay anacrónico perdido en ‘eco’, pequeños apuntes del tecno más escurridizo y odiado por las tribus rockeras. él no lo dice, pero está fundando un nuevo sonido en el vacío del rock argentino: un tecno-folk que ya intentaba melero y que tiene en bochatón, garcía y adicta a sus más interesantes exponentes.

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