el eterno domingo

Es el fin del verano. La ciudad recupera de a poco sus tonos más melancólicos, se va poniendo los primeros disfraces para el frío. Hay músicas que perciben esa sensación, que suenan exactamente a ese estado, que habitan los territorios de la tarde dominical: como el timbre cabreriano por excelencia del fascinio de los domingos, esos que adelantan Navidad, o la superposición lisérgica de las guitarras de Buenos Muchachos con el vozarrón de Pedro Dalton, o el del Darno, o la primera épica de Traidores, de La Trampa, de esa milonga montevideana, del barrio; y entre esos barrios junto al río está el Buceo, de donde viene la historia poético-musical de Buceo Invisible, un colectivo que toca y canta –como pocos– sobre el fin del verano y otros temas contiguos y no tan divergentes.
Buceo Invisible cumple 20 años como colectivo. Publicó cuatro discos –Música para niños tristes, de 2006; Cierro los ojos y respiro, de 2009; Disfraces para el frío, de 2011; El pan de los locos, de 2015–, se ha presentado en decenas de escenarios pequeños, en teatros, en espacios abiertos. Ha perfeccionado, y mucho, su arte, su identidad, la búsqueda insistente por cantar canciones y poemas de un estado de ánimo melancólico, pero que no por ello deja de tener muchos colores, luminosidades, todas aperturas hacia la calma o la tangible tempestad. Las guitarras de Buceo, como las de los Buenos, suenan cada vez mejor. La voz de Diego Presa, como la de Dino y la del Darno y la de Dalton, acumula el paso del tiempo, se vuelve una voz de la ciudad, nocturna y grave. Imprescindible.

Entrevista encontrada
La noticia de los 20 años de Buceo podría ser resuelta en una entrevista que atravesara todo ese tiempo, y así hablar de los discos, de lo que permanece invariable, para también hablar de los cambios, de lo que no está, de lo inapresable. Deseché esa opción cuando, a partir de la relectura de viejas notas, muchas de ellas publicadas en esta misma revista, encontré el borrador de una que nunca se publicó –eso creo, aunque la memoria suele fallar–. Es una larga entrevista con tres integrantes fundadores del colectivo: Diego Presa (guitarra y voz), Marcos Barcellos (poeta) y Jorge Rodríguez (guitarra), al poco tiempo de publicarse el debut Música para niños tristes. Buceo empezaba a salir del barrio, a expandirse, a mostrar sus canciones y poesías, sus pinturas y videos, mostrando una veta guitarrera y climática poco transitada en el rock montevideano, como una cruza entre Syd Barrett y el Darno. De hecho, desde ese disco hasta el presente no han hecho otra cosa que perfeccionar y volver más visible ese pecado original. Por eso, este volver al principio, esta relectura de una conversación de 2007, es más que necesaria para acercarse un poco más a una de las historias musicales más interesantes de la canción montevideana contemporánea.

***

¿Cuándo empezó esta historia?
M.B:
Nos juntamos por primera vez en el 97 y empezamos a hacer cosas. Veníamos todos de experiencias artísticas anteriores: tocábamos en una banda, fuimos a un taller literario, había un amigo que estaba haciendo Bellas Artes y exponía con un grupo de artistas plásticos. En ese momento decidimos armar una especie de colectivo que trabajara no solamente desde la música; la música era lo vertebral pero se trabajaba desde lo poético, desde la plástica. Como éramos muy amigos, queríamos trabajar juntos. Básicamente es eso. Nos conocemos desde niños.

¿Son amigos del barrio, o se juntaron por inquietudes artísticas similares?
D.P.:
Las dos cosas. Se dieron las dos cosas.
M.B.: Básicamente nos conocemos porque íbamos a la misma escuela, en Avenida Italia y Comercio, o sea que ya desde los nueve años nos conocíamos. Después nos dejamos de ver, durante la época liceal nos vimos muy poco, y a los 18, 19 años nos encontramos nuevamente y nos dimos cuenta de que compartíamos un montón de necesidades y de gustos y de sensibilidades parecidas en cuanto a lo artístico.

¿Cuáles eran esas afinidades artísticas?
M.B.:
Compartíamos mucha literatura, más que música. Nuestro primer vínculo fue más por el lado de la poesía y de la literatura en general. Un escritor uruguayo era Onetti, y no otros. Después Vallejo, Dylan Thomas... Nos pasábamos material, estábamos muy metidos en eso. También cine. Yo empecé a ver otro cine en ese momento. O sea, a ver cine. Literatura rusa, también.
D.P.: Sí, a Dostoievski, a Tolstoi.
M.B.: Podría decirse que lo nuestro empezó por el lado de las letras. Lo primero que hicimos fue sacar un fanzine, que debe de haber sido el último de los fanzines, porque eran más de los 80. Se llamaba El Corazón Reversible, en homenaje a un libro de Tarik Carson.
D.P.: Había textos colectivos que tenían que ver con cosas que estábamos escribiendo en el momento. También había poesía y otras cosas más. Había una definición del grupo, no demasiado clara quizá, pero había ideas y cosas que sentíamos en el momento que las plasmamos, cosas que queríamos con ese grupo que se estaba formando.

¿Iban a Utopías?
D.P.:
Sí, llegamos a ir ahí.
M.B.: Pero las lecturas de poesía eran un lugar en el que no nos sentíamos demasiado cómodos, como no nos sentíamos demasiado cómodos en los conciertos de rock. En cada uno de esos ámbitos nos faltaban cosas, nos sentíamos incompletos. Lo de la poesía era una cosa medio depre y muy cerrada en sí misma, masturbatoria. Y en ese momento necesitábamos escuchar música y leer poetas, pero de otro modo.

Decías que tampoco se encontraban cómodos en la escena del rock...
M.B.:
Claro, sobre todo se trataba de zafar de las monsergas culturales en el sentido de, por ejemplo, el rock en el escenario con determinada pose, con determinado discurso. Buscábamos salir de esa cosa más formateada. Aparte, pensándolo bien, nosotros apostábamos a algo más vincular, primero entre nosotros, de poder juntarnos y adelantarnos a esa cosa de que uno empieza a crecer y empieza a dejar morir los sueños y proyectos. Lo nuestro era una lucha consciente que nos planteamos contra eso.

¿Qué los fue llevando a llamarse Buceo Invisible.
M.B.:
Viste que Buceo, además del barrio, es una palabra que tiene otras posibilidades: la profundidad, poder sumergirse en lugares no tan visibles. Jugábamos con la palabra. Por un lado, es la pertenencia barrial y un querer el barrio de una manera muy fuerte, con las ambivalencias del caso. De alguna manera, era el lugar donde nos juntábamos, donde salíamos.

¿Y cuándo empieza a entrar la música? Porque la música implica agarrar los instrumentos y entenderlos...
D.P.:
Desde un primer momento, además de la literatura, lo que hicimos fue componer canciones. Era yo el que tocaba la guitarra, y empecé a componer mis canciones. Siempre tuve la canción como muy fuerte. Y ahí también compartíamos gustos. Dylan, sin duda. Pero muchas cosas más.
J.R.: Sí, incluso conversábamos sobre la época en que Dylan empezó a grabar sus primeros discos y el tipo sacaba uno atrás del otro. Nosotros teníamos cantidad de canciones. Y sacamos un par de materiales en casete.
D.P.: En ese momento, el primer casete, el primer material discográfico, Reversible, de fines del 97, fue grabado en lo del Mono. Una cosa digamos más cantautoril, dylaniana. Agarrar la guitarra y taca taca en ese momento. Y se grabó así. Con dos micrófonos. De ese material hicimos una distribución de mano en mano en casete. Lo diseñamos nosotros, grabamos 150 casetes, los repartimos. Y también ese año fue que comenzamos con las muestras.
M.B.: Nosotros hablamos de “muestras”, que en realidad fue el primer nombre que se nos ocurrió para nombrar los espectáculos que hacíamos. Ahí sucedía todo: se pasaba la música, la poesía, en formato diapositiva proyectábamos los cuadros. Era pensado en relación a un concepto. Era la producción que teníamos, que hacíamos ese año, pero después hacíamos también una especie de diagrama, algo así como un guion, donde trabajábamos con tal nombre, tal imagen, tal música. Y empezamos a trabajar en lugares alternativos: sótanos, talleres mecánicos, una iglesia que encontramos semiabandonada. Eran lugares no convencionales donde elegíamos hacer las muestras. Y nos empezó a resultar más fácil eso que ir a hablar a un boliche o a un teatro.

¿Cuánto les llevó hacer el primer disco, el Música para niños tristes?
J.R.:
Empezamos a diseñarlo en 2002.
D.P.: Nos llevó más tiempo del que esperábamos. Más que nada las dificultades fueron de orden material. Falta de guita. También en ese período pasaron cosas y nos costó hacer un trabajo más concentrado.
J.R.: Llevó un tiempo largo también porque las condiciones de la banda llevaban a que se demorara todo: no teníamos portaestudio, por ejemplo.

¿Cómo llegaron al título, a lo de “niños tristes”?
D.P.:
Surgió a partir de una conversación que tuvimos con Ángel [Atienza], del sello Perro Andaluz. Habíamos manejado algunos títulos y no lo teníamos muy claro, no nos cerraba. Y en un momento que hablamos con él, cuando le dimos el máster...
M.B.: ... le preguntamos qué le había parecido y dijo que le había gustado mucho, que era “música para niños tristes”. Era un chiste de él; lo dijo para hacer un chiste. Y cuando les conté a los demás que Ángel había dicho eso, quedó de título.

Está buenísimo el título.
J.R.:
Tiene su cuota de ironía. Y en esa cuota de ironía está que no es música para niños tristes.
D.P.: Con Jorge estábamos convencidos, cuando empezamos a trabajar el disco, de que sería un disco pop. Totalmente. Pero en algún momento dijimos “pah, no, mirá cómo nos quedó esto”. Manejamos elementos e influencias que nunca habíamos manejado.

Pero también, por momentos, tiene una cosa fresca y luminosa.
J.R.:
¿Sabés lo que es también? Me parece que tiene mucha espontaneidad, porque la mayoría de las cosas que hay ahí son tomas únicas. Es lo primero que se te ocurría en el momento. Hay impurezas en las ejecuciones. No me refiero a las canciones –todas tenían sus años–, sino más que nada a los arreglos.
D.P.: A la interpretación. Es por ese lado. En cuanto al tema de la tristeza, nosotros tratamos de desmarcarnos en cuanto a que no sólo hablamos de eso, no sólo hablamos de nuestras miserias, de nuestros bajones. Tratamos de expresar muchas otras cosas.
M.B.: Cuando bajás a las profundidades, encontrás de todo. Y eso está. Lo que pasa es que en la cultura del entretenimiento, lo que se plantea es entretener, no generar dinámica, lo reflexivo o una posibilidad de multiplicación. Es lo que te pasa cuando vas a ver una buena película: salís multiplicado, imaginándote cosas, pensando otras. Entonces, hay una cosa de lo cerrado del consumo, una cosa muy nefasta, que todo es una cosa cutánea que te pasa por la piel. Y eso también hace que si hay un tiempo así, también haya mucha gente haciendo lo otro. Y está bárbaro.

¿Les sorprendió la repercusión que tuvo el disco?
M.B.:
Sí, porque nosotros sabíamos que nuestra propuesta no apunta a la masividad. Pero nos empezaron a llamar para hacer notas, para entrevistas en radios. Quedamos muy sorprendidos. A partir de entonces se empezó a dar toda una movida, y a las muestras empezó a ir otra gente. Gente que no conocíamos.
D.P.: Ese es el cambio, justamente. Es gente que no podemos referenciar a nadie, a ningún amigo de otro amigo.
M.B.: Igual a las muestras siempre iba un promedio de 200 personas, pero era gente que seguía a Buceo Invisible desde hacía años. Gente que había ido a una muestra, seguía yendo e invitaba a otra gente.

¿Y ustedes, qué tipo de espectáculos van a ver?
D.P.:
Al Darno, sobre todo. Ocupa un lugar muy especial en nuestros corazones.

Ocupa un lugar dentro del rock, ¿no?
D.P.:
Sí, sin duda. Claro que tiene influencias diversas en su música, y es muy uruguayo, por otra parte. Pero, para mí, es la parte del rock que me interesa.
M.B.: Después Cabrera es otro artista que me interesa mucho. Y también los Buenos Muchachos. A mí también me gustaban Los Traidores de niño...
D.P.: El disco En cualquier parte del mundo, de Traidores, me encanta. Es un disco muy Nietzsche.

Otras vueltasLa conversación siguió un rato más, extraviándonos -entrevistados y entevistador en nuevos discos, nuevas drogas, como canta el platense Santiago Motorizado. Luego hubo otras conversaciones. Algunas coincidieron con los sucesivos mojones, recitales, discos. A la hora de buscar presente, el aquí y ahora, viene muy bien repasar las palabras de Diego Presa en los días previos al lanzamiento de El pan de los locos. Hace apenas dos años: Dice Presa: “Cuando empezamos con esta historia estábamos saliendo de la adolescencia, vivíamos en nuestras casas paternas y no habíamos definido un montón de cosas. Era el ruido y la furia. Hoy estamos cumpliendo, cada uno de nosotros, 40 años y más. Buceo Invisible nos ha acompañado en toda nuestra vida adulta. Las cosas van cambiando, por suerte y por desgracia. Es lo ambiguo del paso del tiempo. Hoy somos un grupo de ocho personas, más una serie de amigos y amigas que nos dan una mano y aportan su trabajo de manera puntual”.


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DISCOS INVISIBLES
* Música para niños tristes (2006) se llamó el álbum debut. Salió por Perro Andaluz. Eran lo más oscuro de Montevideo, bien lejos del pogo exitista y demasiado cerca del Darno y de Dino. Dos canciones claves: ‘Domingo’ y ‘Comitoína’.
* Cierro los ojos y todo respira (2009). Fue en ese tiempo que empezaron a sonar cada vez mejor. En especial el muro de guitarras hipnóticas de Presa, Fernández y Cota. ‘Betty Blue’ y ‘Antes del amanecer’ forman parte esencial del segundo disco.
* Disfraces para el frío (2011). Canciones que escapan del blanco y negro a una colorida luminosidad. Buceo Invisible ya es parte esencial de una posible psicodelia montevideana, con rastros evidentes en un rock áspero y fuertemente melódico.
* El pan de los locos (2014). El gran salto: el mejor disco en la historia del colectivo. Tenían ganas de hacerlo, y por fin lo logran: traducir la experiencia, el espíritu, de tocar juntos; el de las muestras, el de la ceremonia. Lo hicieron en Sondor.

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